SOBRE LA TIERRA - SEGUNDA PARTE

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF


TIERNO DE CAMPO, LIBRE, OSCURO

        

Segunda Parte
         

Este ocaso confunde mis tiempos. Vuelve un canto 

siempre dulce. La dicha se parece a esta ausencia.
Quedo en la brisa, tierno de campo, libre, oscuro. 
Una vez yo pasaba silbando entre arboledas.

Carlos Mastronardi

 

1

 

        Erguida por primera vez sobre el estribo del sulky, mientras esperaba inútilmente la mano de Moncho que se había concentrado en los nerviosos escarceos, la vieja Frutos admitió que a la completa figura de su sueño le faltaba la ridícula sombrilla que ella había desechado al olvido. Atacada por el convin­cente sol de la media tarde, no pudo dejar de imaginar la colorida sombrilla jugando livianamente sobre su hombro, y apenas el sulky había avanzado unos metros bajo el sol contundente cuando ella ya se había prome­tido encargar la sombrilla con el aire resignado del que cumple al fin una vieja promesa. Pero unos metros más tarde, cuando terminaba de reconstruir la olvidada figura de su sueño, se preguntó sobresaltada cómo conciliar los estridentes colores de la sombrilla con el luto que pesaba sobre Campo Grande; luto al cual ella no sólo no había permanecido indiferente, sino que había asumi­do a su manera, aludiendo al finado Barón con el tono de quien habla de un pariente alejado y lejano. Tono o dere­cho que sin lugar a dudas le cuadraba, ganado a través de esos tres largos años de asistencia; al punto de que cuando ella decía
        —Pobre finado Barón... —todo el mundo guardaba un respetuoso silencio, hasta cierto punto conmovidos y sin lugar a dudas condolidos por el duelo provocado por la lamentable pérdida.
        Había decidido que, por más que castigara el sol del verano, no sería ella quien apareciera con imprudentes colores, cuando Moncho dijo de improviso
        —Vendría bien un paraguas —acobardado por el contraluz que lo cegaba dificultando el manejo.
        La vieja se quedó mirándolo, incrédula por la facili­dad con que Moncho había resuelto el conflicto. Y unos viajes más  tarde,  después que los Frutos  bajaron al pueblo con otro lote de novillos para la feria, pudo verse al reluciente sulky con sol o con lluvia encapotado por el amplio y luctuoso paraguas, cumpliendo así el duelo por un lado y por el otro salvando el fútil destino de la som­brilla en el invierno. Conciliando también lo práctico y lo bello, que ésa es una de las exigencias de la pobreza, o de quienes como la vieja Frutos se han formado en la paradójica escuela de las necesidades y las privaciones. Cómo algo puede ser agradable si no sirve para nada, suele decir la mirada de los pobres, juzgando las frivoli­dades de los ricos con un severo asombro que no nace del resentimiento como podría suponerse sino de la imposi­bilidad de comprender.
        Esa misma exigencia de la pobreza intervino el día en que la vieja encaró el modesto jardín de Campo Grande, recurriendo para esa razón exclusivamente a plantas que no sólo regalarían sus alegres flores sino que tarde o temprano servirían para paliar algún mal. De tal manera que si comenzó trayendo un gajo de lavanda no fue para perfumar una lencería inexistente, sino porque las expectorantes flores de la alhucema podrían calmar algún día a un asmático desesperado en el encierro de esos mundos. Y cuando extirpó la extendida ipomea de la galería para reemplazarla por el lúpulo inva­sor y hasta menos decorativo, tuvo en cuenta que Frutos había empezado a quejarse de cierta dificultad en la veji­ga, y era necesario estimularle los orines.
        La vieja Frutos comenzó a traer plantas alentada por el ejemplo de la Baronesa que por entonces se dedi­caba a los cuidados de la tumba. La vieja evitó no obstan­te imitarla totalmente, desechando para el jardín la pa­sionaria y las achiras que la Baronesa transplantaba cui­dadosamente bajo el ñandubay, ya que a esas plantas sin duda útiles podía conseguírselas en cualquier parte con sólo estirar la mano; y tampoco pudo dejar de mirar con desdeñoso escepticismo cuando la rama del árbol se cubrió del vulgar clavel del aire. Vulgar, inútil y pa­rásito.
        En Campo del Banco no había jardines, pero quien más quien menos tenía una planta de culandrillo alternando con una mata de orégano, o el escaramujo tre­pando por el alambrado hasta formar un cerco, en esa anárquica disposición de los patios del monte donde el paraíso exótico compite con el nativo espinillo sucediéndolo con sus aromáticas flores.
        La vieja Frutos, libre ahora de tiempo como para regalarle horas a la incansable búsqueda de plantas, tan pronto conseguía unas semillas de malvavisco como unos plantines de espuela de caballero, regresando a veces de noche a Campo Grande para ocuparse a oscuras del transplante y de los cuidados que las precarias plantas exigían; asistiendo en los días sucesivos maravillada por la vegetativa tenacidad para la subsistencia en esa lucha silenciosa que los amputados gajos emprenden contra la muerte, peleando días y días y semanas y aún meses de agonía, vegetando apenas a través de quién sabe qué alimentos del aire, resistiendo débilmente aferrados a la tierra hasta el día en que pueden estirarse las incipientes raíces, guardando milagrosamente el mandato de la vida hasta que al fin —después de días y días y semanas y aún meses— las yemas estallan en un júbilo de tiernas hojas que a su tiempo trabajarán y trabajarán para la flor y para la semilla: para otra savia en definitiva que es como decir para otra sangre. Enseñándonos a sobrevivir en los hijos, salvando el hálito de la vida entregando las semillas al desconocido destino del viento; tentando el buche de los animales para conseguir el codiciado refugio de sus tripas;  viajando las semillas prendidas a los vellones de las ovejas o a las telas de las ropas; aferrán­dose de cualquier forma a la existencia.
        La vieja Frutos observaba extasiada los gajos a la espera de la aparición de las primeras señales de la sobrevivencia, corriendo entonces al corral todo lo rápido que le permitían sus piernas para volver con una palada de bosta reseca que sus manos desmenuzaban febril­mente, no fuera que esa vida se apagara desnutrida y hambrienta. En poco tiempo de trabajos y de riegos sus manos se hicieron al secreto de las plantas.
        Y así como ella podía maravillarse por la repetida hazaña de la reproducción, no era menos conmovedora su propia encorvada figura recorriendo por las tardes los confines de Campo del Banco en incontables visitas a la búsqueda de plantas útiles y bellas, unida en ese tardío fervor por la botánica a otras viejas igualmente desdentadas y varicosas, inevitablemente feas por el des­gaste de la pobreza, atentas sin embargo al atercio­pelado colorido del geranio y seducidas por la mínima violeta. Rostros casi olvidados que habían envejecido al unísono sin verse durante años porque así lo había que­rido el destino; separadas tanto por la espesura de los montes como por la urdimbre de las ocupaciones, y que ahora se reencontraban gracias al sulky y al ocio de los días.
        Y a Moncho, claro, que esperaba sentado en el pes­cante sin haber condescendido a descender, impertérrito al sol o a la lluvia debajo del ampuloso paraguas, mien­tras la vieja Frutos escudriñaba las plantas y despachaba los mates que alimentaban el silencio de las charlas.
        La vieja demoraba en la mano la torta frita o el ex­cepcional pastel, conservándolos al descuido hasta el momento de la despedida, y recién cuando había dibu­jado un adiós con la mano abría la otra y entregaba a Moncho el premio por su estoica espera. Y se alejaban los dos a manso tranco de sulky, recortados en la luz del último sol, perfumados y coloridos de ramas y de flores.
        

 

 

 

2
        

 

 

        Poco cambió la pieza y la vida misma de la Baronesa, salvo que la ventana estaba permanentemente abierta y ella podía atisbar todas las mañanas el cielo siempre desconocido, ese monótono recuadro que sin embargo la sorprendía inexplicablemente como si fuese un pai­saje inesperado. La Baronesa se despertaba y atisbaba el cielo, y después de parecer reconocerlo caminaba unos pasos hasta la ventana para mirar el árbol y por supuesto la tumba levantada ahí nomás debajo de la rama del ñandubay. Recién entonces comenzaba su día.
        La Baronesa se ocupaba de los cuidados de la pieza, a la cual la vieja Frutos ahora apenas asomaba para alcanzarle el almuerzo o la cena. Cuando había barrido y regado y ventilado, salía por fin a la galena para enca­minarse inevitablemente —con sol y aun con lluvia— hacia el cerco de alambres de púa que ella misma había tendido para frenar el ultraje de los animales. Ya en la tumba, había siempre un gajo seco que podar, o un re­nuevo de enredadera que conducir por los alambres; después había que ir y venir por el agua para el riego de las plantas que habían ido poblando todo el perímetro cercado, y todavía quedaba tiempo para atarearse en los minuciosos trabajos que implica el cuidado de una tum­ba. El cuidado o las ocupaciones que los deudos entre­tejen para no toparse de golpe con el insostenible vacío del misterio.
        Por la tarde la Baronesa entretenía su tiempo en demoradas caminatas por los alrededores de la casa, venciendo hora a hora el peligroso dominio de la siesta donde el sopor vuelve el ánimo vulnerable. Por la tar­de regresaba a la tumba y a sus minúsculos trabajos, y así se completaban sin más alternativas los días. Al menos, hasta el día en que la Baronesa decidió emban­derarse contra la funesta matanza de animales que se­guía llevando a cabo la vieja Frutos y que amenazaba exterminar las aves que cada vez menos rondaban por la casa.
        Si bien ahora no había necesidad de proveer yemas como se imponía en vida del Barón, la vieja Frutos es­taba avalada por los destrozos que había detectado en los jardines, precisamente allí donde la tierra había sido trabajada y revuelta para albergar los gajos y las plantas, adonde inveteradamente concurrían las gallinas a regodearse en desastrosos revolcones. La vieja aparecía entonces corriendo silenciosa, muda de lívido rencor, blandiendo la nudosa y pesada rama de tala que comen­zaba a oficiar de bastón, para descargar un vindicativo golpe que generalmente dejaba como saldo un animal contuso o moribundo.
        Esos golpes y las reiteradas matanzas habían diezma­do las aves por un lado, y por otro habían otorgado a las sobrevivientes una mirada desconfiada, una precavida experiencia que las salvaguardaba un poco de cualquier alocado suicidio; a tal punto que cuando la vieja aparecía esparciendo los granos de maíz en generosos puñados, pocas o ninguna gallina se acercaban más allá de los lími­tes impuestos por la prudencia. Ya podía la vieja piar todo lo que quisiera y malgastar los tentadores granos que ninguna iba más allá de una discreta distancia, de manera que tarde o temprano tenía que empezar a re­volear el garrote por sobre su cabeza, denunciándose inevitablemente y provocando la espantada. La vieja elegía entonces la más rezagada de las presas para em­prender —ya sin ningún disimulo— la persecución encarnizada, que terminaba invariablemente en un golpe de bastón o en el límite del monte.
        Un día en que el terror o el cansancio debió obnu­bilar el instinto, una gallina desvió alborotada hacia la interminable galería y ganó la pieza de la Baronesa. La vieja Frutos, excitada por la cacería o confundida por el comprensible apuro, abrió totalmente de un empujón la puerta y saltó dentro de la pieza.
        Enceguecida ahora por la penumbra, estuvo parada con el garrote en alto, a la espera de que sus encandilados ojos se acostumbraran a los oscuros rincones. Y cuando por fin se disiparon las tinieblas se encontró ella enfrentada a la alta figura de la Baronesa, en cuyos brazos descansaba la gallina su afligida peripecia.
        Las dos mujeres se midieron en silencio, hasta que finalmente la vieja Frutos bajó lentamente el garrote para decir
        — ¡Señora, no es nada más que una gallina! —sancio­nando con una larga mirada recriminatoria esa protec­ción absurda desnaturalizada. Después, dando una enérgica media vuelta, salió a la luz.
        A partir de entonces comenzó un mudo duelo, la Baronesa dejando intacto una y otra vez el plato con las presas, aceptando únicamente los huevos y la jarra de leche, hasta el día en que por fin la vieja se resignó a res­petar ese arbitrario régimen. Por ese entonces la Baro­nesa había comenzado a aventurarse hasta la cocina, preparando con leche y maíz y restos de pan un cocido que repartía en pequeñas bateas de madera que después diseminaba por el descampado.
        Las maltratadas huestes de gallinas comenzaron a ba­jar de los árboles donde se habían instalado casi perma­nentemente, y poco a poco se observó el sabio, apurado y prolífico aumento de la especie en esas horas de bonan­za; de manera que en corto tiempo la Baronesa tuvo que ocupar sus días no sólo en los cuidados de la tumba y en preparar cada vez más cantidad de cocido, sino tam­bién en prodigar las atenciones que exigen las  crías desplumadas y frágiles. Eran cortas las horas de la siesta para revisar las dispersas nidadas que proliferaban, y hubo días y aun semanas enteras en que la pieza de la Baronesa ofició de improvisado refugio para pollos y cor­deros infortunados y huérfanos.
        Así se vieron ocupados los días de la Baronesa en ese primer tiempo de viudez, llegando más de una vez agotada a la noche y al sueño. Y sin embargo, había días de inesperados abismos, casi siempre a la hora del crepúsculo en que las aves se retiran sobre las ramas en un apagado cloqueo. La Baronesa se acercaba a la ventana, bañada ella también por la luz crepuscular que parece ganarse dentro mismo de las cosas para desde adentro apagarlas y anochecerlas. La inquieta cara fija en ese cuadro de la noche, buscaba entonces desesperada­mente un asidero en algún punto del presente o de un imposible futuro, sabiendo sin embargo ya que sería presa de los fantasmas del insomnio.
        El día la encontraba nuevamente sobre el recuadro de la ventana.
        

 

 

3
        

 

 

 

        Moncho permanecía insensible al paso de los años, rejuvenecido casi si se lo comparaba con Tío definitiva­mente ganado por la vejez, o con la misma vieja Frutos cuyo andar comenzaba a envolverse de cansancio: la mirada adelantándose al pie, dándole al pie un calculado reposo.
        Apenas si unas imperceptibles patas de gallo enmar­caban los ojos que aún semejaban los ojos de los niños: el mismo brillo desentendido de suspicacias e iluminados por el asombro. Tan fresco después de veintitantos años de Campo Grande como si recién hubiese desensillado, ajeno no sólo a la corrosión de los años sino también a esa inevitable ponzoña que van despidiendo los lugares a través de los mordiscos de las miradas extrañas aten­tas a las mínimas defecciones de una vida. "¿Usted no es aquel...?", recuerdan implacablemente las miradas, y ya puede uno disculparse y alegar inocencia que nadie lo librará de la inexcusable culpa de haber andado expuesto a los ojos del mundo. Que verdaderamente envejecemos cuando sentimos el peso de las miradas cargándonos con su desgaste, cuando nos vemos macerados en la me­moria de los otros junto a quién sabe qué resaca de re­cuerdos. Y bien: Moncho había desensillado hacía veinti­tantos años para caminar durante veintitantos años sobre Campo Grande como el viajero que estira las piernas sobre el andén desconocido. Ajeno no sólo a la agobiadora mirada de los otros sino también al mudo, latente, indefinido enfrentamiento que sostenían Tío y Saldías por un lado y los Frutos por el otro, con la Baronesa en el medio mirando sin poder ver esa no declarada batalla. Moncho salía de matear en la pieza de los peones, salu­daba con un alegre murmullo el rostro abotargado de la Baronesa eternamente estampado en la ventana, y en­traba airosamente en la cocina, recorriendo ese corto pero cargado itinerario con el aire confiado de un gene­ral que revistara sus tropas lejos ya del campo de la gue­rra. Más de dos décadas de encalmado ajetreo interrum­pido apenas por la noche aquella de Almacén Iglesias con  su   resurrecta  desazón  acosándolo,   torturándolo no desde la penumbra sino desde quién sabe qué oscu­ros, sepultados orígenes.
        Veintitantos encalmados años. Hasta una inesperada mañana en que el tazón de leche quedó intacto frente a la silla. La vieja Frutos destapó incrédula la nata buscando la inexistente y en todo caso inofensiva mosca. Después tapó la taza con un trapo para el momento en que el ham­bre doblegara los caprichos de Moncho.
        Moncho no vino sin embargo, y cuando al mediodía las presas se enfriaron sobre el plato, la vieja no pudo dejar de rezongar en voz alta por el sesgo que tomaban las extravagancias. Por la noche Moncho se sentó frente a la humeante cazuela y estuvo ahí eternizado, atento quién sabe a qué profundidades escondidas en el plato. La vieja Frutos lo estuvo observando, desconfiada e in­decisa, y al fin se acercó por detrás y suave, silencio­samente posó su pequeña mano sobre la despejada fren­te, y cuando supo sin lugar a dudas que Moncho estaba más sano que ella misma, se quedó parada junto a él sin saber qué decir ni preguntar, mirando también ella el plato de cazuela que ahora lucía una amarilla costra de grasa de gallina. Debajo y más allá era imposible adivi­nar nada de lo desconocido.
        La vieja se demoró secando la reducida vajilla, repasó hasta el último rincón de la cocina, se detuvo en la puerta oteando el cielo despejado y oscuro; y finalmente dijo con voz débil e insegura
        —Acostate, Moncho —convencida sin embargo de que estaba hablando para nadie. Esa noche dio vueltas en el catre, molesta como nunca por los ronquidos que venían desde el catre de Frutos, y al amanecer se levan­tó sin haber pegado los ojos. Con alivio comprobó que Moncho no estaba en la cocina, y al desayuno pudo por fin tranquilizarse totalmente cuando Moncho repitió tantos tazones de mate cocido con leche que ella hubo de perder la cuenta. Moncho salió después llevándose como de costumbre los baldes para el ordeñe, y al poco rato estuvo de vuelta, más eficiente que nunca a juzgar por lo que había tardado en despachar las dos vacas de cargadas ubres. La vieja buscó los baldes para hervir la leche lo antes posible, ya que ese día el calor amenazaba arreciar antes de la siesta, y había vertido distraídamen­te uno cuando al acercar el otro a la olla vio con cons­ternado asombro que rebalsaba de agua cristalina y sin duda todavía fresca.
        — ¡Pero Moncho...! —alcanzó a protestar la vieja con voz enojada o sorprendida, ganada enseguida o des­figurada enseguida por la tristeza.
        — ¡Moncho! ¡Moncho! —repitió tristemente sacu­diendo la encanecida cabeza, mientras desataba las maneas de los sufridos animales antes de soltar los ham­brientos terneros.
        Así empezaron esos días de desasosiego inenarrable, la vieja vigilando los impredecibles pasos de Moncho, atisbando más bien los extraños matices de ese misterio, condolida e impotente y acobardada de antemano por esa clase de mal incombatible, prefiriendo mil veces para la lucha la inexplicable rebeldía de su hijo y aún el mal difí­cil o invencible que había terminado por llevarse al Barón, y que Dios la perdonara por esas ideas impías, pero verdaderamente era insufrible asistir a los rama­lazos de ese daño que en poco tiempo había conver­tido a Moncho en un fantasma de sí mismo, los ojos apagados   hundidos  en  las  descarnadas  órbitas,   las enflaquecidas   manos   pendiendo   temblorosas   a   sus flancos.
        perseguido hasta de noche por sus oscuros males, Moncho había escapado al encierro de la pieza de los peones para refugiarse en la libertad del descampado, durmiéndose o echándose para dormir al dudoso amparo del brocal del pozo o del cerco paloapique de los corrales, por las mañanas se lo veía deambular húmedo todavía de rocío, tiritando al amor del primer sol de la mañana, sin querer escuchar las voces de la vieja que lo invi­taban insistentemente al abrigo del fuego. La vieja salía por fin de la cocina, otra vez derrotada, y dejaba por ahí en cualquier parte el humeante tazón que a veces desaparecía y otras veces permanecía intacto.
        — ¡Sosegate, Moncho, sosegate! —rogaba el apenado vozarrón de la vieja cuando al fin se cruzaban, pero Moncho no quería o no podía oír y salía disparado, perseguido por su propio desasosiego. A trancos largos circunvalaba la casa; como un ventarrón atravesaba la galería; desaparecía y emergía después de la espesura del monte como un animal extrañamente ubicuo. La vie­ja lo perseguía todo lo que le permitían sus cansadas piernas, deteniéndose finalmente en cualquier punto del descampado desde donde tarde o temprano se podía ver cruzar esa tromba interminable.
        En ocasiones Moncho se detenía a la entrada del mon­te o en el comienzo del camino, y se quedaba parado mi­rando fijamente hacia sus pies. La vieja se acercaba en­tonces, arrastraba sus piernas con la cautela del cazador oculto, y cuando por fin estaba junto a él lo único que hacía era demorarse en silencio, estrujándose las manos en una imposible búsqueda de consejos.
        — ¡Ni que tuvieras talón de perro! —dijo una vez, despechada porque
        Moncho había reiniciado la marcha apenas ella estuvo a su lado.
        —Talón de perro... —volvió a repetirse, y se quedó envuelta en sus propias palabras, sopesándolas a la luz de la disparatada figura de Moncho que se perdía en el cami­no, maravillada por la manera en que a veces prevalecen las palabras sobre nosotros mismos como si hubiesen nacido  para  iluminarnos; comprendiendo  de  pronto a través de sus propias palabras que si bien ella no podía sondear los profundos males de Moncho al menos le estaba permitido interpretar las consecuencias de ese daño: tarde o temprano Moncho debería atar el viejo ca­ballo y el viejo pilchero para aquietar con el viaje ese enfervorizado cosquilleo que lo empujaba incansable­mente de un lado a otro, preso el pobre de la ansiedad de los viajes, esa carcoma insufrible que no mata ni deja vivir. Sí, Moncho debía irse para su propio, necesitado bien. Para ganarse otros encalmados años y ojalá que duraran hasta el día de su muerte.
        La vieja dio medía vuelta lentamente y recorrió al azar los intrincados derroteros que durante días habían ocupado a Moncho. Cuando anocheció se encaró desga­nadamente con los preparativos de la cena, y esperó toda­vía que Campo Grande se sumiera en el silencio para des­colgar  la  desflecada  maleta  de  Moncho  que  pendía de un oxidado clavo. Con pausado esmero fue acomo­dando los huevos hervidos, el queso y los panes, colo­cando finalmente las presas de gallina que en su propio plato   habían   quedado intactas. Prolijamente  colgó la maleta del respaldo de la silla, y después se sentó a ca­becear su sueño en esas altas horas. Antes del alba se levantó a escudriñar el cielo, y cuando vio los primeros albores se encaminó con andar lento pero firme por el viejo sendero que aún llevaba al potrero del bajo. Ya frente al rancho o a las ruinas del rancho, no tuvo ánimos para hacer nada ni para inventarse ninguna ocu­pación en esos desgastados rincones. Con mirada casi indiferente recorrió ese ámbito que la había hospedado durante treinta años, asombrándose en todo caso de que ninguna estela atestiguara los sinsabores y las privacio­nes; comprendiendo oscuramente que si las muchas penas dejan algo en el alma, la corta dicha debe dejar tanto o más todavía.
        — ¡Quién quita y no se sana! —dijo imprevistamente para sí en un largo suspiro, y enseguida reprimió esa malhadada idea porque a la vana ilusión hay que com­batirla como a la mala hierba.
        Hambreada y fatigada esperó el demorado progreso del sol hacia el mediodía, y después desanduvo el sen­dero con el agobio de quien sube los últimos tramos de una empinada cuesta. Ya en la casa, recién se detuvo a descansar junto a la oscura boca de la puerta de la coci­na. Y al fin entró, y miró valientemente el vacío lugar que consuetudinariamente había pertenecido a la silla de alto respaldo, y con rabia se secó los lagrimones que molesta­ban la mirada, porque, ¡por qué carajo tenía ella que llorar!
        

 

 

4


        Obligados y en parte seducidos por la vida sedentaria de Campo Grande, los Frutos menguaron sus salidas hasta reducirlas a los arreos llevando animales a la feria; viajes éstos casi inevitables para no recargar los campos, como informara la vieja Frutos a la Baronesa antes de que salieran los primeros novillos.
        Al regreso de ese primer arreo fue que se vieron los desusados porrones de ginebra abandonados por los rin­cones, brillando insólitamente junto a descoloridos tras­tos viejos. Por un tiempo la novedad atrajo a los pavos que picoteaban sin escarmentar esa dura corteza; poco a poco sin embargo los vacíos porrones se convirtieron en un elemento inevitable en ese magro paisaje hecho de huesos calcinados, de plumas aventadas por cualquier parte, de aperos rotos desfigurados por la intemperie. Con sucesivos viajes de novillos los porrones proliferaron tanto que llegaban a estorbar el paso por la galería, rodando inverecundos al empuje del pie para reubicarse delante mismo de las puertas hasta que un nuevo traspié terminaba por romperlos.
        Los Frutos no mezquinaron la ginebra. Aun en la co­cina y al alcance de quien quisiera había invariablemente dos o tres porrones, y hasta la vieja Frutos destapaba uno de vez en cuando para combatir el viento frío del sudeste que se colaba por los resquicios y las hendijas. Aprisionada entre el calor del fogón y el frío de las aber­turas, sometidos sus maltratados años a esos bruscos cambios, providencialmente recurría a la ginebra como a un efectivo remedio.  Y ese invierno que siguió al verano en que se fuera Moncho, las horas en la cocina eran también más largamente solitarias.
        Un anochecer en que la vieja cruzaba el descampado resguardándose contra la llovizna, descubrió sorprendida el rostro de la Baronesa, sin duda torturado por el frío, asomado por el recuadro de la ventana. Tantas veces había visto ahí ese rostro que le había sido imposible reparar en su sufrida calma. La vieja se detuvo para escudriñarlo a la poca luz de ese crepúsculo de invierno, y después fue con paso resuelto a la cocina y trajo un porrón que alcanzó por la ventana a la sorprendida mujer.
        —Tome, Señora, es bueno —dijo, olvidando que no se hablaban desde aquel desafortunado episodio de la gallina; sabiendo la vieja Frutos que no había tisanas contra la tristeza, que contra la tristeza la bebida es el único engaño posible.
        La Baronesa aferró indecisa el porrón con sus manos ateridas, y cuando la vieja echó una ojeada antes de doblar para la galería, seguía ahí asomada a la ventana mirando sin ver el pesado botellón que se balanceaba peligrosamente. Y, sin embargo, un par de horas más tarde, cuando la vieja Frutos entró a la pieza con la cena, no encontró a la Baronesa en el vano de la ventana sino que finalmente la descubrió dormida, echada vestida largo a largo con los brazos pendiendo exánimes a los bordes de la cama.
        Y unos días más tarde, otra tarde de una llovizna tan densa que parecía entregar la noche envuelta en una bruma, la Baronesa irrumpió en la cocina y se paró dubi­tativa frente a la ginebra. Había detenido la inde­cisa mano en el aire, cuando sonó la voz alentadora de la vieja
        — ¡Sírvase Señora por supuesto!
        A partir de entonces la vieja Frutos tomó por cos­tumbre incluir, junto al inveterado menú de leche, queso y huevos hervidos, un jarro casi desbordante de la cristalina, espesa y olorosa bebida cuyo perfume ahora satura­ba la pieza de la Baronesa, a quien se la podía ver sen­tada invariablemente por las tardes asomada al recuadro de la ventana, con sol o con lluvia o con viento o con frío.
        Y también podía vérsela en las largas horas de la sies­ta. Salvo que en vez de estar sentada en la ventana echaba a andar con paso inseguro y vacilante por esos acallados dominios, desordenada y descalza, vistiendo en ocasiones un burdo y destrozado camisón que no había tenido el tino de sacarse.
        Lentamente y sin destino recorría los mudos alrede­dores, seguida por una cohorte de gallinas hambrientas y desconcertadas, hijas algunas de las madres a quienes la Baronesa había ayudado a empollar. Las gallinas se detenían a cloquear en torno a la figura indiferente e incomprensible, se rezagaban detrás de sus descon­certantes pasos, corrían inútilmente abalanzadas sobre el vacío porrón que en un golpe sordo se estrellaba con­tra el suelo.
        La larga e imprecisa caminata terminaba siempre bajo el árbol, sobre la tumba que comenzaba a lucir un desor­den de tallos y zarcillos. Acodada sobre el cerco tejido de ramas y de alambres, la Baronesa aguardaba inmóvil el crecimiento de la tarde, hasta que al comienzo del cre­púsculo regresaba a la pieza.
        La vieja solía cruzársela sin siquiera reparar en ella, aceptando ese lamentable deambular como un hecho ine­vitable. Hasta que una fría tarde de junio se condolió de verla atravesar el descampado con unas ropas escasas e indecentes. Sin titubear entró a la pieza de la Baronesa y buscó en el desorden de ropas una abrigada pañole­ta para cubrir esos hombros desnudos, y había salido ya a la galería cuando entrevió la sombra de su hijo atisbando semioculto tras la seca trama de las enredaderas.
        La vieja se detuvo de golpe, constreñida entre el pudor y el asombro. Sorprendida no sólo porque nunca había conocido un amor de su hijo, sino más precisa­mente porque tampoco había sido capaz de imaginarlo junto a una mujer. Comprendiendo cabalmente qué lejos los habían llevado los años al punto de que ella era incapaz de conocerlo.
        Tratando de permanecer inadvertida, miró ella tam­bién el alto cuerpo semidesnudo. Después dobló cuida­dosamente la pañoleta y entró a la pieza.
        

 

 

5
        

 

        Fue necesario que Moncho se fuera para que Tío y Saldías sintieran qué entrañablemente los había unido el tiempo con sus años. Reducidos cada vez más al encierro de la pieza, alejados de la galería hasta la cual Tío se arrastraba ahora muy de tarde en tarde, extrañaron las imprevisibles apariciones de esa figura inquieta y atarea­da que durante tanto tiempo había campeado por la casa. Trabajados por una insólita nostalgia, olvidaron la larga deserción de Moncho secuestrado durante años en la cocina, y sintieron su ausencia —inesperada, definitiva— como si el último domingo hubiesen regresado juntos de Almacén Iglesias.
        Tío permanecía ahora casi permanentemente postra­do sobre la cama, atacado por la vejez que arreciaba con su peso inevitable, mientras Saldías entraba y salía, nervioso y taciturno, evitando en lo posible encontrarse en sus andanzas con los Frutos que parecían estar por todas partes.
        Hacía tiempo, cuando el hijo de Frutos apareció por primera vez por Campo Grande, se habían topado casi, separados apenas por el brocal del pozo. A punto de enfrentarse nuevamente, había intervenido el grito provi­dencial de la vieja
        — ¡Vos ya sabes, te me quedas tranquilo! 
        La vieja había corrido hasta el pozo, arrebatándole al hijo el balde de las manos y abrumándolo de incom­prensibles admoniciones. A partir de entonces Saldías había evitado los encuentros, perdiendo terreno cada vez más en ese cerco inexorable, al punto de que ahora él y Tío habían sido empujados hasta su propia pieza como hacia un último reducto. Nervioso y taciturno, no se atre­vía a preguntarse a dónde los llevaría la retirada, con Tío tan enfermo de vejez que ya no podía montar a caballo.
        La única salida de Saldías consistía en ir de vez en cuando al campo, no para revisar la hacienda de Cam­po Grande de la cual tácitamente había dejado de ocuparse, sino para atender los pocos novillos que todavía quedaban de una lejana aparcería cuya continuidad ase­guró el doctor con una oportuna cláusula en la venta. Saldías había preferido ignorar esa cláusula, y después de la transferencia de la estancia se deshizo de sus anima­les de vientre, de manera que lejos de aumentar esa pequeña herencia de los años se encontraba ahora dueño de un reducido lote que no sólo no alcanzaba para retirarse a buena vida sino que más bien sería un estorbo que tendrían que arrear por los caminos.
        Y fue precisamente al regresar de rodear su ganado, cuando un mediodía se encontró imprevistamente con Tío encorvado sobre el comienzo del camino con su arrugada muda dominguera brillante de desgaste, espe­rando a Saldías para emprender el viaje al cual hacía tiempo habían dejado de aludir. Tenía a su lado un pe­queño atado de ropa, y ese era todo el equipaje que pare­cía estar en consonancia con su pequeño cuerpo.
        —Poco nomás, que no estorbe —dijo, bromeando con la oscura certeza que siempre lo había alimentado: hay que llegar al final todo lo desprovisto posible.
        Saldías siguió montado, mirando indistintamente ha­cia el camino y hacia la casa y hacia el monte, entreteniéndose con los escarceos del Oscuro como si no com­prendiera que Tío debía llevar horas ahí parado, y des­pués dijo con estudiada cautela
        —Usted sabe que no puede viajar.
        —Si, es cierto —concedió el viejo, para decir ense­guida con tono irrefutable
        — ¡Pero tampoco podemos quedarnos! —y con un despectivo ademán pareció abarcar, más que la casa y el camino y el monte, todos esos últimos años.
        Saldías dejó cabecear tanto rato al Oscuro, que al cabo comenzó él mismo a asentir enérgicamente con la cabeza, para decir finalmente
        —Bueno. Supongo que sabe andar a caballo —y por fin estallaron los dos en una olvidada carcajada.
        Saldías salió al galope a reunir los novillos antes de que se dispersaran por el campo, y buscó también la vieja yegua doradilla que pastaba su vejez gorda y descansada. Cuando volvió a la casa con los animales Tío seguía parado sobre el camino, preso en su decisión irrevoca­ble, y Saldías tuvo que asegurarle que partirían ese día —empleando las argucias que suelen emplearse con los niños— para que volviera a tomar unos mates mientras cargaban el resto de las cosas en el pilchero.
        Cuando por fin todo estuvo listo, Saldías caminó con paso indeciso por la galería, acortando o deteniendo el paso a medida que se acercaba a la puerta de la Baro­nesa. A punto de golpear se le ocurrió pensar que a esa altura del día podía llevar horas tomando, y no reconocerlo. Entonces fue cuando recordó las miradas ausentes de la Baronesa, y por primera vez pensó que quizás ella no lo había visto nunca. Sin golpear dio media vuelta y prefirió irse sin saberlo.
        Después de alzar con un suave envión a Tío que inútilmente trataba de subir al amplío recado de la doradilla, se fue caminando al encuentro de los pocos novillos que pastaban a los bordes del camino, y recién montó cuando estuvo alejado de la casa, espantando a los perros que se obstinaban en seguirlos. Lentamente fueron dejando atrás Campo Grande, ocupado Saldías en las contramarchas del ganado y Tío en mantenerse erguido sobre su caballo. Cuando quisieron buscar con la mirada el último vistazo de la casa, ésta ya había desaparecido tras la línea del monte.
        Recién cuando terminaba la tarde Saldías comenzó a preocuparse por el destino del viaje. Se abstuvo no obstante de comentarle nada a Tío, que todavía lucía un dicharachero entusiasmo.
        Repentinamente recordó Saldías las insistentes invita­ciones que el doctor había hecho a Tío, reiteradas la últi­ma vez que estuvo en Campo Grande.
        — ¡Usted por lo menos tiene una pieza en el pueblo! —le gritó entusiasmado.
        Tío lo miró sin comprender: le costó recordar las desechadas palabras del doctor. Sin contestar nada toda­vía, se demoró evocando su primer encuentro con el pueblo, el caballo o él mismo negándose a enfilar, a adentrarse por esa calle polvorienta promiscua de carros y de voces. Con sus asombrados veinte años había permanecido parado al medio de la calle, atisbando sin atreverse en ese inaceptable desorden, y había reculado hacia el suburbio y después hacia el campo. Tuvieron que pasar años, tuvo que mediar la ofendida insistencia del doctor para que un día por fin se decidiera. Ca­minando sobrecogido por los lustrosos pisos, había lle­gado sano y salvo a la cocina, sin poder sin embargo saborear los mates con calma pensando en el peligroso regreso por la galería reluciente. No recordaba haber hablado nada, ni haber oído nada, ni haber hecho otra cosa que aflojarse una y otra vez el sedoso pañuelo que le apretaba el cuello sofocándolo. Nunca más había vuelto, y cuando bajaban a la feria él prefería esperar a Saldías en los boliches del suburbio, ese impreciso límite adonde van a vivir los parientes de la gente del monte.
        —No —dijo Tío por fin, en un jadeo que revelaba el agotamiento—, el doctor no tiene palenques para los caballos.
        Saldías no insistió, guardándose de decirle que no estaba para muchas cabalgatas después de esta prueba definitiva. Felizmente, a lo lejos podía verse la luz todavía indecisa de Almacén Iglesias.
        

 

 

6
        

 

 

        En vísperas del tercer aniversario de la muerte del Barón, la Baronesa anduvo como perdida, caminando esa inefable ronda de la mañana a la noche sin entrar siquiera a la pieza, intentando en varias ocasiones encarar el desorden de la tumba. Recogía un manojo de hojas secas y de plumas acolchadas sobre el túmulo, y después de dar unos pasos imprecisos, abría las manos pretendiendo aventar sin fuerzas las plumas y las hojas que circunvola­ban para caer livianamente a sus pies. Como frustrada en el intento, salía nuevamente del cerco sin detenerse a abrir el pequeño portón, salvando por cualquier parte el alambre cuyas púas asomaban peligrosamente donde las enredaderas se habían desnudado de hojas, y ca­minaba entonces un rato sin rumbo hasta enfilar de nuevo a la cocina para salir con el reluciente porrón que parecía esconder en el regazo como si lo ocultara de sí misma.
        La vieja Frutos volvía una y otra vez de la pieza de la Baronesa trayendo intacta la comida, mostrando elo­cuentemente el plato a su marido y a su hijo, a quienes el crudo y destemplado junio impedía churrasquear a campo como sin duda preferían; padre e hijo permane­cían  reducidos  en  las cuatro paredes de la cocina, mateando aburridos y malhumorados, sobando arreos que no necesitaban, escuchando la incesante cháchara de la vieja que parecía llegar como otro ruido del viento o de la lluvia.
        —Muy sola, la pobre —sentenció la vieja una de las veces en que volvió de la pieza, presentando el plato de la Baronesa y mirando intencionadamente al hijo que no sólo escuchó esta vez sus palabras sino que acusó un brusco movimiento como si hubiese sido sacudido. La vieja retomó su discurso, segura por una vez de que no es­taba hablando para que su voz se perdiera por las hendijas; con la elocuencia de los años narró del desencanto de la soledad, y de la tristeza que marchita los cuerpos todavía jóvenes de la misma manera despiadada como el inexorable tiempo vuelve costrosa la corteza de los árbo­les; aludió sin decirlo a la pátina que las paredes umbrías reciben de las callosas manos de las estaciones; denunció la forma cruel en que el encierro puede apagar el canto de los pájaros. Y murmuró después sobre el cuerpo y sus oscuros dones, y envidió sin reparos —perdida ya en su discurrir— la virtud de los gringos de conservarse enteros pese a los estragos de la lucha.
        Quién sabe cuánto tiempo habló, pero lo cierto es que la temprana noche del invierno rodeaba ya la casa cuan­do la vieja terminó su discurso, apenas momentos antes de que sintieran ella y el hijo los pasos en la pieza y el pesado golpe del cuerpo al caer torpemente sobre la cama. Luego no hubo más ruidos que las palabras incompren­sibles e incoherentes que denunciaban un sueño sobre­saltado y pesaroso, y los ronquidos de Frutos que desde hacía tiempo cabeceaba junto al fuego. El hijo en cambio no sólo estaba despierto sino que discretamente se había acercado junto a la puerta entornada de la pieza de la Baronesa, llegando después a pegar el oído junto a la ho­ja. La vieja observó sin ningún pudor la muda y expre­siva escena, y mascullando su despedida se retiró a su cuarto.
        Esa noche era precisamente la víspera del tercer ani­versario. Al día siguiente la Baronesa se despertó bien tarde, mucho más tarde al menos que los dos años ante­riores para la misma fecha, cuando solía adelantarse a la oscura mañana para permanecer desde la fría o llu­viosa madrugada hasta bien entrada la noche junto a la tumba, recogida sobre el pasado o sobre los recuerdos que quedaban del pasado, erguida en una tenaz guardia ante el contumaz avance del olvido.
        La Baronesa se despertó, y no se levantó inmediata­mente para salir sino que estiró la mano hacia el jarro que entre sueños vio dejar a la vieja Frutos y que olía a gine­bra pese al huevo y a las cascaras de naranjas. Recos­tada sobre la almohada, bebió dos o tres sorbos, y recién entonces pareció recordar; con paso de nuevo o todavía vacilante se acercó hasta la ventana y se sentó sin fuerzas en la silla para buscar con la mirada la tumba o al menos el árbol recortado en la bruma.
        Al mediodía seguía ahí, cuando entró la vieja a reno­var el jarro. La vieja dijo alguna broma improcedente sobre la bebida como un manantial inagotable, añadien­do en seguida y al desgaire que ella había mandado a su marido al pueblo a buscar más cajones, pero la Baronesa no entendió o no quiso concederle más que un hosco gruñido. Y cuando por la tarde la vieja entró nueva­mente trayendo otro perfumado refresco, la Baronesa la atajó cortante diciéndole que estaba bien, que ya podía traerle directamente la ginebra. Después siguió sentada, bebiendo a sorbos pausados y medidos, aferrada a la ven­tana como sosteniéndose mientras la vieja Frutos hacía la cama y ordenaba la pieza.
        Perdida en el monótono y oscurecido paisaje, no repa­ró casi en la vieja que hablaba a su lado mientras comen­zaba a desvestirla, y no tuvo ánimos para negarse cuan­do finalmente fue arrastrada casi hasta la cama, ni debió darse cuenta de que sus senos descubiertos apuntaban impúdicamente hacia la puerta abierta de la cocina; sin estar tan perdida no obstante como para no saber que el hijo de los Frutos se le estaba ganando entre las sábanas renovadas y limpias; ni tan obnubilada como para no re­conocer esa tremenda fuerza del deseo avasallando y des­pertando su propia dormida fuerza aletargada de años. Como un animal que se sacude de pronto el somnoliento invierno, tomó las manos que la recorrían alocadamente y aterrándolas las condujo sabia, resuelta y amorosamente, abrazando a ese cuerpo joven y desconocido, más que con la enorme fuerza de la pasión, con la inme­dible fuerza de los desesperados. Sabiendo de alguna forma que estaba optando entre la culpa y esa vida im­posible.
        Y eligiendo por supuesto la culpa. A la mañana si­guiente no se levantó, se levantó recién a la tarde para ir a acodarse sobre el marco de la ventana, más borracha que nunca, al punto de que tuvo que ser levantada casi inconsciente hacia la cama. Y al día siguiente se levantó y supo por fin definitivamente que ya no iría hacia la tumba solitaria bajo el árbol.
        

 

 

7
        

 

 

        La misma noche  en que el hijo entró por primera vez a la pieza de la Baronesa, la vieja Frutos enfiló por se­gunda vez en ese año por el ahora borroso y enmarañado sendero. Salió ni bien sintió los pasos de su hijo reso­nando inevitablemente en la casa vacía, pero todavía entró subrepticiamente a la cocina y sacó un llameante tizón que fue iluminando a medias el sendero del bajo como si ella ya necesitara recordarlo. Al llegar al pantano del arroyo no dio el rodeo que marcaba el camino, sino que cortó derechamente enterrándose en el agua fangosa y maloliente, mirando fijamente el perfil derrengado del rancho que se recortaba apenas en la noche.
        Por fin en el rancho, la vieja se restregó los embarrados pies contra los carcomidos horcones, sacando luego casi a tientas las pocas pertenencias que todavía no había trasladado, y aun antes de haber terminado de sacarlas cerró de un golpe la destartalada puerta y comenzó a soplar el humeante tizón hasta avivarlo. Después, sin titubeos, arrimó la tímida llama a la pared de totora, Y pese a la humedad del invierno, y pese también a que el agua del arroyo golpeaba en ocasiones contra la base de la pared pareciendo subir por la reseca totora, la llama prosperó bien pronto, alzándose y devorando en un ins­tante todo el desgaste que construyen los años, abra­zando de una vez las telas de las arañas y las vinchucas agazapadas en los escondrijos, elevando contra el cielo en un solo haz limpio y luminoso toda esa podredumbre. Tan breves e intensas fueron las llamas que nadie tuvo noticias de ese alto fuego que por un fugaz instante se alzó sobre la noche del monte. Nadie, salvo la vieja, cuyos ávidos ojos no se apartaron del incendio.
        La vieja Frutos se demoró junto a las humeantes cenizas hasta que la última brasa pestañó moribunda, y como aún tardaba en apagarse, saltó aplastándola, segura así de que todo se había consumado, y volvió a Campo Grande con paso firme como si no hubiese pasado la noche velando el incendio.
        La vieja se detuvo donde el sendero asomaba al descampado y a la casa, y en la gris alborada estuvo bus­cando los bultos ateridos que en lo alto de los árboles comenzaban a avivarse, a sacudirse el frío y la modorra y el hambre de la malanoche. Pacientemente esperó los primeros cacareos, y entonces caminó hasta la casa, entró resueltamente a una de las numerosas piezas, y salió con la abolsada falda de su vestido cargada de granos de maíz.
        Bajo los grandes árboles, en toda la línea del monte, la vieja fue esparciendo a manos llenas un derroche de granos, reservándose apenas unos pocos. La fronda se había poblado ya de voces, y algunas gallinas comenza­ban a cumplir un lento descenso rama a rama. Las ga­llinas se detenían ante el último salto, miraban indeci­sas a la vieja que aferraba hierática el bastón de tala y la falda abolsada, y al final de una angustiosa duda saltaban sobre los amarillos granos.
        Un rato más tarde todo el borde del descampado fue una viva algarabía: cloqueos y picotazos y cacareos infa­tuados. La vieja continuaba contemplando serenamente ese festín; y recién cuando vio que había desaparecido hasta el último grano, echó mano a la reserva de la falda, y con desganada parsimonia fue dibujando un amarillo sendero de maíz que desaparecía bajo los picos más atrevidos y voraces.
        El sendero se internó en la boca de la cocina, y detrás entraron dos apresuradas gallinas. Justo antes de que la puerta se cerrara, sin ruido, tras ellas.
        

 

 

8
        

 

 

        Contra su propio andar achacoso y contra la misma carga de la vida que comenzaba a agobiar su cuerpo enjuto, la vieja Frutos encaró por entonces los arreglos de la casa que lucía también los rastros del paso por el tiempo: paredes agrietadas, descascaradas de revoque, sucias del barro extraño de las salpicaduras adherido como una costra inseparable. El techo mismo, que alguna vez hacía años había sido reemplazado por los peones, comenzaba a abrirse como si los manojos de paja se hubieran comprimido, al punto de que el piso de algunas piezas estaba acribillado por las goteras.
        La vieja convenció a su marido de la necesidad de los trabajos después de incesantes y elocuentes ruegos, llegando al extremo de pisar con sus torturados pies la mezcla para el revoque, hasta que al fin Frutos se quedó unos días en la casa dedicando los caballos al pisadero. Entre los dos compartieron los pesados baldes con la mezcla, curvándose también Frutos por el peso y por los años.
        El hijo mientras tanto había comenzado a desapare­cer por los atardeceres, montado en un pulcro caballo aperado como para una fiesta. Salía en la hora más indecisa del crepúsculo, cuando las sombras no pertene­cen ni al día ni a la noche, y partía tragado furtivamente por el camino.
        La vieja Frutos, entrampada por los menesteres del revoque que parecía multiplicar las grietas y agrandar­las, tardó en advertir las ausencias del hijo; hasta que una mañana lo vio desensillar el caballo y enfilar hacia la pieza donde antes acostumbraba dormir.
        La vieja Frutos se dijo en principio que era imposible aventurar nada sobre el corazón de los enamorados, pero cuando a la tarde siguiente lo descubrió alejándose por el camino, juzgó contra natura que por segunda vez consecutiva no durmiera con la Baronesa. Preocupada, insegura, maltrató las rajaduras de las paredes y salpicó barro por cualquier parte, y a la mañana siguiente ató ella misma el sulky y por primera vez se atrevió a mane­jarlo en una larga y apurada ronda por Campo del Banco hasta conseguir las semillas de heno griego que ella recor­daba haber visto en algún lado. Y de vuelta en la casa ni se detuvo a sacar el caballo de la prisión de las varas, sino que bajó corriendo a ocuparse del cocimiento de las semillas, y cuando lo tuvo listo vertió una cucharada de fenogreco en un porrón de ginebra que reemplazó más tarde por uno que encontró junto a la cama de su hijo.
        De nuevo en los trabajos, esperó confiada creyendo firme e ingenuamente que en algún momento vería pasar corriendo a su hijo rumbo a la pieza de la Baronesa. Pero el hijo no sólo no pasó sino que unos días más tarde la madre pudo verlo a pleno sol cargando por de­lante del caballo medio costillar de novillo que iría a ale­grar quién sabe qué rancho de Campo del Banco.
        La vieja habló inútilmente con su marido que parecía no estar enterado de que el mundo giraba bajo sus pies, cosechando apenas un encogimiento de hombros des­pués de horas de explicativa perorata. De manera que cuando al día siguiente la vieja vio a su hijo subir des­caradamente sobre el caballo cuyo recado mal disimulaba el par de pollos condenados a alguna fiesta, no titubeó en preguntarle si había puesto algún comercio por ahí ya que lo veía procurarse el abasto. Esperó que el hijo termi­nara de reír para decirle con tono más enérgico que se dejara de andar mariposeando con tanta china blanda de verija, arengándolo enseguida sobre los deberes que tenía que cumplir
        — ¿Qué deberes? —murmuró el hijo clara y despecti­vamente.
        — ¡Con esa mujer, con esa gringa! —le informó ella sin respiro, asegurándole que tendría que ver mucho mundo todavía para atreverse a pasar por el corazón de una mujer con la ligereza con que las abejas vuelan sobre las flores; que ninguna mujer tolera que se pase por sobre su corazón y por sobre su cuerpo como un viento alocado; y habría que ver si hasta la misma Pepa, pobre y que Dios la perdone. Y si existían esas pobres desgraciadas arrojadas a la ignominia, que supiera él distinguir, que esta mujer, esta gringa no era una cualquiera sino una viuda sin duda dispuesta a rehacer su vida.
        —Dejame de joder con esa yegua —interrumpió el hijo al descuido, tirando de las riendas del caballo.
        La vieja se quedó boquiabierta, dibujando las pala­bras en el aire con el último aliento del colapso. Hasta que al fin pudo murmurar entre dientes
        —Y vos quién sos, mamón... —mascullando tan queda como si se estuviera reservando las fuerzas. Y efectivamente, antes de que su hijo espoleara el caba­llo, la vieja tuvo tiempo para alzar su nudoso bastón y descargarlo con toda la fuerza del desprecio sobre las es­paldas desprevenidas del hijo, a quien por primera vez lo sacudían en la vida.
        

 

 

9


        El viejo Tío no necesitó ningún palenque para ningún caballo, ni tuvo oportunidad de sentir el estorbo de sus pocas cosas que lo precedían en el pilchero.
        Después que Saldías vio a lo lejos la luz promisoria de Almacén Iglesias, respetó el silencio del viejo cuya figura tan pequeña se perdía en los inseguros perfiles de la no­che. Apartado él por su propio silencio, no reparó en que el jadeo de Tío había desaparecido. Y cuando llegó por fin frente a la puerta y a la luz, creyó todavía que el cuerpo exánime tendido sobre el recado hacia el cogote de su vieja yegua doradilla había sido vencido por el sue­ño. Y aún tardó un rato en intentar despertarlo, sin convencerse todavía, ni sentir la pesada mano de Criollo Igle­sias que fraternalmente le oprimía el brazo y lo apartaba. 
        Quizás Saldías se quedó en Almacén Iglesias nada más que para ayudarle a Criollo Iglesias a carnear los novi­llos que le había vendido, a la espera tal vez de que con el último novillo desapareciera también el último lazo que débilmente lo ligaba a esa tierra. El hecho es que se había ido quedando, y estaba aún mucho después de que se car­nearan los pocos animales. Rondaba por la casa ocioso y comedido, salía a la búsqueda de los animales cuya compra convenía Iglesias sin moverse detrás del mostra­dor, llegaba en ocasiones a atender el negocio cuando el dueño ataba el  carro  ruso para  traer las mercade­rías desde el pueblo.
        Por entonces el hijo de Frutos comenzó a pasar por el camino, sin detenerse nunca pero escarceando el caba­llo provocativamente. Montaba siempre un caballo dis­tinto, elegido entre los mejores de la generosa tropilla de Campo Grande de cuyos cuidados los Frutos se ha­bían ocupado especialmente.
        —Las urracas andan robando nidos —dijo cierta vez Criollo Iglesias a Saldías, que parado en la puerta no podía dejar de mirar los escarceos que un hermoso tor­dillo ejecutaba a pocos metros.
        Lo vieron pasar muchas veces. Se acostumbraron a verlo pasar bien montado al tranco de sus briosos caba­llos. Hasta que un día imprevistamente el hijo de Frutos frenó el inusitado galope, y bajando de un salto entró en el local vacío del boliche. Sin duda había estado tomando, porque la mano levantó temblorosamente la copa de ginebra.
        Saldías se alejó unos pasos a un costado del mostra­dor, pero no lo suficiente como para no escuchar las alu­siones que llegaban denunciando a los que no tenían co­raje ni para enfrentar a una mujer y huían a haraganear a los boliches. Saldías se dio vuelta lentamente, sin aten­der todavía al hijo de Frutos, viendo cómo Criollo Igle­sias tapaba la botella y la guardaba bajo el mostrador para correrse enseguida a aconsejarle
        —No se pierda, Saldías.
        Siendo tarde sin embargo para que Saldías escucha­ra consejos ni recordara palabras olvidadas ahora defini­tivamente, ya que el hijo de Frutos se estaba abalanzando sobre su insoportable indiferencia dispuesto a dirimir la vieja cuestión que desde hacía tanto sostenían.
        Saldías se hizo a un lado y el hijo de Frutos pasó como una tromba tirando cuchilladas al aire, frenando contra la pared en un choque violento que debió aturdirlo o ce­garlo más aún, ya que cuando dio vuelta y arremetió pareció ir directamente hacia el otro cuchillo que lo esta­ba esperando.
        Saldías, el rostro casi pegado al del hijo de Frutos, pudo ver el desorbitado asombro de esos ojos, y ya sin odio ni pena ni otra cosa que un inevitable descon­cierto, sacó el cuchillo y acompañó hasta el caballo a ese cuerpo que se tambaleaba moribundo.
        

 

 

10
        

 

 

        Reducido Campo Grande a los Frutos que habían envejecido su andar y a la Baronesa casi definitivamente recluida en la pieza, la casa se volvió silenciosa, como si el dominio lúgubre de la siesta se hubiese extendido hacia la mañana y hacia la noche. Era raro ver cruzar una figura cortando el descampado, y las pocas aves sobrevi­vientes se habían replegado a los oscuros rumbos del monte, acobardadas por el misterioso diezmo de la muerte.
        Las paredes a medio revocar le daban ese aire de im­preciso abandono que suelen tener las casas que nunca han sido terminadas. Las nuevas salpicaduras de barro se confundieron pronto con las viejas manchas de la mugre del tiempo, y las rajaduras que quedaban sin cubrir lucían ahora más nítidas y rotundas, permitiendo todavía la entrada del viento fresco de la primavera que se colaba también por las numerosas puertas y ventanas que oscilaban indolentemente sobre los sufridos goznes, em­pujando a veces a empellones las ventanas y las puertas que sonaban a pleno día como un disparo nocturno. El viento entraba a los espaciosos cuartos, arremolinaba un poco más el desorden, y volvía a salir, incansable, cas­tigando a su paso los gajos y las plantas que habían so­brevivido a los estragos del invierno.
        A ese silencioso Campo Grande había llegado el caba­llo trayendo el cadáver todavía fresco. Los pasos del ca­ballo —lento, casi fúnebre— resonaron cada vez más a medida que se acercaron a la profunda boca del pozo, atrayendo a los viejos que salieron extrañados a la galería. La vieja tardó menos en saberlo, y observó a su marido que seguía mirando empecinado.
        No tardó sin embargo Campo Grande en llenarse de voces, por ese extraño don que tienen las desgracias de cundir aun en las soledades y las distancias. Apenas el caballo se había detenido, cuando ya estaban llegando conocidos desde cualquier lugar de Campo del Banco. Bajaban y buscaban a la madre, que no daba abasto entre las atenciones y el llanto y la cocina, y después salu­daban a Frutos que se mantenía retraído.
        La vieja lloraba y explicaba y repartía el café y la gine­bra, abjurando a voces del desatino de los hijos, pro­testando contra la gratitud de la desventura. Toda esa noche del velorio fue de silla en silla repitiendo la historia, comentando imperiosamente a cada uno qué estrechada tenían a la dicha, a punto el hijo de casarse con esa mujer gringa que ahora no aparecía por estar encerrada con su pesadumbre. Gimiendo la vieja y vol­viendo nuevamente al llanto que a su manera hablaba también de la desgracia.
        El viejo Frutos en cambio no hablaba ni lloraba, manteniéndose arrinconado y silencioso. Ni hosco ni huraño, sino más bien apagado y consumido, tan dis­tinto de sí en unas pocas horas como esas hojas que resisten hasta los últimos calores del verano y de pron­to un día aparecen amarillas, traslúcidas, las agónicas nervaduras quebradas y raquíticas como las líneas de los viejos mapas. La cara ensombrecida de Frutos amarillaba cada tanto al capricho de la luz de las velas, y no es exagerado suponer que la impronta de la pena se le estaba marcando para siempre.
        Tan abatido estaba Frutos que no tuvo ánimos para pensar en el pozo de la tumba, teniendo que ir su mujer a indicar el lugar a quienes prontamente se habían co­medido. Al mediodía estuvo todo listo, y temprano en la tarde emprendieron por fin la marcha portando a mano el cajón para cubrir los pocos metros que separaban la pieza velatoria de la tumba.
        La vieja Frutos encabezaba la marcha, repitiendo entre llanto y llanto toda esta pasada historia, y discul­pando la comprensible ausencia de la Baronesa.
        Y había llegado casi hasta el cerco de púa, cuando se alzó como un fantasma blanco el torso semidesnudo de la Baronesa, saltó del hoyo recién abierto, y apuntando al cortejo con un máuser, gritó
        — ¡No acá, mierdas, no acá!
        Y como todavía dudaban detenidos con el cajón en vilo casi sobre el límite del cerco, comenzaron a silbar las balas sobre las cabezas, y entonces comenzó el des­bande.
        Sólo quedaron los dos viejos para arrastrar el cajón en una fuga lenta y desesperada.
        

Epílogo
        

        Ahora termina esta historia, que no es real ni imaginaria como suele decirse, sino las dos y una misma cosa, ya que durante casi veinte años ha acompañado al autor por muchos lugares y momentos.
        Y que el autor dedica a su padre —que vivió casi toda una vida por aquellos parajes—, en la creencia de que los muertos esperan algo de la memoria de los vivos, y sabiéndose culpable por haber olvidado.
        Historia a la que tal vez retorne, cuando por suma de los años ojalá entreguen más luz las cosas y los seres. Cuando pueda amarlos más todavía. Por lo pronto se ha aligerado de estas voces. Sin poder sin embargo desprenderse del recurrente final ya que a veces —por las noches— vuelven la Baronesa cada vez más loca y los viejos Frutos cada vez más viejos. La Baronesa no suelta aún el máuser de las manos.
        Los viejos Frutos han vuelto a Campo Grande — ¡adónde iban a ir!— después de enterrar al hijo en el úni­co pedazo del potrero del bajo libre de las aguas. Han vuelto temerosos y cabizbajos. Viejos, temerosos y cabiz­bajos.
        La vieja Frutos ha entrado en la cocina y se ha dete­nido en la imaginaria silla de alto respaldo, junto también al imposible recuerdo de Moncho, acariciando esa amis­tad senil que debe ser el mejor de los amores porque está libre de las mordeduras del desengaño.
        Poco a poco sale la vieja Frutos de la cocina, co­mienza a caminar la vieja Frutos barriendo el descam­pado con una escoba de palma. Barre unos metros y se detiene a fregarse los doloridos riñones. Y al cabo de muchos metros y muchas fregaduras, llega hasta la ventana donde sempiternamente está encuadrado el rostro. Lo mira y duda. Y después temerosa, solícita, humanamente dice:
        —Duerma, Señora, duerma. Todos precisamos dormir.
        

 

 

 

(Del libro: “Sobre la tierra", Editorial Pomaire, Barcelona, España, 1979)