SOBRE LA TIERRA - PRIMERA PARTE

Modificado el: 10/05/2011 Imprimir PDF


SOBRE LOS CAMPOS GRAVES
        

Primera Parte


Si la amistad puede agradecerse, agradezco 
aquí la serena amistad de Carlos y Mabel

Kolemberger, de Comodoro Rivadavia.


Dedico este libro a la memoria de José Angelino,
huérfano muy temprano en esa tierra a la que
enfrentó con jubilosa, atolondrada alegría
.


Siento una luz absorta y unos muertos rumores;
reconozco este ocaso perdido en los trigales,
y fuera de los años miro su gracia inmóvil,
su delicado fuego sobre los campos graves.

                Carlos Mastronardi
        

 

1
        El destartalado carruaje emergió de una nube de polvo que todavía flotaba cuando se detuvo frente a la casa, al lado mismo del pozo que abrevaría a los sedientos caballos.
        — ¡Por fin! —dijo el cochero—. ¡Ésta no es vida ni para los muertos! —mientras saltaba y desenganchaba y aflojaba las sudorosas cabezadas
        Nadie le respondió, ni él esperaba respuesta de esa pareja extrañamente silenciosa, que en todo el viaje no había cambiado más de diez palabras entre sí y ninguna con él, como si no entendieran el idioma. Y sin embargo, el hombre hablaba lo suficiente al menos como para tratar sin regateos el viaje, adivinando —parecía— que al menor regateo el cochero se iba a negar a aventurarse por esas leguas de desolación y polvo. El cochero había aceptado a desgano, casi haciéndoles un favor a esos pobres extranjeros engañados que no sabían dónde se metían, y ellos habían retribuido durante todo el viaje con un inconmovible, desagradecido silencio.
        La pareja seguía sentada cuando los caballos fueron nuevamente aparejados a la vara.  El  hombre saltó entonces y tendió los brazos a su mujer que seguía mirando con el mismo sosegado desconcierto hacia la casa y hacia los campos. El cochero estaba arrimando los baúles y los cajones junto a la entrada de la galería, de manera que el hombre tuvo que insistir para que su mujer descendiera. Bajó y permaneció parada, indiferente a los ladridos de los perros que se abalanzaban sobre las visitas.
        — ¿No prefiere quedarse? —preguntó el hombre al cochero, ayudándolo con las últimas cajas.
        — ¡No! —rehusó el otro, cortante y despectivo, como si cualquier cosa fuera preferible; como si por lo pronto prefiriera mal dormir durante horas sobre el traqueteo del carro a esa hospitalidad dudosa; porque qué podían ofrecerle ellos, si quién sabe si contaban con una miserable cama. Qué estancia era ésta —sentenció para sí y definitivamente— cuyos dueños no eran recibidos más que por el ladrido hostil de sus perros.
        — ¡No! —repitió, montado sobre el pescante. Y de un solo latigazo abarcó las ancas encostradas por el sudor y el polvo. La mano se detuvo en el aire y ésa fue la parca despedida, mientras el carro se sacudía como un viejo barco a la sirga y se internaba por ese mar de pisadas del ganado que alguna vez había sido una huella.
        El carro iba perdiéndose ya, nimbado a contraluz por el último sol del crepúsculo que se filtraba y se encendía en la polvareda, y las dos altas figuras todavía tenían la mirada enfilada hacia el camino, como si al prolongar la despedida demoraran el enfrentamiento con esta desusada, sobrecogedora soledad que parecía habitar no sólo la casa sino también los campos. Permanecieron silenciosos, parados ahí mismo adonde habían descendido, hasta que no se distinguió más perfil de carro ni polvo en el aire ni sol sobre las crestas de los árboles. Al unísono volvieron la cabeza hacia la casa, despojada ahora de ese baño de irrealidad que confiere a las cosas el sol oblicuo y moribundo.
        Y bien. Nada habían esperado y nada podía desilusionarlos. Pero ahora que el ruido del carro se había apagado totalmente, ahora que los perros dejaban de ladrar —silenciosos y acobardados— y nada se oponía a la posesión de la casa, continuaron aún enajenados, mirando ese alto rancho pretensiosamente largo, esas extrañas enredaderas que lo circundaban. Y el monte, visto o entrevisto a lo largo del viaje como sucesivas escenografías, erguido ahora, amenazante después de los corrales, incomprensiblemente hirsuto.
        El hombre miró la línea cada vez más oscura del monte y supo que se acercaba la noche.
        —Ya es tarde —dijo, y avanzó seguido por los perros desconfiados y la mujer vacilante. Recorrieron largo a largo la galería, sin decidirse por ninguna de las numerosas puertas, la última de las cuales tenía un candado y huellas en el piso de pisadas recientes. Volvieron al extremo de la galería y el hombre empujó la primera puerta que cedió a regañadientes, hinchada sobre el marco y soldada casi en las oxidadas bisagras.
        Adentro estaba tan oscuro como si hiciera rato que hubiese anochecido. Después de penar hasta encontrar una vela en los cajones cuyo contenido ni ellos mismos recordaban, alumbraron por fin un cuarto sin más mueble que un desvencijado catre de campaña, y sin otro decorado que una ventana clausurada por una gruesa tranca, enfrentada a una puerta que daba a lo que alguna vez debió ser el comedor de la casa. Esta habitación enorme y vacía se comunicaba a través del vano de una puerta inexistente. Estas puertas y un común e inmemorial abandono ligaban esa ala de la casa que alcanzaron a reconocer.
        Tarde en la noche terminaron de acarrear cajones y baúles que desordenadamente quedaron diseminados en la cocina y en la pieza que sería el dormitorio, ya que ahí estaba el catre y no estaba en los ánimos de ellos venir a alterar —a esta altura— esas minucias del destino.
        
 
2
        
 
        Cuando la mujer abrió los ojos, sintió por un instante la incertidumbre del que despierta en un lugar desconocido. En seguida escuchó los pasos de su marido por el piso endurecido de la galería, y lo llamó para pedirle si podía abrir esa ventana.
        —No he dormido muy bien —comentó él mientras se esforzaba con la pesada tranca calzada herméticamente en las grampas que sobresalían del marco.
        —Son los ajetreos del viaje —repuso su mujer.
        — No, no es eso —aseguró él, cediendo por un momento en el esfuerzo y abrazándose el estómago, no se sabía si para indicar el origen del desvelo o porque habían vuelto los espasmos.
        —Es el malcomer, entonces —concedió ella, absteniéndose de decirle que su hipocondría tal vez hubiese regresado.
        El hombre continuó presionando sobre la tranca, hasta que ésta cedió y las hojas de la ventana se abrieron de golpe como sí hubiesen sido empujadas por el sol que en un solo, enorme haz se coló por la pieza, recortando a su paso la alta silueta que por un momento pareció ensimismarse sobre el paisaje.
        —Estoy tratando de hacer fuego —dijo él, y salió sin dirigirse a la cocina sino fuera de la casa, como si la cocina todavía no hubiera sido conquistada, defendida aún por la mugre y el abandono contra cualquier intento.
        La mujer se recostó sobre la pared para continuar echada sobre el catre. Así semierguida podía ver la línea baja de los corrales interrumpida por un gran árbol seco que se adelantaba hacia la casa. Por detrás, la línea más alta y oscura del monte sobresalía de los corrales, y por encima el sol, un sol ardiente que ya se había adueñado del cielo.
        Junto al sol había entrado también el aroma dulce y persistente de las flores de paraíso, algunas de cuyas corolas se rezagaban en los racimos. Un olor embriagadoramente penetrante, insólito en ese paisaje austero y adusto que se recortaba por la ventana. La mujer buscó con insistencia las desconocidas flores —que provenían de un bosque, bien lejos detrás de la casa—. Por la tarde aún las buscaría, mientras caminaba a la par del paso inseguro de su aquejoso marido; sin saber que las últimas marchitas flores de un lila desleído habían caído o caían, aventadas por una brisa imperceptible.
        Del brazo y a paso lento de convaleciente recorrieron los alrededores de la casa, acolchado el andar por la apretada urdimbre del césped de gramilla que las ovejas podaban a diario. Con deslumbrada mirada contemplaron las enredaderas que subiendo hasta el alero cerraban la larga galería paralela a la casa. Descomunales ipomeas de flores tan blancas como la camelia; y esa exótica flor de la pasión creciendo casi a las puertas de la pieza.
        Los pasos cansados por el duermevela arrastraron a la mujer hasta el linde del monte, y allí estuvieron los dos, detenidos, como temerosos de atreverse en esa intrincada, tortuosa belleza de árboles desconocidos y solemnes. Por otra parte, las torturadas ramas del ñandubay o el algarrobo se alzaban por sobre una impenetrable maraña de arbustos y amenazantes palmas. Resignados miraron esa densa cortina que ocultaba los oscuros dominios que habían comprado bajo un nombre ampuloso: hasta ahora y quién sabe hasta cuándo, Campo Grande no era sino esa cresta de la loma sobre la cual se alzaba la casa, esa franja de césped —barrido por el sol despiadado de la media tarde— que recorrían de regreso.
        Sentados sobre cajones al amparo de las enredaderas, esperaron el lento nacimiento del crepúsculo; el cierre, al fin, de esa jornada incomprensible aún, si es que alguna vez podrían comprender tanto silencio apenas perturbado por los mugidos del ganado o el canto de algún pájaro que les llegaba desde el monte; arrobados, casi, a no ser por la insistencia con que el hombre había comenzado a doblarse, aquejado realmente, dolorido cada vez más, porque la mujer podía calibrar de soslayo que ese inédito rictus en la boca de su marido debía provenir de un dolor incontenible.
        Con las primeras sombras el hombre se arrastró hacia la cama, ayudado o sostenido por la mujer que temblaba conmovida por absurdos presagios de desamparo y desolación. Porque si un sentido tenía Campo Grande era la certeza de que lejos, bien lejos habían quedado el dolor y las ruinas.
        — ¡No! —repitió terminante, pese a los quejidos que llenaban el cuarto vacío y penumbroso.
        Por un rato pareció no oírlos, decidida como estaba a que nada los vulnerara nuevamente. Pero los quejidos fueron de pronto gritos que debieron atronar más allá de las agrietadas paredes. Ella no precisó entonces volver el rostro hacia los rictus y las convulsiones para recordar con asombrado espanto que él nunca excedió los límites de las presunciones y los miedos; vagos e indecisos malestares que benignamente lo habían acompañado durante años. Solía él sentarse sobresaltado en medio de la noche, despertado, no por el estruendo de las metrallas que a veces interrumpía el precario sueño de las trincheras abiertas entre el río y la casa, sino por ofuscaciones cuyo origen era imprecisable y dudoso.
        —Ya pasa —le decía entonces ella, asomada apenas de las fronteras del sueño, y él retornaba, sosegado, a su salud al fin y al cabo espléndida.
        Aquella sencilla y habitual panacea estuvo a punto de volver a los labios, cuando las contorsiones del enfermo la convirtieron en una frase inapropiada y ridícula, desvergonzada frente a la magnitud de la dolencia. Las contorsiones hicieron doblar al enfermo sobre la cama, y a un lacerante alarido siguieron los vómitos cuyo inconfundible olor denunciaba la sangre.
        La mujer corrió por la luz de una vela e iluminó sus manos pringosas y oscuras. Sin más dejó la vela junto a la cabecera del enfermo, y diciéndole
        —Ya vengo —salió de la pieza.
 
 
3
        
        Salió de sopetón a la galería y a la noche. Ésta debía ser tan negra que el paso de indecisa luz de la pieza bastó para encandilarla. Abruptamente se detuvo, confundida, desorientada, olvidada ya de la simple disposición de la casa. Tuvo que esforzarse para recordar la larga galería flanqueada de enredaderas por un lado e innumerables puertas por el otro, y después de vacilar un instante, dejó atrás el largo y vacío comedor y la ennegrecida cocina. Y empezó a aventurarse, a empujar con sus altos hombros las pesadas puertas que crujían quejas y abandonos de años, y después de recorrerlas una a una —inventariando con los pies y las manos, inútilmente, bolsas, arreos, cueros, trastos indescifrables, impregnado todo de un olor agrio y vetusto— se encontró por fin con la última puerta cuyo candado palpó una y otra vez hasta admitir —sin resignación y sin esperanzas— que nadie había venido.
        — ¡Dios! —balbuceó con voz bronca, apoyando la frente contra la puerta en un gesto de absoluta desesperanza. De golpe acusó cabalmente qué solos estaban en esta vasta soledad que habían comprado; y más todavía, qué solos que estaban sobre la tierra.
        Estuvo así, sumida en un impotente silencio, hasta que volvió a sentir los ayes del enfermo y decidió que los dos no se podían entregar a la desesperación. Fue entonces cuando, al levantar la cabeza hacia las sombras, distinguió una pequeña, lejana y poderosa luz que parpadeaba como llamándola, buscándola a través de los árboles del monte. A grandes pasos volvió hasta la puerta de la pieza, se asomó apenas a los incesantes quejidos, y diciendo "Espera", volvió al final de la galería, y después de localizar ese pequeño faro que le guiñaba, que le sonreía casi pareciendo acercársele por entre los árboles, se aventuró a tientas por el campo, flanqueada por los ladridos de los perros que más que acompañar perseguían su figura todavía desconocida que inexplicablemente permanecía en la casa. Los perros ladraban su desconcierto unas veces a la figura y otras a los flancos de la noche.
        Detrás, los gritos se empequeñecían y se apagaban, y por delante la luz se perdía para reaparecer siempre más grande y más segura. Mientras caminaba y caía, buscaba el origen de esa luz en su torturada memoria, hasta que débilmente halló una alusión a un rancho de un potrero de un bajo. Entonces se apoderó de ella una alegría desmesurada, inconcebible frente a las ramas hirsutas de los chañares y de los espinillos, a las espinosas pencas de los cactus que la esperaban a su paso, a las grandes hojas de las palmas que como hirientes manos la recibían o la rechazaban. Corría y corría a punto de desfallecer, ganando de cuando en cuando la tregua de una caída sobre las bocas de las vizcacheras. Erguida nuevamente, escudriñaba las sombras —siempre hacia abajo, hacia donde la colina bajaba lentamente— hasta encontrar de nuevo la rutilante ventana que ya se recortaba en la noche.
        Debió retroceder dos veces antes de acercarse a la casa, después de internarse profundamente en un agua fangosa que como una enorme medialuna se estancaba sobre el campo. Y al fin, semidesnuda por los jirones y desfigurada por la sangre de los arañazos, al borde casi de los límites de sus fuerzas, llegó con su exhausta alegría al vano de la puerta de lo que en realidad no era otra cosa que un rancho bajo y miserable, y si a ella le costó distinguir la figura que se encorvaba soplando en el fogón, no era por su vista obnubilada por el cansancio, sino porque la luz misma que desde lejos había visto resplandecer, no era otra cosa que el titileo intermitente de un destartalado candil, cuyos rayos todavía eran amortiguados por el humo. No obstante, nada la preocupó, frente a la desazón de concluir que por más que se esforzara no encontraría más palabras para su relato que unos gestos o unos balbuceos incomprensibles.
        — ¡Barón! —exclamó al fin, ante la atolondrada mujer vieja que la miraba desorbitadamente, mientras le alcanzaba un banco. 
        —Pase, señora, pase...
        — ¡Barón! —dijo ella nuevamente, señalando con el largo brazo hacia donde suponía que debía estar la casa.
         — ¿Varón? —preguntó la desconcertada dueña de casa, insistiendo para que se sentara. La mujer alta desechó el banco y con un gesto de enloquecida angustia atrajo hacia sí a la mujer desconfiada y temerosa, hasta que ésta estuvo tan cerca que pudo ver a la poca luz de la pieza el brillo de las lágrimas. Entonces miró en dirección del brazo y pareció haber comprendido, porque soltándose descolgó la raída pañoleta que estaba al alcance de su mano, y sin más apronte arrastró hacia la noche a la extraña visita y cerró la puerta.
        
 
4
        
 
        Los perros procedían la marcha, súbitamente sosegados. Después iba la vieja, adivinando con los pies un arbitrario sendero que la Baronesa no cesaba de perder y reencontrar sobresaltadamente. Con todo, algo había cambiado en la noche, de pronto más amistosamente cálida. La misma voz de la vieja llegaba como oleadas sucesivas de confianza y aliento.
        —Así que ustedes son los dueños. No los esperaban tan pronto.
        La voz de la vieja servía también para conducirla a través de los meandros del camino, como si un hábil e invisible hilo la tironeara oportunamente cuando estaba a punto de chocar contra las enmarañadas sombras. Y aunque la Baronesa no descifrara una sola palabra de la oficiosa noticiera, un hálito auspicioso parecía nacer de la voz y extenderse por el aire.
        Nadie los esperaba. Y mucho menos los peones, esos tres vagos incorregibles. Porque no pensara la Señora que el capataz era distinto: más hábil nomás para ganarse bajo el ala del antiguo dueño, pobre viejo doctor mal informado e ignorante de las cosas del campo. Porque qué Campo Grande era ése que casi al final de su vida tenía que liquidarlo porque no le rendía para una tranquila vejez. Y si los tiempos eran malos para los ricos, qué podía esperarse entonces para los pobres. Sí, los tiempos eran duros, y lo probaba el hecho de que su marido y su hijo —"mis Frutos"— a las cansadas conseguían un arreo. Pero peor debía resultar para quienes dejan su estancia en manos de incapaces, timberos y borrachos, y se creen que un campo rinde porque dos veces por año le bajan novillos a la feria. Pero hay que estar en el campo, hay que recorrer las osamentas para comprender por qué vuelan los caranchos sobre muchos puntos del monte. Y después que viniera nomás Saldías a preguntar a su rancho por novillos que estarían enterrados hasta las guampas en el pantano del arroyo. Vagos borrachos. Timberos. Malhablados. Que mal que bien ella y sus Frutos afrontaban con dignidad las contrariedades de la pobreza. Pero que fuera la Señora a ver dónde estaban sus peones. Que se tomaran el trabajo los Señores de ir a Campo del Banco, y más precisamente, al Almacén Iglesias, a ver qué marca lucen los cueros que estarían pagando las vueltas perdidas en el truco. Pero para qué iba ella a hablar,  si era suficiente con ver estos pobres perros flacos alimentados a carroña.
        La vieja enfatizó la frase con una patada hacia las sombras que cosechó un largo, doloroso aullido. El sendero debía describir un rodeo, porque la última de las mujeres comenzó a impacientarse, a adelantarse de cualquier forma sin la guía de la voz que se había sumido en un repentino silencio.
        —Espere, Señora, espere —dijo la voz de nuevo—. Ya estamos cerca.
        —Cuando al unísono la fatigada mujer escuchó los gritos de su marido que imperdonablemente había olvidado.
        —Así que son extranjeros —volvió a decir la voz hacia nadie, atenta la otra mujer a los matices de los ayes que aparentaban un ligero alivio, un tono monótono al menos cuyo origen trataba ella de precisar. Los gritos del enfermo se superponían, sobresalían cada tanto de la voz que ponderaba la suerte que habían tenido de poder dejar ese infierno viviente en que —a juzgar por todas las noticias— se había convertido Europa. Ella no entendía mucho, pero desde el 14 no se venía hablando de otra cosa que del hambre y la muerte y la desolación de esos países, y acá mismo se acusaban los coletazos, no sólo por la escasez de tantas cosas sino porque la misma pobreza de los pobres se había vuelto más definitiva. La Señora podía decirle si hallaba algún distingo entre el frente de batalla y ese ruinoso rancho en que le tocaba penar. De todos modos, claro, no debía ser envidiable estar cuerpeándole a las bombas que ahora —dicen— las tiran desde el cielo. Se decía también en Campo del Banco —al menos así se lo habían dicho a sus Frutos— que los Señores habían tenido una desgracia, una inconsolable pérdida, y ella como madre se hacía cargo y la acompañaba en su dolor.
        El dolor del enfermo no debía haber calmado mayormente, porque a medida que se aproximaban a la casa (habían salido ya de la tiniebla del monte y bordeaban la pared paloapique de los corrales) los gritos hicieron callar a la vieja, cuyos pasos apresurados parecían querer competir con las largas zancadas de la Baronesa 
        —Espere, Señora, espere —gritó la vieja, apoderándose de la delantera nuevamente. Con decisión se internó por la oscura galería y con certeza tanteó la pesada puerta del dormitorio. Nadie hubiera creído que era la primera vez que entraba a Campo Grande.
        
 
5
 
        La vieja se arrimó con cautela a la cama del enfermo, seguida por la Baronesa que se demoraba por sobre su hombro. Cuando llegó junto a la cama tomó la vela semiconsumida que ardía apoyada sobre la improvisada mesa, y hurgó hasta encontrar la bacinilla que acercó a la lumbre para estudiar los vómitos sanguinolentos. 
        Miró después al enfermo que yacía boca abajo buscando alivio para su dolor o ahogo para sus gritos, y destapándolo lo desarropó y lo volvió con el aplomo con que una madre veterana trata a un hijo pequeño. La vieja posó la mano sobre el estómago fláccido y hundido. Fue entonces cuando él abrió los ojos que se pasmaron de terror, tardando en comprender que esa visión no venía del otro reino de las sombras, sino que su propia mujer la había traído; su mujer que ahora le aferraba fuertemente las temblorosas manos.
        —Muy bien —dijo la vieja, mientras continuaba palpando, buscando misteriosas señales—, primero hay que separarle el dolor del miedo.
        Después de haber reconocido la zona del dolor, dejó al enfermo destapado y en tinieblas, escurriéndose de la pieza con la vela encendida. La Baronesa quedó detenida en el medio del cuarto, indecisa entre oficiar de anfitriona en una casa que apenas conocía o ejercer una enfermería igualmente desconocida e imposible. La voz dolorida del enfermo llamándola, la llevó resueltamente al borde de la cama.
        —Estoy aquí —dijo.
        —Estoy aquí —se repitió a sí misma.
        
 
6
        
        El ligero pasaje por el comedor no le impidió a la vieja escudriñar el amplio y vacío cuarto, más grande él solo que las tres piezas de su rancho.
        Ya en la cocina, buscó hasta encontrar un paquete de velas sin duda traído con las provisiones de los gringos, las que prácticamente sin tocar permanecían amontonadas en los cajones. En un derroche de luz alumbró el desorden de la pieza, dejando velas encendidas en el fogón y en la mesa y en los renegridos estantes. Sartenes y ollas abandonadas por una inveterada desidia, sepultadas casi en una vejez hecha de años, hollín y polvos; bancos desvencijados y caídos; cenizas que atiborraban la hornalla, justificaron los rezongos de la vieja que luchó hasta encender un precario fuego de charamusca. En algún lado cerca de la puerta debía haber un montón de leña de algarrobo. Mientras buscaba, topó casi con las enredaderas que limitaban la galería. Sin titubear cortó unas cuantas hojas de pasionaria.  Después, con el fuego encendido y la infusión hirviendo, se ocupó de la desprolija cocina, fregando y repasando cuanto caía bajo su ávida mirada. Sentía crecer una inexplicable efusión, una incontrolable alegría.
        Olvidada de la vecindad del dolor, cantó en medio de la noche.
        
 
7
       
        —Yo también casi soy extranjera—atronó la voz de la vieja desde el rincón más oscuro de la pieza donde habían colocado el brasero.
        —Mi madre era criolla, la pobre. Pero a mi padre lo trajeron en pañales.
        La voz nacía potente, se apagaba un poco huyendo por los intersticios de la pared francesa —rajada y revocada y vuelta a rajar en una sucesión interminable—, se perdía casi contra el alto techado de paja. A medida que la vieja se internaba en sus recuerdos gritados o vociferados desordenadamente, la voz parecía ir aquilatándose, ganando su verdadera resonancia: una voz vieja, cansina, oscura como los oscuros tijerales de la techumbre. 
        Su padre había sido gringo, y no sabía ella por qué se había casado con su madre. Sobre todo, teniendo en cuenta ese rencor que su padre guardaba para todo lo que fuera de esta tierra, para sus hombres y sus animales, para el campo mismo sobre el cual abría el surco.
        — ¡América! —solía exclamar despectivamente, él, que en realidad casi había abierto los ojos en esta tierra, repitiendo tal vez, más que una palabra, un gesto de profunda desilusión y desesperanza que más o menos justamente debieron lucir sus padres.
        — ¡América! —decía él delante de su mujer americana, criolla mestiza quizá de mocobí o de charrúa, y en esa palabra o en ese gesto comprendía todas las cosas abarcables: la casa deleznable, el campo hostil y duro, y sin duda también la mujer y la hija.
        La  mujer,  de  todos  modos,  no  vivió  demasiado como para escucharlo. Y pensaba ahora la hija si esa sonrisa, esa alegría que se le fue dibujando cada vez más a medida que se acercaba a la muerte, quién sabe si no era  un  grito  de  triunfo  después  de  tanto   obligado silencio. Ella eso no lo sabía, y de todos modos, nunca quiso tomar partido en esa sorda pelea —por llamarla de alguna forma— que enfrentaban sus padres. Y una vez muerta la madre, le tocó a ella alejarse detrás de la figura de un arriero que, con la excusa de devolver un jarro de agua, le había rozado la mano por primera vez en la vida.
        — ¡Fíjense ustedes lo que puede el olor de la carne! —filosofaba resignadamente la voz, mientras iba y venía por la pieza renovando las cataplasmas.
        La negra, curtida mano del arriero había vuelto a pasar, y nuevamente se había posado, se había demorado sobre su mano; hasta que en el tercer o cuarto viaje —vaya una a saber cuándo— las dos manos se habían entrelazado por fin con una fuerza tal que nada —ni las advertencias de su padre ni sus amenazas— lograría desatar. Tanta era la fuerza del olor de la carne.
        Tanta había sido, que el mismo día del velorio de su madre, mientras la casa se llenaba de visitas y de voces, ella había escapado furtivamente hasta un recodo de la huella, porque había visto a los lejos una polvareda densa, inconfundible, y había esperado a su hombre en esa siesta doblemente memorable.
        Al día siguiente, después que enterraron a la madre, el padre salió con la pala al hombro para seguir poceando un alambrado, y a ella le resultó la casa demasiado vacía, demasiado llena con los recuerdos de la siesta anterior junto al recodo del camino, de manera que no esperó que la polvareda asomara nuevamente, sino que fue detrás de su padre y le dijo a boca de jarro
        —Me voy para casarme.
        Él debió comprender de inmediato porque la pala se demoró imperceptiblemente antes de clavarse. Pero fue al rato cuando se detuvo, y entonces levantó la cabeza para preguntar
        —Ahá… ¿Y con quién?
        Y cuando ella se armó de coraje y le dijo, vio en seguida brillar en sus ojos lo que en él era una vieja, acendrada forma del rencor.
        Esta forma acendrada del rencor nació en seguida que el padre llegó a la Colonia, allá por el 70. Habían sembrado trigo cuando vieron aparecer la manga de langostas oscureciendo el cielo como si fuera un cielo de nieve en un corto día de diciembre. Dicen que los que estaban en los campos corrieron a meterse en las casas, y los que estaban en las casas salieron a correr por los campos. Ahí empezó el rencor, cuando cesó el zumbido del cielo y el cielo negro se posó mansamente sobre el campo. 
        Después que  sembraron  nuevamente,  vieron  una mañana unas formas oscuras que corrían contra el horizonte. Las formas corrían y se detenían, se ensañaban sobre los tiernos tallos, parecían jugar disparando hacia las suaves lomas. Los colonos desenterraron de los baúles los viejos, enmohecidos fusiles, y caminaron resueltamente hacia las tropillas, y sin duda hubieran llegado a disparar, si no los hubiera alcanzado el intérprete, gritando:
        — ¡Son los caballos del General! Esperen. ¡Son los caballos del General!
        Los colonos se detuvieron en seco sobre los sembradíos que por manchones ya aparecían moribundos. Desde antes del desembarco habían sentido hablar del General cuya mujer, cuya viuda había emprendido la colonización, de manera que al sentir que lo mentaban no pensaron o no recordaron que estaba muerto: tan viva era su presencia y tan extraña era esta tierra, que bien podía haber vuelto para hacer pastar sus caballadas. Y tan desnudos eran ellos en su destierro y en su desamparo, tan sometidos y necesitados estaban de quienes los habían traído —como lo puede estar un niño de los cuidados y arbitrios de su madre—, que sumisamente volvieron a sus casas y depusieron —por el momento al menos— el enojo, sometiéndose a ese nuevo rostro de la fatalidad y del demonio que ahora tomaba la forma y el color de unos caballos oscuros desbocados. Pero cuando nuevas manchas moribundas aparecieron sobre los campos, y cuando al poco tiempo la tierra amenazó ser otro campo yermo y devastado, los colonos se comisionaron para ver "si Su Señoría podría satisfacernos de algún modo". La viuda los escuchó realmente con el celo y la tolerancia con que algunas madres atienden las aflicciones de sus hijos, y después de haber preguntado reiteradamente sobre el número y el color de las caballadas, exclamó con un gesto de fastidio
        — ¡Son los caballos del General, es evidente!
        Los colonos se miraron extrañados y miraron extrañados a la viuda, quien tuvo que explicar:
        —Del general Galarza, a quien compré caballos para la Colonia. Sus animales no se deben haber enterado.
        Si bien los colonos no habían progresado tanto en el idioma como para entender esa broma, comprendieron al menos que no estaban obligados a tolerar las asoladoras incursiones de los caballos del antiguo dueño de los campos. De manera que cuando volvieron a sus casas descolgaron los viejos fusiles napoleónicos y los dejaron, cargados, bajo los aleros; y unas pocas mañanas más tarde, en muchas lomas a la redonda, podía sentirse el olor nauseabundo de varios oscuros cuyas osamentas blanquearían definitivamente esos campos.
        El general Galarza no tardó en enterarse, y en mandar a su capataz pidiendo explicaciones por lo que él consideraba no sólo un perjuicio sino también una cobarde alevosía. Los colonos respondieron que ellos no habían venido a América, no habían cruzado un mar para ver cómo los caballos retozaban sobre el trigo, y que si el General quería evitar más muertes, debería encerrarlos y darles pastos.
        El general Galarza contestó de inmediato que en primer lugar eran ellos quienes deberían alambrar sus potreros si querían sembrarlos, y en segundo lugar ningún gringo de mierda muerto de hambre iba a decirle a él qué era lo que debía hacer.
        Ese mismo parlamento volvió con un memorándum de ciento setenta y ocho firmas, dirigido "a su Exca. el General La Garza", que en síntesis aseguraba que los colonos alambrarían sus tierras cuando pudieran hacerlo con el fruto de su trabajo. Para lo cual estaban dispuestos a defender sus sembrados cuantas veces fuera necesario.
        El alto, encanecido General leyó y releyó su nombre, transpuesto, según él, no por un error en el idioma, sino deliberadamente para una burla inconcebible. Tan luego a él, que había peleado en el 20 en las montoneras de Pancho. ¡A él, que de sus setenta años había entregado más de cincuenta en pos del orden de esta arisca provincia! —vociferaba a voz de cuello mientras la densa, blanca cabellera iba y venía por las galerías de la casa.
        — ¡Ya van a ver! ¡Ya van a ver! —gritaba su voz de cuello por los galpones y los corrales.
        Y al día siguiente los colonos pudieron ver, ni bien rompió la mañana, nutridos cuadros de caballos que en rigurosa formación se erguían sobre las lomas. Y por delante, en un oscuro tan negro como la más negra de las noches, al viejo general recorriendo al galope esas extrañas formaciones que piafaban y escarceaban incontinentes, listas para lanzarse sobre los trigales o sobre el resto de los trigales a la primera voz de mando,
        Los colonos fueron saliendo uno a uno de sus casas, se fueron disponiendo como en una acordada maniobra a lo largo de una trinchera imaginaria, los fusileros con el cuerpo estirado sobre la tierra y los fusiles apuntando o buscando la fantasmal, enloquecida figura del General que tan pronto hacía evolucionar una tropilla de un ala como retroceder los cuadros centrales. En la retaguardia los colonos alzaban adustas guadañas, amenazadoras horquillas apuntaladas sobre el pecho como bayonetas, extrañas armas sin embargo emparentadas entre sí por el inconfundible hálito de la guerra que pronto las envolvería. Que la guerra, más que la paz, parece hermanar todas las cosas, al menos por la desgracia y la pasión, por esa misma sangre. Y si esta vez no logró confundir a hombres y a bestias en el brutal abrazo de la muerte, fue por la providencial, milagrosa aparición de la viuda del General que venía a indemnizar a un bando por las bajas sufridas, y a otorgar al otro un generoso crédito para alambrar los campos. Mientras tanto, y a sugerencia de la oportuna interventora, peones y colonos se turnarían para cuidar los límites de los sembrados y de los pastizales.
        El general Galarza se retiró del campo de batalla a su manera victorioso, para cuidar hasta el día de su muerte el rencor obstinado contra los desórdenes y desmanes aparejados al progreso. Los colonos por su parte encerrarían más tarde sus sembrados con doble hilada de púas, y adentro se quedarían rumiando su oscuro rencor contra los incomprensibles hijos de esta tierra, contra los innumerables Frutos tomadores de mate y comedores de carne casi cruda.
        — Así que un Frutos —le había dicho su padre.
        — ¡Así que un Frutos! —le había gritado, alzando la pala bruscamente bien alto como para aplastar todas las langostas del mundo.
        — ¡Así que un criollo! —golpeando la pala contra la tierra.
        — ¡Un tomador de mates, un guitarrero mujeriego! —aventando terrones contra el cielo.
        — ¡Un ladrón de mujeres! ¡Un general de caballos! —fue lo último que escuchó ella, alejada ya o disparada, mejor, de toda esa furia. Refugiada en la casa espió sus amenazas y gritos, adivinando sin esfuerzo el conocido
        repertorio.
        Por la tarde su padre había estado silencioso, parecido en el gesto al recuerdo de su madre cuando se ensimismaba sobre el amasijo o sobre la batea de lavar o sobre algún punto en el cielo. La madre ponía ese gesto que ahora estaba poniendo el padre, y ella, aún chica, sabía que ni su padre ni ella estaban comprendidos en ese círculo de sueño, en esa zona tan privada de los recuerdos, de los anhelos íntimos —cuya importancia se exagera con los fracasos de la vida— que toda persona —los dichosos y los desdichados— guarda para sí, protege para sí de miradas y suspicacias. Su madre —había comprendido ella siendo aún niña— se vengaba así de su padre, excluyéndolo definitivamente de ese críptico ámbito en donde él nunca podría gobernar, ni adonde podrían llegar sus miradas, ni podrían posarse sus manos.
        Y un día, siendo aún niña también, descubrió con sobresalto que esa no era una forma del desamor sino que era una manera del odio: su madre —había descubierto ella— odiaba a su padre, y esa era la desazón que como un aire pesado caía sobre la casa. Y ahora descubría ella— su padre la estaba odiando porque se iba a casar con un criollo.
        —Sin dinero no hay dicha ni amor duradero —dijo de pronto su padre como para sí o para nadie. Y en seguida, mirándola
        —Deje su cuarto como está y váyase. Deje todas sus cosas para cuando vuelva.
        Entonces, la vieja Frutos se había reído para sus adentros, con la certeza indestructible que del amor tienen los enamorados; si dejó sus cosas fue para evitar esa última pelea con su padre, a quien —algo se lo decía— no volvería a ver. Pero al poco tiempo de casada, a los dos o tres meses de vivir en el rancho del potrero del bajo, supo que su padre podía no estar equivocado; y si no volvió y eligió perder sus vestidos y los lugares de sus recuerdos, fue para vengarse de su padre negándole ese triunfo. Que se quedara nomás con sus cosas, pero no se iba a adueñar de su sumisión y de su fracaso. Había decidido esto mientras miraba a su hombre parado en el umbral de la cocina, el mate en una mano y con la otra rascándose la lustrosa cabellera negra. El viejo Frutos, que entonces no era viejo, permanecía allí interminablemente, con ese agobio previo a los trabajos que al cabo resulta agotador. Viéndolo así, ella supo que la dicha se terminaría más temprano que tarde. Y si bien es cierto que en ese momento sintió odio contra su padre y rencor contra su marido, también comprendió, mientras revolvía con la espumadera la escuálida sopa, que no debía sucumbir: muy dentro de ella otra certeza, otra fuerza mucho más poderosa que el amor había comenzado a gestarse. Tan poderoso era ese hijo aún desconocido, que ya la obligaba a luchar: ahí nomás le dijo a su marido, parado todavía en el umbral, si esperaba que lo fueran a buscar de la estancia para regalarle la hacienda; si creía él que con treinta novillos miserables y dos miserables lecheras tendrían todos para vivir; a ver si tenía que salir ella, gruesa como sabía que estaba, a arar la tierra. Sacó la olla del fuego, cruzó enérgicamente pero sin rozarse con él acomodado contra el marco, y delante de sus  propias narices hachó  hasta hacer astillas  un grueso tronco de algarrobo. Hachó y hachó hasta sentirse sosegada, y cuando levantó la vista tuvo que buscar con la mirada a Frutos que perseguía a trancos largos a la desacostumbrada tordilla que a duras penas podía mantenerse en el surco.  El hombre aferraba fuertemente las mancaras del arado cuya herrumbrada reja ahora comenzaba a brillar, y poco a poco iba creciendo una negra franja de tierra sobre el único rincón del potrero libre de la amenaza de las aguas.
        —Porque todo lo demás —como ella le estaba diciendo a la Baronesa— es un charco bueno para criar ranas, por el que no vale la pena pagar un arriendo.
        Por supuesto, nadie le reclamaba la deuda ni era el momento para hablar de ese tema, pero la vieja sabía que al que impone condiciones cabe suponerlo fuerte.
        —Nosotros arrendamos, cuidamos eso desde hace casi treinta años, y no pretendemos cobrar pero tampoco es justo que paguemos. Y usted vio que casi no hay arreos para los hombres.
        La Baronesa no había visto nada todavía ni había entendido más de dos palabras, pero la vieja siguió hablando de la flojera de los hombres que sólo hacen algo si los lleva un caballo.
        — ¡Generales de caballos, eso son! —exclamó, feliz de haber encontrado la frase justa para el caso. Creyendo realmente que la había descubierto ella, olvidando la circunstancia en que se la había escuchado a su padre.
        — ¡Generales de caballos! —volvió a repetir, mientras cambiaba la cataplasma del estómago del enfermo.
        Y sin duda tenía razón, por lo menos a juzgar por lo que la vida le había demostrado; es decir, por lo que le habían demostrado su marido y su hijo, ya que su padre no contaba para nada. Esto es: que un hombre se sentía realmente bien cuando disponía de un buen caballo, y si sobre él tenía que realizar los trabajos del campo, entonces era feliz. Su marido y su hijo solían volver de los arreos con las ropas empapadas por la fría llovizna del sudeste que en el invierno arrasaba los campos, o atosigados por el polvo del verano que se posaba sobre el aire, mal dormidos siempre, durmiendo mal sobre los aperos o dormitando al monótono compás de las cabalgaduras, y apenas desmontaban estaban dispuestos a salir si la ocasión se presentaba, ni bien los caballos se hubieran repuesto de la fatiga.
        —Sí, para eso son buenos —sentenciaba la vieja a la Baronesa que no entendía y al enfermo que por fin dormitaba, un poco aliviado por las cataplasmas y otro poco arrullado por el discurso.
        
 
8
 
        —A punta bravo este verano.
        La frase salió por sobre el hombro hacia los dos rezagados jinetes, pareció flotar y quedarse en el aire junto al polvo que levantaba el tranco de los caballos, para perderse definitivamente, lejos de los cabeceos indiferentes de los dos viejos que milagrosamente seguían erguidos sobre los recados.
        Habían salido de Almacén Iglesias cuando apagaron las lámparas a la penumbra de la madrugada —"de día no sirve emborracharse", decía Tío—, y ahora que el sol subía sobre los árboles ya habían descabezado un sueño y sin duda dormidos llegarían a la casa, tambaleando siempre, amenazando caer en los recodos de la huella, pero siempre inexplicablemente ilesos.
        Alguna vez habían pactado no emborracharse los tres juntos, y desde entonces Saldías se quejaba de una deuda infinita de infinitos domingos en que volvía —como ahora— inevitablemente adelantado y solo, custodio durante leguas de los rezagados viejos que amagaban caer a cada paso del caballo. Pero a esa hora de la mañana, antes de que el sol calentara demasiado el aire que la noche no había terminado de enfriar, Saldías olvidaba sus fingidas quejas y se alegraba de emprender despierto la larga cabalgata. Había aprendido a armar los cigarrillos con la maestría que le permitía el andar acompasado del Oscuro; armaba tantos como creía que lograría fumar en el trayecto y los iba metiendo entre la cuidada tusadura de su caballo, para fumarlos después —lenta, voluptuosamente— en ese largo paseo de las mañanas de los lunes.
        No recordaba él por qué habían hecho el pacto. Tal vez el pacto no existía más que como una inveterada costumbre que nació el primer día en que él vio a Tío abandonado frágilmente a la tormenta de la borrachera, tan vulnerable como un niño indefenso; expuesto cada vez más con los años a caer del caballo y quedarse dormido mientras el sol despiadado ascendía en el cielo, en manos de la impiedad del sol y de la dudosa indiferencia de las víboras; sin que se pudiera contar para nada con Ramón, perdido el pobre en su irresponsable razón que a la primera copa desbarraba totalmente. De tal forma que cada vez más los domingos de Saldías estaban dedicados, más que a su propia diversión, al cuidado de estos dos viejos compañeros que apenas llegaban a Almacén Iglesias estaban convidándose en el mostrador, y apenas convidados con la primera copa empezaban a lucir un inconfundible brillo en la mirada, como si el olor mismo de la bebida los predispusiera a cada uno a su alegría o a su tristeza. Ramón comenzaba entonces con sus risotadas y sus incomprensibles chacotas que Criollo Iglesias atendía imperturbable, mientras Tío se encerraba en su tristeza incompartible. De tanto en tanto —muchas veces, al cabo de los años— Tío pronunciaba en voz alta alguna frase escapada de su contenida memoria. Una frase, una palabra, en ocasiones una anécdota y a veces apenas un gesto, con todo lo cual Saldías había ido reconstruyendo un interminable cuadro de la tragedia sobre la cual en Campo del Banco ya nadie quería hablar, como si el olvido fuese al fin y al cabo una tardía venganza contra la peste.
        — ¡Aquél sí fue un verano bravo! —respondió intempestivamente Tío, después que Saldías había olvidado sus propias palabras. Sabía sin embargo a qué aludía el preámbulo, de manera que frenó el tranco del Oscuro hasta que éste quedó a la par de la vieja yegua doradilla, disimuladamente alerta a alguna nueva confesión, por pequeña que fuera. Pero Tío volvía a cabecear peligrosamente hacia un borde de espinosas pencas, al punto que Saldías extendió la mano para aferrado, cuando el durmiente ya se había enderezado para continuar su sobresaltado sueño. Nada, pues, se agregaría al cuadro más o menos completo y más o menos interminable que Saldías había dibujado.
        Sin duda, aquél debió haber sido un verano muy bravo. Todo empezó con un verano seco, que había seguido a una primavera seca, que había seguido a un invierno con dos o tres lluvias para julio. Los pocos que sembraron vieron surgir unos tallos moribundos, amarillos, resecos, que aparecían únicamente allí donde la costra de la tierra se partía como por capricho. Y pese a que todos miraban el cielo y esperaban la lluvia, sabían que ya era tarde, que ese año no habría trigo ni lino, pero igual miraban el cielo —ellos y los que no habían sembrado— para saber si al menos terminaría ese polvo que quedaba flotando en los caminos hasta que cualquier brisa lo metía en las casas. Y no solamente por el polvo que ensuciaba los árboles y enronquecía las voces: más precisamente porque el agua había empezado a irse de las lagunas y los tajamares. El agua o lo que quedaba del agua se arrinconaba en los terraplenes de los tajamares y en lo profundo de las lagunas, que descubrían un fango nauseabundo y descubrían las cuevas de las anguilas y descubrían los últimos estertores de los bagres y las tarariras sorprendidas por la bajante.
        Fue a mitad del verano, cuando la piel y la memoria estaban como olvidadas del frío y de la lluvia —porque todo: las casas y los árboles y los caminos y las voces eran nada más que sol y polvo, calor y polvo—, fue por entonces que empezó a soplar un viento frío del sudeste, un viento tan frío y olvidado que casi nadie se dio cuenta de que el cielo se había ennegrecido, y cuando al fin lo vieron ya caían los goterones sobre las manos, sobre las caras, sobre las voces jubilosas que apenas habían alcanzado a gritar sus roncas alabanzas cuando de nuevo el cielo se abría y el sol se enseñoreaba —el sol y el polvo, el calor y nuevamente el polvo— ahora total, definitivamente.
        Empezó con los goterones a mitad del verano, con ese frío intempestivo, y siguió con un mugido bronco, alucinante, que quedó suspendido en el silencio de la siesta. Era una vaca o eran diez vacas o eran todas las vacas de Campo del Banco que parecían haberse puesto de acuerdo para atronar la siesta con un mugido moribundo. De ahí en más el grito no paró nunca en el verano interminable. Sólo que pronto se hizo desordenado y torpe, apagado y cansino. Ya no era un solo grito, sino gritos innumerables que se contrapunteaban desde leguas, toda una orquesta de mugidos enriquecida por balidos y relinchos. Había gritos nuevos y gritos viejos, gritos fuertes y gritos cansados, estos últimos apagándose hasta desaparecer. Entonces el ganado caía, temblaba un poco sobre los músculos desbastados por la sed y el hambre, y caía en seguida sobre las manos temblorosas que no tardaban en doblarse.
        Mucho tardó en saberse que no era la sed y el hambre, que no era sólo eso. Porque es sabido que los animales no son como los hombres: esconden su enfermedad y su fiebre hasta que ya no pueden. O sanan o sucumben. Hay caballos lozanos que trotan todo un día y nadie puede saber que ese sudor es una lucha, no con el carro ni con el cansancio, sino con la fiebre. Y precisamente era fiebre, más que el hambre y la sed, lo que hacía que el aire de Campo del Banco fuera más insoportable que el calor y el polvo. El aire caliente con su coro de gritos y su olor nauseabundo.
        Se supo que era fiebre porque alguien empezó a temblar, a dolerse y temblar, a gritar y a temblar hasta que la garganta se hinchó tanto que ya no hubo más que ese temblor continuo que se confundía con el traqueteo del carro y que se apagó definitivamente mucho antes de que el cuerpo, hinchado y amarillo, fuera abandonado cautelosamente en una morgue apartada y oscura del hospital. La misma fiebre que horas más tarde, apenas el carro cruzaba las últimas casas del pueblo, comenzó a hacer correr al caballo en un trote inusitado, en un desesperado galope que culminó en Campo del Banco sobre dos manos temblorosas, después de un relincho moribundo, antes de un compasivo talerazo sobre la cabeza.
        Después de este viaje no hubo más viajes. Hubo, sí, al poco tiempo, otras fiebres, velorios apurados, cuerpos que amarillaban y desbordaban casi las tablas de improvisados ataúdes. Y el llanto. Días y noches de llanto ronco, confundido con las voces del ganado, con el aleteo de los bichos alrededor de las velas y de las lámparas de carburo, con los rezos que cada vez menos espantaban la fiebre. Pocos, muy pocos cruzaban de una casa a la otra porque todos o casi todos tenían sus muertos.
        El llanto duró hasta que se hizo tan inútil como las cataplasmas y los ungüentos y las cruces con el hacha contra el aire caliente y nauseabundo. Después nadie lloró a nadie, tal vez porque la fiebre podría regresar pronto en su búsqueda. Y ni siquiera hubo velorios, y ni siquiera hubo entierros: apenas el cuerpo dejaba de temblar y antes de que se pusiera amarillento, se lo arrojaba a un hoyo escarbado en el polvo, y en seguida se lo cubría de espartillos resecos; de manera que casi era imposible condolerse cuando la mano —a veces temblorosa— acercaba el humeante tizón que en poco tiempo confundía pastos y cuerpos en una larga llamarada.
        Al filo del verano, en todo Campo del Banco, las llamas ennegrecían los días y alumbraban las noches.
        Saldías reconstruyó lentamente, durante muchos cigarrillos, las escenas de aquella incomprensible devastación de la cual él debió haber salido, debió haber sido sacado de la mano de ese hombre viejo que siempre había sido viejo. No una caminata de horas o de días con principio y con fin: una interminable caminata que debió durar años, vagando los dos por los senderos del monte, siguiendo los rastros imperceptibles de las mulitas que el viejo detectaba por los pastos tiernos apenas ramoneados, pescando anguilas cuyas cuevas se denunciaban en las barrancas de los arroyos, robando huevos de los nidos de los pájaros y miel de las hostiles lechiguanas. Años o un tiempo imprecisable hasta donde llegaban los recuerdos, huyendo siempre de la vecindad de las casas, a las que el viejo no quería acercarse como acuciado por un temor cerval. Hasta que llegaron a Campo Grande, que entonces era nada más que una larga tapera, y se detuvieron por fin, cansados los dos o quizás enfermo el niño. Y allí los había encontrado el doctor, dueño reciente de Campo Grande al que llegaba con una tropa de vacas pampa para poblarlo, convencido de que era cuestión de dejarlas que se reprodujeran solas porque así había crecido el ganado que trajeron los conquistadores. Él vendría después —decía—, a la vuelta de los años, cuando cansado de las vicisitudes ajenas y de los dolores del mundo se retirara a su tierra, a ese gran Campo Grande que todavía no conocía y sin embargo abarcaba con un gesto ampuloso.
        
 
        El doctor se había vuelto al pueblo con los peones del arreo, y el viejo y el niño habían continuado en la casa, y por un tácito acuerdo se habían hecho cargo de los cuidados de la hacienda, que era cierto que se criaba sola, pero cuyas pariciones difíciles había que atender, cuyos novillos había que castrar, cuyas enfermedades había que prevenir. El viejo había ido instruyendo al chico en los trabajos del campo desde el principio, desde antes de que llegaran los Frutos al potrero del bajo y mucho antes de que apareciera Ramón por el camino, y al cabo de los años Saldías se había ganado el cargo de capataz por derecho propio, Señor de una peonada inexistente, ya que Ramón era ingobernable y Tío había sido su maestro.
        Saldías había llegado a conocer palmo a palmo los rincones del campo. Y sin embargo, nunca había podido reconocer por dónde habían entrado hacía treinta, cuarenta años. Él se esforzaba a veces por recordar cuál había sido el sendero, el claro entre las palmas, para de ahí en más retomar la rebelde madeja de la memoria. Una vez, hacía muchos años, había preguntado
        — ¿Cómo llegamos, Tío?
        Tío quedó cortado, falto no sólo de palabras sino de aire parecía; lívido el rostro ahogado; la mirada vacía como la de los muertos. Tanteó el aire con las manos de un ciego, y después de aferrarse a un apoyo invisible, atronó con un grito
        — ¡Nosotros vinimos de la mano! —para decir después, un poco más calmado
        —No me pregunte más, muchacho.
        Y Saldías no había vuelto a preguntar, intimidado pero más todavía dolorido por la palabra "muchacho" que por primera vez usaba Tío; amedrentado por lo que ocultaba más que por lo que dejaba traslucir. Y acobardado definitivamente, se había resignado a esa lenta reconstrucción de la Peste en la cual estaba contenida de alguna manera su historia. Y ahora que Tío era un hombre viejo que montaba a caballo nada más que de domingo en domingo; ahora que tarde o temprano el largo trenzado se cortaría porque el viejo hombre era muy viejo, Saldías había decidido que ya era hora de meter todo ese campo y todo ese oscuro pasado en una misma bolsa, y revoleándola en el aire tirarla contra lo más tupido del monte, para alejarse después al trotecito un día los dos con la fresca hacia cualquiera de los tantos caminos que debería haber por el mundo. Y justamente, la ocasión se presentaba ahora que el doctor había vendido el campo a unos gringos que quién sabe qué cuerdas tocarían.
        De manera que tal vez éste era el último domingo que volvían los tres juntos desde Almacén Iglesias. Es decir, siempre y cuando Ramón no ensillara imprevistamente su caballo y, después de amontonar sus pequeñas cosas y su gran silla en el pilchero, se fuera por el camino detrás de ellos de la misma manera silenciosa e imprevisible como había aparecido hacía años, cuando lo vieron llegar temprano una mañana, los dos caballos cansados y sudorosos de caminar quizás toda la noche desde quién sabe qué punto. Curiosamente, los perros no habían toreado, sino que habían quedado echados, golpeando la cola contra el suelo, jadeando esa alegría que suelen lucir cuando se encuentran con viejos conocidos.
        Ramón había bajado del caballo, y sin saludar todavía había empezado a desensillar ahí nomás junto a la puerta de la pieza. Después había desatado la desconcertante silla del puchero, la había entrado por delante al cuarto, y se había sentado muy orondo frente a los dos asombrados anfitriones. Aceptó los mates haciendo un comentario indecoroso sobre la calidad de la yerba, y cuando al fin le formularon pudorosas preguntas sobre su  origen  y sobre su destino,  se descolgó con  unas estruendosas carcajadas, como si esas cosas no fueran con él. Tío y Saldías matearon hasta que llegó la hora de recorrer el campo, y todavía dieron unas vueltas sin motivo,   un  tanto  incómodos  por  la  extraña  presencia. Antes de salir, Tío le dijo a Ramón que esperaba que a la vuelta churrasquearían juntos, y como el otro no contestó ni que sí ni que no, sino que hizo un vago ademán de despedida, los dos jinetes salieron al galope, convencidos de haber sido hospitalarios y resignados ante   la   forma  arbitraria  y  desconcertante  con  que  el mundo exterior hacía sus raras apariciones por Campo Grande.
        Cuando volvieron del campo, Ramón no sólo estaba sino que había consolidado su estadía con una infinidad de pequeños trabajos descuidados o postergados por los caseros. En unas pocas horas barrió la pieza y la larga galería, cortó leña para la hornalla y para la parrilla, y arregló las patas de la trebe y la manija de la olla, y se dio tiempo todavía para cuidar el costillar de capón que ya se doraba cuando Tío y Saldías volvieron a la casa.
        —Parece que hay una tumba para rato —dijo Tío por lo bajo, con esa sabiduría de los años. Al punto de que ahora ellos se iban y quizás Ramón seguiría tumbeando.
        
 
9
    
        Viéndola cruzar rápidamente por el monte con pasos cortos y nerviosos, nadie hubiera creído tampoco que esa vieja no había pegado los ojos en toda la noche; que además de atender al enfermo, había limpiado la cocina y fregado las ollas. Y que ahora volvía al potrero del bajo con un entusiasmo parecido al que lució una vez, hacía casi treinta años, y después no había vuelto a sentir nunca.
        Iba distraída conjeturando las caras que pondrían sus hombres con las noticias, cuando se topó de pronto con el derrengado rancho que a cada invierno parecía inclinarse un poco más contra el arroyo. Mudó de golpe el gesto, juzgando más severamente que nunca las destartaladas paredes de totora que desde hacía décadas Frutos le prometía reemplazar por las más higiénicas de chorizos de barro revocadas con una mezcla rica en bosta y paja, que impidiera el paso de las ratas que dos por tres bajaban por el arroyo crecido. Ratas y arañas y hasta las mismas comadrejas moras que solían meterse con su olor nauseabundo persiguiendo algún pollo guacho encontrado en el monte. Año a año le recordaba a Frutos su pedido, pero tal vez porque sus hombres se habían hecho demasiado a la costumbre de dormir a campo raso sobre los aperos, o quizás porque de vuelta del arreo los ganaba la flojera —seducidos por la vida regalada de la casa, sin otra alternativa que hacer leña para la horneada o sobar tientos para reparar el apero—, el hecho es que el rancho seguía ladeándose peligrosamente, destapando de cuajo en su caída las paredes carcomidas por la podredumbre.
        Los hombres no habían vuelto: ningún caballo pastaba en el potrero donde alguna vez hacía mucho hubo melgas de maíz —justamente el año que les nació el hijo; aunque ahora ella no podría afirmar si recordaba el maíz por el nacimiento del hijo o recordaba esa fecha por las colmadas melgas cuyas plantas sonaban tan bien cuando las hojas se rozaban entre sí por el viento.
        La vieja entró en la cocina y recorrió la penumbra todavía fresca a esa hora de la mañana, libre aún de las moscas que no tardarían en revolotear y de los mosquitos que ya habían regresado a sus refugios entre los pastos del remanso. En una misma bolsa cargó las pocas ropas disponibles —tal vez pocas para quién sabe cuánto tiempo— y los yuyos resecos que fue recogiendo de los intersticios de las paredes. Tomaba los manojos y, después de examinarlos rápidamente apenas por el olor, los admitía o los desechaba. Eligió así todos los yuyos disponibles, y sin nada más que hacer se dispuso a volver a Campo Grande.
        Había cruzado ya el umbral, cuando se volvió como acuciada por una visión retrospectiva. Caminó unos pasos hasta el fogón, y estirándose descolgó el hueso dalegusto que pendía desde hacía innumerables caldos. Arrastrándolo consigo, lo sacó como quien lleva una rata reventada y despreciada por los perros, y blandiéndolo en el aire con todas sus fuerzas, lo aventó hacia las oscuras aguas del arroyo.
        
10
        
        Saldías golpeó las manos con cautela, algo extrañado por sus propios golpes que lo hicieron sentir prematuramente extranjero en esa galería, en esa casa que durante años fue su único, conocido país. Los golpes, demasiados apagados, no alertaron más que a los perros que por supuesto no ladrarían sino que seguirían dando vueltas a su alrededor, de manera que tuvo que acercarse a la puerta, tuvo que golpear más fuertemente a las puertas mismas de su casa, y como nadie respondía insistió aún con los nudillos en la hoja entreabierta. Había empezado a retirarse cuando la puerta se abrió totalmente y apareció la alta mujer semidormida, cabeceando todavía su retaceado sueño. Él esperó un tiempo a que ella acomodara el rostro desencajado por la duermevela y el pelo enmarañado y sucio, y cuando estuvo seguro de que esos ojos lo estaban mirando realmente, preguntó por fin
        — ¿La señora es la dueña...?
        Algo debió murmurar ella porque Saldías no se movió ni volvió a hacer preguntas, sino que parado frente a la mujer parecía esperar algo como una aclaración o una orden, cualquier cosa menos ese imposible silencio en que estaban envueltos. Y quién sabe cuánto tiempo hubieran durado así, frente a frente y enajenados —por el sueño uno, el otro por el asombro—, de no haber mediado la vieja Frutos que jadeando y ahogándose por sus propios gritos, corría hacia ellos.
        — ¡No  se gaste,   Saldías:   la  Señora  no  entiende! —decía la vieja vociferando casi encima de ellos.
        La vieja Frutos se interpuso entre los dos, no como quien hace una presentación, sino con el aire decidido y belicoso del que separa en una contienda.
        — ¡La Señora no entiende! —reiteró la vieja, resollando. De ahí en más deshilvanó sus noticias que más que a Saldías parecían destinadas a un auditorio invisible, a una extensa platea abanicada sobre el campo.  La Señora no entendía. Era el Señor el que entendía, pero en este momento no podía entender aunque quisiera. Saldías tenía que ser paciente con la salud del enfermo, de cuyos cuidados Ella era responsable. Porque para eso la Señora la había llamado, le había encargado los cuidados del enfermo y de la casa. El Señor no estaba todavía en condiciones de resolver, por lo tanto convenía dejar las cosas como estaban y seguir nomás con los trabajos del campo.
        Saldías había dejado de atender a la vieja para mirar nuevamente a la desarrapada y esbelta mujer, agobiada —parecía— por un cansancio y un sufrimiento indescifrables. La mujer ya no lo miraba ni miraba a la vieja Frutos que había terminado de dar parte; su mirada ausente traspasaba la trama de las enredaderas, iba mucho más lejos hacia nada. Y tan absorta y lejana parecía, que el hombre se atrevió a detenerse palmo a palmo en su castigada figura.
        —Cualquier cosa, me avisa —despachó finalmente la vieja, escudriñando antes de retirarse la mirada de Saldías que ahora volvía al rostro ojeroso cuyos claros ojos comenzaban a entrecerrarse.
        —Cuente conmigo, señora —dijo Saldías, no a la vieja que atalayada en la cocina no podía oírlo, sino a esta mujer que no lo podía entender, y encasquetándose el sombrero saludó con una inclinación de cabeza y atravesó a zancadas la larga galería.
        Sin acostarse estuvo echado sobre la cama, entretenido —parecía— por el desacompasado contrapunto de los ronquidos de los viejos. Uno de ellos calló de pronto sin razón —o por esa caprichosa liviandad que tiene el sueño de los viejos— y Tío abrió los ojos y durante un largo rato miró silencioso a Saldías.
        —Qué le pasa, sobrino.
        —Nada, Tío, ¿por qué?
        — ¿Qué le pasa? —insistió el viejo.
        Saldías se mantuvo callado un momento. Después dijo
        — ¿Qué le parece si nos quedamos un tiempo?
        —Bueno. Cualquier lugar es lindo —repuso el viejo desde el sueño. Y dándose vuelta roncó nuevamente.
        
 
 
 
11
 
        El barón durmió desde la madrugada un sueño a veces sobresaltado por el dolor que se alejaba poco a poco, hasta que al caer la tercera noche de Campo Grande, pudo dormir de un tirón más de quince horas de sereno ronquido que la Baronesa escuchaba cada tanto, cuando su cabeceo intermitente al borde de la cama la sobrecogía de pronto, acuciada por la inocente culpa de haber dormitado junto al doliente.
        Al mediodía siguiente, antes de abrir los ojos a la resplandeciente ventana, la voz pastosa y débil y casi desconocida del enfermo despertó a su mujer que dormía erguida y tiesa como atada a un poste invisible.
        —Tengo sed —dijo—. Sed y hambre —repitió por enésima vez, hasta que la atolondrada mujer corrió como sonámbula en busca de la vieja, a la que encontró aposentada en la cocina. Descansaba una merecida sobremesa, ya que la dispersa y destartalada vajilla lucía ordenadamente sobre la mesada de ladrillo, brillando todo lo que podía brillar después de una violenta fregadura de ceniza.
        La vieja atendió —comedida pero imperturbable— los reclamos de la Baronesa, que pugnaba, para hacerse entender, entre gestos y palabras desconocidas,  hasta que al fin y con el ademán decisivo del que guarda una carta de triunfo, alzó una jarra oculta bajo un trapo asombrosamente pulcro, y tomando la delantera caminó con paso firme hacia el dormitorio. Ya junto al enfermo, posó facultativamente la mano sobre la acalorada frente, y por gestos instruyó a la  Baronesa para que  fuera suministrando a cucharadas la tisana cuyo olor a menta inundaba la pieza. Con tono autoritario remarcó las palabras que instruían sobre la necesidad de acostumbrar y refrescar ese estómago estragado por el mal. En cuanto al hambre, era un buen síntoma, pero no había que creerse por eso de que era cosa de atosigar las tripas de carne indigerible y mucho menos de flatulenta harina; que eso quedaba por su cuenta, ya vería ella cómo conseguir lo inconseguible: la milagrosa leche de burra, que era como pedir la aparición de los santos en esos mundos olvidados de Dios.
        Cerró la alocución con un gesto no sólo autoritario sino también despreciativo, y salió de la pieza sin molestarse en cerrar la puerta que desde entonces y por mucho tiempo quedó abierta hacia el vasto comedor y a través de él hacia la más lejana cocina.
        Fue después al fogón de los peones a la vuelta del cuarto, y después de echar un vistazo a los huesos que humeaban aún sobre el rescoldo, buscó a Saldías que estaba ensillando para salir de recorrida. Casi había llegado junto a él y todavía rezongaba por la demora de sus hombres, libre del estorbo del ganado para entretener su regreso en los boliches.
        —Mientras no se lo gasten con la Pepa —dijo en voz alta para sí, resumiendo de ese modo una vieja desconfianza alimentada por muchos olvidos de Frutos que regresaba sin la bolsa de harina y hasta sin tabaco y sin yerba.
        — ¿Cómo dice, señora? —preguntó Saldías, a punto de subir al caballo.
        —Hay que conseguir una burra parida. Es para la salud del enfermo.
        — ¡Y dónde, que yo sepa! —exclamó Saldías, más bien averiguando en la memoria algún itinerario.
        —El mundo es grande —dijo la vieja—. Si ellos hubieran vuelto no lo molestaría —concluyó con un gesto indignado, y sin más dio media vuelta y se fue, sin que se pudiera saber si se indignaba por molestarlo o porque no habían vuelto sus hombres.
        Después que Saldías se alejó al galope hacia Campo del Banco, la vieja dio una vuelta por la casa hasta que se encaró con Ramón, que como de costumbre desplegaba una actividad incesante y minuciosa sin que se pudiera precisar con exactitud qué estaba haciendo. Con una seña se hizo seguir hasta la puerta entreabierta de una de las piezas. La vieja entró y salió en seguida con una cesta desfondada.
        —Toma —le dijo—, arreglala. Vamos a ver qué tal zorro sos para los nidos.
        Ramón largó una carcajada y se fue en pos de una hoja de palma para el zurcido, y esa misma tarde volvió con la cesta rebosante de huevos salvados de la acometida de las alimañas,
        —Hay muchos podridos —dijo la vieja antes de hacerse cargo de la cesta. Y comentó después que precisaban yemas puras, sacadas de las entrañas de las pollas, antes de que se contagiaran con la clara a través de la galladura. Y sin más, salió ella misma al linde del monte, a perseguir o asustar más bien a las alborotadas gallinas, montaraces al cabo de años, ágiles para esquivar y volar a lo más alto de los árboles.
        Databan desde quién sabe cuándo, venidas tal vez con el gran éxodo de la Peste, cuando después del cimbronazo de la muerte los vivientes comprendieron al fin que habían sobrevivido, y huyeron espantados, como sí el miedo hubiera precisado de ese silencio, de esas humeantes ruinas. Huyó mucha gente, y muchos animales mayores, de manera que las aves de la casa quedaron abandonadas a su suerte y a su desconcierto, y comenzaron a rumbear cada vez más lejos, internándose por el monte a la búsqueda insaciable de tucuras y luciérnagas y grillos dormidos entre los pastos. Comenzó entonces para ellas su penar, peregrinando eternamente de un monte a otro monte, olvidando las sendas que conducían a las casas o reencontrando taperas desoladas y yermas, desdibujadas las remotas huellas del rastrojo y saqueados los semisalvajes y durazneros por los pájaros que proliferaban a su fronda. Compitiendo las gallinas en el monte mismo con los pájaros innumerables, dueños y señores de esos ámbitos, conocedores de las intrincadas sendas de las hormigas y hasta del preciso lugar entre dos ramas donde la araña tendería su trama. Gallinas y pavos de andar pausado, entorpecido por la malcrianza de generaciones y generaciones de vida regalada y fácil, llegando ahora tarde a asomar el pico detrás de las hierbas por donde los sapos y los lagartos habían estragado. Y como sí todo eso fuera poco, como si esa hambruna inacabable no bastara para pagar esa injusta condena, estaba la constante, terrible amenaza de los imprevisibles zorros, campeones, insuperables en carreras, ágiles y precisos para el salto, apareciendo siempre cuando ellas lograban por fin saciar su atormentadora hambre. Tuvieron que desentumecer sus atrofiadas alas en un aprendizaje desesperado, aleteando una y mil veces hasta que el pesado cuerpo —después de una carrera enloquecida al borde mismo de la muerte— lograba levantar un milagroso vuelo que las ponía a salvo —momentáneamente— de las fauces.
        Aún temblorosas descendían, acuciadas de nuevo por el hambre, y reiniciaban su exploración infinita mientras sucedían los días y los meses. Encontrándose en la ocasión propicia por el llamado del deseo, uniéndose entonces en cualquier claro del monte, contra todo peligro y toda desazón. Aprendiendo después las hembras a esconder su nidada en lo más profundo de los palmares; adonde pese a todo llegaban la iguana y la comadreja a regodearse en su festín, imperturbables al dolor de esas madres que más de una vez ofrendaban su vida. Era cosa de verlas cómo se hinchaban entonces, cómo se agrandaban en su furor, cómo se agigantaban heroicamente frente a enemigos diez veces mayores, protegiendo sus crías de las poderosas garras de los caranchos y los gavilanes que en vuelo rasante y de sopetón descendían del cielo. Cómo ocultarse de sus rapaces ojos que parecían abarcar todas las extensiones, parecían penetrar todos los escondrijos. Cómo si no trotando incesantemente de un lado a otro, de escondrijo a escondrijo, sin descansar nunca, perdiendo peso en la carrera y adquiriendo al cabo los mismos hábitos de sus enemigos, atento el ojo y prontas las alas y los espolones todo lo afilado posible.
        Así, salvajes e irreconocibles, habían hecho su aparición por Campo Grande, rica por entonces la casa en chinches y arañuelas y toda clase de larvas; con la cañada a mano para saciar la sed y regalarse con lombrices y renacuajos; con enormes árboles en seguida del claro hacia los que volaban para atalayarse. Y tal vez —por qué no— con esa casa que los devolvía de alguna forma a la atávica vida doméstica, al ocio sedentario, a la vecindad del Hombre que al fin y al cabo era el enemigo más dadivoso de entre todos los enemigos.
        Cuando la vieja se dio cuenta de eso, cuando comprendió que estas salvajes gallinas huían siempre hacia los árboles pero de todos modos nunca más hacia el monte; que era cuestión de ganarlas mediante zalemas para la buena causa de los hombres, comenzó a llamarlas, a imitar —dentro de lo que le permitía su vozarrón inficionado por el tabaco— el tímido pío-pío de los pollos, llamándolas una y otra vez, mientras esparcía el grano que Moncho le había traído por bolsas en el pilchero. Pío-pío, pío-pío, hasta que ellas descendieron y probaron ese sabor casi olvidado. Y a partir de entonces comenzó la idéntica, repetida ceremonia del sacrificio. La vieja manoteaba al montón engolosinado por el maíz, había revoloteos y plumeríos y gritos asustados, y de nuevo la calma y el olvido.
        Ella se proponía siempre más cautela; prometía tomar las gallinas de las patas para llevárselas consigo y sacrificarlas en una ceremonia más íntima. Pero ya fuera por la tentadora ingenuidad de las cabezas o bien porque adivinaba la irresistible seducción del maíz en esos buches hechos a insectos y verdín del campo, el caso es que sin más estiraba la mano sobre el desprevenido cogote y sin detenerse daba un impulso preciso a ese cuerpo que describía media vuelta en el aire y caía pesadamente para pender exánime de las patas.
        Recién en la cocina era el momento de averiguar qué sexo había sacrificado el aleatorio destino. Por suerte, o por cierta sabiduría de la naturaleza, los machos no abundaban tanto como para tener que andar yendo y viniendo toda la mañana detrás de nuevas presas. De tal forma que a la primera o segunda pieza, la vieja desplumaba y abría con la premura de un vivisector, para extirpar de cuajo todos los huevos que aún no habían formado la cáscara. Después ponía a hervir el ave prácticamente intacta, y ofrecía a los Señores un caldo que la mujer tomaba tanto como para que el enfermo la imitara. Un caldo insulso, sin sal ni orégano ni pimienta que pudieran irritar el estómago rebelde y refractario, y aún así cuántas veces el enfermo era sacudido por arcadas violentas apenas tragaba la primera cucharada. Poco a poco sin embargo fue acomodándose a ese sobrio régimen, alterado apenas por el cóctel de leche de burra y yema batida una vez que Saldías volvió de su largo peregrinar por Campo del Banco.
        La vieja mientras tanto, recluida en la soledad de la cocina, almorzaba despaciosamente esas sobras de pechugas tan adecuadas a sus flojos y desgastados dientes. De cuando en cuando, cansada tal vez de tener nada más que ollas y cacharros por sordos confidentes, detenía a Ramón que salía a renovar el agua de los baldes
        —Venite después Moncho: hoy comemos juntos.
        Y apenas Ramón acomodaba la gran silla junto a la mesa, comenzaba ella su doble ataque a la fácil pechuga y a su pasado interminable, mechando dos por tres una rencorosa alusión a sus hombres que demoraban más de la cuenta, olvidados de que ella podía estar pasando hambre y miseria en esas soledades.
        —Vos por las dudas no te casés nunca —recomendaba por último al viejo, y una doble carcajada remataba la frase.
        Después se abocaban en silencio a repasar las sobras de las sobras, y en esa tarea minuciosa muchas veces los sorprendía el sueño. La vieja apartaba el plato y acomodaba la cabeza sobre la mesa, mientras Ramón se recostaba decorosamente sobre el alto respaldo de su silla. Afuera, la siesta del verano dominaba el vasto y silencioso campo, y el grito lúgubre e intermitente de la torcaza no hacía más que ponderar ese silencio, agrandarlo en los intervalos, acrecentarlo por el contrapunto.
        
 
 
12
        
        Al galope de su caballo, como si yendo más rápido pudiese escapar del calor de la siesta, Saldías emprendió las leguas que lo separaban de Almacén Iglesias y se adentró en Campo del Banco.
        En ese campo incandescente el reverbero levantaba las palmas y los árboles, los suspendía sobre la línea indecisa del horizonte, los hacía bailar delante mismo del caballo trayéndolos y alejándolos en una danza caprichosa. Las iguanas que de vez en cuando se aventuraban indiferentes en el bochorno del camino parecían volar de una banda a la otra, recortadas en el aire como si nadaran suspendidas sobre la tierra.
        Esa mañana Saldías se había despertado recordando de los sueños la imagen de la mujer alta y rubia, y ahora volvía nuevamente acompañándolo en el viaje como si fuera un espejismo más; saltaba también y desaparecía para reaparecer reverberando.
        Mientras hurgaba un cigarrillo entre las crines del caballo, buscaba en la memoria otras mujeres que había conocido. Y sin embargo, esta figura obstinada aparecía con más fuerza, como si hiciese una eternidad desde que el Músico pasara por Campo del Banco, cuando hubo bailes en Almacén Iglesias. Con nada se ensaña tanto el olvido como con el amor, y a regañadientes devuelve con los años hilachas de rostros que alguna vez fueron inolvidables.
        El rostro cansino de la Pepa era el único que se dibujaba entero, estampado en esa semipenumbra de la pieza a la cual él se había asomado un par de veces. La tercera vez se había detenido a las puertas mismas del rancho, sobresaltándose de su propia sombra furtiva que se le adelantaba, que entraba casi al cuarto justo cuando él creía oír la respiración acompasada del sueño. Vacilante, avergonzado casi de su sombra, había dado media vuelta para no volver más.
        El rostro de la Pepa y los recuerdos hilachentos no lograban desalojar esa imagen que rondaba desde la mañana y que ahora saltaba como un fantasma pareciendo guiar el galope del caballo internándolo en la siesta. Saldías se dijo que debía estar viejo o loco para que el primer, fugaz encuentro con una mujer lo hiciera salir por esas polvaredas a esa hora en que únicamente las iguanas se atrevían. Frenó el galope del Oscuro y palpó culposamente el cogote sudado y polvoriento.
        — ¡Como si vos precisaras una burra! —dijo mientras el caballo acomodaba el paso y enfilaba hacia la primera tranquera.
        Entonces empezó el peregrinar durante días de una casa a la otra cubriendo distancias inmedibles; bajando y saludando y recomenzando el relato sobre los nuevos dueños de Campo Grande, sobre la salud del enfermo cuyo estómago reclamaba al parecer ese remedio único e insustituible; conformando con lo poco que él sabía la curiosidad de esas gentes tan pobres en aconteceres y noticias. Muchos habían visto pasar el carromato negro y funerario, y algunos habían entrevisto la pareja de extranjeros demasiado solemnes para estos rincones, exageradamente erguidos para soportar los sacudones de los tembladerales, tentadoramente arropados para la maraña. Saldías convenía con ellos en que no debían ser hechos a los quehaceres del campo. Pero mucho más no sabía. Sabía sí que la mujer de Frutos cuidaba del enfermo.
        Contestando y averiguando. Demorándose inevitablemente en cada casa, alguna de las cuales no visitaba desde hacía años, ya que por allí la gente se encontraba siempre por algún motivo, para celebraciones y desgracias; para amarse y a veces hasta para matarse, y el resto del tiempo cada uno estaba solo con su trabajo y con su soledad. Nadie llega a una casa y golpea y se va: una casa en el monte es como una cueva para el náufrago o un refugio en la montaña. Los perros mismos parecen saber esto, porque cuando alguien llega torean avisando pero casi nunca atacan al desconocido: más bien lo escoltan hasta la casa, lo protegen y lo entregan intacto a los dueños, quienes tampoco se apuran a juzgar. Alcanzan un banco y alargan un mate, y esperan. Después se sabrá si es amigo o enemigo; mientras tanto es alguien acuciado por la sed y agotado por el cansancio.
        Y bien, nadie sabía quién tenía una burra; contradiciéndose en las suposiciones, arriesgando comedidamente nombres y distancias. Hasta que al fin, después de muchos días, alguien precisó que había escuchado un relincho estentóreo y desusado que no podía ser sino un rebuzno.
        — ¡Dónde! —exclamó Saldías, cansado de deambular sobre el caballo sin duda más cansado.
        — ¿Dónde? Usted vio cómo son esos ruidos...
        En algún punto a la redonda debía estar el final del viaje. Saldías salió por poco sin despedirse, y empezó a circunscribir vueltas cada vez más amplias y desesperanzadas. Estaba casi al borde de la tarde, por lugares por donde no había andado nunca, cuando de improviso, con una potencia que hizo levantar sobre sus patas al caballo, resonó a pocos metros el rebuzno estridente e insólito. Jinete y caballo se detuvieron observando esa cabeza gris-oscura que los escudriñaba, mientras más allá, en un claro, la burra ramoneaba distraída y amamantaba a su hijo.
        Saldías buscó el humo que debía alzarse en algún punto por sobre los árboles, y cuando lo encontró bajó repentinamente del caballo y caminó tirando de las riendas, tal vez para regalarle esa tregua ahora que terminaba el peregrinaje agotador.
        Llegó así hasta el patio de la casa, vigilado o escoltado por los perros. Todavía sin golpear se demoró escuchando las voces desconocidas que vociferaban —sin razón ni disgusto, parecía— mirando detenidamente el enorme algarrobo cuya fronda sombreaba la casa por un lado y por el otro parecía querer ocultar o proteger los horcones carbonizados por algún viejo incendio; de tal forma que la tapera y la casa quedaban separadas por el tronco y abrazadas por la misma copa.
        Al fin se decidió y golpeó las manos, resonando los golpes con la misma extrañeza con que habían sonado días atrás bajo la larga galería. Las voces se callaron repentinamente, y uno a uno fueron asomando al vano de la puerta el padre, la madre y los numerosos hijos.
        —Llega para la cena —dijo el hombre, adelantándose—. De lo poco se reparte, que de mucho no es hazaña.
        Saldías continuó parado, mirando los horcones renegridos de la tapera, recorriendo la fronda inmensa del algarrobo que oscurecía el cielo del anochecer. La mirada se detuvo en el piso de tierra regado y barrido pulcramente. Poco a poco, como si fuera un vaho condensado en el piso y aplastado por el sopor del día, Saldías comenzó a percibir un inexplicable dulzor a fruta de algarrobo; un pretérito dulzor que parecía haber quedado acumulado bajo las plantas de sus pies, desde otro patio inmemorial. Sintió, inconfundiblemente, el dulzor de la fruta y aún la sintió crujir bajo sus pies pequeños y descalzos. Lenta, cautelosamente buscó con la mirada las paredes familiares e inexistentes, hasta que al fin pudo verlas, pudo reconstruirlas sobre los postes de ñandubay carcomidos por el incendio.
        De pronto no fue ya el olor dulce de las vainas de algarrobo el que ascendió junto al crecimiento de la noche, sino un humo fétido y mucho más denso que las sombras, que huía por la ventana, por los resquicios de la techumbre, por los intersticios de la puerta trancada desde adentro por la mujer enloquecida a quien a la luz de las llamas podía vérsela aún rezando de rodillas junto a su hijo pequeño, balbuceando más bien ruegos y amenazas a la Divinidad cuya voluntad impía se había ensañado con ese hombre bueno que yacía desde hacía días cada vez más hinchado y pestilente, en ese velorio nauseabundo interrumpido imprevistamente por los gritos y los golpes de Tío que llamaba desesperadamente al otro lado de la puerta.
        El, Saldías, podía verse allí surgiendo de la memoria de la noche, arrinconado entre el amor y el miedo, resistiendo enconadamente el avance de las llamas abalanzadas sobre las lágrimas de la enloquecida mujer que tironeaba de las ropas del niño como si la voz de Tío pudiera arrancárselo; llorando también él y sofocándose, sin comprender lo incomprensible, fiel al amor hasta el límite de sus fuerzas; y más allá todavía, ya que la terrible visión se interrumpía de golpe, tragada, más que por el olvido, por las brumosas márgenes que deben separar la vida de la muerte.
        Así se apagó la visión, y no quedó más que la penumbra del crepúsculo, y esos rostros que Saldías miraba sorprendido, esos rostros desconocidos que insistían invitándolo, un poco extrañados y confundidos pero todavía solícitos. Por fin, rompiendo el silencio que no sabía él cuánto había durado, dijo
        — ¡Yo nací aquí! —y sonrió, satisfecho y olvidado. Feliz al fin y al cabo de que fuera tan simple de decirlo.
        
 
13
 
        Acodado sobre la precaria mesa de paraíso, Saldías mintió deliberadamente, fraguando una historia de una supuesta venta que sus padres habían hecho no sabía él a quién, sin duda a uno de los tantos y olvidados muertos, cediendo así hacia nadie dudosos derechos que alguna vez tuvieron sobre las mejoras introducidas en esas tierras: algún corral palo apique derrotado por los años, algún tajamar definitivamente conquistado por las achiras y los juncos. Despejando así ante sus huéspedes cualquier temor o suspicacia: nadie reclamaría nunca ese rincón del monte olvidado y lejano.
        El dueño de casa le agradeció esos datos que confirmaban su certeza de que ese rincón era el último que quedaba sobre la tierra; y ese lugar le correspondía, él lo reclamaba con la misma unción con que los perros protegen las sobras de los platos. Mucho había andado él para llegar hasta ese hueso pelado y magro, cruzando el mar hacía años, en los comienzos de una larga travesía iniciada no sabía bien por qué ni para qué: se van dejando en el viaje intenciones,  motivos,  causas más o menos veraces, hasta que ya no quedan más que recuerdos deshilvanados.
        Lo único que recordaba era su desazón adolescente en esa aldea de casas inmutables al paso de las generaciones, los rostros igualados por el hastío y la desesperanza. Una generación tras otra dejando como legado sobresaliente su gramo de agobio, su peso de tiempo y vejez sobre los hombros de los hijos. Hasta que —no sabía sí para desgracia o para bendición— las aldeas comenzaron a desangrarse lentamente, entregando hijos al éxodo con la apatía y el delicado sobresalto con que un corazón enfermo manda sangre al cuerpo todavía joven e iluso. 
        Ni bien estos oleajes de hijos súbitamente envalentonados por la esperanza eran tragados por el mar, los viejos volvían a sus bancos, agregaban una mueca a su rostro  enjuto,   dormitaban   prefigurando  la   muerte. Y asimismo parecían reinar sobre vasallos desencantados: mujeres trabajadas por la desdicha y la soledad, niños inermes, hombres jóvenes que no habían decidido quedarse sino más bien habían decidido no partir. Resonando los pasos sobre el empedrado como si fueran ecos distantes, indefinidos y sonámbulos corno los pasos de los vagabundos.
        La casa, la calle, la taberna... —decía enumerando más concretamente lados de ese polígono infinito hecho de hastío y tiempo.
        Pero no era sólo eso. Antes aún estaba ese destino de su padre que él se había negado a repetir, evitando entramparse en cualquiera de sus variantes.
        Su padre había vuelto, había sido traído una noche desvanecido, pendiendo el brazo inerte herido irreparablemente en las galerías de la mina. Había sanado lentamente. Y un día el hijo había creído verlo disfrutando gozoso de esas largas vacaciones que le regalaba la desgracia. Y una vez sano y manco se había sentido decididamente feliz porque la Compañía lo había destinado al trabajo de prender y apagar los faroles de los mineros, trabajo que hasta un niño podía hacer.
        Cuando el hijo comprendió oscuramente que su padre se regodeaba con su suerte, y que el pobre era tan culpable de esa culpa como la mosca de sobrevolar la carroña, no esperó más. Buscó la costa y se las ingenió para embarcarse en el primer barco.
        Así había llegado a esa ciudad que era la puerta abierta, la promesa de la liberación. Al menos, eso era lo que decían los corrillos, apretujados sobre la borda, y eso fue lo que él siguió creyendo un tiempo, aún después de haber dejado el hotel de inmigrantes para golpear, no ya las puertas de la liberación y la fortuna, sino más humildemente las puertas intimidatorias cuya leyenda "Se Necesita Peón" no prometía nada: más bien amenazaba a los desheredados de la vida, a los que no habían ganado un oficio, a los que tenían que valerse de la fuerza que después de todo es el don más débil y engañoso.
        No tardó en entrever que los lugares no son tan diferentes unos de otros, y al poco tiempo sabía con certeza la lección que tarde o temprano aprenden todos los viajeros: no buscamos lo que desconocemos, apenas si renegamos de lo que hemos conocido.
        Y bien. Esta ciudad era igual o peor que la aldea; más grande nomás en su desamparo y más hostil en su indiferencia. Cuando él sintió los primeros mordiscos y los primeros desgarrones de los zarpazos, no encontró otro refugio que una nostalgia inconcebible en él que creía haberse despojado de ataduras. Por un tiempo, empezó a escarbar en los recuerdos que tan bien saben mentir y acomodarse a las situaciones nada más que para que no los dejen morir: apenas ven una cara asomada sobre el malecón, los recuerdos gritan y agitan las manos y lloran, y si la cara no se endurece consiguen al fin que el viandante se arroje al agua y se hunda atrapado en esos remansos engañosos.
        Apresado así por los recuerdos que él no sabía que llevaba consigo, hostigado por la precariedad de esa vida de extranjero sin parientes ni amigos en la ciudad desconocida, el pobre retrocedió hasta el puerto corno a un último, desesperado bastión —oscura tierra de nadie que no es ni el comienzo ni el fin del viaje.
        Trabajó en los barcos de ultramar, descargando y cargando mercaderías que bien poco tenían que ver con su nostalgia, pero al menos así se sentía imperceptiblemente ligado a algo. Atisbaba los barcos que entraban a la dársena como buscando confusamente una señal
        — ¡Como un chico de teta, fíjese!
        El mundo debía ser grande, porque nunca más vio desembarcar un rostro conocido, perdidos o tragados vaya a saber dónde. Poco a poco se fue alejando del puerto, aventurándose como un convaleciente que tanteara sus primeros pasos después de la fiebre. Después atacó la ciudad con esa seguridad contra el miedo que adquieren los desesperanzados, y al cabo de un tiempo era él una de las tantas voces que gritan y brazos que gesticulan en el tremendo desorden ciudadano.
        Y un día, yendo de una casa a la otra con un reparto que ahora no sabía de qué era, se había encontrado con ella, apenas reconocible bajo la cofia almidonada y pulcra. Los dos se miraron un momento, alejados irremediablemente de la aldea pero en ese instante también de la ciudad sobrecogedora. "¡Tú siempre el mismo!", había dicho ella, con un tono de injustificado reproche, fingiendo así una familiaridad que ni en la fuente ni en la romería habían tenido nunca, ya que por entonces cada uno cultivaba separadamente su propia ilusión.
        — ¡Y ahí estábamos tú por tú, como carajo en la aldea!
        Unidos por vínculos mucho más fuertes y duraderos que el amor —por todo lo odiado y por todo lo perdido y por todo lo olvidado— se habían estrechado uno contra otro como náufragos. Ya podía golpear la ciudad con la violencia de un mar de fondo contra su isla.
        Se desprendió ella de su cofia el día que tuvo que desatarse el delantal porque el vientre no toleraba disimulos
        — ¡En esa casa era mirada a moco de candil! y aunque  reinar en casa de pobre no  fuera  mucho mejor que servir en casa de rico, subió al pescante del carro y al tranco lento atravesaron el tumulto urbano hasta la pieza conseguida en los lindes del suburbio con la inmensidad.
        Donde estuvieron un tiempo. Antes de que las casas comenzaran a envolverlos, y después de saber con certeza que el reparto era una noria conocida, subieron una mañana al carro y, después de acomodar al hijo y las pocas cosas que habían acumulado, enfilaron para cualquier parte. En cuanto al carro
        — ¡Que lo pague el culo del fraile!
        Ya que él creía haberlo pagado de sobra con las penetrantes lloviznas y las agotadoras siestas que había soportado para apenas ganarse la comida.
        — ¡Culos de mal asiento!,
        Habían recorrido la campaña y sus pueblos, ganando hijos nada más, que para los pobres esa es la cosecha infalible. Trabajó en verano en cuadras de panaderías y en invierno en jardines; pintó los tapiales interminables que protegen los huertos de los pueblos; hizo, en fin, las infinitas cosas que hacen los que no saben hacer nada, no iba él a abundar a esas horas de la noche. Sin descubrir en ningún lado las tan mentadas ocasiones que le brindaría la fortuna, encontrando únicamente la desconfianza hostil de los que habían llegado antes. Y lo peor: ese pulso agónico de los pueblos, las miradas ocultas tras las celosías, las voces y las risas opacadas por la timidez y la vergüenza. Prefería él las desventuras de la gran ciudad o la misérrima vida de la aldea.
        Así, de fracaso en fracaso
        — ¡De culo, en las goteras!
        Había llegado el domingo aquel en que respetuosamente escuchaba el sermón del cura mientras pintaba el cielo raso de la sacristía. Mucho después de que el oficio hubo terminado, todavía resonaban y rondaban las bíblicas historias, Noé salvándose de las aguas, Noé rescatando del diluvio todos los animales posibles, subiendo a la barca cuanta pareja pudo conseguir, salvando a la larga el destino del mundo pero más a corto plazo su propia subsistencia.
        Volvió a la casa pensativo, anduvo días como perdido en su quijotesco proyecto. Y como no hay nada mejor para engordar un sueño, que dormir bien de noche y rumiarlo de día a toda luz, se encontró al poco tiempo acomodando su gente por última vez en el carro desvencijado y quejumbroso, mientras él empujaba a retaguardia ese curioso arreo compuesto por un casal de vacas, uno de asnos, uno de cerdos, uno de ovejas, uno de pavos, uno de gallinas, uno de patos. Dejando atrás las dilatadas colinas y las vegas humíferas, buscó estas tierras apartadas de las cuales nadie había hablado sino para blasfemar y escarnecer, como si poblarlas fuera
        — ¡Darles la teta al asno!
         Y después de hurgar por Campo del Banco y sus confusas heredades, había encontrado este rincón abandonado y en seguida lo había aceptado, lo había reclamado para sí ni más ni menos como un perro a su hueso. De ahí en más no había a dónde ir, era hora de quedarse quieto. Porque si bien él no había tenido un diluvio, había aguantado sus buenos aguaceros, que no a todos nos llueve de la misma manera.
        Por fin sosegado, entendía al cabo que lo que un hombre busca en sus andanzas de años y de intrincadas vueltas, es nada más ni nada menos que un lugar que le corresponda; ni bello ni bueno ni grande ni chico: un lugar nomás en donde sienta que para estar ahí ha asomado al mundo. Y hay que andar y andar para encontrar ese lugar antes de la muerte
        —    ¡Porque no se olvide que a cada chancho le llega su san Martín!
        
 
 
14
 
        Desde los primeros días en Campo Grande, mientras esperaba a sus hombres que esta vez parecían no volver nunca, la vieja Frutos se aficionó a la presencia de Moncho que andaba siempre a mano para los quehaceres, siempre dispuesto también para la confidencia. Era curioso ver a esos dos hasta ayer desconocidos, arrellenados en un cloqueo íntimo. La vieja hablaba y hablaba, disponiendo —parecía— del tácito consentimiento de Moncho que solía aprobar todo con una intempestiva carcajada.
        Sus Frutos andaban siempre por ahí, de arreo en arreo y de Almacén Iglesias a otro lugar que ella prefería no nombrar; cualquiera diría como escapándole a su voz perentoria que no hacía otra cosa que señalar lo que ni el padre ni el hijo parecían ver: la podredumbre del rancho amenazado por el ramalazo de las crecientes, la bolsa de harina que siempre se estaba terminando, la ruma de leña que era rápidamente tragada por el horno.
        Por lo demás, con Frutos habían vivido demasiado tiempo juntos como para ternuras. Ni él tenía ya la lustrosa cabellera negra ni ella sabía cuándo había dejado él de tenerla. Ni siquiera recordaba ella aquella noche de hacía muchos años, de desvelo por el llanto del hijo y por el frío que se colaba por las hendijas. A la madrugada había llegado Frutos, golpeándose contra la puerta como si fuera demasiado estrecha para acertarle, cayendo luego sobre el catre con todo el peso inerte de su cuerpo.
        Frutos la había buscado a tientas, palpando en el vacío al lado suyo, encontrándola después acurrucada sobre unos cueros junto al último aliento del rescoldo. Ovillada como un animalito, había defendido con rezongos su sueño y su cansancio, semidormida como suelen semidormir las madres en las treguas del llanto de los hijos. Frutos no había insistido: no era hombre de luchar contra lo inevitable. Y noches más tarde, de vuelta de su arreo, había buscado él también un sendero que zigzagueaba entre los yuyos, que subía y bajaba la ondulante tierra cicatrizada de viejas melgas que alguna vez estuvieron sembradas —alguna vez hacía años, cuando todavía vivía el marido de la Pepa—, y se había demorado en ese rancho ubicado en el corazón mismo de Campo del Banco. A partir de entonces se había detenido muchas veces, amparado en las sombras, convertido él mismo en otra sombra que aguardaba esa manera del amor. — ¡No te cases nunca! —diría la vieja al cabo de los años, redondeando una vez por todas un lejano despecho por la trampa que le había tendido el olor de la carne; olor que nada había anticipado sobre el llanto interminable de una criatura cuando por las noches la acuciaba el hambre; sobre las vacas atacadas por el carbunclo cuando más se las necesitaba; sobre el propio cuerpo prematuramente consumido y reseco. Todo eso había rezongado ella desde el entresueño, con tanta fuerza irrefutable que la mano de su marido había quedado suspendida en el aire postergando para siempre la caricia. Así se ganó ella su derecho al sueño, esa entrega rotunda y prolongada. ¡Que le vinieran nuevamente con arrumacos! ¡Para mentiras estaba ella después de la veracidad de las vicisitudes! Y si el trajín del día traía algún aliento, sin duda estaba dado por la esperanza de que al cabo del agotamiento la aguardaban los cueros al calor del rescoldo.
        Su cuerpo se había sumido por entonces, justo después del primer hijo, corno una respuesta a las tempranas provocaciones de la miseria; se había achicado y consumido de golpe, como si de golpe hubiese aceptado o elegido una figura enjuta y vetusta para acompañar sus años de pobreza, ofreciendo así menos flancos a sus ataques.
        Un cuerpo así magro y desbastado no tenía motivos para las trampas de la concupiscencia, para las cuales —más que para su marido, pobre, que al fin y al cabo era de esa clase de hombres incapaces de provocar otra cosa que lástima— guardó ella un despecho obstinado.
        Sí, ella no estaba para eso. Y si algo sentía ahora al demorarse dormitando junto a Moncho, rozándose sus escuálidas carnes, era un regocijo parecido al que antaño había descubierto junto a la última lumbre de las brasas.
        —Arrimate sin miedo, Moncho —decía la vieja, apoyándose sin pudor contra la espalda de su compañero que dormitaba sentado al lado suyo.
        —Yo ya no estoy para estos trotes —rematando la frase con una atronadora carcajada que apenas si provocaba en Moncho un murmullo entrecortado e incomprensible.
        
 
 
 
15
 
—         ¡Zúrrela si se amohína!—fueron las últimas palabras que alcanzó a oír Saldías, antes de ocultar al buen hombre y a su mujer y a sus hijos tras una densa polvareda provocada por la animosa partida de la burra,
        Saldías se encasquetó el sombrero sin saber si había escuchado mal o si no había comprendido, y se apuró a acomodar el trote del Oscuro a la carrera desordenada de la burra. Al mirar para atrás despidiéndose, había tenido tiempo de abarcar de un vistazo el viejo y corpulento árbol bajo cuya fronda había dormido en unas pocas horas un cansancio que parecía hecho de cabalgar no días sino años, y había visto también, borrosamente, las borrosas señales del pasado: apenas unos postes renegridos torpemente inclinados quién sabe cuánto tiempo más. Parecían los palmares cuando los incendiaban para abrir el monte o para sacar el cogollo de los tallos; cuando limpiaban con Tío una espesura dibujando a hachazos un camino que rodeaba el palmar como un anillo. Prendían fuego y se alzaban las llamas desde abajo por las hojas resecas, y en pocos instantes el palmar era nada más que una humareda lenta descubriendo unos cuantos tallos que durarían renegridos indefinidamente.
        Mientras fumaba el primer cigarrillo de la mañana, Saldías se decía una vez más que hay pocas cosas tan buenas como atravesar el monte con la fresca; a esa hora los pájaros todavía no han cedido sus dominios a las alimañas, y el sol aún no se ha alzado lo suficiente como para golpear con todo el peso de su ardor.
        La burra misma parecía haberse detenido a contemplar ese cuadro del monte que no duraría demasiado. Saldías soportó pacientemente esa contemplación interminable, hizo tiempo ajustando la cincha que casi no se había movido de su sitio, y cuando al fin reinició el viaje se encontró con la obstinada indiferencia de la burra que parecía ignorar que la mañana estaba perdiendo su esplendor y era necesario aventurarse de una vez por todas por las agotadoras leguas que faltaban. Saldías silbó, ordenó y rogó todo lo que pudo, llegó a pecharla con todo el peso del Oscuro, pero lo único que consiguió fue correrla unos metros a un costado del camino. Finalmente, lamentando que su dueño no le hubiera explicado mejor cómo tratar a ese animal complicado y difícil, descargó dos fuertes rebencazos sobre las ancas desprevenidas que como por milagro comenzaron a moverse en un trote cada vez más rápido. A la carrera anduvo un trecho más o menos largo, hasta que un rato más tarde volvió a detenerse inexplicablemente.
        Así empezó esa larga jornada hecha de latigazos y trotes, rebuznos e injurias. La marcha de la burra parecía durar tanto como duraba el escozor sobre su piel, de manera que cuando se detenía Saldías levantaba sistemáticamente el brazo cansado y dolorido y sacudía otro par de latigazos que alimentaban por un tiempo la marcha; jinete y caballo recibiendo inevitablemente el polvo que como una venganza levantaba la burra, y acosados los tres por el sol y por la sed inseparables.
        Urgido por el calor y el fastidio, Saldías forzó la marcha de la última legua que faltaba para Almacén Iglesias, y antes del mediodía frenó el trote delante mismo de la puerta eternamente abierta. La burra siguió andando todavía hasta perderse en el camino.
        Saldías se afirmaba en el estribo, a punto de bajar, cuando llegó la frase como escupida por la negra boca de la puerta
        — ¡Qué es ese arreo, cumpa!
        Desoyendo las risas, Saldías se contuvo sobre el recado, aquilatando las palabras que todavía sonaban socarronamente, entrecortadas y gangosas por la borrachera. El había escuchado esa voz otra vez, y no había tantas voces a la redonda como para que no reconociera a su dueño.
        Súbitamente encrespado, aferrando el rebenque como si la burra hubiese reaparecido volviéndose por el camino, miró de nuevo la penumbra donde ahora se distinguían los perfiles simétricos del padre y el hijo acodados sobre el mostrador, tan iguales entre sí que aun si se hubieran dado vuelta no se los hubiese distinguido sino por la canosa cabellera del padre contrastando en las sombras.  Tan  similares como  aparentemente lo  son, hasta para ojos conocedores, dos semillas de una misma espiga. Idénticos no sólo por los mismos bigotes y el mismo sombrero cayendo casi sobre la nuca, sino más todavía por el andar lento y desarticulado, por los ademanes desganados y felinos, por la mirada a la vez desafiante y huidiza. Y sin embargo, mirándolos un poco más, podía percibirse una diferencia indefinible, luciendo oculta de la misma manera en que dos semillas aparentemente iguales deben lucir las diferencias que inevitablemente acusarán las plantas. Mirándolos atentamente podía descubrirse que el andar y los ademanes y la mirada del hijo eran, más que una imitación o una copia, un eco tan inevitable como si fuesen una condena que la mirada y los ademanes y el andar del padre estaban obligados a cumplir. Y no por un tiempo más o menos largo: por toda la eternidad repitiéndose el padre en el hijo, al punto de que si Frutos pudiera quedarse detenido y el hijo continuara envejeciendo, igualmente seguiría siendo un eco, una resonancia hueca y sin matices. 
        Y la voz, además; crónicamente oscurecida por el alcohol, conservando la dudosa gravedad de las voces de los jóvenes. Saldías reconoció la voz casi al mismo tiempo que distinguía las figuras en la penumbra. Recordó esa voz desde otra madrugada, no hacía demasiado tiempo, repitiendo como una letanía.
        — ¡Puta con las moscas!
        Mientras Moncho recorría una y otra vez el local más bien estrecho de Almacén Iglesias. Esa noche Moncho había estado inusualmente aturdido y silencioso, arrinconado donde casi no llegaba la luz, y después de horas había emergido de la oscuridad para recorrer largo a largo el mostrador, deteniéndose un instante junto a cada figura. Después de mirar fijamente el rostro de su ocasional compañero y de dibujar con su propio rostro una mueca incomprensible, continuaba su interminable ronda.
        Saldías no se había atrevido a marcharse hasta que Moncho no terminara esa gira atolondrada que más que un juego parecía una búsqueda. Mientras tanto la letanía cambiaba poco a poco de matices, pasaba de la broma al fastidio, del fastidio al enojo. Hasta que imprevistamente el hijo de Frutos se dio vuelta y empujó con todas sus fuerzas el cuerpo desprevenido de Moncho que fue a parar de nuevo a las sombras.
        Fue todo tan rápido y confuso que Saldías nunca pudo saber cómo Criollo Iglesias pudo saltar el mostrador e interponer su enorme cuerpo gordo ocultando y protegiendo al hijo de Frutos de una muerte inútil, mientras Frutos y Tío lo aferraban por los brazos y lo arrastraban temerariamente hasta la puerta.
        Saldías había guardado el cuchillo y había seguido a Moncho que lo precedía callado y confundido, mientras atrás Tío le repetía las palabras que muchas veces le escuchó decir a través de los años.
        Las había escuchado por primera vez en el monte, antes aún de haber llegado a Campo Grande. Él se había despertado y no había precisado atender mucho para saber que estaba solo. El miedo le impedía gritar, de manera que estuvo un largo rato acurrucado y tembloroso. Cuando al fin pudo gritar, tuvo miedo de su propia voz sonando extrañamente en la noche.
        Acurrucado y tembloroso, fue calmándose poco a poco hasta que lo ganó el sueño nuevamente. A la madrugada volvió Tío de recorrer las vizcacheras; había escuchado sus gritos pero no había querido venir
        —No hay que tener miedo —dijo, y en seguida agregó aquellas palabras como queriendo corregir un inexcusable olvido
        — ¡De matar nomás hay que tener miedo! Años y años resonando inútilmente esas palabras con la rotunda inutilidad de los consejos cuando todavía no ha descubierto uno mismo qué verdades encierran. 
        Y de golpe, erguido y contenido sobre el caballo, enojado aún por el arreo pero más todavía por la frase insultante del hijo de Frutos, Saldías tuvo miedo de bajarse porque supo por fin que entonces si sería él como un niño ciego e indefenso. Se alzó sobre el recado y gritó con toda su voz reseca y enojada
        —Llevo una burra. ¡No estoy para terneros! 
        Y castigando al Oscuro partió al galope decidido a no parar hasta Campo Grande.  Pobre de la burra si se empacaba nuevamente. Y peor para ella si se le ocurría amohinarse.
        
 
 
16
        
        La vieja emprendió el diario viaje al potrero del bajo diciéndose una vez más que era la última vez que lo hacía.
        Esa mañana estuvo a punto de preguntarle a Saldías si no se había cruzado con sus hombres. Lo había buscado expresamente para eso, y en el momento en que se topaba con él recordó la pelea que había tenido con su hijo unos meses atrás y de la cual su marido había sacado un tajo en una mano que todavía supuraba. 
        Enfrentándolo de sopetón, le dijo 
        — ¡Usted tarda un poco más y se nos muere!
         Y dándose media vuelta salió a buscar a Moncho para recordarle que pastoreara la burra al terminar el ordeñe.
        Después lavó la ropa del enfermo, puso a hervir la tisana y el caldo, y cuando ya no encontró en qué más demorarse caminó a trancos largos hacia el sendero que ahora aparecía trajinado y abierto casi como un camino.
        Mucho antes de divisar el rancho, antes aún de llegar a las aguas malolientes del bañado, supo que al fin habían regresado: arrastrando el bozal como si el arreo no hubiese terminado, la escuálida panza franqueada por la olla y la caldera como si fuesen dos negros guardamontes, pastaba por ahí el viejo pilchero pesado no sólo de años sino de caronas sudadas y encostradas, de ropas mugrientas que se amontonaban entreveradas a cojinillos y ponchos, como si sus dueños hubieran llegado tan molidos que las fuerzas les hubiesen alcanzado apenas para desensillar sus caballos.
        — En pedo —dijo la vieja como para sí.
        — ¡Otra vez se empedaron! —exclamó como hablándole al viejo caballo, mientras lo tomaba del bozal y lo conducía al rancho.
        Su marido y su hijo dormían sentados en el suelo de la cocina, las cabezas recostadas en la muelle pared de totora. No precisó mirarlos demasiado para saber que no despertarían fácilmente, y aun si lograba despertarlos no estarían tampoco en condiciones de entender.
        Hizo fuego con las últimas astillas que pudo conseguir, y, mientras esperaba que se calentara el agua para el mate, fue descargando las mantas y las ropas del pilchero.
        — ¡Tarde piaste! —murmuró descubriendo las bolsas de yerba y fideos y azúcar bien protegidas contra la lluvia.
        — ¡Anda comé vos mientras hay pasto! —dijo, espantando el caballo, y entró a la cocina atosigada por el humo y arrullada por los ronquidos.
        Miró largamente a sus hombres derrengados y boquiabiertos, meneando la cabeza con tal fuerza que estuvo a punto de hacer saltar la bombilla fuera del mate. Ellos no cambiarían, es cierto, pero ahora tendrían que escucharla. El hijo sobre todo, tan malarreado y difícil. No se explicaba ella qué castigo era ése, qué culpas desconocidas pagaba ella en el destino de su hijo.
        Más meneaba la cabeza y menos comprendía ella cómo podían haberlos separado tanto los años. Ni siquiera dormido como estaba guardaba mucho del niño que alguna vez creyó haber tenido, durante esa infancia que no se prolongó demasiado y en la cual la madre depositó ilusamente esperanzas confusas de una ternura siempre compartida, de un cariño indeleble tejido tal vez o alimentado con los restos del amor que, alguna vez también, tuvo por su marido. Que eso debe pasar con el amor de los hombres: huye de un bastión cuando éste se derrumba, y con los restos de sus fuerzas malamente reunidas se rearma de nuevo y vuelve a atacar otra atalaya que por un tiempo durará entera y magnífica. Y así, de batalla en batalla, siempre apaleado y gemebundo, al borde siempre del desastre y la exterminación, el amor de los hombres avanza ciegamente con su condena a cuestas, digno de todos los aplausos por su obstinada vocación por el dolor y la desdicha.
        La vieja Frutos había depositado en su hijo pequeño todo el amor que pudo reunir en esas soledades, y toda la ilusión, como si los dos estuvieran destinados a compartir una región sólida e inmutable: la madre asiendo al hijo de la mano eternamente, el hijo aferrándose eternamente a la mano de la madre. Y cuando la vida le demostró lo contrario, cuando a los pocos años vio que esa estampa pueril se desdibujaba precipitadamente —corriendo el hijo tras el padre a los ocho o nueve años en un petizo hecho a los rigores del arreo—, la madre se negó a aceptar de inmediato que ese bastión se había derrumbado, atacando al hijo con zalamerías primero y después con los retos y consejos y admoniciones que es capaz de engendrar el despecho. Fue entonces cuando el hijo se volvió definitivamente refractario, bastando una palabra de la madre para que él se encogiera de hombros y buscara el mudo consentimiento del padre que permanecía indiferente a esa lucha o tal vez ni se había enterado. 
        Tarde había aprendido ella que, dígase lo que se quiera, los hombres van siempre en busca de los hombres, encontrándose en el camino con una mujer para acostarse y hacerle un hijo, pero reuniéndose para complicidades quizás más íntimas y duraderas. Así había ido el hijo tras el padre, siendo chico todavía, compartiendo los grandes rigores del arreo pero también las ínfimas dichas que por pequeñas precisamente son continuas e incontables; urdido cada fugaz momento de dicha por goces tan mínimos como inmedibles: el fogón de la noche era el olor de la carne dorándose y era el reparo contra el viento y era el juego de las llamas con todo lo que podían dibujar en la memoria, y era por supuesto la promesa de un sueño profundo hasta la primera luz de la mañana. Cómplices los hombres siempre en sus andanzas, cualquiera fuera su camino; las mujeres quedaban a un lado de la huella, engordando su ilusión y su panza. O relegadas a la cocina de la casa, como le había tocado quedarse a su madre más de una vez, y eso no se lo había contado nadie sino que ella lo había visto: su madre y ella misma fondeadas las dos en la cocina, condenadas a un tácito silencio, asomando de vez en cuando la cabeza para ver qué precisaba el marido o el ocasional visitante que invariablemente era un gringo que apenas si abría la boca para saludar o despedirse. 
        Y bien. ¡Que durmieran ellos dos su sueño boquiabierto, que al despertarse sabrían cuántos pares son tres botas! Salió apenas de la puerta, sacudió la gastada cebadura y entró para llenar el mate nuevamente. Afuera el sol caía a pique sobre todas las cosas. Era increíble todo lo que podía durar un día de verano.
        
 
 
17
        
        — ¿Qué son esas voces? —preguntó el enfermo incorporándose en la cama, como si los gritos de los Frutos y sus risas despreocupadas e insolentes no provinieran del otro lado de la puerta sino de una pesadilla; que algo de la irrealidad de los sueños tenían esas voces apenas descifrables que se filtraban a la pieza con un desasosiego imponderable: si bien nada habían esperado de ese confín nadie puede suponer nunca cómo es realmente estar cercado por lo desconocido.
        —No te preocupes. Han venido a ayudarnos —dijo la mujer, tratando de ceder al marido una confianza en el mundo que en ella nunca había sido demasiado fuerte y que en cambio él lució durante años como un lujo ostentoso, un derroche más bien de la naturaleza que se mostraba envidiablemente pródiga con uno de sus hijos. Confianza en el mundo y despreocupación por la suerte de sus dones, parecía decir la mirada apresada en el viejo daguerrotipo familiar sepultado quién sabe dónde por la guerra o extraviado por la mudanza. Esa foto estuvo certificando durante años que su obstinada alegría había sobrevivido intacta; la alegría o las artimañas con que los niños son capaces de construir la alegría. Que así como un niño es capaz de sacar de los restos del naufragio las  maderas  para  construir  su  imaginaria  fortaleza —ajeno a la confusión y al frío y al desamparo que embarga al resto de los náufragos—, él tuvo siempre esa rara condición que permite a algunos mortales pasar galopando sobre la mala hora de las vicisitudes.
        Su mujer no sólo recordaba la fotografía sino también la sentencia que su suegra pronunció el día mismo de la boda
        —    Te compadezco: es de los que están hechos para ser felices.
        Había tardado ella en traducir la enigmática frase: qué difícil es vivir junto a alguien incapaz de conocer el dolor. Difícil no sólo para ella sino hasta para el mismo hijo, quien tempranamente pareció asumir la responsabilidad por los tiempos que se avecinaban y cuyos signos ya estaban en el aire. Sólo él parecía no verlos, como no había podido ver nunca los dolores que inevitablemente cualquiera puede ver alrededor. Salía él con sus citas de Matías Claudius y su sonrisa y su palabra bondadosa, y ya podían ir apartándose los dolores del mundo; y los dolientes, por supuesto, seres desconocidos destinados a transitar eternamente otra vereda: el lado oscuro de la vida, el lado de las sombras. Que al fin y al cabo la vida o lo que llamamos la vida no debe ser otra cosa que miradas, maneras proclives y determinadas de ver el mundo, ojos que miran hacia un lado o que ven determinados colores. Que así como para los pájaros un árbol debe ser una ciudad que nosotros no vemos, hay entre los hombres tantas maneras de ver sus propias ciudades que nos pueden describir durante horas nuestra calle sin que la reconozcamos. No es extraño entonces que el dolor que pende sobre el mundo —que cae sobre el mundo, que ha caído, e inexorablemente seguirá cayendo— pase desapercibido a muchos ojos que no necesariamente serán ingenuos ni malvados ni tal vez siquiera indiferentes: color vedado,  nada más, óptica extraña que ve —para su bien y para su dicha— la bonanza que, claro, anda también salpicada por ahí.
        Quizás quedaran todavía algunos que pudieran recordar aquella salida memorable, cuando alguien brindó por la gloria de las tropas imperiales. El tío abuelo, enhiesto y venerable, se había negado a avalar con su brindis esa futura guerra que convertiría a Europa en una gran masacre y a Alsacia en una cualquiera arrastrada de un lado a otro. Hablándole desde el otro extremo de la mesa, él había preguntado ingenuamente al anciano
        — ¿Acaso, tío, no le gusta el vino del Rhin? —minimizando sin querer esa preocupación justa y loable. Como si no existieran efectivamente sobrados motivos para preocuparse. Así, él podía conceder a su mujer que quizás las cosas no estuvieran del todo saludables, pero no podía comprender qué aires olfateaba siempre su hijo, el gesto adusto y como preparado para la catástrofe.
        — ¡Pero papá...! —parecía estar reprochándole continuamente la mirada de su hijo. Él se esforzaba todo lo posible, miraba las ruinas aún humeantes de las caballerizas y los graneros, y ni siquiera podía percibir que poco a poco lo cercaba el infortunio. En cuanto a lo demás, en cuanto a los ayes de los mutilados y a las caravanas hambrientas y mal dormidas, era la inevitable paleta de la guerra: manchas nomás y coloridas salpicaduras que bien miradas no dejaban de tener su saturnina belleza.
        Llegó él con el tiempo a evitar los ojos acusadores del hijo. Hasta el día en que aprendió a dibujar con el entrecejo un ceño de animoso desconsuelo tras el cual ocultó malamente su dicha impermeable y refractaria. Así protegido, pudo recorrer con su hijo el campo sembrado de enormes boquetes donde descansaban las viñas destripadas de raíz. Caminaron en silencio por los agónicos viñedos, se adentraron por el barbecho de años con el andar sigiloso y ausente de quien camina sobre viejas tumbas, subieron las colinas más altas para ver confundirse las cúpulas de las capillas y las copas de los abetos en una gemela llamarada. Y debió ser el cuadro por fin tan verdaderamente fuerte, que él no se atrevió a interrumpir ni a consolar el llanto de su hijo que intempestivamente desahogaba su congoja por ese asolado país. 
        Tocado al fin, herido de rebote siquiera, no tuvo necesidad de fingir ninguna desazón cuando su hijo, secándose enérgicamente las lágrimas, le dijo
        — ¡Usted puede conseguir que me alisten! —intentando tímidamente disuadir a ese alma impetuosa y adolescente. Intimidado por el tono irreversible del pedido que tenía más de orden que de ruego, alcanzó a balbucir alguna incoherencia sobre los horrores de la guerra, comprendiendo mientras argumentaba que eran precisamente esos horrores los que llamaban al hijo al sacrificio. Cambiando pues de flanco, esgrimió el dolor de la madre, que además de conocer de golpe la pobreza tendría que enfrentarse con la soledad
        — ¡Le queda usted! —interrumpió el hijo cortante y sin siquiera mirarlo. Para agregar, después de un silencio prolongado e incómodo
        —Y si no volviera, nadie podría avergonzarse.
        El hijo no volvió, por supuesto, porque a esa altura los únicos que volvían del frente eran los heridos y los locos —si es que eran heridas de gravedad y si la locura era comprobada y legítima. Y si bien nadie se avergonzó de su muerte, no pudo tampoco el padre enorgullecerse de haber intercedido para enviar al hijo a una muerte segura; muerte más tremenda en su inutilidad si se piensa que ya no iba a salvar a la patria, ni a restaurar el hogar ahora definitivamente quebrado por su causa. Y por más que el padre no había hecho otra cosa que obedecer la voluntad inquebrantable del hijo, no pudo dejar de sentirse instrumentado por la fatalidad, cómplice casi de un destino cruel y arbitrario. Porque él sentía por fin que de los dos era el hijo el que más seriamente había defendido con su vida la causa de la vida, y a él le tocaba sobrevivirlo para atestiguarlo. De esa manera culpable, aislado por la misma culpa del sufrimiento de su mujer donde la pena, la simple y pura pena lo ocupaba todo, percibió por primera vez qué vulnerablemente estamos entramados.
        Herido al fin directamente, no pudo sin embargo caer en el dolor ni conocer su lacerante desesperación —puerta vedada o clausurada para él al parecer definitivamente—. Al ataque del lado oscuro de la vida —ataque que de sopetón le había infligido la muerte del hijo y la culpa por esa muerte y la soledad inevitable por esa culpa— respondió él a su manera, fabricando esas aflicciones subsidiarias y apócrifas que son los miedos y las hipocondrías. Imposibilitado de sufrir verdaderamente, alcanzó al menos a ver el sufrimiento desde lejos, enfermo de esos males benignos e imaginarios que sin embargo suelen fingir todas las torturas de los reales; todas y algunas más, insospechadas e inéditas.
        Todo empezó una noche, al poco tiempo de haber conocido el insomnio. Por ese entonces solía quedarse hasta altas horas de la madrugada reproduciendo en viejos mapas los avalares de la campaña, como buscando en esa complicada logística las causas por las cuales su hijo no había vuelto. Con el andar de un ajedrecista sobre el tablero, acompañó a su hijo por trincheras estrechas y oscuras casamatas, cruzó pueblos desconocidos apenas entrevistos en la penumbra de la mañana, se perdió en intrincados cruces de vías y caminos, sin saber precisamente dónde había dejado a su hijo, por qué el coronel no había ordenado un repliegue oportuno, cómo era posible que los guardavías se durmieran en sus puestos; saltando de hora en hora por sobre los escombros de la guerra; subiendo desde su corazón una rara inquietud a medida que se internaba por la derrota como alguien que sin saber nadar se interna en aguas desconocidas hasta que sus pies no tocan fondo. Fue entonces cuando su desvelo construyó una escena que llegó a ser tan fuerte como una pesadilla: el hijo reencontrado en el campo de batalla, frente a frente con el enemigo. El padre llegaba antes del fragor de la lucha, cruzaba de un lado al otro de las trincheras, se informaba sobre las intenciones de los combatientes. En el fondo, nadie había venido para matar; nadie era tan desalmado en el fondo como para pretender del otro su muerte y su aniquilación; contestes los beligerantes en afirmar que esperaban la palabra de alguien, la insinuación siquiera, para volver a sus casas. El padre se retiraba agradecido, tomaba distancia sobre una colina, y al mirar nuevamente alcanzaba a ver el humo de las baterías y escuchaba el ensordecedor estruendo. Cuando al fin todo se despejaba, no quedaba absolutamente nada, salvo su corazón latiendo con un vigor inusitado en el silencio de la noche.
        Puestos a escuchar, nada suena tan fuerte a los oídos como el retumbe del propio corazón —tal vez porque sabemos que, hagamos lo que hagamos, no lograremos apagarlo—. Sonando cada latido con una voluntad tan incomprensible y ajena que nos deja desamparados a su arbitrio. Nosotros no podemos apagarlo, pero él puede darnos imprevistamente la sorpresa de un apagón definitivo. Y tan ajena es esa voluntad, tan extraña y arbitraria, que escuchando su latir en medio de la noche nos parece que hasta una despreocupada idea nuestra o un sentimiento desprevenido  e  ingenuo  puede  provocar  su ofensa irreparable.
        Algo así sintió él aquella noche en el silencio de su desolada biblioteca. Lejos ya del escenario de la guerra, atendió por primera vez —sobrecogido— la advertencia de los estentóreos latidos de su corazón que lo amenazaban con el mismo vigor y la misma elocuencia con que debe sonar el redoble para los condenados. Posó la mano sobre el pecho y la retiró con parecido sobresalto al que se siente al hurgar desprevenidamente en una bolsa y encontrar un animal cualquiera acurrucado.  Que algo de animal —ciego y hosco y huraño— tenía ese corazón que palpitaba enloquecido.
        Inauguró así una larga cadena de esos indescriptibles males cuyos síntomas llegan a confundir a los mismos clínicos. Tan fuertes y tan convincentes eran los dolores que siguieron a las palpitaciones, que hasta el viejo doctor que lo trataba estuvo un tiempo engañado, a punto de diagnosticar una contundente angina de pecho.
        A los dolores siguieron las arritmias casi imperceptibles que él detectaba pulsando con mano temblorosa la renuente arteria. Noche tras noche asistiendo él y su desconsolada mujer a los caprichos e inconsecuencias de sus males.  Solía él sentarse intempestivamente en la cama, en el momento mismo en que por fin iba a dormirse, para pelear a bocanadas el aire que parecía traicionarlo y huir de la pieza y de los alrededores; boqueando como un pez moribundo saltaba de la cama y corría a la noche seguido por su preocupada mujer que no sabía qué fórmula inventar para calmarlo, temerosa al cabo ella misma por la salud de ese hombre que ya no era un niño. Acuciados por el temor y amparados por el beneficio de la duda, enviaban por el viejo doctor una vez más, y una vez más los sorprendía la mañana tiritando el desvelo, arropados sobre el tímido fuego del hogar que aún podía alimentarse de restos de muebles y de escombros.
        El día no estaba tampoco libre de los tentáculos del miedo. A los dolores y ahogos nocturnos sucedían mañanas y tardes de vagos temores que parecían haber estado agazapados durante años, al menos por la impetuosidad con que asaltaban al enfermo en cualquier momento y en cualquier recodo de la casa. Miraba él de pronto las paredes desnudas del estuco y los revoques que alguna vez habían disimulado el esqueleto de ladrillo y argamasa que las casas ocultan como una vergüenza. Sin duda, las paredes sacudidas y vapuleadas por las cercanas explosiones debían esconder en sus entrañas fisuras amenazadoras para ese ánimo susceptible y predispuesto. Tan fuerte y repentina era la convicción de que esa pared caería de un momento a otro —herida de muerte por alguna lejana y olvidada granada— que dudaba él entre huir despavorido o apuntalar con su cuerpo frágil y trabajado por el desvelo las viejas y sufridas paredes. Temiendo la caída de las paredes o el hundimiento repentino de cualquiera de los innumerables peldaños de la interminable escalera en herradura. Atisbando las brumas de diciembre y el cielo oscurecido como si desde él pudiera descolgarse tanta nieve como para cubrir el mundo. Días oscuros y apocalípticos casi tan interminables como las interminables noches.
        Quién sabe cuánto tiempo hubiera durado el asedio de los males, inveterados ya en sus ataques nocturnos y en su intensiva frecuencia. Hasta que una noche en que los ahogos arreciaron con una fuerza inusitada, esperaron inútilmente la llegada del médico, convertido a esa altura en una compañía nocturna.
        Seguido silenciosamente por su mujer, el enfermo paseó sus sobresaltos por todos  los  rincones  de la casa, y a la madrugada salió al camino. Allá abajo las luces de la villa opacaban sobre el río los últimos pestañeos antes del apagón definitivo,
        —Otro día gris —dijo el enfermo a su mujer, como olvidando un momento sus males.
        —Qué raro que no vino —agregó enseguida, después de haber descartado todas las razones que pudo descartar, concluyendo de antemano que la negligencia del médico era otra secuela de esa guerra que había trastrocado tantas cosas inalterables.
        Siguieron caminando silenciosos por la fría mañana, resbalando sobre el hielo del empedrado, y silenciosos esperaron después de haber golpeado enérgicamente la puerta. El doctor mismo les abrió, asomando su desordenada cabellera blanca, y los condujo al consultorio donde el frío parecía haber quedado acumulado durante todo el invierno. No auscultó al enfermo ni le tomó la presión ni hizo nada de lo que era de esperar que hiciera, sino que sacando un botellón de una vitrina sirvió unas minúsculas copas de un guindado que por milagro había sobrevivido a la escasez de esos tiempos.
        —El problema es que uno no sabe cuándo comienza a envejecer —dijo después, como hablando consigo.
        — ¿Ése es mi mal? —preguntó el enfermo desdeñosamente.
        —Y el mío, ¡Y el de estos países! —diagnosticó definitivamente. Los tres volvieron a sus pequeñas copas y a un mutismo todavía más prolongado, mientras el viejo médico dibujaba con letra temblorosa la receta del bromuro de potasio tan ineficaz como cualquier remedio,
        —No salgan más de noche —dijo el médico, alcanzando la receta, y agregó esa frase decisiva
        —Podrían resfriarse.
        La frase quedó flotando hasta la despedida, simple y ambigua y verdadera. Tan verdadera que el enfermo supo que ya no tendría necesidad de volver —ni de noche ni de día— a molestar a ese hombre viejo que había acompañado a morir a su padre y había asistido al nacimiento de su hijo. Curado al fin como por milagro de todos esos imaginarios males que sucumbían ante la realidad incuestionable de un resfrío de la misma manera como los fantasmas caen abatidos ante la luz de un fósforo.
        — ¡Barón! —gritó el médico desde la puerta, como acordándose repentinamente de una medicación olvidada—. ¿Por qué no viajan? —dijo mirando fijamente a esa mujer que hasta hacía poco tiempo era joven y hermosa.
        La mujer lo miró también, comprensiva y agradecida. Eso era lo que ella había deseado sin saberlo durante meses y meses, y ahora lo quería con una fuerza irresistible: huir —más que viajar— de esa tierra ingrata Que le negaba la tumba de su hijo, pobre niño caído, quién sabe en qué desabrigado lugar. Casi desde el llanto apretó el brazo de su marido que lo soltó bruscamente para abarcar con un ademán toda la desolación de Europa
        — ¿Viajar? ¡Adonde!
        — ¡A cualquier lugar! —Gritó el viejo, no desde la puerta, sino desde sus setenta y tantos años—. Al último confín de la tierra. Cuánto precisaremos el día de mañana.
        
 
 
Y ahí estaban. Escuchando las voces de los Frutos que durante uno, dos, tres, casi cuatro años seguirían siendo apenas descifrables para él y casi indescifrables para ella. 
        —Es una suerte —dijo la mujer— que esa gente se ocupe de todo.
        
 
 
18
 
        Después de meses y meses de infusiones y cataplasmas, llegó el día en que se agotaron los yuyos almacenados en las paredes del rancho del potrero del bajo, donde ahora los únicos yuyos existentes eran las biznagas que atrevidamente crecían su indolencia casi a las puertas de la cocina. Cuando la vieja Frutos confirmó que sus generosas provisiones habían sido consumidas, comenzó una búsqueda minuciosa que con el tiempo abarcó toda la extensión de Campo Grande. Salía ella por un lado y Moncho por el otro, en una batida por los alrededores de la casa que iba dibujando anillos concéntricos cada vez más abarcadores; no sólo más grandes sino también más implacables en la cosecha de hojas, cortezas y raíces que reunían los dos cuando se encontraban y que la vieja clasificaba con mirada experta y segura.
        —Fíjate Moncho que la yerbabuena no es igual a la menta —aleccionaba la vieja a su ignorante compañero que a veces mezclaba de un manotazo plantas tan diferentes como el duraznillo y la marcela.
        La vieja hablaba no sólo con una experiencia de años, sino además avalada por ese don que permite a algunos seres codearse con los arcanos de la naturaleza. Don o virtud que ella había heredado de su madre como único, inapreciable bien.
        —Un yuyo vale tanto como un árbol —solía decir su madre, quien se preciaba de no haber conocido otros remedios. Sólo una vez, acobardada por una fiebre recalcitrante, había bajado al hospital del pueblo. Contaba ella que había esperado toda la mañana y parte de la tarde en la enorme, desabrigada sala, apiñada junto a silenciosos pacientes que parecían aprovechar la antesala para rumiar sus dolencias, mientras los médicos entraban y salían atareados por urgencias ajenas e indescifrables.
        El día había ido amontonando más y más enfermos, que desbordaban los apretujados bancos como si fuesen vacas en los bretes: el mismo hacinamiento y la misma desesperanzada espera. Desde los chuchos de la fiebre, había escuchado ella la despreocupada charla de dos médicos jóvenes que ponderaban ciertos recónditos parajes donde las perdices aún no estaban alertadas. Mientras tanto, alguien había dejado junto a la puerta una camilla por cuyas patas comenzó a descender un hilo de sangre que al poco tiempo había formado un charco.
        —Doctor... —se atrevió ella a susurrar, señalando el bulto que ocultaba la sábana, mientras todas las abatidas cabezas la miraban escandalizadas.
        — ¡Ya va, hija, ya va! —fue todo lo que ella escuchó, porque después se había levantado, convulsionada por la urgencia de los vómitos, y había salido a descargar su náusea que milagrosamente arrastró también con las causas de la fiebre. Nunca más volvió a un hospital ni siquiera a un médico, amparándose definitivamente en las enseñanzas que su madre había recibido de su abuela y que ella legaba a su hija.
        La vieja tuvo el tino de no medrar a costa de ese bien, limitándose a asistir con su recetario a cualquiera que la consultara en esas alejadas comarcas. Y nunca aceptó otro pago que el cuarto de capón, el par de sandías o la bolsa de choclo al alcance de la generosidad del más pobre. Con el tiempo, para poder hacer frente al interminable tratamiento del enfermo de Campo Grande, llegó a aceptar y hasta a pedir el pago de un manojo de carqueja, de unas hojas de peperina, de unas flores de manzanilla, ya que en los alrededores no quedaba ni yerbabuena en la cañada ni yerba del sapo en el secano de la loma. El estómago del enfermo había consumido toda la flora disponible en leguas a la redonda, y esto lo podían certificar tanto ella como Moncho, cansados los dos de recorrer inútilmente escudriñando hasta el último rincón de la espesura. Y una vez que se hubieron secado las más bien escasas ubres de la burra y que ésta fue devuelta a sus confines, no se dispuso para el tratamiento más que de los monótonos caldos y las providenciales yemas, y de alguna que otra tisana del yuyo que se podía conseguir para hacer frente al mal estacionario y persistente. La vieja Frutos volvió entonces a los rezongos y a las súplicas a su marido y a su hijo —ganados ahora por la molicie de la vida sedentaria de la estancia— para que fueran por las casas de un galope a ver qué se podía cosechar para salir del paso mientras las plantas de Campo Grande se reponían del estrago. A duras penas conseguía moverlos, y a las cansadas regresaban con un manojo insuficiente consumido en unas pocas semanas de cataplasmas y tisanas.
        Las cosas llegaron al punto insostenible en que la vieja no supo de pronto qué medicación preparar al enfermo, cuando dándole vueltas al asunto vino en auxilio una idea salvadora, un sueño más bien que ella había sepultado hacía treinta, cuarenta, quizás cincuenta años, no sólo porque fuera absolutamente imposible concretarlo, sino también porque era ella de las que creían que no es conveniente manosear un sueño. Tanto lo había replegado hacia el fondo de su corazón, que ahora no podía precisar si la figura que aún sobrevivía tenía o no una mujer cómodamente sentada protegida por una sombrilla ridícula e innecesaria. En cambio, el pequeño carro de dos ruedas, tan ágil y liviano que podía ser tirado por un solo caballo, permanecía intacto después de medio siglo, rescatado para siempre de las hojas de una revista extranjera por el anhelo callado, fiel y persistente de una mujer a través de los infinitos embates de una vida desgraciada. La vieja Frutos había visto aquella figura del carro e inmediatamente había decidido que, si un regalo tuviera que pedir a la Providencia, no sería otro que ese carrito de juguete, sin duda útil al fin y al cabo en esas apartadas distancias.
        No hay nada más fuerte que un deseo cuando nace amparado por la necesidad. La vieja rumió un poco su rescatado sueño, y después entró como una tromba en la eterna semipenumbra de la pieza. Sin reparar en que el enfermo dormía sentado sobre la cama recostado sobre la Baronesa, empezó a perorar muy generalmente sobre el desaliento de una vida confinada; discurseó con elocuencia sobre soledades y distancias; denostó la lentitud y la incomodidad de los carros rusos que no se explicaba ella por qué habían proliferado. Por otro lado, no quería ella alarmar, pero la provisión de remedios había llegado a un punto crítico, de manera que era fundamental arreciar las incursiones por Campo del Banco. Ya se podían hacer cargo los Señores de lo difícil que resultaba distraer a los hombres, atareados en los trabajos del campo. Había que tener en cuenta asimismo que el vehículo que ella proponía, más que un gasto, era una inversión en esa estancia de una administración tan aletargada como si los tiempos se hubieran detenido. Por último, expresó ella sus dudas sobre lo que podían significar cincuenta y aun cien novillos, comparados con el número de animales desaparecidos anteriormente por la falta de cuidados —si no por otros manejos menos excusables todavía—. La vieja terminó la perorata asordinando el vozarrón en un susurro inentendible, y dando una enérgica media vuelta salió a la galería dejando a los dos extranjeros en el mayor desconcierto.
        Ella misma apartó los novillos más gordos una vez que estuvieron encerrados, y después instruyó por última vez a su marido y a su hijo. Con paso nervioso y entusiasta acompañó el arreo hasta el camino, y sacudiendo la mano abarcó en un prolongado y generoso adiós a los hombres y al ganado.
        Cuando volvía para la casa se cruzó con Saldías, que apoyado en el último horcón de la galería había asistido inmutable al rodeo y a la despedida. Cada vez más desplazado en los trabajos del campo, rondaba por la casa como un desocupado, acompañando a Tío cuya vejez se resistía ya a aguantar durante horas sobre la doradilla. Solían demorarse tardes enteras y aun noches recostados al reparo de la galería, saboreando intermitentemente cualquier recuerdo banal y minúsculo, y aludiendo a veces socarronamente a la increíble creciente del arroyo que había traído tantas comadrejas a Campo Grande. 
        La vieja se encaró con Saldías sin siquiera detenerse, habiéndole al paso y de costado con un tono cortante y decisivo
        — ¡Usted mejor se mete en sus asuntos! —y se fue a ver qué andaba haciendo Moncho por ahí, a quien necesitaba más que nunca para compartir la espera que esta vez sería interminable.
        Y realmente fueron días de un desasosiego mayúsculo. La vieja apenas dormía atisbando los ruidos de la noche, la menor señal extraña que denunciara el andar desconocido del coche, las voces de sus hombres alardeando como niños, o los atropellos del caballo desacostumbrado al encierro de las varas. Entraba y salía a la cocina y a las piezas, olvidada imprevistamente de lo que andaba buscando; le hablaba a la alta silla de Moncho, quien hacía rato había salido a cumplir alguna disparatada orden suya; dejaba trabajos a medio hacer o se ocupaba en tareas inútiles, rezongando a veces y otras veces cantando viejas y olvidadas canciones. Confundiéndose siempre, abrumando a Moncho con contraórdenes, y hasta olvidándose en ocasiones de la salud del enfermo, oteando una y otra vez el camino que permanecía eternamente indiferente.
        Llegó a quemar en su desvelo los pocos kilos que había engordado. Y había empezado a renegar definitivamente del camino, cuando una mañana se enfrentó de golpe con la conmovedora escena: su marido y su hijo abrazados dormidos sobre el asiento del frágil, reluciente, hermoso cabriolé detenido junto a la batea del pozo. La vieja miraba y miraba incrédula, como si aún no hubiera abandonado su sopor. Lentamente se fue acercando al viejo sueño, por fin real, luminoso y acariciable.
        Fue ese el primer sulky —y por mucho tiempo el único— que se vio andar por Campo del Banco. Liviano, airoso, casi inconcebible.
        
 
 
19
        
        — ¿Sanará alguna vez? —dijo impersonalmente la voz cascada, mortecina, como aludiendo quién sabe a qué enfermedad irreal y distante y no a su propio estómago estragado y dolorido. La voz sonaba extraña, casi afónica, cada vez más lejana e irreconocible; y si los males atacaran por zonas o baluartes, entonces hacía tiempo que la voz había sucumbido.
        La Baronesa volvió a sobresaltarse, como siempre que el enfermo hablaba inesperadamente cuando parecía dormir. Se había acostumbrado él a entrecerrar los ojos, molesto aún por la suave, indecisa penumbra, de manera que su mujer no sabía a ciencia cierta cuándo por fin conciliaba el sueño, ni se atrevía a preguntar —a susurrar siquiera— para no despertarlo. Así, dormían a veces a contrapunto sin enterarse, o bien se acompañaban sin saberlo en largas horas de desvelo. La Baronesa dormitaba su sueño frágil y ligero como sumida en un largo letargo —alimentado, más que por sueños y pesadillas, por los recuerdos que trabajosamente podía entretener su destartalada memoria—; a la espera siempre de la voz siempre desconocida de su marido, que unas veces emergía del dolor y otras del sueño, y otras —como ahora— del hastío.
        — ¿Está mejor, no es cierto? —dijo ella, contestando de esa forma débil e indecisa inficionada por su propia duda, ya que ella misma se había preguntado tantas veces cuándo cejaría ese mal persistente y difícil; sin fuerzas ella misma para seguir alimentando por mucho tiempo la esperanza. Por otra parte, era imposible adivinar la caprichosa ruta de esa enfermedad cuyas curvas iban del dolor a la calma y de la fiebre a los vómitos, estacionaria en su indecisión y crónica al cabo de meses y aun de años.
        La Baronesa no sólo había equivocado la cuenta de los días, sino que además, reducida a ese umbroso confinamiento, había perdido la noción del paso de las estaciones, confundida por las breves caminatas que de cuando en cuando se atrevía a emprender por los alrededores de la casa. Solía aventurarse en los atardeceres o en lo más temprano de la mañana, cuando casi seguro el enfermo contaba con la tregua del sueño, internándose apenas hasta los lindes del monte, para volver enseguida con paso rápido, temeroso y culpable, acuciada por la idea de que su marido podía estar llamándola, necesitado al fin realmente y no por males imaginarios. Se extrañaba ella de que él no recayera con todo derecho en sus antiguos miedos, y a veces aferraba con su escuálida mano la mano descarnada del enfermo esperando encontrarse con un justificado temblor. La mano se aferraba, se estrechaba a la suya brevemente con una fuerza imposible, para posarse enseguida mansamente sobre su palma. El dolor mismo parecía haberse replegado, hundido o vencido por una voluntad desconocida, logrando la Baronesa detectarlo sólo cuando la frente del doliente contraía la reseca piel en arrugas más marcadas y profundas que de costumbre.
        Días más tarde o semanas más tarde de esa cuenta imprecisable, la misma voz impersonal y distante pareció surgir del sueño o de las brumas del sueño, para decir cautelosamente —mientras las manos se posaban sobre la hondura del estómago:
        —Está mejor. Parece.
        El enfermo bajó cuidadosamente de la cama y apoyó su encorvada figura en el cuerpo alto y delgado de la Baronesa, quien jubilosamente llamó a la vieja Frutos no sólo para que la auxiliara en esa trabajosa y lenta caminata por el cuarto sino también para compartir tanta inusitada alegría.
        —Tenga mano, Señora, tenga mano... —decía precavidamente la vieja, tratando de no fatigar demasiado ese cuerpo olvidado de la gimnasia más rudimentaria; caminando escasos minutos en el intervalo de horas para ir avanzando poco a poco por las profundidades de la oscura pieza. Caminaban abrazados en silencio, el enfermo en medio posando apenas los frágiles y desacostumbrados pies, pendiendo casi del brazo de su mujer y de los hombros de la vieja, hasta que el jadeo inevitable los devolvía a los tres al borde de la cama. Mañanas y tardes de monótonos pero entusiastas ensayos que paulatinamente iban rescatando viejas fuerzas, hasta el día en que los ojos olvidados del enfermo se asomaron a la opaca e invernal y sin embargo destellante luz de la galería. Pidió el enfermo ser soltado sobre su propio cuerpo, y con el mismo andar vacilante y el mismo desaforado entusiasmo que podría lucir el aprendizaje de un niño, recorrió largo a largo la galería, ajeno al destemplado rigor de la brisa de junio, y ajeno también a los oportunos consejos de la vieja y los llamados de su mujer que lo escoltaba entre risueña y alarmada.
        Fueron días de una dicha austera, tejida de sobresaltos y entusiasmos y cansancios agotadores. También de desempolvadas lecturas de libros hasta entonces soterrados al fondo de baúles.
        —"Cabalgar, cabalgar, cabalgar..." —leía la Baronesa con voz agotada y feliz, sin advertir que el Barón roncaba ya su merecido sueño apresurándose tal vez a recuperar las fuerzas que lo llevarían al día siguiente a una expedición todavía más ambiciosa.
        Y efectivamente, una mañana abandonó la galería y se internó en el descampado, seguido por su mujer que no se atrevía a contrariar tanto fervor. A tientas sobre el pasto caminó hacia todos lados con la indecisa trayectoria del vuelo de las mariposas, en una danza lenta e interminable que se prolongaba indefinidamente hacia el mediodía.
        — Basta ya —decía tímidamente la Baronesa. 
        — ¡Basta, por favor! —llamaba después, extenuada y maltrecha, temerosa ahora por los pasos vacilantes de su marido que denunciaban el agotamiento. Caminó él unos metros aún, como impulsado por los últimos alientos de esa enloquecida embriaguez, para detenerse al fin, para doblegarse enseguida sobre sí mismo hasta apoyar la cabeza sobre el tronco del ñandubay que providencialmente duraba seco y solitario entre el monte y la casa.
        Estuvo así un largo rato doblado el cuerpo contra el árbol; antes de caer a tierra después que el grito dolorido pareció sacudir al árbol y al cuerpo en un solo, prolongado temblor.
        
 
 
20
       
 
        La vieja frutos corría del cuarto a la cocina y de la cocina al cuarto, desconcertada por primera vez en muchos años de ver dolencias equívocas y engañosas. Cubría una y otra vez con generosas cataplasmas la zona afectada por el mal, inclinando con mano insegura la cabeza del enfermo para hacerle tragar siquiera unas gotas de infusión de pasionaria, las que eran devueltas al instante sin alcanzar a calmar los espasmos.
        Vagaba después por la cocina, aturdida por los ayes que ella sentía como reproches a sus esfuerzos, negándose de todas maneras a alejarse de los alrededores de la cabecera del enfermo, pronta a correr con una nueva infusión o con bosta fresca de gallina calentada y disuelta para frotar el estómago tan aquejado que se resistía a tolerar los masajes,
        Llegó a delegar en Moncho las visitas en sulky a Campo del Banco a la búsqueda de nuevos y sofisticados remedios, permaneciendo días y días y aun noches junto al enfermo y a la angustiada mujer. Nada quedaba, sin embargo, de esa provisoria hermandad que los había unido en demoradas caminatas, salvo los sobresaltos y el agobio. El enfermo perdió en pocos días lo ganado en la lerda y trabajosa mejoría, y la Baronesa misma pareció haber saltado de pronto sobre los años,  súbitamente avejentado el cuerpo todavía joven: demacrado, encorvado y cansino.
        Moncho cansó en sus viajes los pocos caballos hechos a la vara; consiguió todo lo que pudo conseguir su atribulada elocuencia, y llegó el día en que no hubo ni casa ni  rancho ni  tapera adonde no se hubiese acudido. A solas en la cocina, la vieja Frutos repasó una y otra vez todo el herbario disponible —urgida por la tenacidad de los gritos—, y concluyó que, hiciera lo que hiciese, definitivamente no había ahí nada capaz de calmar ese dolor. Desalentada, avergonzada casi, caminó hacia la pieza y se paró silenciosamente detrás de la mujer que durante un largo rato ignoró su presencia. Cuando por fin se dio vuelta, la vieja mostró las desnudas palmas de las manos en un gesto elocuente, y dijo por lo bajo
        — Yo me entrego. Si usted quiere buscamos al doctor.
        — ¿Cómo? —gritó casi la Baronesa, negándose a creer lo que había comprendido.
        — ¿Doctor? —repitió incrédula, a punto de castigar la mano levantada sobre esa vieja que la había engañado durante meses, durante años. Comprendiendo al punto con repentina claridad que nadie la había engañado sino en todo caso la fatalidad, la propia ignorancia, o mejor todavía la propia orfandad en esas soledades, incapaz ella de sospechar siquiera que existiese un médico o una manera de conseguirlo.
        — ¿Cuál doctor? —gritó aferrando a la vieja por el hombro.
        — El doctor, Señora. Ustedes le compraron el campo —dijo la vieja Frutos zafándose por fin de esa mujer que parecía haber enloquecido, y salió de la pieza dolorida, ofendida por la incomprensible ingratitud de la gente.
        — ¡Gringos nomás! —dijo para sí. Y buscando a su hijo le dijo en tono irrevocable
        — Átame el sulky y búscales el médico.
        Ignorando —parecía— que distaban quince leguas de lluvia.
        
 
 
21
 
        Apenas el sulky arrimaba contra la galería cuando la Baronesa estaba delante mismo de la rueda, saludando al doctor y oprimiendo agradecida el brazo del hombre que se había molestado en buscarlo. Había estado yendo todo el día desde la puerta de la pieza hasta el nacimiento del camino, sin sentir la fría llovizna que caía más penetrante que la lluvia, abrumada tanto por los lamentos del enfermo como por la tardanza del sulky, de manera que no se había dado cuenta de que los quejidos habían cesado, vencidos al fin por el agotamiento y el por el sueño. Recién cuando condujo al doctor hasta la puerta del cuarto, pudo sentir los apagados ronquidos. 
        El doctor se acercó sigiloso hasta el borde de la cama, y después de buscar mecánicamente el impreciso pulso del enfermo, se negó a despertarlo, mirando detenidamente el pálido, desbastado rostro —demasiado parecido a infinitos rostros que él había conocido en parecidas circunstancias— y casi por costumbre hizo unas preguntas en voz baja a la mujer que, ansiosa, esperaba a su lado. 
        La Baronesa, apenas alcanzó a comprender el sentido de las preguntas, corrió en busca de la vieja que parecía haberse perdido en alguno de los numerosos cuartos. Cuando acudió al fin —convencida tal vez de que la voz inapelable la hubiese seguido buscando por el último rincón de Campo Grande—, lucía un inexplicable temor. A regañadientes fue arrastrada casi por la alta mujer hasta la presencia del médico que, parado a la puerta de la pieza, miraba ensimismado hacia el cuadrado de monte que se veía al final de la galería.
        El médico repitió las preguntas sin reparar prácticamente en la mujer que temblaba luchando con un injustificado miedo. Después de hacerse repetir nuevamente las preguntas, comenzó ella a relatar el largo calvario que habían tenido desde los primeros vómitos de sangre, los sudores, los quejidos, la aparente mejoría, hasta este dolor más fuerte que todos los dolores de ese interminable vía crucis. Dolor indomable, resistente a cuanta cosa probara ella dentro de lo disponible. De ahí en más ponderó la larga lista de infusiones y cataplasmas, desde el elemental té de poleo y menta a los igualmente virtuosos de arazá, eneldo, cedrón y cola de caballo. Había hecho traer el vino del ajenjo del campo que llaman altamisa,  y por supuesto la Lusera,  licor que había suministrado con los debidos recaudos. De la milagrosa canchalagua había probado con infusión y cataplasmas, y creía ella que gracias a estas últimas el enfermo había podido soportar lo insoportable. Su madre había alabado el incomparable té del Inca — ¿y no se llamaba inca yuyo?—, insustituible al parecer para las dolencias del estómago, pero no sabía ella cómo conseguirlo ya que no crecía por estos campos.
        Mientras la vieja hablaba, el médico había dejado de prestar atención al paisaje para mirar escrutadoramente la figura de la demacrada mujer, pálida y amarillenta por el prolongado duermevela pero también por la insana penumbra de la pieza, sin más sol que el que recibía a la mañana el mezquino recuadro de la ventana cuando hacía buen tiempo; sumido su gran cuerpo sin duda por el malcomer inseparable de las aflicciones. Desechando de pronto la detallada perorata, llamó aparte a la vieja, y diciéndole
        —Ella precisa más cuidados que nadie —la despachó por fin y volvió junto a la Baronesa que, expectante, miraba hacia el enfermo dormido y hacia el doctor que se acercaba cabizbajo.
        Mientras caminaba hacia ella, se dijo que si algo había aprendido a conocer con los años, más que las tornadizas enfermedades y sus dudosos síntomas, era ese síndrome inconfundible de la muerte que quizás no dependa de una enfermedad misma sino de una suma inacabable, como si cada uno de nosotros fuéramos construyendo, fuéramos tejiendo a lo largo de la vida ese cuadro frente al cual la ciencia poco o nada puede hacer. Había visto demasiados rostros semejantes a éste como para no saber con certeza que esa mujer alta y silenciosa se quedaría sola en su destierro; y se dijo también que no tendría él coraje para engañarla —ni siquiera para alentar una esperanza ilusoria—, de manera que cuando estuvo junto a ella no supo qué decirle, y sacando un frasco de calmantes se lo entregó explicando lentamente 
        — Para-que-duerma. Cuando-duela-mucho. 
        Cuando estuvo seguro de que ella había comprendido, la tomó del brazo y la fue conduciendo morosamente por la galería. Al final se detuvieron, casi sobre la llovizna, y permanecieron unidos por los brazos que seguían  entrelazados,   alejándose  ya  cada  uno  hacia su pena o hacia su soledad, por esa extraña condición que impide a las almas desconocidas fusionarse profundamente durante un largo tiempo. Él se perdía en las brumas de la llovizna, en los verdes apagados y en los grises innumerables que dibujaba la cortina del monte; ese monte —recordaba ahora— sobre el cual había tejido, desde hacía treinta o cuarenta años, la ilusoria leyenda de que había un lugar que lo esperaba;  un lugar —fiel e inmutable a la corrosión de la vida— al cual él vendría a poseer como a una núbil, cuando estuviera libre de esas prolongadas nupcias con las vicisitudes y dolores del prójimo. Leyenda que alimentó hasta que la certeza irrefutable de los años le demostró que no habría retirada, ya que descubría con cansado estupor que la doliente humanidad no le debía a él sus reiterados servicios, sino que por el contrario, él le debía a los dolores de los hombres la razón misma de su existencia. Porque comprobaba que de la misma manera como la función crea el órgano, ese lado penoso de la vida urdido de neuralgias y abscesos y mil y un dolores, creaba su cohorte de médicos y enfermeras y curanderos que siempre iban a volar en derredor como las mariposas en torno a la lámpara.  De manera que no sólo no habría retirada, sino que él debía consumirse en las llamas de ese incendio, hasta el día en que la suma de su vida concluyera el síndrome inequívoco que él también estaría tejiendo. 
        Y bien, cuando supo de esa manera irrevocable que no pasaría sus últimos años en Campo Grande, puso en venta la estancia y la vendió sin tardanza ante la primera oferta. Curiosamente, cuando el vendedor le pidió que describiera ese campo que había sido suyo durante tantos años, no supo qué decir, como si se tratara de un campo lejano y desconocido. Fue necesario que pasaran cuatro años, fue necesaria esta impensada visita, para descubrir de pronto con asombro los verdaderos colores del campo, el desconocido perfil del monte que aparecía y desaparecía de entre las brumas, la vetustez de la casa empapada por la llovizna y castigada por el viento frío del sudeste. Como si después de haberse despojado de Campo Grande recién hubiese adquirido el derecho de conocerlo libremente. Seguro al fin de que es muy poco lo que podemos poseer sobre la tierra, y feliz de llevarse definitivamente para sí esta visión tan libre e imperecedera, imposible de enajenar o de regalar siquiera. Ahora Campo Grande le pertenecía, y disponía también de la amistad de Tío, Saldías y Ramón que lo esperaban con el mate. Casi con alegría cerró la mano de la mujer que la abría mostrando desordenados billetes
        —No, no me debe nada —dijo. Y agregó—: Hacía tiempo que quería conocer Campo Grande.
        
 
Y se alejó sin preocuparse por la oscuridad de la frase, sin ver siquiera a esa mujer que también evitaba mirarlo, cuyo rostro descolorido y cansino era al fin lavado de la llovizna por el furor del llanto.
        
 
 
22
        
        El médico se perdió tras la cortina de la lluvia, dejando a Campo Grande sumido en un silencio que parecía aturdir todas las cosas. Los goterones cayendo desde el alero de la galería se habían apoderado de ese ámbito lúgubre, abandonado por los mismos perros que dormitaban sobre cueros apolillados, húmedos y malolientes desparramados en los profusos cuartos, y hasta por las aves mismas, retiradas a la vulnerable protección de la fronda.
        Se fue el médico, y quedó sobre la precaria mesita de tablas el frasco de pastillas como único, dudoso lazo entre su lejana sabiduría y el cercano infortunio. La Baronesa lo miraba con un recelo creciente a medida que mermaban las pastillas, como si no fuera un frasco de calmantes sino cada vez más la promesa de una amenaza inexorable.
        La Baronesa acechaba en vano las palabras del enfermo, que había dejado de gritar para sumirse en un silencio inconmovible. A veces sorprendía ella un mínimo temblor en los labios, el nacimiento —parecía— de las esperadas palabras que denunciaran una imposible mejoría
        — ¿Sí? —susurraba ella, acercando el rostro al rostro casi irreconocible que abría entonces unos ojos inexpresivos o incomprensibles que se detenían pausadamente sobre la Baronesa, para volver a cerrarse durante horas. 
        Antes aún de terminarse las pastillas debieron haber vuelto los dolores, porque la cuarteada frente del enfermo comenzó a contraerse en surcos cada vez más profundos, y la Baronesa pudo ver también esas minúsculas gotas de sudor que por primera vez aparecían sobre la cara.  Fue entonces cuando los labios comenzaron a moverse atropelladamente, musitando o desdibujando más bien frases incoherentes que algo sin embargo decían o querían decir sobre el distante y olvidado carromato que hacía años los había traído a Campo Grande, asegurando con todo el énfasis posible que ese hombre huraño no era otro que el cochero de la muerte conduciéndolos arteramente en su carreta.
        Aferrado a las manos de su mujer, sudó todo lo que pudo sudar su cuerpo empequeñecido y magro, y después pareció sumirse en una relativa calma. Y al fin dijo con voz inequívoca que parecía surgir de la profunda paz del sueño
        —He durado todo lo posible.
        La Baronesa comprobó con estupor que se habían terminado las pastillas, justo cuando empezaron esos quejidos lacerantes, más hirientes aún que los mismos gritos para los cuales ya no quedaban fuerzas.
        Los quejidos partieron la noche de Campo Grande, levantando a la vieja Frutos que hasta entonces se había mantenido apartada en su pieza. La vieja entró y se quedó parada a los pies de la cama sin saber qué hacer, más atolondrada todavía cuando la Baronesa se aferró a ella como si fuera la última tabla.
        La Baronesa había comenzado nuevamente a rogar en su media lengua para que fueran a buscar al doctor, cuando el enfermo le dijo claramente
        —Ya pasa —con el tono de quien no quiere que se dispute por su culpa.
        La Baronesa despidió a la vieja después de hacerle prometer que atarían el sulky bien temprano, y se quedó sentada en su silla mirando el rostro cadavérico que a la luz de la luna parecía de ultratumba, y por primera vez flaqueó y tuvo que cerrar los ojos para no verlo, y entonces debió quedarse dormida porque cuando abrió los ojos nuevamente el cuerpo no estaba sobre la cama ni en la pieza sino que desde la ventana se lo veía pender casi contra la luna, como una rama más del árbol, un poco más grueso acaso que las ramas del ñandubay pero igualmente calmo, igual y definitivamente seco y detenido.
        Con una mirada limpia ya de lágrimas, miró largamente ese cuadro de la noche, escrutó el árbol y después el cielo súbitamente abierto y estrellado, y el árbol nuevamente y la luna que curiosamente enmarcaba el cadáver. Tuvo la absurda, loca ocurrencia de pensar que si se levantaba  brisa  el cuerpo sería  sacudido  y  torturado, y recordó a su niño caído en quién sabe qué desabrigado lugar. Recién entonces sintió el zarpazo del duelo. Y ni aún así lloró, sino que repitió las mismas palabras que había dicho hacía años, cuando le avisaron que el batallón de infantes había sido aniquilado por las bombas 
        —Hay que seguir —había dicho aquella vez como para sí o para nadie, mientras continuaba revolviendo la olla.   Y  extrañamente  había sonreído antes de gritar 
        — ¡Mentiras! ¡Los niños no tienen ideales! 
        —Hay que seguir —dijo nuevamente después de años, apartándose con un brusco movimiento del marco de la ventana que la tenía corno hipnotizada. Volvió a caminar por la oscura galería corrió sonámbula, repitiendo el mismo itinerario que había hecho aquella lejana noche, sorprendiéndose de pronto apoyada sobre la puerta de la pieza de los peones. Llamó con golpes débiles y monótonos, y cuando el hombre salió ella no le dijo nada sino que dando media vuelta se internó en el descampado y caminó hacia el árbol.
        Saldías la seguía sin haber descubierto todavía el pequeño cuerpo ahorcado, y recién lo vio cuando casi estuvieron encima. No necesitó subir a la silla para desatar, para cortar el tiento reseco, mientras la mujer recibía el cuerpo entre sus brazos y se quedaba ahí parada meciéndolo interminablemente, repitiendo interminablemente esas extrañas palabras que continuaron sonando cuando Saldías ya se había ido 
        —Pobrecitos. Pobrecitos.
        
(Del libro: “Sobre la tierra", Editorial Pomaire, Barcelona, España, 1979”)