JUAN JOSÉ MANAUTA EN LA FERIA DEL LIBRO DE CONCORDIA

Modificado el: 11/03/2014 Imprimir PDF

Otra Vuelta de Página 4.

Desde 2008 la Feria del Libro de Concordia y la Región propone como sección destacada el Homenaje anual a un autor entrerriano. En esta edición el recuerdo fue para Juan José Manauta, escritor nacido en Gualeguay en 1919 y fallecido en abril de este año en Buenos Aires. Manauta ha sido incluido por los críticos en la generación argentina del ’55, marcada por el realismo. Heredero de Dostoievski, Faulkner y Dos Passos, Manauta supera el realismo de la protesta social con relatos que emergen entretejidos en nuevas tramas narrativas o a través de la mirada distanciadora de los personajes. Sobre la importancia de su obra discute Talita en el capítulo cuarenta de Rayuela de Cortázar. Sus obras, cuentos, novelas y poemas, han merecido entre otros la Faja de Honor de SADE, el Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Fray Mocho, el Diploma al Mérito de la Fundación Konex, género cuento. Su novela Las tierras blancas, llevada al cine por Hugo del Carril, fue traducida al rumano y al checo. En 1998 la cantante Liliana Herrero graba Zamba del Lino, con música de Oscar Matus y letra de Juan José Manauta, incluida en el disco El tiempo quizás. En agosto de 2012 la Universidad Nacional de Entre Ríos lo distingue como Doctor Honoris Causa. Compartimos aquí el Comentario de Stella Ponce sobre el Acto de Homenaje que se le tributó el domingo 6 de octubre como cierre de la 6a Feria del Libro de Concordia.

  “Una carpa para Manauta”
 

Era domingo, como en el comienzo de las Tierras blancas. Las luces de la tarde se iban y llegaban las luces eléctricas de la plaza 25 de Mayo. La gente se arrimaba de a poco para ver qué había en la carpa y allí cuatro invitados hablaban de Juan José invocando su presencia. Así fuimos del informe técnico de las ediciones a cargo de María Elena Lotringher, directora de EDUNER, al ensayo preciso e iluminador del escritor Héctor Izaguirre; del recuerdo vívido y agradecido del amigo Lisandro Viale, al testimonio amoroso y emotivo de Lucía Montero de Manauta. Todos convocados por el que está sin estar, por el que desafía la ausencia, aún sin libros. Por algo se habrá agotado el volumen de Cuentos Completos, por algo está por salir la segunda edición ampliada. Pero la palabra y los relatos siguen presentes y se nos imponen como un llamado. Quizá por eso la llegada de esa visita inesperada, esa presencia integradora, una señal que entendimos: Manauta estuvo con nosotros y nos saludó a través de él. Un borracho entra en la carpa, no sabe dónde estar, interpela, pide algo y ante la urgencia de los que temen un desorden inminente él responde: “Estoy escuchando las palabras”. Y sí, claro que las escuchaba, venía por ellas, como nosotros, pero tal vez por otro llamado más esencial, el de algún espíritu que lo encaminó a ese lugar en busca de abrigo, o de alguna clase de sosiego. Él, el destinatario más genuino de nuestro autor, porque para ellos y por ellos escribía, tenía que estar ahí, quedarse para escuchar el homenaje, al creador y a sus criaturas, todos en uno en su persona, Odiseo y también su padre y cada hombre de estas tierras blancas, desvalido y con sus angustias a cuesta. Allí estaba, para que sepamos que no se puede ignorar, ni ser indiferentes a los hermanos y allí quedó como personaje de ese acto, sí, porque hasta el olor que lo envolvía era su aura y ponía distancia primero ante el asombro y la indignación y ayudaba después a comprender su presencia primordial.

El clásico River – Boca ajeno al homenaje o siendo parte, rodeaba la plaza desde las calles, el fútbol también saludaba al Chacho, dando vivas alrededor de la carpa, generando conflictos con el volumen, tapando las voces de adentro que no podían disimularse sin embargo, nada podía callar lo que se decía, lo que había que decir allí, en ese refugio que tuvo su propia música para elevarnos, la poesía que resiste, en una ciudad del interior de Entre Ríos como las que elegía Manauta para mostrar sus historias de tierra adentro, de pueblo chico y de almas grandes.
Y él aún allí, dormido en un rincón, tranquilo, aceptado, habiendo saciado su sed de palabras, descansaba en una silla. La botella de agua que traía bajo el brazo cayó y se derramó: ya no hacía falta ocuparse de la otra sed, o quizá del ahora mediático “hambre de agua”, el hambre que siempre vuelve porque también es otro y es abismal.
Fue un domingo y en una carpa blanca, que nos contuvo en intimidad de vientre, reuniéndonos y a la vez conectándonos con la soledad primera, bajo la presencia omnisciente y reparadora de esa madre, la de Odiseo y la de todos, y en esa mujer también todas las mujeres, que Manauta supo enaltecer en sus cuentos, dignificándolas en su existencia cotidiana. Y fue entonces que todos fuimos, o quizá sólo algunos y es suficiente, otra vez la minoría lúcida o atenta, decía, fuimos allí la sed misma y el hambre mismo que arreciaron sobre la tarde como las sombras tempranas.
La zamba del lino fue la despedida y nos arrulló en esa carpa que fue cuna, fue circo y fue escuela, donde aprendimos que la literatura se nutre de la vida o es la vida misma, con todos sus contrastes y contradicciones, que algunos eligen las palabras para destripar la vida y despertar a otros del adormecimiento en el que descansamos ajenos y disociados, que la vida es una herida absurda, como dice el tango, que la poesía es a la vez cirugía y sutura de la herida. Esa es la lección que aprendimos ahí, bajo la carpa blanca, en esa tarde de domingo, con la bendición de Manauta, en la feria de Concordia, todos juntos, los unos con los otros.
 

Stella Maris Ponce

Fuente: http://www.fundacion-magister.org.ar