RESEÑA DE PRESENCIA POR EL AIRE, POR MATÍAS ARMÁNDOLA

Modificado el: 01/03/2017 Imprimir PDF

Por Matías Armándola

 

PRESENCIA POR EL AIRE, 1944

«En este tramo de su producción los versos se colmarán de rosas» escribió Iris Estela Longo en su ensayo El grillo en el alba (2002). Precisamente, en Presencia por el aire (1944), el ámbito se presenta desbordado e inquieto de rosas, como aquella que perfumara el silencio de la muchacha, apareciendo un sentimiento romántico -«Polvo serán, mas polvo enamorado» cita el comienzo del libro, en tributo a Quevedo, anticipándonos el sentimiento de pasión encendido en aquel «Amor constante más allá de la muerte»- que luego se torna melancólico, dado el acecho de la muerte y la presencia de sus «temblores». Se suma, entonces, a esa intensidad, ese «ir y venir a tu alma y de tu ama», un tono elegíaco. 
El constante trabajo poético, la intensa búsqueda, mantuvo una distancia de catorce años entre Presencia por el aire y la siguiente publicación, La Heredad (1958), pero, como bien sostiene la Profesora Iris Estela Longo, no fue en vano, dado que la madurez poética de Howard nos daría «uno de los libros más bellos de la literatura de Entre Ríos» (Longo, 2002:74).

 

Tomado de: www.facebook.com/LiteraturaEntrerriana