LAS BELLAS LETRAS

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

 

         Vos, que colaborabas en Sur, acaso habrás leído la reflexión de doña Victoria a propósito de Las criadas de Genet: “Una de las características de la literatura sórdida es su afectación de creer que la m…es más verdadera que la rosa.  O que sólo la m…existe, mientras que la rosa es una invención, una ilusión a la que se aferran únicamente los sentimentales o los imbéciles.  En tanto que la m…enhorabuena!  Basta creer en ella, proclamarla, maravillarse de ella, sumirse en su contemplación para recibir de inmediato un diploma de inteligencia, de sutileza, de refinamiento y hasta de genialidad.  No ignoro que algunos pretendieron convencernos de que sólo la rosa existe.  Ellos han proclamado los excesos de que somos hoy testigos si no víctimas.

                         Et le vomissement  impur de la betise

                         Me force a me Boucher le nez devant l’azur

 

          Sí; los jóvenes escritores de nuestra época han acabado por taparse las narices ante la rosa, a tal punto el ‘vómito impuro de la tontería’, del tartufismo, la habían mancillado.  Les sobra excusas para semejante reacción.  Pero desgraciadamente (y naturalmente), para vengarse de la ostentación de virtudes y noblezas falsificadas que no podemos admirar y que revuelven el estómago, esos escritores han tomado ante la m…una actitud de entrega absoluta y fanática.  Sólo tienen ojos para ella, sólo juran por ella e ignoran, con una conmovedora aplicación de escolares, todo lo demás (especialmente la rosa).  El mundo que crean, so pretexto de ser verídico, no resulta menos falso que aquel otro cuya impostura y fingida perfección no pueden ni podemos soportar”.

 

          ¿En qué medida llegué a vomitar la rosa?

           Y sin embargo…

     

          Pensaba que el empeño debíamos ponerlo los escritores en la revalorización de las palabras, para dar el sentido exacto de lo que nos conmovía. Ésta debía ser la tarea vigilante de todo “destructor de mitos”, la única que había quedado en pie a través de los años: la verdad, la raíz final de cada acto del hombre.  ¿Pero acaso en eso no estaban empeñados desde los primeros griegos?

          Al fin y al cabo no teníamos otro instrumento para explicar nuestra conducta que la palabra.  ¡Pero qué dañina podía llegar a ser! ¿No hubiera sido mejor callarse? Pero, ¿es que es posible callar? Sólo palabras, como dicen los otros, como nosotros decimos de otros.

 

          Todo lo que se refería al cuerpo y a los sentidos tenía para mí, desde mis recuerdos más tempranos, un carácter de celebración, de inocencia, de alegría, que se originaba presumiblemente en la rigidez de los adultos que me rodeaban.  De allí mi admiración por los animales, que todo lo hacían con naturalidad, mientras que los hombres necesitaban disfrazarse y mentir.  De allí, asimismo, mi adhesión hacia todos los que rompían las normas, particularmente los artistas, que me parecían los únicos personajes verídicos, ya que tampoco se interesaban por los valores materiales que todos los demás respetaban religiosamente.  Desprecio al cuerpo y aprecio al dinero me parecían las únicas normas que regían el universo de los mayores, sólo que la primera era infringida a conciencia por los hombres.  Despreciaban lo carnal en sus conversaciones; sus miradas decían lo contrario.  Así la literatura comenzó a aparecérseme como el único universo verdadero, donde la hipocresía era desnudada y el amor era puro goce, teoría juvenil que resultó luego no confirmada por lecturas subsiguientes. De allí que haya en lo que hago, aún sin proponérmelo, ni lograrlo plenamente, cierta celebración de lo vital e individual en todos sus aspectos. Así como una tendencia a lo estético puro: la rosa que surge gallarda sin proponérselo (poesía a la rosa) y cierto orientalismo que implica la aceptación del mundo tal cual es.  (Eisejuaz soy yo) [Eisejuaz, Sara Gallardo].  También la poesía como una voz tratando de contestar otra voz (Orlando de Virginia Woolf).

          Respecto del llamado compromiso social, mi labor escrita se inicia con un cuadernillo de poemas a mimeógrafo, que me sitúa de inmediato en la militancia, a pesar de que vagamente comprendía que esos poemas no llegaban al pueblo ni me acercaban a él.  Pensaba, asimismo, que la acción personal conseguía esclarecer a alguien, pero me resultó fácilmente comprobable que sólo se esclarece quien está dispuesto para ello y, por ende, mi acción no era útil sino para mí misma en la medida en que me clarificaba los problemas.  No obstante, siempre he sentido como un imperativo que hubiera querido trasladar plenamente a lo que escribo el luchar contra la injusticia, palabra en la que se resolvía todo lo que marcaba una sociedad opresiva.  Eticidad, magisterio.

          Por último vuelve a aparecérseme ahora otro elemento que intervenía como refugio frente a toda eventualidad y que es la contemplación de la naturaleza siempre deslumbrante, aun en su crueldad, y de los seres que transcurren frente a ella o en ella.  Otra variante del orientalismo o Eisejuaz.  Aquí es donde puede caber algún elemento paisajista de infancia y donde se integra también, en el refugiarse contemplativo, nuestra cobardía o inercia frente a todo los suscitado o recogido en una vida que en poco se deferencia de la de los demás seres humanos.  Retorno a mirar la rosa.