LAS FÓRMULAS NO FALLAN

Modificado el: 02/06/2019 Imprimir PDF

En lo profundo reconozco la razón por la cual me aventuré a pasar algunos días en Rosario, junto con dos amigos de mi hermana, los cuales no soporto demasiado (es decir de la manera en la que uno soporta a sus amigos), y la realidad es que simplemente me dejé arrastrar por un impulso, por una curiosidad. Llegamos el mediodía del viernes, dispuestos a quedarnos hasta el domingo a la tarde, cosa de aprovechar el fin de semana. Los amigos de mi hermana se hospedarían en un hostel y me dijeron que si quería podía quedarme ahí. Rechacé la oferta por una cuestión de modales y les dije que iba a dormir en lo de un viejo amigo; lo cual me llenaba de entusiasmo, por cierto. El Pollo había terminado la secundaria conmigo y desde ese entonces, tres años aproximadamente, no lo veía. El reencuentro estuvo más plagado de alcohol, risas y quilombos de lo que esperaba. Aunque, por mi parte, casi no bebo. Como dos noches y tres días no bastaron, y tampoco tenía compromiso alguno en el laburo, decidí quedarme unos cuantos días más para volver recién el viernes a Santa Fe. Esto no fue para nada premeditado. El veloz paso del tiempo, las caminatas improvisadas por toda la ciudad y el hecho de que podía gastar cuanto tenía (a excepción de los doce pesos para el pasaje, que bien guardados estaban) hizo que me quedara tantos días, aunque haya tenido que dormir en el sofá del living, con las patas para afuera, desmedidamente incómodo.

Encendí un cigarrillo en el hall del edificio, como esperando que suceda algo, justo en ese preciso momento del día en el que me empiezo a sentir solo. Me arrimé al cordón de la vereda y paré un taxi. A la terminal, le dije. La noche ya empezaba a caer. Fui hasta la boletería y pedí un pasaje para el primer colectivo que partiese con destino a Santa Fe. Quince pesos, me dijo la empleada. Sentí que un ardor de verano me recorría el cuerpo. Vengo después, le dije. Salí caminando a la calle, como un autómata, sin pensar en nada. Si tan solo hubiese gastado menos… pero bueno ya está, ya está. Cuando atravesé la puerta sentí una patada de incertidumbre en el estómago, un nudo. Recordé la necesidad de volver enseguida a Chajarí, al pueblo, donde me esperaba mi novia embarazada de dos meses. Todavía tenía que contactarme con la dueña del departamento para devolverle las llaves, cerciorándome antes de que todo quedase limpio y en buen estado. Por suerte me lo había alquilado amueblado y las pocas cosas que tenía ya estaban en la casa de un amigo. Libros, una radio, ropa, pósters. Tenía que hacer un montón de cosas y solo disponía de lo puesto: un bolso y doce pesos. Me sentí viejo y cansado. Fue consolador el recuerdo, sin embargo, de mi cajita de ahorros, prudentemente escondida debajo de la cama (también alquilada, junto con el colchón, junto con el departamento). Ahora me tengo que concentrar en cómo volver, pensé, después veo cómo resuelvo todo aquello. La idea de pedirle tres pesos prestados al Pollo estaba descartada; la piojera lo carcomía, teniendo solamente los alimentos necesarios para sobrevivir el resto del mes. Busqué el encendedor en todos los bolsillos y al no encontrarlo supuse que se me había caído en el taxi. Desorientado, me acerqué a un tipo que estaba en el suelo, fumando, y le pedí fuego. Tenía las ropas raídas, el pelo y la barba larga. Parecía bastante simpático. Me senté al lado de él y le pregunté qué hacía.

Me llamo Torres. Bueno, así me dicen acá. No hago nada, pibe. Ni siquiera estoy pidiendo plata. Voy a esperar hasta las doce de la noche, acá sentado, para cruzarme al restorán de ahí a la esquina para ver si les sobró algo para bandear. ¿Vos qué haces? ¿Necesitas algo? –me contestó el tipo.

Ah, mirá vos. Está perfecto, che. Me llamo Épsilon. Estaba por irme pero… me quedé sin plata para el pasaje de vuelta –le dije.

¿A dónde te vas? Pero sos boludo eh, vos tenés que saber esas cosas. ¿Qué vas a hacer ahora pibe? ¿Quedarte así como yo? Ja,ja,ja –me dijo Torres, con una enorme sonrisa que, para impresión mía, revelaba dientes amarillos, apenas manchados por el tabaco.

A Santa Fe nomás. Y voy a ver qué hago, no conozco a nadie acá, seguro arranco a dedo. Así que bueno, loco, gracias por el fuego –le dije, mientras me acordaba de una novelita, y le extendí la mano para saludarlo.

Nos vemos, pibe. Tené cuidado, eh. Ja,ja,ja. –contestó, estrechándome la mano. Era áspera, de calle, de mugre. Torres parecía un tipo honesto.

Volví a entrar a la terminal porque me estaba meando y la verdad es que no sabía qué hacer después de tanto. Quedarme en lo del Pollo hasta poder juntar los tres pesos era una idea más que descartada. Tenía que volver lo más pronto posible, cosa de llegar a Santa Fe y de ahí partir hacia Chajarí. Saldría a dedo esa misma noche, sí, eso haría. Después de orinar me di cuenta de que hacer eso totalmente solo era una pésima idea. El frío, la ruta, caminar viendo poco y nada, el terror a que me secuestren, a que mi futuro hijo se quedara sin padre. Así que, como en una película de acción, salí disparado hacia la calle nuevamente. Con un plan de viaje formulado a la perfección e ideado en apenas pocos segundos. Ahí estaba, como supuse, Torres, sentado todavía en el piso y mirando para todos lados; cuando me visualizó abrió los brazos y las manos a modo de interrogación.

¿Qué pasó pibe? ¿No te ibas? –me dijo.

Sí, pero me di cuenta de que no era una buena idea viajar solo –le contesté, según el plan.

Mirá, vení, sentate que te cuento algo –le hice caso y me senté contra la pared, al lado suyo– vos me ves así, sucio, tirado en la calle. Capaz pensás que soy un borracho o un vago. Pero ya te dije que no pido plata y, además, casi nunca escabio. Estando en esta situación no me conviene. Aparte no me gustan los borrachos. Bueno, mirá, a lo que voy es que yo vivo así porque quiero. Me fui de mi casa a los dieciocho años, de allá del Chaco, vivíamos en una casa seis por seis y éramos una banda de hermanos, arranqué con unos amigos, después que terminé la escuela, y después quedé solo. La vida me hizo fuerte igual y ahora me doy cuenta de que estoy bien así solo y que no necesito a nadie. ¿Entendés lo que te digo pibe? Si tenés que irte solo, sin nadie, hacelo, tenés que creer en vos, pibito – me dijo Torres, desarticulando un poco lo que tenía en mente. No me quedó otra que sincerarme con él y decirle lo que tenía ganas de hacer.

Mirá, Torres, lo que pasa es que además de eso no conozco las rutas de Santa Fe. No sé si ya te lo dije pero soy de Chajarí, de un pueblo, y es la primera vez que vengo a Rosario. Lo único que tengo ahora son doce pesos y si vos me querés acompañar en el viaje son tuyos, te los doy ahora –le dije, mirándolo a los ojos, unos ojos sinceros, que por las arrugas de los costados se notaba que habían visto mucho, quizás demasiado.

Torres, el bohemio, aceptó de inmediato la plata, advirtiéndome que lo mejor sería esperar hasta el día siguiente para emprender el viaje, puesto que la ruta se volvía más peligrosa de noche y los conductores no solían levantar a los caminantes. Acepté, no sin un poco de remordimiento, confiando en mi compañero. Era claro que tendríamos que dormir en la calle. A los doce en punto nos cruzamos al restorán de la esquina para pedir comida (no me impresionó que Torres prefiriese hacer esto en vez de comprar algo con la plata que le di). Me dijo que lo esperara afuera y eso hice. Me paré a observar, a través de una de las ventanas laterales, cómo el bohemio se desplazó directamente a la barra, saludó al que parecía el encargado, pues estaba vestido diferente a los demás, y este le hacía entrega de un paquete envuelto en papel madera. Salió con una sonrisa de oreja a oreja y me confesó que no probaba bocado desde la noche anterior. Nos instalamos en el mismo lugar que antes y en cinco minutos devoramos las milanesas con papa fritas, que por cierto no parecían haberse cocinado hace mucho tiempo. Como me sucede siempre que termino de comer en abundancia, el sueño se apoderó de mí y me quedé dormido, a pesar de estar tirado en la calle, en el duro y sucio cemento de la calle, me quedé dormido.

Dolor de cabeza, sol, apenas un poco de fresco. Torres, el que no escabia, como yo, está durmiendo al lado mío, con la boca abierta y zumbando ronquidos. Abajo suyo hay papeles de diario y cartones. Está muy abrigado y solo tiene un bolso como equipaje (y, por qué no, como casa). Al lado de su cuerpo, a la altura del tórax, hay una caja de Resero cortada en una de sus puntas, como si fuese una leche, me acerco y la sacudo: no tiene nada. Me empiezo a acordar de las cosas que tengo que hacer: el bebé, entregar las llaves del departamento, viajar. Le toco un hombro a Torres, lo muevo apenas. Abre uno de sus ojos y luego el otro, levanta los brazos, se suena el cuello, todo muy lentamente, sin dirigirme la palabra. Aprovecho para ir al baño. Cuando vuelvo lo encuentro conversando con una vieja que vende chipa frío afuera de la terminal, me acerco tímidamente y me convidan un mate. Es un buen tipo Torres. No sé de qué hablaban pero presentí que todas esas cosas formaban parte de su vida cotidiana: tomarse unos mates con la vieja, vagar durante todo el día (esto lo imagino), cenar comida del restorán y escabiar un vinito de vez en cuando. Estuvimos así media hora hasta que le dije que ya era hora de partir. Me dijo que sí, que cargue una botella de plástico en la canilla del baño y que nos íbamos. Cuando volví la vieja le estaba dando dos bolsas de chipá y, seguidamente, un abrazo. Me figuré que Torres tendría siempre lugares a los que volver.

El viaje duró un día y medio. Llegamos a Santa Fe el domingo a las tres de la tarde. En total nos habían levantado cuatro personas y tuvimos que caminar veinte kilómetros durante la noche. Torres tenía razón, la gente no lleva a los caminantes a esas horas. Por suerte a la ciudad entramos en auto, gracias a un tipo que nos dejó subir a su Amarok cuando ya faltaba poco. Nos dejó en la puerta del edificio, lo cual me resultó un poco incómodo ya que mi trato con Torres había terminado y tenía demasiadas cosas que hacer como para ocuparme de él. Es increíble la indiferencia que uno puede llegar a sentir por los demás cuando lo propio está en juego. Sin embargo, le dije que le agradecía mucho el haberme acompañado, que tenía un nuevo amigo en Santa Fe por si necesitaba algo y le di un fuerte abrazo. Él me dijo que no era nada y repitió el mismo discurso que había pronunciado el día que nos conocimos. Me dio lástima. Recordé con dolor su cara mientras dormía afuera de la terminal, el cansancio de su cuerpo mientras caminábamos por la ruta en plena noche, las palabras de confianza, amor y amistad que me regaló durante los últimos días. Yo, en cambio, le dije poco y nada; nunca mencioné lo de mi futuro hijo, por ejemplo, el motivo real por el cual tenía que rajar lo más pronto posible. Lo invité a quedarse un rato en mi casa, le dije que si quería podía bañarse. Aceptó sin amagues. Mientras el bohemio se aseaba, me recosté en la cama. El sueño se apoderó enseguida de mí.

Ya era de mañana cuando me desperté. Torres dormía como un tronco, en el sillón. En la mesa de al lado había un White Horse, que una vez cierto amigo me regaló y nunca probé, destapado, con un vaso a medio servir junto a la botella. No había bebido casi nada. Acomodé mis pensamientos lo más rápido que pude y después de tomar unos mates fui a darme una ducha. Cuando salí del baño Torres seguía durmiendo y zumbando ronquidos. Puse la plata que tenía en la cajita de ahorros en un sobre, guardé la poca ropa que me quedaba en el bolso, dejando algunos abrigos que ya no me interesaban colgados en el perchero y, una vez que tuve todo listo, me quedé mirando por la ventanita de la cocina, hacia los techos, vacilante. Llovía a cántaros. Pensé en Torres, en la vieja que me alquilaba el departamento, en mi novia, embarazada. La calle debería estar húmeda y fría. Agarré el bolso y puse el sobre con la plata en un bolsillo interior, abrí la puerta del departamento y luego dejé la llave sobre la mesa ratona, sin hacer ruido, al lado del whisky, bajé al hall del edificio y esperé a que alguien abriera para poder, al fin, dirigirme rápidamente hacia la terminal.