CAMALOTES – EN LAS TIERRAS BAJAS

Modificado el: 24/05/2011 Imprimir PDF

        Allá, en la punta de un pajonal, medio oculto entre la maleza, alza su lomo ondulante un rancho miserable que parece bambolearse sobre las paredes de paja parada, que sustentan su techo del mismo vegetal: es una sola pieza que sirve de dormitorio y de cocina.
         No tiene puerta, porque nada contiene en su interior, cuando están ausentes los que le habitan: es una vivienda de las tierras bajas, un rancho de matreros, reunidos por la casualidad y ligados por el peligro común, bajo la égida protectora de algún veterano de los naufragios de la vida –verdadero archivo de cicatrices y de mañas- dueño de aquella canoa atada en el cabezal del entarimado que sirve de piso al rancho y que es formado por algunos troncos trabados entre sí para impedir la invasión del agua en nivel normal.  Esa canoa es toda la fortuna del protector y ella les sirve a él y a sus “agregados” para las correrías de caza y pesca.
        -¿Y quiénes viven con Ud., ño Ciriaco?
        -Varios pobres, señor!...Muchachos, que han sido diablones tal vez, pero que hoy se han sujetao!
        -Lo creo!...Pero ¿cómo se llaman?
        -¿Cómo se llaman?...Vea; peligra la verdá, pero no les he preguntao!...Uno de ellos dice que se llama Pancho, pero aquí lo conocemos como “Cangrejo”; a otro lo llamamos “Ñanducito”, a otro “El federal”…
        -¿y qué edad tienen?...¿Son viejos o jóvenes?
        -Así nomás son, señor!...Sin edá!...Que edá va a tener uno entre estos pajales, señor?
        -¿Pero son argentinos?
        -¿Y cómo no?...Aquí no se admiten gringos, sino pá pulperos!
        -¿Y  por dónde están los hombres, ño Ciriaco, por qué han disparado?...Llámelos!
        -va a ser al ñudo, señor!...Son juidores cuando ven gente!
          Y asomando la cabeza por la puerta, exclamó con un aire gozoso:
        -Han dejao la canoa! Vea, qué diablos! ¿Ande habrán ido?
          Y luego, con la mayor tranquilidad, avivó el fuego, que ardía entre un montón de tierra en medio de la pieza y comenzó a volcar el mate mirándome por bajo sus cejas canosas y pobladas:
        -El señor no es de este pago, no?...
        -No!...Soy comprador de plumas de garza.
        -Ah! Ah!...Vaya!...Aura hay poca pluma.  La gente anda pobre!
        -Sí?...Sin embargo la pluma se mantiene a buen precio!
        -Así ha de ser!... El pulpero de allí, del albardón, la está pagando a rial…
        -¿Qué es eso de a rial?...Yo no compro así, ni entiendo!
        -Ah! Ah!...Nosotros ¿sabe? le decimos un rial a diez centavos y los pulperos nos compran a ese precio las plumas de primera, que en toda garza son de dieciséis a dieciocho.  Y no hay más que vender  porque no pagan más!...Nosotros sabemos que vale dos mil quinientos pesos el kilo en Buenos Aires…pero no podemos ir y tenemos que conformarnos.
        -Así es!...¿Pero, cómo Ud., que no sabe nada de nada, sabe tan bien el precio de la pluma?
        -Ahí verá, pues!...Si es mi oficio cazar garzas, cómo quiere que no sepa?
          A esta altura de la conversación, oí a lo lejos el grito quejumbroso del caráu que, triste y solitario, vaga entre los pajonales a caza de caracoles viajeros y notando en la cara de ño Ciríaco algo así como una sombra, inmediatamente pensé en que no era el ave quien gritaba, sino alguno de los habitantes del rancho que, en forma tan original como inusitada, preguntaba si aún no había desaparecido el peligro:
        -Vea, ño Ciríaco, me voy; veo que lo estoy incomodando.
        -Qué esperanzas, señor!
        -No! He oído que el caráu le pregunta si hay peligro y no quiero mortificar.  Vea: yo estoy parando allí, en el albardón, en la ranchada de Gomensoro y tendría ganas de ser amigo de Ud….
        -No siga, señor! Ya veo que Ud. es hombre que caza al vuelo y paqué le vamos a esconder el juego! Esperesé!
          Salió el viejo a la puerta del rancho y no tardé en oír el grito áspero y estridente del chajá, el vigilante alerteador que nunca duerme y momentos después se hallaban a la puerta cinco mocetones mal pergeñados que me saludaban como a viejo conocido y que con ño Ciríaco eran los habitantes del rancho desmantelado.
          Conversando supe que los seis compañeros eran cazadores, que todos habían tenido y tenían aún sus deudas con la policía, unos porqué habían dado un tajito sin consecuencia o se habían alzado una muchacha, otros porqué les atribuían la venta de un caballo mal habido o unas carneadas misteriosas en la estancia de “un amigo del comisario”.
        -Y Ud. ño Ciriaco, hace mucho que no va al poblado?
        -Mucho, señor…! Como quince años!
        -Habrá sido quizás alguno de los soldados de Urquiza, de los de Caseros?
       -No señor! Yo siempre juí de la política, he sido hombre pacífico, aficionao nomás!...Con los únicos hombres que he servido ha sido con don Diosmán Astorga, cuando los blancos –los de López Jordán, sabe?- y con el coronel Juan de Mata Gonzalez…pero aura están retiraos!
        -Y cómo es que entonces no tiene ni siquiera un campito, ni familia, ni nada
        -Ahí verá, pues! Yo no soy hombre de eso! Toda la vida he andao alzao con la canoa, ganándome la vida.
          Después supe, sin embargo, que mi huésped había sido hombre de avería y que en su tiempo era el terror de las muchachas de las ranchadas y en la actualidad el más famoso cuatrero de la comarca, pues su rancho era el albergue de cuanto vago recorría la región sin encontrar cabida.
          No obstante, yo pasé con él horas agradables y de su labio obtuve muchos datos y noticias que figuran en esta relación.  Con su lenguaje sencillo me contó las enormes riquezas de los bañados, que aprovechaban los hombres del poblado que no eran cuatreros; me refirió cómo y en cuánto les compraban la cerda, la lana y los cueros robados; me enumeró las veces que habían sido saqueados en sus remesas de pluma, de grasa, de aceite de pescado y de pieles de tigre, de carpincho y de nutria; por él supe cómo se hacían los contrabandos de las mercancías que traían al Rosario los buques de ultramar, cómo las desembarcaban y cuánto convenía al comercio de las costas entrerrianas y santafecinas que las islas y los bañados estuvieran sumidos en la barbarie más primitiva.                    

          ¡Ellos se llevaban la fama y otros cargaban la lana!
          M explicó por qué en las ranchadas de los pajonales no se veían familias, ni muebles, ni animales caseros, ni nada cuya pérdida pudiera causar la ruina de un hombre: la creciente era el enemigo de todo bienestar. 
          En las islas, se puede vivir sin rancho, sin ropas, sin armas y sin familia, pero no sin la canoa, que es la casa y el caballo.
          El gaucho, me decía, es aquí cazador y pescador y solamente con mucha suerte puede llegar a establecerse en el albardón y formar una familia que después debe defender en todos los momentos, pues los hombres del pajonal roban las muchachas y matan los animales hasta por lujo.  Tener aquí algo que perder, es vivir con con la vida en un hilo y me refirió sucesos y aventuras capaces de erizarle el cabello al más sereno: el incendio y el asesinato son allí las monedas de más circulación y más aceptables y con ellas se paga frecuentemente una hospitalidad o una buena acogida.
        -Por eso aquí,  señor, no se reciben visitas, ni hay familias: los hombres viven como las fieras y se miran con recelo!
          Nos despedimos y como yo interesaba en intimar con ño Ciriaco, a fin de conocer los detalles de aquella vida, para mi tan nueva como atrayente, le invité a él y a sus agregados a comer un asado al día siguiente en la ranchada de las tierras altas que me alojaba.  Con ello hice dos mandados en un viaje como dice el refrán, pues tuve ocasión de presenciar una escena de campo, que, por lo novedosa y colorida, bien hubiera podido servir de tema a nuestros pintores nacionales que, no obstante de vivir en tierra tan favorecida por la naturaleza, se quejan de no tener nada digno de ocupar sus pinceles ociosos.