RECAER EN EL ZENIT

Modificado el: 02/06/2019 Imprimir PDF
¿Por qué lamentarse de la suerte cuando
está en nuestras manos el mejorarla?
Marqués de Sade.

Miro esas esferas verdes y acristaladas engañando a mi entorno, mientras me olvido de todo… incluso de mí mismo; bajo un poco la mirada y las violáceas ojeras son el objeto, ahora, de mi cara de bobo. El sol entra a raudales por la ventana de abeto rojo y nuestras cabezas se menean despacito al son de la resaca. La puta madre, pienso, no me quiero ir nunca más de acá. Solo nos resta pasar el día y la noche siguientes, para luego volver a los ruidos de la tumultuosa ciudad. Le agarré cariño a esta casa, le dije a Luciana, mirándole las ojeras. Ajam, si dormiste como un cerdo… contestó la otra. Media dormida, se sentó apoyando la espalda en la cabecera de la cama y encendió un cigarrillo. Habíamos salido de la ciudad para desintoxicarnos un poco, por decirlo de alguna manera, para zafar por un tiempo de los ruidos molestos y de la mirada torpe e inquietante de la gente careta. Que la chupen, esos hipócritas. De todos modos, en medio de esta resaca, me surge una suerte de reminiscencia… Antes de toda esta caravana interminable, yo era otro tipo. Con los mismos modales, pero con la diferencia de que nadie, en absoluto, me acompañaba. Es decir, hacía lo que hago ahora… pero sin pensarlo tanto, como un poseso que vaga ante la indiferencia del mundo. Hasta que la conocí a Luciana. ¿O debería decir hasta que nos conocimos y, sin desestimar aquel voluptuoso encuentro, explotó la bomba?

Antes de que empezáramos a salir juntos, yo solía frecuentar la casa del viejo Schnitzler; un misterioso prostíbulo en la esquina de Salta y Bernardo de Irigoyen. Me la pasaba bebiendo ahí metido, rodeado de mujeres que me chupaban la sangre. Todas las prostitutas me conocían y alababan. Por la guita, naturalmente. Sabían que después de tomarme dos tubos de vino elegiría a alguna de ellas, la que más me gustase o la que mejor supiera coquetear conmigo. Los hombres van a los prostíbulos a tener sexo sucio y fácil, para algunos es desagradable y para otros la mejor manera de hacerlo. Pero había llegado un momento en el que eso me había hastiado un poco y empecé a ir a divertirme, a dar rodeos antes de acostarme con alguien. Paseaba por toda la casa del viejo Schnitzler bebiendo y consumiendo drogas con algunas prostitutas y más tarde me llevaba a la pieza a aquella que más me convencía en ese momento. Después de coger salía a vagar con mi Ford Taunus V8 por las calles. Algunos preguntarán por qué, teniendo tanta plata, no acudía a otro lado mejor con mis diversiones. Pues yo les responderé que no lo hacía porque ese era el mejor lugar. Vino barato, droga, mujeres. El pueblo era demasiado chico como para buscar en otra parte. Y yo no tenía ganas de remarla, solo quería ir a hacer en un mismo lugar todo lo que mi instinto de libertad, de animal, me encargaba. Era una forma de sueño, un estado semiconsciente donde al otro día la resaca actuaba como una especie de karmasobre mí; pero llegada la noche, me transformaba en ese animal devorador nuevamente y no había mandato alguno que pudiera frenarme.

Una vez estaba dando vueltas por el enorme patio interno del prostíbulo con una mujerzuela de pelo negro, agarrada de mi brazo, que no terminaba de convencerme. Íbamos bebiendo un whisky mientras yo intentaba hacerme la idea de que me atraía más de lo que en realidad me provocaba. Tener sexo con frecuencia te genera eso: una especie de adicción en la que si no tenés ganas de hacerlo, lo haces igual. Ese día casi todas las piezas estaban ocupadas y, por lo tanto, las mujeres también. Así que estar ahí en el patio era una manera de hacer tiempo. Estábamos acodados en la barra cuando de pronto apareció una rubia despampanante. Siempre tuve obsesión por las rubias. Veo una por la calle y, no lo puedo evitar, me dan ganas de secuestrarla y llevarla a mi casa enseguida. ¡Ah, corromper, corromper! Para impresión mía, se acerca a donde estábamos y me pregunta si tenía una copa que me sobre. Claro que sí, respondí. Le hice una seña al viejo Schnitzler y me arrimó una copa y otra botella. Empecé a servirle solo a la recién llegada, hecho que molestó mucho a la morocha e hizo que se largara de una vez. Estaba completamente borracho y ella, por los gestos, muy hiperactiva. Le guiñé sutilmente un ojo y, sin decir palabra, me indicó con la cabeza que vayamos a una pieza. Así de fácil era siempre. Enseguida pasé la mano por arriba de la barra y tomé una de las llaves, sin pedirle permiso al dueño de casa, que ya estaba en otra cosa, y me llevé a la mujer más prometedora directo al infierno, mi infierno. La noche recién comenzaba. Empecé a sacarme la ropa y ella también, tiramos las prendas por cualquier lado y estrellamos las copas contra una de las paredes descascaradas; gesto brutal y divertido que aprendí de Bukowski. Arranqué las sábanas de la cama y dejé el colchón pelado. Siempre hacía lo mismo, por una cuestión de pulcritud y enfermedades. Comenzamos a jugar mientras bebíamos del pico. Enseguida entendí que la pasaría mejor que con cualquier otra prostituta. Aparte, a esa rubia no la había visto nunca en mi vida andando por ahí; seguro era nueva. Ya estábamos desnudos y echados en la cama. Le metí dos dedos en el agujero negro y casi salgo corriendo de la impresión. No era prostituta. De acá a la China, no era prostituta. Ningún taladro había desatornillado su tornillo. Gracias Schnitzler, pensaba entre regocijos de voluptuosidad. La obra de teatro comenzó y en pleno acto le pregunté al oído cómo era su nombre. Luciana, me contestó.

La energía revitalizante del sol entra con sus rayos a través de la ventanita circular para posarse sobre los párpados de Eduardo y Luciana; ensueños, él despierta primero y empieza a recordar de a poco todo lo que había pasado la noche anterior. Con los brazos cruzados detrás de la cabeza, que le pesa más que el resto del cuerpo, mira a su alrededor sin pensar en nada. Respira profundamente y disfruta de ese dulce momento que precede a comenzar el día. La rubia que estaba al lado de él empieza a desperezarse como un gato y abre los ojos, resplandecientes como piedras ágatas, míticos, extraños. Durante la noche fue imposible desenterrar la luminosidad de esas lámparas, pero ahora, ahora que veía bien, Eduardo ya empezaba a resbalar en la trampa. Las ojeras le colgaban, pero Luciana bien dentro de todo ese caos que parecía ser. Así como lo vio, se levantó y comenzó a buscar la ropa por toda la pieza, para empezar a vestirse. Él la miraba ir y venir y una vez que ya estaba lista, se paró, desnudo como estaba, y la tomó del brazo. La miró fuertemente a los ojos, con rabia, y le dijo:

Vos no trabajas acá.

Sí, trabajo… anoche me elegiste vos – contestó ella con una voz dulce y fina.

¿Y cómo entonces nunca en mi puta vida te había visto? – empezó a decir Eduardo, un poco enojado, apretándole fuertemente el brazo.

Soy nueva, nene – le dijo la rubia y le regaló una sonrisa mientras abría la puerta, ya desligada del apretón del otro.

Ahh… ¿sí? ¿Entonces por qué no me cobras? –la tomó de los dos brazos, y la tiró en la cama. Cerró la puerta y se abalanzó sobre ella.

Empezó a sacarle la ropa, con furia, era una locomotora estrellando una casita de madera, le rompió la remera y se la arrancó. Mientras le gritaba que le encantaba, que estaba loco por ella, y ella suspiraba, gemía y se retorcía debajo de él, cogían con furia y sin amor, con furor y locura, sin una pizca de encanto, por puro goce. Terminaron deshechos otra vez sobre la cama. Y entonces Eduardo le preguntó:

¿Qué hacías por acá anoche?

Mira, no tengo tiempo para explicarte nada a vos. Si querés seguir hablando, me vas a tener que ayudar. – se había puesto seria y lo miraba con dureza.

Bueno dale, sí, te ayudo, pero no me hagas demorar. ¿Qué necesitas?

No no, vení, seguíme. Prestame tu remera y vos ponete la camisa.

Se vistieron en un silencio incómodo y salieron de la pieza. Eduardo fue hasta el cuarto del viejo y lo notó profundamente dormido, alrededor de unas cuantas botellas de cerveza. Guiado por la rubia, se encaminó a la pieza más recóndita de la casa. La que solo los privilegiados, como él, conocen. La que Schnitzler denomina como la vip. Luciana sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta. No había nadie, todo estaba completamente acomodado. Al parecer nada había pasado allí la noche anterior. Ella lo condujo hasta la cama y, agachándose, levantó las frazadas, que tocaban el suelo. Empezó a sacar algo lentamente. De a poco se fue descubriendo que era un cadáver con un puñal clavado a la altura del pulmón izquierdo… él la dejó hacer, sabía que ese momento le correspondía a ella y que su ayuda tendría que venir después. Era un hombre vestido de traje azul oscuro, con corbata rojinegra y zapatos marrones. Parecía unos cuantos años más grande que Luciana. Como de forma natural, sin haberse inmutado ni un poquito, se sentaron en el borde de la cama y ella empezó a hablar:

Juan Carlos Galarza, un “conservador católico”, un pececito bajo el control de gordos tiburones, un abogadito de morondanga. Mi amante, el padre de dos inocentes niños y el esposo de una vieja religiosa y aburrida. Siempre me traía acá para tener relaciones conmigo. Mirá, loco, yo no soy una prostituta como las que andan por ahí; no me quemo, me resguardo en lugares que me apetecen y me gusta más coger que comer dulce de leche. No cobro, porque lo hago por puro placer y con personas que yo elijo o que, como vos, me eligen. Ahora, ayudame a sacar este fiambre de acá. – le dijo mientras, sin darse cuenta, le apretaba los hombros con sus manos.

Te ayudo todo lo que quieras porque no tengo nada más interesante que hacer, pero quiero saber porqué lo mataste; por pura curiosidad. No estoy en contra de este tipo de cosas y menos si se trata de un careta como el que me acabas de describir. –contestó Eduardo, un poco confundido pero con ganas de contribuir a la causa.

Lo maté porque el muy hijo de puta se pensaba que me iba a poder apresar como a una nenita. Me quería llevar a vivir con él a Mendoza, y así escaparnos de su familia. Decía que allá conseguiría un trabajo para ejercer abogacía y que tenía dinero suficiente como para disfrutar de tres meses sin hacer nada. Solo estar conmigo y darme todos los gustos. Desde la primera vez que me lo planteó le dije que ni en pedo, que si yo estaba con él era porque me pagaba buena guita. ¿Te imaginas hacer una vida matrimonial? No hay chance. Y bueno, insistió tanto que… no iba a permitir que un pelotudo así me secuestre ¿entendes? Porque la cosa se había puesto muy tensa y ya cuando me puso las manos encima, tuve que reaccionar de la mejor manera posible. – explicaba Luciana, mientras encendía un cigarrillo sentada en el borde de la cama.

A mi parecer, hiciste bien. Las almas libres como las nuestras requieren de espacio. No mucho, con un poco les basta. Porque a lo que nos aferramos es mínimo. Explotado pero mínimo. En cambio los caretas, por decirlo de alguna manera, tienen esa facilidad de ocuparlo todo sin abarcar nada. Es decir, una casa inmensa, un auto por familiar adulto, pileta, pilas y pilas de ropa, más de tres livings en una casa, cuatro baños… imaginate la cantidad de papel higiénico que compran en vano. Hasta quizás tienen un yate en Punta del Este y lo usan solo una vez al año. Bueno, en fin, vos me entendés. Nosotros nos conformamos con un cuartito de cuatro por cuatro, una radio, cocaína y unas cuantas botellas… digo nosotros porque me imagino a vos encerrada conmigo, sino, diría que también me haría falta una prostituta. Entonces a lo que voy es que esa lacra que maneja el mundo de alguna manera tiene que ir exterminándose. Porque para mal de males manejan el mundo, y eso no lo niega nadie. Así que te felicito, por ir facilitando un poco el trámite. Uno menos. Imaginate que así como vos mataste a este canalla, lo puedan hacer otro tanto de hombres y mujeres. Que los que vengan a acostarse acá y saquen su gorda billetera, terminen asesinados y enterrados en el patio del viejo Schnitzler. Que nosotros, los viciosos, los hijos de puta, nos podamos revelar contra toda esa junta de bueyes para destronarlos y pasar a ser los comandantes del mundo. Y que el patio de nuestra casa sean las calles y que la gente se sienta libre de hacer lo que quiera. Que el sexo y la droga dejen de ser un tabú para volverse el pan de cada día y la razón de goce de todos. ¿Te das cuenta, no? Decime que también te parece hermoso. Esaes la revolución. ¿Capisce? –la miró seriamente y empezaron a reírse los dos.

No había pensado la justificación del asesinato de esa manera sino más bien como un impulso de ira incontrolable o como defensa propia ante un intento de secuestro. Pero me convenciste, che. Ahora hay que seguir haciendo la revolución, empezando por lanzar este fiambre al río. ¿Me acompañas? – le dijo mientras estrellaba la colilla del cigarrillo en un cenicero de porcelana.

Vamos. Manos a la obra.

Así conocí a la persona que, con su actitud tan combativa y liberal, se fusionó conmigo para que cada noche sea excesiva y placentera. Más de lo que venía siendo antes, claro está. Empezar a salir juntos fue algo natural, no hubo nada pactado sino un común acuerdo en el que bastaron nuestras acciones para que día a día nos veamos y podamos gozar de los muchos gustos que compartíamos. Dejé de ir a los prostíbulos y, desarrollando mi idea sobre el sexo, le dije que necesitaría de ella todos los días y que si me cansaba de su cuerpo le pediría que invite a alguien más para reanimar las cosas. Que dejase de frecuentar asiduamente la casa del viejo Schnitzler no significaba que los vicios de mi alma hayan disminuido. Al contrario, ascendí al zenit de la mano de un ángel rubio y para nada inofensivo. Sin embargo había algo que, durante todo ese tiempo, punzaba mi pecho. Me sentía un poco molesto pero no sabía por qué. Había mañanas en las que ese ritmo de vida que llevaba se me venía encima, aplastándome, dejándome sin aire. Sentía que tarde o temprano sufriría las consecuencias de vivir cada día como un rey dionisíaco. Y mientras padecía las resacas bastaba escuchar un disco de jazz para sentirme invencible nuevamente. Entonces despertaba a Luciana con un cigarrillo prendido, una botella de whisky por la mitad dejada la noche anterior y ganas de coger hasta que vuelva el furor que poseía a mi alma. Así me sucedía siempre, cada vez que tocaba fondo salía a flote más eufórico que nunca, disparado al aire con la potencia de un cañón, un hombre–cañón encaminado al cielo, abarcándolo todo, haciendo la revolución, palpando las nubes… pero, todo lo que sube tiene que bajar. Ahí estaba mi temor, en el hecho de que el hombre–cañón caiga después de haber llegado a lo más alto del cielo. Y la caída es la cara inversa de la subida. Para colmo, el remedio estaba nada más ni nada menos que en la enfermedad. La única manera de salir de semejante aprieto era zambulléndome en las profundas aguas del vicio. Y si no era esa la manera ¿Qué podría hacer? ¿Escapar? No, porque de esas cosas no se escapan. Forman parte de la naturaleza de uno y hay que aceptarlas. Caer hasta el fondo, quizás, pero siendo uno mismo, manteniendo la esencia.

Sin embargo, después de un tiempo, me contradije. Fui un hipócrita, un cobarde. Me venció el miedo a perderlo todo, a ser uno más de los que terminan locos o presos. Era de noche, como siempre, y hace días que nos hospedamos en mi casa sin salir a la calle más que para comprar alcohol o cigarrillos, sonaba Hit theroad Jack and don’tyou come back no more, no more, no more, no more… y estábamos bailando con Luciana, dos amigas suyas, y Blas, un viejo amigo mío. Hace unos días que estaban instalados con nosotros, haciendo lo mismo todas las noches. En el medio de lo que era el living, que ahora está vacío, el piso de parquet resonaba con cada paso al son del jazz. Fumábamos, bebíamos y tomábamos cocaína en exceso. Lo único que había en la sala era el tocadiscos, una cama de dos plazas y una mesita ratona de mármol. Ahí estaban nuestros otros amigos, reposando, y nosotros nos asomábamos a gatas, los saludábamos con la nariz o con la boca y volvíamos a bailar. El zenit era el living. Y el mundo no existía porque la luz no nos amparaba, solo la oscuridad, el encierro y el goce nos hacían felices por esos días. Cuando nos daban ganas, íbamos a la cama y teníamos sexo. Todos con todos. El que quería, se sumaba. Y quien no quisiera, en ese estado, viviendo en el cielo del amor y la felicidad, no tendría el derecho de estar entre nosotros. Ya empezaba a salir el sol cuando estábamos cogiendo con Luciana, en nuestra pieza, ya habían pasado seis meses desde la primera vez que mi taladro le desatornilló el culo. Nos encantábamos. El pacto común que nos unía era difícil de desatar, nos gustaba compartir el sexo con otras personas pero siempre terminábamos en la misma cama los dos solos. Mientras lo hacíamos duramente, con el fervor del alcohol y la droga, en el living sonaba: Oh, come back, baby; Oh, mama please don’t go, yeah.Blas se había quedado ahí, escuchando música y gozando de la dulzura de dos encantadoras mujerzuelas. La luminosidad del día entraba por la claraboya y yo miraba hacia afuera, se veían las copas de los árboles de la placita de al lado, se veía la luz y la oscuridad confluyendo y pensaba en mí y en Luciana, de pronto mi vista resbalaba y la tenía abajo mío, con los ojos entreabiertos y sonriendo, sus piedras ágatas verdes brillaban más que nunca. Pensaba que quizás estaríamos mejor en otra parte, rodeados de naturaleza, tomando unos mates, desayunando otra cosa que no sea cocaína con whisky, quizás con un niño durmiendo entre nosotros, no sé: cosas de careta. Las paredes estaban descascaradas, la casa se caía a pedazos y la plata empezaba a acabarse, en la mesita de luz el pucho se había consumido por completo, seguía sonando música y la ropa sucia, como siempre, se acumulaba por todos lados. Dejé de enceguecerme con esos pensamientos y miré otra vez a Luciana: se había dormido. Saqué mi verga de adentro suyo y comencé a vestirme. No tenía sueño. Salí al living para beber un trago de whisky y me encontré con que Blas ya estaba dormido; se encontraba en el medio de la cama desnudo, con una mujer en cada lado apoyadas en su pecho. Me dio gracia y pensé en que si tuviese una cámara le tomaría una foto y la titularía el rey vago. Siempre lo quise mucho a ese tipo, hasta diría que fue mi único amigo en tantos años. Me acerqué al tocadiscos y bajé el volumen. Luego me quedé a terminar el vaso mientras observaba la armonía del ambiente. De pronto Blas, dormido como estaba, empieza a agitarse. Hace gestos como para vomitar, pero se atora y tose. Se repite esta acción una y otra vez, como un auto que no arranca. La lengua se asoma entre los labios y vuelve a retorcerse, su tronco y su cabeza, como una lombriz. Tose y nuevamente hace el ademán típico de cuando se está por vomitar… se atora otra vez y un chillido agudo y terrorífico sale desde el fondo de su pecho. Mientras tanto, yo me había quedado inmutado sin hacer nada, congelado. Me acerqué de prisa hacia mi amigo y corrí a las dos mujeres. Le palpé la yugular, el pecho y la muñeca… no tenía pulso. Apoyé las dos manos sobre su pecho e intenté hacerle RCP, había visto muchas películas de médicos y creí que serviría pero fue en vano. Lancé un grito y las lágrimas me resbalaron, solas, a raudales. Era mi único amigo y lo dejé morir. Empecé a correr hacia afuera de la casa, dispuesto a dejarlo todo. Tomé las llaves del Taunus y cuando me subí apreté el acelerador a todo lo que daba. La muerte forma parte de la vida, pensé.

Sabía que la abstinencia era peligrosa. Había conocido casos en los que aquellos que la padecían tenían ataques de euforia más graves y fuertes de los que les surgían cuando se drogaban. Casi sin darme cuenta estaba saliendo de la ciudad. Mi cabeza giraba como un tornado, arrasándolo todo, poseída por el furor inclemente de la resaca, de la muerte que acababa de vislumbrar y porque me estaba quedando solo. No paraba de pensar, de sacar conclusiones y de atar cabos para ver qué mierda haría. Luciana no intervenía en mis pensamientos. Inconscientemente, la evitaba. Sabía que ella era mi otro demonio, la que secundaba a mi propio diablo, ayudándolo con sus maldades. El mío siempre estaba primero, lo tenía en la naturaleza de mi alma correteando a cada instante, rompiéndolo todo a su paso. Tenía que deshacerme de ella. Una vez hecho eso, me libraría también de los vicios. De la mala vida, que ya comenzaba a hartarme. Era lo único que me faltaba: ver a alguien que quería tanto morirse delante mío por culpa de la droga. Viajé durante muchos kilómetros, con la intención de llegar hasta Alta Gracia. Allí el aire me purificaría, las sierras siempre fueron mi paisaje predilecto. Tenía que llegar y descansar, no me daban más los brazos y las piernas. Me sentía profundamente abatido. Llegué, inesperadamente, a una posada alejada del centro de la ciudad. Rodeada por la calidez de la naturaleza, supuse que era el lugar ideal para hospedarme. Pedí una habitación y le dije al recepcionista que no sabría hasta cuando me quedaría. Me pasé los dos primeros días paseando por la zona, respirando profundamente y comprando cosas innecesarias: sahumerios, miel, té. Necesitaba relajarme, todavía sentía la tensión en todo el cuerpo. Logré hacerlo durante cincuenta y dos malditas horas. Nunca había sentido tanto el paso del tiempo. Maldita sea, pensé, que lindo es perder la percepción de las horas y del espacio. Al tercer día sentía que iba a explotar. Ya está, dije, me tengo que ir al centro de la ciudad y conseguir droga como sea. Me subí al auto y rápidamente llegué a destino. Empecé a mirar por todos lados pero las cosas se me ponían de revés, me acerqué a un trapito que cuidaba autos para preguntarle donde podía conseguir lo que quería y la cara se le deformaba, le crecían bigotes, patillas, se volvía rubio, colorado, morocho. Me di cuenta de que estaba alucinando y sin preguntarle nada me subí de nuevo al auto. Respiré profundamente y bebí bastante agua. Me tranquilicé y comprendí que no podía volver hacia atrás mis pasos. Que todo lo que había hecho hasta ese momento era lo que me correspondía, que debería seguir corriendo el riesgo de ver gente morirse, sufrir y agonizar por la mala vida. Pero que, al fin y al cabo, cada uno se siembra su propio destino y su propia muerte. Y que la vida sana, hay que dejársela a los caretas. ¡Qué estúpido que soy! empecé a gritar, como loco, mientras golpeaba el volante con las manos cerradas, ¡qué estúpido, qué estúpido! Puse el Taunus en marcha y arranqué fuertemente. Volví a mi ciudad, a buscar los frutos que yo mismo había plantado hace mucho tiempo. Volvería en busca de Luciana, en busca de mí mismo, después de tres días de desconocimiento y frustración.

Llegué lo más rápido que pude a mi casa, el viaje fue parecido al de la ida, con la cabeza humeando y las ideas chocándose entre sí, en medio de un caos de preocupación y éxtasis. Abrí la puerta y entré corriendo, directo al living. Ya era de noche y la vida comenzaba. Me paré en seco antes de ingresar al infierno. En el tocadiscos sonaba algo y también se escuchaba una voz de hombre y la voz inconfundible de Luciana. La puerta estaba arrimada, sin cerrar. La empujé despacito y entré sin hacer ruido. Ahí adentro sucedía lo que me había imaginado. El tipo, que no sé quién carajo era, se estaba cogiendo a Luciana. No me molestaba compartirla, sabía que era su naturaleza. Pero entre la confusión de la abstinencia y las ganas que tenía de decirle todo lo que había estado planeando y de lamentarme por haberme marchado sin avisarle, en lo último que pensaba era en compadecerme del momento que ese hijo de puta y Luciana estaban disfrutando. Así que me volví, arrimé la puerta de nuevo, entré a la pieza y saqué de debajo del colchón un revólver 38. Me acordé de algo que tenía guardado en el placard, en un cajón falso… entonces metí la mano allí y saqué la droga. Consumí un poco y, envalentonado, entré corriendo a la pieza y le metí un disparo en el medio de la cabeza a ese hijo de re mil putas que entraba a mi casa y se cogía a mi novia mientras yo, Eduardo, dueño del infierno, me tomaba unas vacaciones. El cuerpo cayó encima de Luciana y la empapó de sangre mezclada con sesos. Lo corrí de encima y me la llevé en brazos hasta la bañera. Nos metimos juntos y empezamos a besarnos, le limpie sus partes íntimas e hicimos el amor empapados. Sin decir palabra: así era nuestra relación. No necesitábamos explicarnos nada, todo estaba en los gestos, en las caricias, en las miradas. Después de salir del baño, le dije que se vistiese y me ayudase a enterrar el cadáver en el patio. Una vez resuelto el asunto, nos vestimos, aprontamos algunas cosas, y nos marchamos hacia Alta Gracia nuevamente. Estuvo de acuerdo con mi propuesta de viajar para despejarnos la consciencia apenas, tener un tiempo de intimidad, cambiar el paisaje, al menos, y volver renovados. Habían sido días difíciles y era necesario refrescar el panorama, olvidarse de la muerte de Blas.

Miro esas esferas verdes y acristaladas engañando a mi entorno, mientras me olvido de todo… incluso de mí mismo; bajo un poco la mirada y las violáceas ojeras son el objeto, ahora, de mi cara de bobo. El sol entra a raudales por la ventana de abeto rojo y nuestras cabezas se menean despacito al son de la resaca.

Che, Luciana, ¿y si volvemos? –le dije mientras le corría el pelo de la cara y la besaba con calma, apretándole apenas su labio inferior con los míos.

Sí, por favor, necesito volver. Pero vení, sos tan lindo, no te apures tanto… –me respondió, tironeándome del pelo.