SOMNILOQUIA

Modificado el: 11/06/2017 Imprimir PDF

“Miradlo despabilarse, bebe el café con leche, entrar en la fábrica, trabajar; pero aún no está depierto; el despertador no ha sonado lo suficientemente fuerte, sueña todavía, sueña que está de viaje, sueña que tiene un rincón...”

J. Prevert

            Todavía recostado. Sentado sobre la cama, recostado. Poniéndome las medias y dirigiéndome al baño. Todavía recostado con la luz detrás de los párpados, cepillándome los dientes, bostezando. Todavía recostado abrochándome el último botón del saco, dejando una pierna tendida en el piso y caminando hacia el ascensor; esperándolo, mientras me cubro con la sábana. Mirándome en el espejo, estirando una mano y abriendo el cajón de la mesa de luz. Recordando lo que debo hacer, todavía recostado, abriendo la puerta de mi edifico rumbo a la parada del colectivo. Sentándome después en la cama, tomado del pasamanos y observando por la ventana que ya es de día. Recostado en el último asiento, estirando los brazos y acomodándome el pelo con las manos. Todavía recostado, descendiendo en la puerta de la oficina y dirigiéndome al baño. Orinando con el brazo debajo de la almohada. Recostado en la silla de mi escritorio, secándome la cara y encendiendo la luz. Recibiendo las primeras instrucciones, abotonándome la camisa y virando la cabeza hacia donde la luz no apunta. Todavía recostado cerrando la puerta de casa en medio de un pasillo oscuro, y abriéndome paso entre una maraña de pensamientos, mientras el reloj suena. Frotándome los ojos en el ascensor, en la oficina. Cubriéndome de la luz cuando pago el pasaje y guardo dinero en un cajón. Caminando hacia el baño, orinando con la mano apoyada en los azulejos, sentado en el penúltimo asiento. Sacando, de regreso, una carpeta del archivo, buscando un zapato debajo de la cama y descendiendo en la esquina. En la puerta de la oficina viéndome ingresar cuando cierro con dos vueltas la puerta de mi casa, sentándome después al escritorio, rumbo a la calle. Pensando en el almuerzo, encendiendo la computadora y completando el dinero para el pasaje. Mirando por la ventana a la gente de la calle, oprimiéndo un botón, respondiendo a una llamada y descendiendo despacio para ir a almorzar. Todavía recostado en la silla del bar mirando mis zapatos sin lustrar y marcando una tarjeta con mi nombre. Regresando, saliendo y sentándome en la cama, mientras mi jefe, asombrado, me mira desde la otra vereda.       

 

Publicado en “Astucias que por sutiles se aniquilan a sí mismas”. Ed. No Muerden. Rosario. 1990.

Publicado en “Horas extras” de Heraldo Belottini. Ed. del autor. Buenos Aires. 2005.