LAS COSAS QUE NO SE ELIGEN

Modificado el: 02/06/2019 Imprimir PDF

La primera vez que se cruzaron ninguno se fijó en el otro, porque ambos desviaron sus ojos hacia el vagabundo que se encontraba tirado en la esquina de la parte de atrás de una iglesia, acurrucado y profundamente dormido. En realidad sus miradas se encontraron, sí, en cierto sentido, porque formaron un triángulo recto cuyo vértice era la cara sufriente y gris del mendigo; la chica del pelo corto bajaba por España y Francis subía por Salta. Los dos sintieron un dolor casi físico al ver por primera vez al viejo de rastas mugrosas y larga barba, haciendo muecas de dolor mientras dormía. Por lo visto ni siquiera el sueño, anestesia de los sentimientos, podía calmar su padecimiento. Con el correr de los días, a Francis, que inevitablemente tenía que cruzar por la iglesia, le atacaría la misma sensación de angustia. Como alguien que cegado por cierta sensación de bienestar se olvida del entorno y de pronto ¡paf! cae en él nuevamente, como en un precipicio, como en un pozo porque la realidad es siempre oscura. A no ser que, claro, cierto artificio, a veces mágico, logre darle colores por un rato. Muchas veces esta herramienta capaz de alumbrar está dada por las pasiones. Suena difícil ¿no? él lo afirmaría mucho tiempo después y no sería la primera vez. Sin embargo hay factores malignos que hacen que este artificio pueda, por momentos, dar el efecto contrario al esperado. Pero eso viene después, no hay que apurarse. También hay otras cosas que funcionan como antorcha cuando se está inmerso en la negrura de una cueva. Como por ejemplo el arte, la ciencia, la espiritualidad. Sublimación. Sublimándonos, canta Spinetta. La más extraña y común de todas (nótese la contradicción) es el amor. Dicen que una persona tarda solo un segundo en enamorarse. Es decir que su cerebro hace un click, su corazón da un vuelco instantáneo y ¡plaf! uno cae en la trampa. Un segundo. El tiempo que te llevó leer la oración anterior.

Era lo suficientemente tarde como para que las calles quedaran vacías y, como había llovido, mojadas. Francis salió junto con el verdulero, amigo y vecino de la cuadra, en busca de algún almacén abierto para comprar un paquete de fideos y una caja de puré de tomate. Su compañero, especialista en frutas y verduras, iba cantando un tango de nosequién y un señor que salía a su encuentro abrió los brazos, levantando un paraguas, y exclamó:

¿Así le cantas a todas? Atorrante.

Los tres se echaron a reír con estruendo. Parecía que los jóvenes no eran los únicos que estaban contentos esa noche. Hicieron media cuadra y allí estaba el clochardtirado en el piso, con los ojos cerrados fuertemente, sufriendo mientras dormía.

Bob Marley– dijo el verdulero, bromeando.

Pobre hombre, vivir así… – replicó Francis.

Ambos sintieron la misma sensación de desgarramiento, del alma que se acongoja porque tiene empatía. Siguieron caminando y ya nadie cantaba. Al otro día saldría el sol y los malos recuerdos se esfumarían con el aire de la mañana. Pero no todos. ¿O debería decir para todos? Por lo menos así lo aparentaba el viejo vagabundo, que padecía confusamente mientras dormía.

Hace meses que la bebida se había impuesto, casi desapercibidamente, en su vida. De forma paulatina, como un pequeño favor que en su interior urde un futuro engaño. Francis lo sabía pero no hacía juicios de valor. Le daba igual. Era algo natural que sucediera con frecuencia. Pero en el fondo, cuando estaba borracho, sentía que había cuestiones que debía resolver y no hallaba el método correcto. Necesitaba de una sublimación. Aunque animoso, con frecuencia le asaltaba la sensación de no saber para dónde salir disparado. Y entonces las persianas se empezaban a bajar al igual que su ánimo… por la mañana abiertas, por la tarde a medias y al caer la noche cerradas. Plena oscuridad, encierro, jazz. Después el no poder levantarse y dormir hasta el mediodía o arrancar temprano pateando el piso y puteando a quién sabe qué santo. Su mente era un subibaja, por las noches allá arriba, flotando en un cielo de ideas y, a veces, delirios; por las mañanas el mundo hosco, vulgar y torpe de siempre. Hasta que una noche, bebido hasta la madre, solo, se hizo una propuesta a sí mismo. Guardar algo del dinero que gastaba diariamente en cerveza y llevarle de comer por las mañanas al viejo. Empezaría con el pie izquierdo, al día siguiente, dejándole los cigarrillos de la noche anterior.

La única diferencia entre la exaltación y el derribo de una ilusión es que la primera agrada y la segunda frustra. En cuestiones de tiempo, basta un instante para que cualquiera de las dos cosas suceda. Como un castillo de naipes, que se cae cuando alguien, cansado, suspira. Algo parecido le pasó a él cuando salió esa mañana de su casa camino a la biblioteca. Francis tenía la intención de cruzar por al lado del vagabundo para ver cómo agonizaba y dejarle su paquete de cigarrillos, que estaba por la mitad. Habiendo tenido una noche agitada, no tenía dinero para comprarle comida. Sin embargo, sacrificaría el humo. Demasiado para empezar. El corazón le desbordaba de alegría, contento sin razón, caminó tarareando una balada y al llegar a la misma esquina de siempre el viejo no estaba. Como le sobraba un poco de tiempo, pues no dependía de nadie, decidió darle la vuelta manzana a la iglesia. Lo encontró una calle más abajo, viniendo del lado desde donde una vez había aparecido la chica del pelo corto; irreconocible, en aquel momento, claro está, para él. El pobre estaba postrado, como de costumbre, sobre un gran costal de harapos, rodeado de bolsas de nylon con basura, un mate de plástico y un pucho por la mitad. El joven sacó su paquete de cigarrillos y se agachó para dejarlo al lado de su cabeza. Fue entonces cuando el mendigo se despertó de repente y abrió los ojos de manera inconmensurable, fraccionando su cara en miles de arrugas espantosas.

¡Fuera, pecador! Te quiero lejos de mi iglesia– empezó a gritar, delirante y furioso– ¡Fuera, pecador! ¡Hasta que no sanes tu consciencia te quiero lejos de mi iglesia!

Luego se levantó enérgicamente y Francis casi se cae del susto. Tambaleó y miró hacia los costados, sintiendo que una mano lo ayudaba a incorporarse del todo. Era la chica del pelo corto. Por primera vez, en un segundo y de forma casi accidental, se miraron a los ojos. El viejo ya estaba tranquilo, sentado en el suelo, admirando a la chica de manera inocente. Pues era la misma que cada día, después de la primera vez que lo vio y su mirada proyectó un triángulo recto con la del joven, le llevaba el desayuno por las mañanas. Este ángel depositó en el suelo una bandeja y un vaso descartable que desprendía humo; luego, sin decir palabra, miró por segunda vez en su vida al chico que estaba parado a su lado como un bobo, con un paquete de cigarrillos en la mano. De todos modos, aunque no lo hubiese mirado esta vez, el hechizo ya estaba cerrado. El amor es un artificio mágico. Y ellos dos, accidentalmente, hicieron magia. El resto ya es otra historia.