EL FARO

Modificado el: 10/01/2014 Imprimir PDF

Nos refrescábamos en la orilla, con los pantalones arremangados y la mente en blanco. Nada más que el agua hasta los tobillos y la arena que pisábamos.

Maia me espiaba a veces, para ver si yo seguía con los ojos cerrados. A mí me daba risa que fuera tan ansiosa porque cuando se aburría empezaba a tirar piedritas para ver cual llegaba más lejos. -Siempre de las opacas, decía, porque hacen un ruido más pleno cuando se hunden. Y ese sonido, elegido, seleccionado, nos indicaba, como si lo hubiéramos acordado, que era momento de irnos.

Sin ponernos de acuerdo en palabras, jugábamos una carrera para subir la lomada. Cuanto más avanzábamos, más cerca lo veíamos.

Corríamos livianos porque éramos jóvenes, y sentíamos el placer de ir descalzos por el pasto. - Hay que abandonar la mente, decía Maia, para poder disfrutar. Pero no lo decía como un descubrimiento; lo decía para confirmar en voz alta algo que los dos sabíamos muy bien.

Cuando llegábamos a su base, lo contemplábamos, inmóviles. Eran así las noches de verano, tenían el tiempo suspendido para que pudiéramos hacer todo eso, que parecía tan mínimo y era tan esencial.

Sin apuro, le apoyábamos las manos como para constatar que su presencia era tan real como el suelo que pisábamos. Y arrastrando los empeines, a ese ritmo al que se debe ir para arrastrar los empeines sin lastimarse, lo circundábamos rozando sus ladrillos irregulares con las yemas de los dedos. Nos quedaba el tacto suave y la adrenalina de querer tocar infinitas superficies para aprender a diferenciarlas con los ojos cerrados. La puerta se abría casi sola cuando apenas la empujábamos. Y una vez adentro subían nuestras yemas, ávidas de texturas y temperaturas, por la fría y lisa baranda de la escalera en caracol. Eso, y el alivio de la frescura de ese espacio sagrado en el sopor estival, eran una fiesta para el alma.

Arriba era sólo el silencio. Nuestras manos se asomaban a la única ventana de ese final cóncavo. Quedábamos mudos, en puntas de pie, mirando la noche y los barcos en el muelle iluminados.