MI AMIGO, LAS ISLAS, EL CAPITÁN Y LA MUERTE

Modificado el: 10/05/2011 Imprimir PDF

 

 

      -¿Usted ya tiene enamorada?
      La pregunta me desconcertó. Creo que eran las primeras palabras que nos cruzábamos con Biondi en mi primer día en la pensión “Casa de Familia”. La pregunta no podía dejar de sorprender, formulada por un desconocido que permanecía tirado sobre la cama, las manos bajo la cabeza, la mirada que parecía atravesar el cielo raso hacia algún punto incompartible. Pero más que la pregunta, lo que realmente sorprendía era esa palabra “enamorada” que no usamos como sinónimo de novia. Tiempo después, reconstruyendo el pasado de Biondi con lo poco que él entregaba de su vida, supe que su padre había sido de la Prefectura, y que habían vivido un par de años en Paso de los Libres. Por ese entonces, las radios brasileras estremecían a millones con la novela “Namorada do Amor”.
      Me costó hacerle entender que yo todavía no tenía “enamorada”, y que el día que la tuviera iba a tener una novia. Cuando lo traté más, cuando fui conociéndolo, comprendí que enamorada o namorada eran las únicas palabras que correspondían a su vida: Biondi no tenía novia sino una enamorada. Que él no se lo hubiera dicho carecía de importancia. Como asimismo el hecho de que ella lo supiera y simulara no saberlo; ella, su hermana y aún su cuñado el Capitán, copartícipes los tres de una extraña trama tejida de burlas, de comedia social, y sobre todo –por lo pequeñas- de dolorosas miserias. 
      Si fue difícil hacerle entender que no tenía enamorada, mucho más difícil fue convencerlo de que nos teníamos que tutear, ya que íbamos a compartir un cuarto y una mesa. Tal vez le costaba precisamente porque casi me doblaba en edad, y como era respetuoso, o ceremonioso, prefería igualarse conmigo tratándome de usted en vez de tutearme: de señor a señor. Lo cierto es que yo tenía dieciocho años y él más de treinta. “La edad de Cristo”, diría después en una confidencia que, más que recurrir al lugar común, parecía alertar que a su vida se le acercaba alguna forma de crucifixión.
                     Con el tiempo fuimos haciéndonos amigos, aún cuando no era fácil ser amigo de Biondi. El hombre era extremadamente introvertido, y sólo lo veía alegrarse y explayarse cuando hablaba con Klaus de ese pueblo de la infancia que habían compartido. Y por supuesto, cuando se refería a esa muchacha; o a “ella”, como la llamaba, como si el mundo tuviera la obligación de conocerla.
      Por lo demás, por más complicado que él fuese, era casi un niño si se lo comparaba con el resto de los pobladores de la “Casa de Familia”, donde lo más granado eran policías prontuariados que aguardaban la exoneración, un periodista de policiales que al decir de la dueña de la pensión “no andaba en nada santo”, un andaluz proxeneta abandonado por sus mujeres, y varios estudiantes consuetudinarios que no eran mala gente, pero demasiado ocupados en timbas y farrucas como para relacionarse con dos pelagatos de la Gobernación. 
      Pasaría un tiempo hasta que Biondi me invitara a conocer su oficina. Oscuramente percibí que se trataba de una excepcionalidad, y que lo había pensado largamente antes de concederme ese honor. Para mí no era muy fácil aceptar, ya que cumplíamos los mismos horarios, y yo era un recién venido en la Administración como para permitirme libertades. Recién después de seis meses, cuando tuve derecho a enfermarme y gracias a una anemia fulminante, pude tomarme un día para cumplir con la visita.
      Había que atravesar el largo Ministerio de Agricultura y Ganadería, después la Secretaría de Tierras y Colonias, más allá la Dirección de Caza y Pesca, para llegar, por fin, a la Delegación del Distrito Islas, adonde señoreaba mi amigo Biondi.
     Señorear es una manera de decir. Y una palabra sumamente fuerte: para señorear, para ser un Señor, hay que tener vasallos, y Biondi estaba absolutamente solo en esa achatada oficina al final del largo corredor, salvo que se consideraran esas anónimas vidas isleñas; seres indocumentados y no empadronados y que por lo tanto no tenían poder de voto, y si lo hubieran tenido no habría habido escuelas para hacer los comicios, y si las hubiera habido no habrían existido los fiscales, ni los presidentes de mesa, ni las listas, ni los votantes. Biondi, podría decirse, señoreaba sobre la nada.
      Por otra parte, si la palabra Delegación ya era ambigua o incierta (¿le delegaban a él, él era delegado, qué poderes le estaban delegando y con qué grado de autoridad?), lo de Distrito era todavía más vago o aún peyorativo: con esa síntesis geográfica se aludía de una vez a cientos de islas, a miles de islotes dibujados y desdibujados por infinitos meandros de ríos y arroyos imposibles de catastrar, porque hoy estaban y mañana no, en una eterna sucesión de cambios y alteraciones entre ambas márgenes –también azarosas, si se quiere- del río Paraná, sobre todo en la mitad sur de la provincia de Entre Ríos. Islas, lo que se dice islas, había muy pocas. Quiero decir: las que podrían figurar en un mapa, inalterables hasta cierto punto. Tal vez Las Lechiguanas, a mano alzada y sin entrar en detalles. Tomadas en conjunto eran un enorme riñón de tierra que se recostaba desde la desembocadura del Gualeguay hasta la altura de Ibicuy. Tomadas en conjunto. Porque en su interior no escapaban a la errática naturaleza de esas formaciones divididas hoy por un río, borradas mañana por una creciente, renacidas después con otras formas, otro ancho, otra longitud, otra vida.
      Ahora que lo pienso, tengo la sospecha de que Biondi desconocía ese territorio que estaba bajo su dominio. En ocasiones, parado en la esquina de Gath y Chávez como acuciado por una inesperada urgencia y una oscura culpa, decía
     -Tengo que escribir a las Islas.
      Uno muchas veces dice algo así: tengo que contestarle a un amigo, tengo que escribir a mi casa. Pero las Islas no eran ningún amigo de Biondi, ni eran su casa, ni posiblemente hubiera nadie que pudiera ser destinatario de su carta. Creo que lo decía como una expiación, mientras una vez más clavaba la mirada hacia la esquina de El Plaza, hacia una mesa, hacia una mujer engañosamente vestida como otra aniñada princesa de Velázquez. 
Clavaba la mirada es fácil de decir. Más difícil es describirlo a Biondi adelantando la cabeza, avanzando el cuello todo lo posible, mientras entrecerraba los ojos y fijaba esa postal del amor que parecía haber sido trabajada como una cuidadosa escena de Visconti. La cabeza avanzaba sudorosa, balbuceante de frases inaudibles o ininteligibles, en una dicha y desdicha inseparables. 
          Haciendo cruz, las mesas de El Plaza      se alineaban sobre la vereda indolentes y despreocupadas no sólo de la pasión de Biondi, sino más todavía: de la marcha del mundo. Y en una de esas mesas, si lo permitían la estación y las templadas tardes de Paraná, se demoraban esas tres figuras hieráticas, como extraídas de una postal antigua, indiferentes al mundo, pero no totalmente –estoy casi seguro- a la pasión de Biondi. No hace falta decir que la calle era como un río infranqueable. Y Biondi era una isla. Y su amada también. 
                El padre de Biondi, que llegó a ser Prefecto Mayor General de la Prefectura Naval Argentina, trabajó y trabajó, movió cielo y tierra, hasta conseguir para su hijo la creación de esa canonjía. El, que se había pasado la vida sobre las aguas, entre las islas, le entregaba a su hijo esa heredad: la Delegación del Distrito Islas. Si se quiere y bien mirado, fue un tiro para el lado de la justicia. Por lo demás, no es hablar mal de Entre Ríos señalar que suceden estas cosas, porque estas cosas suceden en todos los rincones del país. Oficinas funcionales a determinados intereses, pero que en definitiva no cumplen ninguna función. Aunque tampoco pueda decirse esto terminantemente respecto de la Delegación del Distrito Islas, porque hay que reconocer que su existencia, al menos, le otorgaba entidad e identidad a ese enorme territorio que era una tierra de nadie que permanecía en el olvido. Y hay que ponderar que la creación de la Delegación trajo por añadidura la Subdelegación de Victoria, la Subdelegación de Ibicuy y la Subdelegación de Paranacito, que aunque tampoco sirvieran para nada al menos acercaban al gobierno de Entre Ríos a esos parajes, aunque sólo fuera simbólicamente.
      Quizás cuando Biondi decía “tengo que escribir a las Islas”, se refería a alguna correspondencia a aquellas subdelegaciones. Por lo demás, el mismo Biondi –en un gesto      que elevaba sus hombros y los mantenía en alto largo rato- admitía ante mis preguntas que no había demasiado para hacer. Por ese entonces, antes de Sete Quedas, antes de Itaipú y mucho antes de Yaciretá, el río Paraná, cuando sobrevenía la estación de las lluvias en sus nacientes, crecía y se desmadraba tremebundo; y ni qué decir después, cuando se le sumaba la “enchente” del Iguazú, cuya cuenca colectaba las aguas de gran parte del sureste de Brasil; y cuando por fin se le encimaba el Paraguay, que drenaba el Pantanal, ese formidable humedal del Mato Grosso do Sul. Tarde o temprano esa creciente, esa inhumana gravidez, paría río abajo la más grande desazón, el más grande desastre, la inundación más patética y apocalíptica que pudiera darse en estas latitudes. Ante este panorama, me pregunto a los años, qué podía hacer Biondi.
      Algo hacía, sin embargo, aún cuando no fuera de mucha utilidad. Prolijamente 
-porque yo lo vi- asentaba en el Libro de la Correspondencia Recibida, con caligrafía envidiable, el telegrama enviado desde Posadas el día 17 de marzo de 1961: “Río Paraná supera siete metros”. De Posadas al delta la anunciada creciente tardaba de diez a quince días en llegar. Claro está que mi amigo se tomaba su tiempo, como siempre se lo ha tomado la Administración. Transcribía el telegrama –como queda dicho-, lo archivaba, y después escribía una carta-informe a las subdelegaciones. Es probable que las cartas llegaran a mediados de abril, cuando el agua ya había estragado el Distrito Islas como una gigantesca topadora que arrasara casas, ganados, los pocos sembradíos y las aves de corral que no alcanzaron los techos cuando quedaba algún techo para refugiarse. 
      En cualquier caso, y excusándolo a Biondi, los isleños no dependían de su información: eternas crecientes los habían preparado. Les bastaba con olisquear el aire, podría decirse, para detectar señales imperceptibles para los demás mortales. Sin ir más lejos la resaca que traía el río, los camalotes, que no sólo se habían agrandado sino que alteraban su flora y hasta la fauna que navegaba en ellos. Y las mismas aves –aturdidas, desconcertadas-, que en un oscuro instinto emigraban hacia la Banda Oriental, tenían para esa gente más elocuencia que un intempestivo aviso de la Delegación. El vuelo de las aves y el color del agua, que se denuncia fácilmente. Y el olor, sobre todo el olor; porque los aromas no sólo viajan por el aire, lo que cualquiera puede percibir, sino también en el agua, no tan fáciles de reconocer pero quizás más genuinos y duraderos, perdurando sutilmente desde orillas remotas. Cambian los perfumes del agua y en consecuencia cambian los sabores, se enriquecen de otras notas y de otros matices. No para cualquiera, por supuesto, si no para esta gente que la ha estado saboreando todos los días de su vida.
      El río es otro río. El amigo río se ha convertido en un enemigo feroz. Pero al que ni siquiera se puede odiar, porque muy pronto se verá que toda esa furia apenas si ha sido cíclica y pasajera; aún cuando se trate de una crisis tremenda, a la que tangencialmente estaría ligado Biondi. Después de eso, o antes y después, o aún durante, la vida en la oficina de la Delegación era encalmada, austera y serena. Como si, contra lo que se afirma, la función no creara el órgano.
      Klaus me contó que el día en que Biondi conoció a su enamorada, estaba conversando con él. A Klaus le molestaba Biondi, sobre todo cuando le preguntaba por Crespo, un pueblo que él prefería olvidar.
     -Además no éramos amigos. Si ni siquiera fue a la escuela alemana- se justificaba. El descendía de los alemanes del Volga, que en el siglo dieciocho fueron llevados a Rusia por Catalina la Grande. Esta gente, aislada en otra cultura, se había abroquelado en su idioma, que lejos de enriquecerse permaneció arcaico y detenido. Siendo un habla de campesinos y vasallos, desde la eternidad se habían dirigido a su príncipe y señor; y como de rebote conservaban al hablar cierto señorío. Y Klaus, aún cuando casi había olvidado el alemán, curiosamente se dirigía a Biondi –y a cualquiera- a la vez con ceremonia y señorío que casi parecía afectación.
     -Cómo te va, coterráneo-. Biondi, sin conocer la palabra, comprendía que la pregunta estaba abarcando aquel pasado común en aquel pueblo de Entre Ríos.
      Estaban en la esquina de El Guipur, adonde por entonces se encontraba la gente. Sobre todo la que no podía pagarse una consumición en El Plaza.
     -Y de Rabitti, qué sabés? - preguntaba Biondi con una ansiedad casi enojosa.
     -Qué Rabitti?
     -El padre tenía un negocito...
     -En verdad, no recuerdo!
     -Donde después estuvo Cargil –dijo, señalando hacia El Plaza como si allí pudiera haber estado la casa de Rabitti.
      Y entonces la vio.
      El capitán había retirado la silla para que se sentara su mujer, y ahora retiraba la silla de su cuñada, apenas una adolescente; diecisiete, dieciocho años. Curiosamente las dos hermanas, separadas al menos por diez años, vestían las mismas sutiles muselinas: blancas, vaporosas y evanescentes.
      El Capitán, durante la persistente y obstinada mirada de Biondi, tuvo tiempo para saludar con una condescendiente inclinación a las demás mesas que compartían la vereda de la confitería.
      La inclinación del Capitán era leve, casi imperceptible. Y cuanto más leve e imperceptible, parecía que adquiría mayor valor ante los que iba dirigida. Y si el Capitán hubiera ido a palmearle las espaldas a alguien –sólo estoy hablando hipotéticamente, de algo imposible- no habría conseguido más reconocimiento y gratitud que aquella venia no explícita, apenas insinuada, casi inexistente.
      Después de saludar, el hombre se sentaba junto a sus mujeres, sin mirarlas o atenderlas, pero no como quien las ignora, sino más bien como quien sabe que están ahí: a su alcance y para siempre. Y ni siquiera precisaba ordenar nada: el oficioso mozo ya les estaba acercando a las señoras la acostumbrada Copa Melba, y a él un café cargado, sin azúcar, y un carajillo de cognac Napoleón.
      Me contó Klaus que a partir de ahí Biondi no dijo una palabra más durante todo el tiempo que duró el encuentro. Y lo que siguió yo lo vería después tantas veces! La cabeza de Biondi enrojecida, los ojos entrecerrados, el sudor bajándole desde la frente, mientras se frotaba las palmas de las manos para secárselas después en los costados del pantalón.
     -El afirma que ella se percató de su presencia. Yo no le creo.
     -Yo sí le creo –lo corregí.
      Entre nosotros disentir casi era una costumbre. Si no en todo, casi en todo; y de eso,      a veces, se alimenta la amistad. El ponderaba la música, y yo ponderaba la literatura, y las oponíamos como si eso fuera posible; como si no pudieran convivir, como de hecho convivían. Por entonces yo había empezado a trabajar en el Consejo de Educación, si se quiere como periodista, haciendo o colaborando en una revista para maestros. Yo suponía que esa aproximación al periodismo era una aproximación a la literatura. En realidad, todo se reducía a la reseña de los actos escolares. Como se comprenderá, no había mucho para aprender: quien ha visto uno ha visto todos. Por suerte, y con los años, devine en abogado. Y asimismo, ahora mismo, cuando trato de dibujar esta semblanza de mi amigo Biondi, me pregunto si no me quedó un tufillo a directora de escuela primaria. Tengo que apuntar que Klaus se convirtió en un músico.
Como la creciente de los isleños, igualmente cíclica, la vida de Biondi padecía su enorme desazón. Al final del otoño, y hasta entrada la primavera, el frío se adueñaba de esa geografía. Y no cualquier frío, sino un frío incordioso inseparable de lluvias, de lloviznas, de nieblas y de escarchas. Los habitués de El Plaza –de la vereda de El Plaza- habían desaparecido, como habían desaparecido las mesas de la vereda. Unos y otras se habían replegado hacia el interior de la confitería, hacia ese mundo intimista que genera el invierno, detrás de vidrios opacados por el vapor. Afuera permanecía el frío, la garúa sempiterna, la soledad de algún infortunado solitario que esperaba obstinado, de la misma manera como los isleños esperan la bajante de las aguas. Una vez más, podría decirse, Biondi y los isleños estaban ligados de por vida: las aguas terminarían por bajar, y la primavera haría florecer de mesas la vereda de El Plaza. Las islas se llenarían de pájaros, y a las mesas callejeras volverían el cotorreo y las muselinas.
      En esos meses del invierno, en esas noches del invierno, particularmente ahí, la vida de los solitarios se ensimisma. Y el sexo se vuelve una exigencia y una recurrencia. Uno no está con nadie sino con uno mismo, y el cuerpo es lo único de lo que dispone esa soledad. Yo recurría a mi cuerpo con esa desesperada urgencia que nos acomete en la adolescencia, y tal vez ni me preocupaba en ser todo lo silencioso que debía. En Biondi, en cambio, -a través de incontenibles gemidos que sobrevolaban por sobre la intimidad de sus sábanas- se adivinaba que era un delicado ritual: mucho más allá de un trámite sexual de solitario, la noche asistía a una ofrenda hacia su enamorada. En ocasiones, después de los gemidos, sobrevivían apagados sollozos. Por ese entonces yo no era experimentado en cosas del amor, pero ahora mismo, después de tantos años, esas cuitas de Biondi continúan perteneciendo al misterio.
Los militares argentinos, como los de todo el mundo, están educados para matar. Cuando esto no sucede, cuando sobreviene todo un siglo de paz, debe ser normal que la vida se transforme en un perpetuo desconcierto. Impensadamente, la hostilidad de la guerra deriva en una vida social sosegada e inocua. Los agasajos y las fiestas reemplazan lastimosamente a un pasado de coraje cada vez más lejano. Sin banderas para rescatar ni metrallas para oponerles el pecho, la vida es presa de una confusión desoladora, de una devastadora pobreza. Donde antes campeaba el valor ahora prospera la intriga.
     La patria y el orgullo ahora son reemplazados por el escalafón: cualquier cosa por llegar a General, ese desideratum. Antes de que llegue el Retiro, como un anticipo de la muerte. 
      Tal vez éstas sean simples conjeturas, pero se puede sospechar que un militar tiene en su mujer un arma poderosa para prosperar en su carrera. No se vaya a pensar, por el amor de Dios, que aquí se está insinuando que ese hombre, ese soldado, ese gentilhombre llegue a prostituir a su mujer por un ascenso. Nada más lejos de eso. Pero a la vez –y esto no es nada fácil de decir-, nada más cercano. Habría que sustituir la frase prostituir a su mujer por implicar a su mujer, o mejor todavía: involucrar a su mujer, de una manera sutil e incuestionable, para ascender a Mayor, y después a Teniente Coronel, y después a Coronel, y por fin a General. Involucrándola de formas gentiles, educadas; de manera que apenas geste una sonrisa en el momento justo y ante la persona justa: precisamente el General que preside la Junta de Puntaje y Clasificación. La sonrisa, hay que subrayarlo, caerá en el momento oportuno, tendrá su justa dimensión como para no ser desapercibida ni olvidada, pero sin más alcance que eso: la indecisa levedad de los recuerdos.
      El Capitán que nos ocupa llegaría a General, y seguramente no sólo por una oportuna sonrisa de su esposa, sino por mérito propio, rescatando –junto a muchos otros de su generación- aquella olvidada vocación por matar. Rescatándola, acendrándola y perfeccionándola de una manera desconocida en estas latitudes. Su doble apellido es meneado en estos días tanto por la prensa como por la justicia, y si aquí no se lo nombra no es por ser indulgente con el árbol caído, sino porque esa leña no sirve para nada.
      Por otra parte, y si se quiere, aquéllos eran años de vino y rosa, con un amor que ya mismo era obsoleto o por lo menos muy antiguo, más antiguo que la edad de Cristo que mi amigo confesaba tener.
      -No la encontrás hermosa? –me preguntaba con ansiedad, mientras me retenía para que le hiciera el aguante en la esquina de Gath y Chávez. Y tengo que reconocer que la muchacha era una belleza, capaz de volver loco a cualquiera. Y sobre todo a Biondi, que estaba esperando a ambos: a la locura y al amor. 
      En ocasiones, el Capitán se levantaba, daba el brazo a su mujer, y salían a caminar, a dar “la vuelta al perro” como se decía por entonces. La “enamorada”, solitaria, giraba como al descuido la cabeza, que había estado sometida a la persistente e inquisidora mirada de Biondi, y a su manera abastecía aquel amor con una especie de sonrisa que apenas se dibujaba en los ojos. Para en seguida borrar con el codo lo que escribía con la mano: ignorándolo –que en el lenguaje del amor debe ser la mayor de las ofensas, el mayor desamor- su mirada se posaba en los maniquíes de Gath y Chávez, como si mi amigo no hubiese sido más que otro muñeco apenas sobresalido de las vidrieras, y seguramente menos interesante. 
      Los mayores, la pareja mayor, con un andar lento y demorado ya terminaban su paseo enfrentándose al Club Social, adonde lícitamente podrían haber descollado y brillado junto a lo más granado de Entre Ríos. Pero ese club, que miraba hacia la plaza, vivía puertas adentro, sobrecogido, alejado de la populosa muchedumbre que caminaba a pocos metros. Y el Capitán, como el militar que era, prefería exponerse o exhibirse en ese eterno desfile humano que circulaba por esas veredas tan conspicuas, tan concurridas, tan visibles. La plaza, las veredas de la plaza, la misma vereda de El Plaza eran un palco que enfrentaba una formación, sin fanfarrias pero con una algarabía casi de soldadescas. Entre esa abigarrada concurrencia formaba un soldado fiel, de antigua caballería andante, infaltable y conspicuo también a su manera: mi amigo Biondi, que velaba armas ante su doncella, como ante otra Dulcinea del Toboso. 
      Eran los comienzos de los años sesenta, cuando la pelea entre la Libre y la Laica. Biondi y yo, indiferentes a esa lucha ideológica, quedábamos entre dos fuegos cuando se encontraban los dos bandos, precisamente entre las esquinas de El Guipur y de Gath y Chávez. En realidad de ideológicas aquellas peleas no tenían demasiado, y todo se reducía a insultos y abucheos. Los defensores de la enseñanza libre, seguramente más adinerados, les tiraban monedas a los contrincantes. Después de un rato de intentonas ambos grupos se iban por donde habían venido, quedando solamente nosotros dos en el campo de batalla. Ahora, medio siglo después, puedo confesar que, más o menos discretamente, yo recogía las monedas amontonadas bajo el cordón de la vereda. Súbitamente enriquecido, lo convidaba a Biondi.
     -Nos tomamos un café?
     -Estás loco! Y si vienen?
      Y como era una respuesta insuficiente, que ni a mí ni a él nos aclaraba nada sino más bien todo lo contrario, concluía, sin solución de continuidad
     -Y además tengo que irme. Tengo que escribir a las Islas!
      Y se iba, rechazando la invitación con un imposible portazo.
      Es difícil relatar algo que prácticamente nunca aconteció. Porque durante el largo año que le hice el aguante no sucedió nada más extraordinario que ese juego amoroso jamás explicitado, salvo por la mirada de Biondi que cruzaba la calle y que era como un puente entre su amada y su desesperación, y la indiferencia de la muchacha sabiéndose aludida e incluída en una extraña, ajena y solitaria pasión; recibiendo su vanidad un premio oscuro y mezquino: era amada, pero ese amor no pertenecía a la felicidad. Mientras tanto, su hermana y el esposo estaban sin estar, veían sin ver, pero sabían sabiéndolo todo. Y era una suerte de obstinado duelo en el que las mesas se iban despoblando y en la esquina de Gath y Chávez se asordinaban los pasos de los transeúntes. Yo le tiraba el brazo a mi amigo, recordándole que al día siguiente deberíamos madrugar. Hasta que él finalmente reculaba, giraba la cabeza hacia mí, y por fin nos percibía a mí y a la noche.
      Los que han trabajado en la Administración Pública saben que no exagero si afirmo que ahí se conoce la antesala del infierno. Generalmente al público le toca padecerla –digamos- del otro lado del mostrador, como simples protagonistas de un trámite. Pero para el que está allí adentro, el que la sufre día a día, un año puede parecerse a la eternidad. Más o menos eso es lo que me había sucedido. Hasta el día en que por azar, por empeño y por obstinación, conseguí darle otro rumbo a mi vida.
      No me resultaba fácil decirle a Biondi que me iría a vivir a Santa Fe. Como quiera que sea, era uno de los pocos amigos que tenía. Y yo significaba lo mismo para él. Es más: era su oreja, el depositario de sus cuitas, el compañero en el que podía confiar ese hombre poco dado a las confidencias. Por eso me desconcertó cuando me dijo
     -Te vas a ir? Vas a vivir sin verla? –como si la muchacha fuera mi enamorada, o más todavía: mi novia; pero en ningún caso como si no fuera nuestra amistad la que inevitablemente quedaba amenazada con mi alejamiento.
     - No sé... Voy a volver, seguro, cada tanto... –improvisé descaradamente, pero desconcertado por completo.
     -Ah, bueno. En ese caso te estaremos esperando –concluyó, tranquilo y tranquilizándome, probablemente ya desde la locura. 
      Por supuesto que no volví. Entre el trabajo y mis estudios tardé años en volver. Y si algo extrañaba de Entre Ríos no era precisamente Paraná, por donde había pasado como una carta en el correo, si no Nogoyá, un pueblo que para mí era como el Crespo de Biondi. Y no tanto por la gente, sino por cosas inenarrables: las calles barrosas por las que me hundía descalzo, la luz realmente mortecina de un farol que casi no alumbraba, el perfume de los paraísos.
Cuando volví a Paraná, cuando pasé por Paraná, azarosamente me encontré con Klaus. 
-Qué sabés de Biondi –le pregunté como al pasar, ocultando un interés que tal vez lo hubiera molestado.
-Ah, no sabés? Murió atropellado.
Todavía no sé cómo no me sorprendí, aun cuando me alcanzó el tremendismo de la muerte.
-Cruzaba hacia El Plaza... –dije en voz alta para mí mismo.
-Ah, entonces te enteraste? Paraná ya no es un villorrio. Los autos pululan por doquier. Y viste que él era medio pelotudo.
     -No estoy tan seguro –estuve por decirle, pero me callé.

     No daba para disentir. 

                                                Boissucanga, junio 2009