NEIL ARMSTRONG

Modificado el: 11/06/2017 Imprimir PDF

Hacía tiempo que no veía a mi amigo Petrovich, aquel que fue capaz de volverse invisible y, valga la redundancia, perdí de vista después de que cierto día vino a casa a mostrarnos su logro. Yo ya no trabajaba de cajero en el Banco Provincial como la última vez que lo vi, porque luego de la privatización redujeron el personal a lo mínimo indispensable, sin que yo fuera mínimo, ni indispensable. Aun así, me reubiqué como administrativo en una empresa que fabricaba y vendía envases de cartón.

Una mañana, Petrovich apareció en la empresa. Sentí que me estaba buscando. Lo recibí sin dar importancia a esa sensación y luego de los saludos de rigor, de contarle de mis tres hijos, el menor de catorce, la mayor en la universidad y que me sentía bien en ese nuevo empleo, pasamos al motivo de su visita. El ruso, ahora, que como ya conté alguna vez se dedicaba a los inventos, estaba trabajando en el mundo de la informática o, mejor dicho, en el de la bio–informática, chips húmedos y esas cosas.

Como era su costumbre, habló extensamente acerca de sus experimentos para terminar en que necesitaba una colaboración. Había logrado, mediante la implantación de un microchip en las terminaciones nerviosas del globo ocular, que un ser humano pudiera ver imágenes procedentes de una cámara instalada en otro sitio. No sé si me explico, yo puedo estar acá leyendo y de pronto, mediante un simple parpadeo, observo imágenes que me envía una cámara. Esa cámara puede ser fija o estar asociada a un objeto móvil: un insecto, por ejemplo. Entonces yo, de estar mirando este papel, parpadeo de cierta manera y paso ver lo que está mirando el insecto, quien obviamente tiene incorporado un chip emisor que captura las imágenes.

–Nuestra sociedad vive generando desigualdades, esas desigualdades dan origen a gran parte de la delincuencia, y eso atemoriza a los que las favorecen, quienes a su vez (y esto parece curioso) se sienten víctimas de la situación, pero necesitan seguridad –dijo Petrovich,  dando en ese razonamiento la clave del nuevo negocio: comercializar cámaras de monitoreo hogareñas, visibles desde el propio cuerpo del dueño o de la dueña de casa o de algún vigilante remoto.

Con las disculpas del caso, vuelvo a explicar: yo estoy completando una factura para un cliente apurado, al parpadear, puedo observar las imágenes que emiten distintas cámaras instaladas en mi casa. Puedo saber qué hace mi perro en nuestra ausencia, verlo subirse a la mesa, olfatear el mantel y comerse las migas o lamer la mermelada que dejamos del desayuno, o descubrirlo masticando las hojas de esa planta que mi mujer tanto quiere.

Para desarrollar el proyecto, el ruso necesitaba un cuerpo, un cuerpo común y corriente, de un hombre o de una mujer de mediana edad. En lo posible alguien que estuviera ocupado la mayor parte de su tiempo en una tarea cuya distracción no causara ningún desastre. Nunca hubiera optado por cirujanos o por choferes. Esa fue la propuesta. A cambio, no había dinero inmediato, pero sí una garantía de prestigio: ser “el primero”. La idea me sedujo, no tanto por averiguar qué pasaba en mi casa durante mi ausencia, sino por eso de ser el primero. Fantaseaba con escuchar “el primer hombre al que le implantaron no sé qué cosa...”, y el “primer” o “primero” se repetía en mi cabeza como cuando soñaba con ser astronauta. Antes de responder, le pedí que me dejara pensarlo: quería conocer la opinión de mi esposa.

Mientras mi mujer lavaba los platos y los chicos quién sabe por qué azar se habían dormido, o no estaban, apagué el televisor y me acerqué a ella para contarle de la visita de Petrovich.

–Y quién es Petrovich –preguntó ella.

–Cómo “quién es Petrovich”, ese que una vez se hizo invisible y nos vino a visitar. Vos pensaste esa vez que yo te estaba tomando el pelo.

–Y claro que me estabas cargando, yo nunca lo vi –respondió sin ofender a la lógica.

–Bueno, eso no importa –le dije– lo importante es que vino a pedirme ayuda.

–¿A vos? Qué, ¿te va a hacer invisible?, cuentos como esos escuché bastantes ¿eh?, si te querés ir de casa, andate, de algún modo me las voy a arreglar con los chicos.

Si algo tienen las mujeres, digno de admiración y fuente de ciertas perturbaciones, es esa enorme capacidad de hacernos aterrizar sin que lo queramos. Le conté de qué se trataba el proyecto y otra vez llamaron desde el planeta Tierra.

–Tu amigo está loco y si le seguís la corriente,  vas a terminar más loco que él.

No era una conclusión que diera lugar a más explicaciones. Ni mi sosegada pasión por la aventura, ni mi base de operaciones, impedirían que al menos lo intentara y de paso le hiciera un favor a un viejo amigo.

La luz de la lámpara del quirófano, tan plena, evocó esas historias de tipos que cuentan que se internaron en las entrañas de la muerte. Cuando ingresé en el sopor que produce la anestesia tuve un corto sueño. Una señora me preguntaba si yo era Neil Armstrong. Consciente de que le mentía, le dije que sí, que lo era y que estábamos planeando un viaje a Marte para conocer el planeta, siempre que el clima acompañara. Al despertar, no sentí nada. Petrovich me explicó que una vez que el chip (cuyo nombre científico es “bio–nano–screen”) se adaptara, yo empezaría a ver las imágenes emitidas desde las distintas cámaras instaladas con sigilo en mi casa. Para aprender a manejarlas, mi amigo me dio un manual de instrucciones, parecido por su tamaño al de una impresora láser. En el manual se detallaba con claridad cómo debía abrir y cerrar mis párpados para ver con normalidad o para observar las distintas habitaciones. Las imágenes solo se veían con los ojos abiertos. Desde ya que el proyecto, en esta etapa experimental, debía guardarse en el más absoluto secreto.

Pasaron unos días en los que traté de aprender a manejar el microchip de acuerdo a las instrucciones: dos parpadeos seguidos: la cocina; dos alternados: el baño; tres seguidos: la habitación de mi hija; cuatro seguidos: la habitación de los chicos; tres alternados: el patio. También habíamos puesto una cámara en la mirilla de la puerta, de manera de poder observar quién tocaba el timbre en nuestra ausencia.

La adaptación no fue sencilla, mi cuerpo parecía resistirse. Petrovich me llamaba a diario, a veces más de una vez, diciéndome que no era posible, y que yo –como si fuera un hecho voluntario– me estaba negando a ver, demorando más de lo debido. Le expliqué que había sido riguroso con el entrenamiento y que creía que solo necesitábamos tiempo y paciencia.

Y así fue: la primera imagen vino sin buscarla, mientras trabajaba. Una compañera me sirvió café. Empecé a ver una habitación que no era la de mi casa, sino la de un hotel confortable y espacioso. Una pareja entró y casi sin cerrar la puerta comenzó a besarse con pasión. Mi compañera me preguntó si me sentía bien, dado que yo estaba sentado frente al monitor de la computadora pero con los dedos tapando y masajeando mis ojos cerrados.

–Sí –le dije–, tengo la vista un poco cansada.

–Estas pantallas –dijo ella–, te serví el café.

Abrí los ojos. El manual decía que teniéndolos cerrados unos diez segundos el sistema se interrumpiría. Sin embargo, no lograba salir de la imagen del hotel. La pareja continuaba con lo suyo. No fue un buen momento. Mi compañera insistió con que tomara el café, pero para ella y ese ambiente, yo estaba ciego.

–Más tarde –dije imaginando su expresión.

Oí la voz de mi jefe y levanté la cabeza hacia él.

–Rodolfo, ¿terminaste el resumen de ventas?

–No, no puedo –le dije al jefe–, estoy ciego.

–¿Ciego?

–No sé qué me pasa, no puedo ver –repetí, mientras la chica del hotel se llevaba algo a la boca. Él se arqueaba disfrutándolo y la tomaba de la nuca empujándola hacia sí como si no hubiera tope.

Un aire de tragedia recorrió la empresa. Varios compañeros, aún esos con los que a veces no simpatizo, vinieron a ver al cieguito. Luego, alguien me tomó del brazo y me condujo hasta un automóvil, siempre dándome ánimo y proponiendo que me tranquilizara. El hombre alzó a la chica sobre la cama y empezó a desvestirla para más tarde introducir su cabeza entre las piernas de ella.

–Llegamos –dijo el chofer.

Me internaron dos días, en los que incomodé a todo el mundo. La empresa se portó muy bien, casi tan bien como el tipo del hotel. El sistema pareció cancelarse, quizás porque me dejaron muchas horas los ojos vendados. El diagnóstico fue algo así como ceguera histérica. Estaba claro que Petrovich había hecho un gran trabajo. Ningún médico pudo ver el dispositivo y todo indicaba que el proyecto se mantenía en pie.

Una noche, mientras miraba un partido de fútbol en casa, volvieron algunas imágenes. Vi un puente iluminado por donde transitaban automóviles dejando ríos de luz. La cara de un perro blanco, peludo, que se acercó y me lamió los ojos. El amanecer de un poblado junto al mar. Los pasillos de un gran supermercado vacío. Cultivos de lino meciéndose al viento. El trajín del centro de una ciudad. El reloj de una torre, ¿del Big Ben? El tumultuoso ingreso a una fábrica. Tropas avanzando en un territorio desértico. Un partido de fútbol en un estadio europeo. Un encuentro de tenis en una cancha de arcilla. Los moai de la isla de Pascua. Lava de volcán arrasando un bosque. Fotografías de personas y familias enteras. El patio de una cárcel. Hormigas devorando lo quedaba de una cebra. La Tierra desde un satélite. Personas manifestando. Un eterno zapping, un eterno y peligroso Aleph (diría un amigo escritor) que conservé aún en sueños y que por la hora y las circunstancias no lograron ponerme en riesgo.

A la mañana siguiente, empezaron mis intentos por encontrar a Petrovich. Hice llamados telefónicos, escribí correos electrónicos, pero nada, ni la sombra de su sombra.

 No recordaba tampoco el domicilio donde me habían intervenido como para tomar alguna referencia y estaba realmente desorientado: las imágenes que había visto nada tenían que ver con mi casa. Aunque hubo una que me llamó la atención. Otra vez yo estaba en la oficina, en la kitchenette que usamos para almorzar. Me llevaba un sándwich a la boca cuando vi dos hombres instalando cámaras en mi propia una casa. Al principio, pensé que era un video de mi amigo Petrovich y yo trabajando en casa (algo raro porque yo solo recibía imágenes en vivo, en tiempo real), luego me di cuenta que el que acompañaba a Petrovich era otra persona, un hombre de mi misma edad, más gordo tal vez (las cámaras engordan) y de movimientos animados. Mis tiempos, mis movimientos, siempre fueron más bien lentos, morosos, de alguien tranquilo.

Reconozco que me sentí traicionado. Estas imágenes y la incomunicación con el ruso era la evidencia de yo podía estar afuera del proyecto. Me quedé quieto, seguí comiendo. Mi apariencia era la de alguien que estuviera absorto, pensativo. El compañero de trabajo que compartía el almuerzo conmigo me contaba lo que había hecho el fin de semana. Los dos hombres, sonriendo a veces, especulaban con los lugares donde instalar las cámaras de manera que no se percibieran. Es preciso aclarar que todas las imágenes venían sin sonido. ¿Tendría ya aquel hombre instalado el micro chip? ¿Era yo el responsable de que las pruebas conmigo no hubieran funcionado? Me sentí enfermo de celos. Tanteé para encontrar el vaso de gaseosa que acompañaba al sándwich y mi compañero de almuerzo, que ahora relataba pormenores del picadito que había jugado el sábado, se dio cuenta de que mi vista no era la mejor.

–¿De nuevo estás ciego? –preguntó alarmado.

Mis ojos quisieron mirarlo, pero solo atiné a mover la cabeza hacia donde venía la voz, como un mecano. Aún habiendo acertado con la dirección de la mirada, eran evidentes mis ojos vacíos, solo podía seguir viendo hacia adentro a esos dos hombres que sonrientes, sabedores de su picardía, se daban la mano despidiéndose. Si yo hubiera tenido frente a mí a Petrovich, lo hubiera trompeado.

Ensayé mover los párpados y ahora sí podía ver a mi compañero de trabajo.

            –No –dije– estaba pensativo.

–¿Te asustaste con lo de la ceguera, no?

–Imaginate. No debe haber nada más feo que perder el sentido de la vista.

–¿Y te dijeron por qué fue?

–Dijeron que era psicológico, como si uno, inconscientemente, quisiera negar la realidad.

–Pero ¿no será un virus, che, o tenés problemas en tu casa?

–Qué se yo, ahora estoy perfectamente. Y en mi casa está todo normal.

Moví los párpados, apareció una cocina soleada, la ventana daba a un espacio de luz. Era la casa anterior. Una mujer de unos cuarenta y tantos estaba cocinando, tal vez escuchando la radio porque por momentos se movía bailando e interpretaba una canción haciendo micrófono con un cucharón de madera. Luego atendió el teléfono y mientras hablaba, sonreía. Al lado de la base del  teléfono estaba la fotografía del que instaló las cámaras con el ruso. ¿Estaría ese hombre viendo también estas imágenes o solo podía verlas yo? Maldije a Petrovich.

La señora de la cocina recibe a quien debe ser su hijo. El chico llega del colegio, tira la mochila al piso con violencia, sacándose ese tremendo peso, gritando ofuscado, demostrando el odio que tienen los jóvenes de todo el mundo por la escuela. La madre lo reta y recoge la mochila. Debo volver a mi escritorio, me esperan la confección de unos recibos y el café que me sirvió mi compañera. Hago que miro interesado el monitor de mi computadora. La madre y el hijo se disponen a almorzar. El chico, un adolescente de unos catorce años, enciende la tevé. Mientras la madre le sirve milanesas y fideos en un mismo plato, parece sermonearlo. Él casi no le  presta atención, corta las milanesas mirando el televisor. La madre le retira el plato, apaga el televisor con el control remoto y ahora parece gritarle para que la escuche. Prefiero los moai de la isla de Pascua.

En el ómnibus que me devuelve del trabajo reflexiono que tal vez haya un cruce de ondas y las casas estén invertidas para sus receptores. No entiendo la desaparición del ruso. El coche en el que viajo está colmado, a nadie le interesará lo que esté mirando. Viajo de pie, me cuelgo del pasamano y pongo los ojos en la ventanilla, conozco de sobra el paisaje. Enciendo de nuevo la maldita nano–bio–screen, sigo furioso, me consuela saber que ahora el sistema, salvo aquel pequeño detalle, funciona a la perfección. Hasta las habitaciones que veo responden a los comandos. Pego cinco parpadeos seguidos, pienso que los demás creerán que tengo un tic. No me importa. Veo una habitación con una cama matrimonial, está en penumbras, me parece natural por la hora. Dudo si se trata de la casa del otro tipo porque de nuevo irrumpe una pareja besándose, pero la mujer es la misma que vi cocinando, cantando y después discutiendo con su hijo, el hombre no es otro que Petrovich.  Pienso varias cosas: Que es obvio que el gordo que instaló las cámaras con él no está viendo lo que ocurre en su casa. Que mi amigo no podía fallarme, aún dejándome de lado y desmotivándome a seguir con el proyecto, tomó por mí cierta venganza. Que espero que el otro no esté viendo lo que yo veo. Es decir, no me importa lo que ocurra en mi casa, me importa que el gordo nos esté observando y, por las dudas, analizo cómo desinstalar las cámaras de mi casa esa misma noche. 

 

De: "Textos sin destino". Ed. Entre Ríos. Paraná. 2010