LOS RÍOS DE ABRIL

Modificado el: 08/05/2011 Imprimir PDF


 Para Ana María

Primera parte: Bajo la luz de Piscis

 

“No sé mucho de dioses; pero creo que el río es un fuerte dios pardo,adusto, indómito, intratable”

                                                                                 Eliot

 “… de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo”

Eclesiastés

 

              “El Uruguay no es un río, es un cielo azul que pasa.”

                                                         Aníbal Sampayo

   

                           I.     

             

                           El camino

de regreso a la tribu era una fiesta.

La costa tenía el olor del ruido en la cascada.

El río, el venerable río de los pájaros

Tenía dorados que trepaban hasta sus orígenes

y también salmones en épocas de desove,

y astutos lagartos, y el biguá rasante;

                     las canoas

quedaban en la orilla, y el ruido

de los saltos quedaba en la orilla

impregnado en las puntas de sílex,

y el león andaba cerca bajo los espinillos;

                        el camino

de regreso a la costa era una fiesta.

                        No comprendimos

esa fiesta ni esa costa ni esos saltos,

                        no nos interesó

el salmón errante ni los yacarés exterminados.

                        Jamás

Nos importó el camino de regreso.

 

 

                          II.

 

 Vinieron con teodolitos.

Vinieron con miras telescópicas para caza-mayor.

Esa noche asaron chanchos-jabalíes y se los comieron

              y eructaron con placer los ingenieros,

Y en lejanas oficinas los generales también eructaron.

Más tarde llegaron la publicidad y las Caterpilar,

las cartas geográficas para enjaular árboles;

obreros impávidos hicieron cola ante las ventanillas,

              llenaron fichas,

              tuvieron trabajo

              y era en verano.

 

 

                          III.

 

Después cayeron las secretarias, los discursos, los delegados

y los organigramas y los teodolitos

siguieron despatarrando yacarés.

Los laboratorios lamieron el suelo

y las momias, los cachorros y las puntas de flechas

se desintegraban al contacto de esa metalúrgica saliva.

Pero no conformes todavía, al atardecer

Cambiaron de lugar las piedras para hacer mejor puntería.

 

 

                          IV.

 

Amanecieron topadoras.

Sentí quebrarse la madera,

          salir al aire las raíces de los pinos,

y el olor de maternidad de la tierra se desprendía liberado.

Hormigas-topadoras amontonaban tierra adormecida

          rompiendo los minerales,

                                             topadoras aladas

amontonaban y comían y agusanaban los estratos geológicos,

          las galerías tibias de las vizcachas;

          con dentelladas epilépticas

emparejaban y amontonaban y comían los montes,

          y sin árboles

el cielo de los pájaros fue de acero oscurecido.

  

 

                          V.

 

 Poco a poco el sudor agrio de las máquinas

fue adhiriéndose en el sueño de la tierra.

Renacidos de prehistóricas edades

Los grandes cascarudos se llevaron la arena, la piedra verde,

el granito. Y los mansos, los antiguos caminos

sangraban de tanto rugido discordante,

de tantas patas de dinosaurios artillados que los herían.

 

 

                          VI.

 

 De todas partes vinieron buscando un futuro

             y trabajaron explotados,

y algunos perseguidos por años en la construcción de ese dique.

             Invadidos por nuevas hambres

             casi todos volvieron a sus miserias.

Con el tiempo sólo trabajaron los obsecuentes,

             recomendados, afiliados,

            y las mismas fieles secretarias;

pulcros, bien olorosos, refrigerados,

            frente a los teléfonos y a las Relaciones Públicas

            frente a los ojos sarcos de las computadoras.

 

 

                          VII.

 

Pero no hubo errores.

Cuando terminaron la ataguía

surubíes como cachalotes vieron con ojos quietos el espanto

y escucharon por última vez el lamento del río.

Las grandes bogas legendarias salieron al día

          en desconocidos pozos.

Quedamos perdidos sin el río por días y noches,

          queríamos sentir la brisa del este en los atardeceres

y solamente veíamos que las entrañas de la tierra

         se abrían como hongos resecos

dejando escapar su música de ostras, sus helechos petrificados,

sus piedras de cuarzo azul como era el río en los veranos.

Los dioses de la siesta andaban ingrávidos, desorientados,

cuando llenaron de agua el mundo.

 

 

                          VIII.

 

 Y el agua avanzó por tierras oxidadas.

Encerrados los árboles mutilados, y los esqueletos de árboles,

inundados los cráteres de tanta maquinaria,

atinados lagartos huyeron hacia lugares protegidos.

Nuevamente los hombres salieron con sus teodolitos

y sus equipos de radio, y las tortugas, y los tatúes,

los zorros, todos enfermaron de vértigo,

           perdieron el rumbo de los olores.

Con cascos blancos y cintas métricas

           esos hombres hicieron fácil la puntería.

El crispín lloró y lloró durante noches enteras

           y una mañana hubo un holocausto de pájaros

           en las alambradas;

y sin embargo, ni bien quedó inaugurado el embalse,

comenzaron a crecer las pirañas y los profesionales.

 

 

                          IX.

 

 Los hombres entregaron su ciudad y sus pasados.

Levantaron monumentos y templos al progreso.

Fundaron una teología del desarraigo y se autocomplacieron.

          Con el tiempo

ellos también fueron devorados.

Sus recuerdos y sus muertos burbujeaban

bajo el silencio tenue del lago increíble.

Los peces que habían llegado con las aguas

No entendían nada qué eran

esos chisporroteos de alambres retorcidos como algas.

 

 

                          X.

 

 Pero el universo respira.

Otra vez desde el principio de la inhalación

y exhalación del alma en las geometrías del amatista,

            en la piel de las células,

la vibración en los laberintos del ágata,

           en el musgo azul de las constelaciones,

la vibración del sueño entre los minerales

           que nos exhala mansamente,

aunque habíamos cambiado de lugar la mirada

           y seguíamos oliendo a herrumbre en los poros

           y seguíamos sin importarnos

                          el camino de regreso a la costa

visiones de garzas blancas sobre oscuras piedras

           me revelaron

visiones del río en las futuras edades,

visiones de naves en los atardereces lentos,

visiones de aladas mentes navegando

           en el color azul y en el color dorado.

  

 

                          XI.

 

 Las pupilas que se abren al asombro

descubren el imperceptible temblor de los labios

y una penas dilatado sol de azul profundo

que se sumerge en el cráneo y recorre la espina dorsal

con el susurro del prana y el apana,

con el susurro de las colinas donde veo olor

           que han dejado las hojas en otros otoños.

Camino en la memoria de muchos árboles

           y en la energía cinética de las moléculas,

camino en el pensamiento de un mundo que está creándose.

           La mirada interior flamea en un aire de consagraciones.

  

 

                          XII.

 

 Y las pupilas que se abren al asombro

              descubren el alerta sueño de la tierra,

descubren en la columna el centro de gravedad,

descubren en el cuerpo la oscilación del justo péndulo

penetrando lentamente el movimiento de los sauces,

muy lentamente la quietud silenciosa del viento.

              El color de las ideas anduvo

por donde la tierra había decidido cerrarse,

              con gemidos de guitarra parturienta

desde las grietas escapaba el pesado vapor de las transformaciones.

  

 

                          XIII.

 

 Y cuando la tierra soñó que toda renacería

soñó los próximos caminos para las criaturas,

           caminos arbolados de encuentros,

originales y a la vez reiterados caminos.

En una tarde de abril o en una noche de plenilunios

soñó al río como una inmensa gárgara espumosa,

           y salido de madre el río

vino arrastrando todo lo que pudo ser envuelto y ahogado

           y las palabras flotaron

como temblorosas flores aéreas.

Vino revolviendo la historia, exigiéndole justicia a los hombres,

           a los hombres que hicieron las instituciones

           y a las instituciones

que mandaron fabricar las más máquinas para demoler la vida.     

           La naturaleza volvió a soñar

y el río de los pájaros fue un río de pájaros acorazados,

           fue un río de pájaros carnívoros.

  

           La naturaleza volvió a soñar,

y el camino de regreso a los planetas fue una fiesta.

(De: “Cantos apocalípticos”)