LA ARGENTINA

Modificado el: 10/05/2011 Imprimir PDF


El cielo miente una bandera en hilachas

y la brisa apresura el caer de la tarde

sobre filamentosas manos de enredaderas

que ansiosamente besan el patio ausente.

 

Sabemos que hay costas de barro y soledad

a todo lo largo de los ríos, que hay días

desperdiciados a todo lo largo

de nuestros días. Y aún el sol

se empecina en dorar los queridos fantasmas

y una música sola nos extraña

desde nuestro baldado corazón.

 

¡Nuestra desesperanza! En el patio

grande, casi desierto, de una escuela rural,

unos pocos chicos de guardapolvo arrían

la precaria bandera contra el ocaso

y el polvo y la sed absorben

sus vidas y lo que es patria, aquello

que conmovedoramente defienden, aquello

que sus vidas aisladas y difíciles cuidan,

el cariño, la patria, sin para qué, sin premio.

 

O también este carro que devuelve basuras

a la intimidad del basural, a la verdad

última, al sumidero de nuestras verdades;

el producto final de las preocupaciones

que dos chicos revuelven en el atardecer;

aquí debiéramos también buscar nuestro nombre

como en las hondas bibliotecas y en las monstruosas galerías

del insomnio y del sueño:

nuestra desesperanza

son estas cosas sin remedio, aquel mapa

que tan bien hermanaba las hermosas provincias, dibujadas

por nuestra lápiz nuevo, y el heroico

itinerario de la libertad;

 

estamos tristes por Mariano Moreno

abandonado a la gula de los tiburones

y por Boulogne-sur-mer, que mira lejos, más allá de la gloria,

y por los pardos y morenos que fueron carne de cañón

y por las montoneras de Caín

y por ciertos vergonzosos tratados

y porque nos obligamos a aprender la verdad,

que en la Argentina es siempre otra.

 

Recordaremos un país

de consteladas noches infantiles,

de música perdiéndose en el aire del campo

y veremos en este atardecer

un gran cielo, un gran pecho

donde palpita la primera estrella

y nos diremos que todavía hay un mes de jazmines

 

y sin embargo nos desesperamos:

la historia es como el pasto que ahoga los jazmines

y el país un conscripto que desapareció

en su noche de guardia,

la tristeza es Hipólito Yrigoyen que vuelve a pie a su casa,

derrocado por el golpe del ‘30,

aún vestido de patria y amargura,

la amargura es saber que abrazamos fantasmas,

que somos la Argentina que jamás existió.

 

1989