BUENOS AIRES TRES

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

 

             Esta vez desde Avenida San Martín viajo hasta Juncal. Voy a bañarme a lo de Botana ya que en el Instituto del Cáncer, donde trabajo, no hay más que agua fría. La China Botana y sus amigas me burlan un poco. Soy una provinciana. Me paso saliva por las cejas y eso las asombra. Las miro y comprendo la elegancia porteña. No la comparto. Trabajo, como digo, en el Instituto del Cáncer. Me dan alojamiento y comida durante tres meses, luego sueldo. El asunto no da para mucho pero me interesa. Estoy en sala de mujeres. Tomo la temperatura a las enfermas, les distribuyo las aspirinas, vierto en un embudito, hacia su tubo digestivo, el té que reclama una operada de esófago. Cuando se anotician de que soy maestra me sacan de sala y me ponen en oficinas a recopilar datos estadísticos, a atender ventanillas. Nos divertimos mucho a toda hora y en todas partes. Somos jóvenes, nada nos achata. Hace frío y el uniforme obliga manga corta; nos resfriamos, usamos capa azul con revés rojo, tocas blancas. Es la hora de comer y lo hacemos en una larga mesa en un comedor soleado con ventanales chicos y cortinas florales, al estilo inglés. Quien nos dirige viene de aquel país: Miss Annie Williams, a la que nosotros llamamos "matrom" y tratamos con sumo respeto, aunque detrás suyo se murmure incansablemente. Es una inglesa rechoncha y bonachona, pero que sabe ser enérgica cuando el momento lo exige. Nos trata con toda la equidad posible y nos plantea las cosas cara a cara cuando es necesario. Se está cómoda con ella, que ha organizado esta primera escuela de nurses con el doctor Roffo. Nosotras mismas nos llamamos obligatoriamente así: nurse Montaña, nurse Mallaina... "che, estúpida, pásame esa venda". Hay muchas chicas de nombres extranjeros, son más decididas y van más a lo seguro que nosotras, tienen menos prejuicios, toman terriblemente en serio todas las cosas. Dormimos de a cuatro por pieza en una camaradería que es alegre o a mí me lo parece. Veo apenas las rivalidades, todas hablan de amor en forma incansable, contándose sus peripecias, se peinan, compran ropa, se aplican ventosas cuando están engripadas. El tiempo me sobra entonces para lo que tengo que hacer: mirar, conversar, ver, gastar los primeros pesos que gano por mí misma aquí. Engullimos sin mesura, a todas horas del día: abundantes desayunos con tostadas, refrigerios a las diez, en las salas, comidas sabrosas que la lectura en voz alta de los jueves no logra arruinar del todo, tés con mermelada, cenas tempranas de las que nos escurrimos enseguida, volando por las calles de Devoto hasta la estación, hasta los ómnibus o tranvías, hasta las esquinas con novios y oscuridad propicia, hasta las once en que indefectiblemente tenemos que estar adentro, excitadas, parlanchinas, saludables, para emprender al día siguiente la lucha con los cancerosos que salen de allí mal zurcidos para morirse, o se mueren ante nuestros ojos a pesar de una roentgenterapia o de una radiumterapia, cuyos éxitos nos enorgullecen a todas. Me siento importante, creo que haré una gran carrera, pero a los cuatro meses ingreso a Crítica, llamada por Salvadora Botana a ocupar un puesto que queda vacante.

          Herminia Brumana, tan llena siempre de buenas intenciones, tan ávida de vida, me había dicho una vez, hace cientos de años: "Ande por la calle y mire viendo". No sé si el castellano era perfecto, pero sí que el consejo fue eficaz. Era lo que yo procuraba hacer cada día. Tal vez porque siempre me gustó callejear, mirar, ver. Como dice Pavese: "Nul altro chiedo alia vita sinon che si lascia guardare". Buenos Aires es hermosa porque aquí está el amor, porque aquí está la libertad. Vagamos por las calles en busca de los cines, de los carteles luminosos. Voy del brazo, con un muchacho a cada lado, sonriendo por la calle Corrientes, como siempre. Otros sábados la recorremos íntegra, es decir desde Callao hacia el bajo, en abultada barra. Nos reunimos en lo de Teba Bronstein, Tucumán al 1600, discutimos política, hacemos colectas para el partido, fumamos. Otras veces el punto de cita arranca desde el mismo Callao. No tenemos mucha plata, pero sí ilusiones, proyectos, búsqueda sentimental, creencias, anhelos artísticos. Todo es motivo de comentarios. Bajamos lentamente hacia Florida, vagabundeando, riendo, bromeando, tratando de crear alguna vinculación más íntima. Yo ya estoy casada. Escucho las confidencias de las demás, me entusiasmo con alguna mujer del grupo, me dejo cortejar por alguien. Vamos al cine. Comemos en Corrientes once, o a la vuelta de allí, bifes, milanesas con queso, ensaladas de fruta. Todos trabajamos, cada uno se paga lo suyo. Otras veces hacemos reuniones para pasar discos, para comer y bailar, en las que se paga entrada, siempre a beneficio de alguna comisión subsidiaria del partido. Algunos que vienen de viaje de las soñadas regiones donde "todo va muy bien" nos dan charlas ilustrativas. Discutimos las líneas a seguir y no seguimos ninguna. Cualquier objeción es siempre sospechosa, cuando la cosa va en serio y viene "alguien" a escuchar. Nos sentimos creadores de futuro mientras buscamos uniones legítimas, o trabajos más productivos o viviendas con menos cucarachas. Es asombrosa la cantidad de cucarachas rubias que hallo en la primera pensión que habito en Buenos Aires. Todo el centro está plagado de cucarachas. Las pensiones de Buenos Aires son todas iguales. Marcos Denevi las describió muy bien en Rosaura a las diez. Como en el libro, nos reunimos allí tipos de diversa laya: estudiantes, provincianos en busca de porvenir, extranjeros pobres. En la nuestra hay un tapicero húngaro que tose, lee, me regala encuadernado Los cuarenta días del Musa Dagh, la historia de la represión armenia, y acumula sus centavos sin pausa ni tregua, como la estrella, según reza el lema del Teatro del Pueblo. También vive un motociclista acrobático, Belger, mitad alemán y mitad italiano, que llama "brif" a las cartas y tiene a Margot, su señora, una brasileña que se acuesta con quien encuentra a tiro y gracias a eso me proporciona las primeras caricias intensas y desprovistas de culpa que recibo en Buenos Aires. También hay en la pensión estudiantes de Misiones, una pintora rumana, una dueña gorda, fabulosa, musical, que cela a sus pensionistas, combina amoríos y a veces cocina muy bien. Como ha sido secretaria de Martínez Cuitiño, el dramaturgo, se realizan a veces cenas "importantes", a las que él concurre y donde se toca la guitarra o se escuchan discos. Para los pensionistas, éstas son verdaderas fiestas. Te veo, Alfredo, en la foto de una de esas fiestas, erguido en el fondo de todos, desdeñoso, atildado, alemán, superior, siempre de anteojos. Se vivía la guerra de España, las diferencias políticas con los demás nos ensoberbecían. Con vos compartía el ámbito cultural de aquella pensión de la calle Sarmiento. Leíamos mucho. Tu futura carrera te hacía presa tentadora para alguna cordobesita entusiasta de Buenos Aires, protegida por la dueña, la señorita Emilia. Y como era la cultura la que nos reunía a nosotros, como digo, vos salías acompañado de ella, y de otros concurrentes más dispuestos, y asistían a grandiosas ravioladas de las que invariablemente volvían alcoholizados y ruidosos, arrastrando a nuestra robusta ama, siempre vestida de negro manchado y con un falderito pegado al ruedo del vestido. Yo rabiaba. No me explico cómo a Osvaldo Rossler le puede gustar Flores. Tal vez sea porque siempre voy a ese barrio por obligación y no por placer. No tengo amor en Flores, sí en Barracas, Nuñez o Palermo. Sin embargo, en mi primer viaje a Buenos Aires me hospedo en Flores, en la misma casa adonde voy a veces por deberes de familia. De esa casa salgo en dirección al Pinero, caminando por Varela. Llevo una bolsita con manzanas para mi hermana que está recién operada. Maldigo el calor, los sucesos que hieren a otros seres más desvalidos y hasta la gente de la calle me parece fea y ordinaria. Cuando tomo el colectivo de vuelta me siento liberada. Hace más de treinta años que aquí en Flores me siento ocasionalmente a la misma mesa, ubicada en el mismo lugar, con la misma soda y el mismo vino que en otras partes me calientan el espíritu con una idea de familiaridad y compañía. Aquí me pudren. Todo me pudre y me deprime. Distintos familiares rodean la mesa. Llamo "hermano" a mi primo, como hacen los provincianos entre sí, porque lo pienso primitivo, bruto, hincha de Boca, cornudo. Yo también he sido hincha de Boca, o decía serlo. Pero este tipo me carcome el alma. Lo conozco hace años. Le daba clase en la galería de una casa de madera montada sobre pilotes en el puerto de Ibicuy. Era un lindo chico que metía palos en los traseros de los gatos o los perros mansos, agarraba moscas y les arrancaba las alas. Total, cosas de chicos, pero a mí, que era su maestra, me sublevaban. "Si me quitan el vino y las puteadas, me quitan la vida", dice ahora el tipo, cuyas sienes blanquean. Miro su chomba colorada abierta y me sigue empachando. Aquí vivía mi hermana y he concurrido a fiestas y me han celebrado aquí mi comida de bodas. "Vos sabes, la mayonesa me llevó ocho huevos y los pollos costaron bastante, pero a Dios gracias podemos hacerlo y nos damos el gusto." Es mi tío político quien habla. Mi flamante marido está a punto de bostezar, es extranjero, entiende poco el castellano, y no bien termina el almuerzo me invita: "Vamos a la calle, tengo que ir a algún lado a afeitarme". Salimos, esta vez Flores me parece un poco mejor, pujando por salir del bañado, por lo menos hacia donde vamos caminando, la Iglesia de la Medalla Milagrosa. A dos cuadras de Avenida del Trabajo ya recorremos calles de tierra. En ese entonces, cuando me casé, mi primo Lilo, al que ahora llamo "hermano", tiene sólo catorce años. Recién estrena pantalones largos, comprados con la mitad de un crédito de cien pesos con el que me visto semestralmente en Gath y Chaves. Me alcanza con cincuenta para lo que tengo que comprar y le vendo los otros cincuenta a mi tía. Es decir, cuarenta y cinco, porque Gath y Chaves descuenta el 10% y el crédito es de cien. La acompaño a la tienda y le probamos al nene los pantalones. Mi tía le abrocha la bragueta. Está espléndido: traje gris, pelo engominado, apellido francés. Todo viste y desencadena a la postre este bruto que ahora me dice: "Ah, yo no le tengo paciencia a la vieja porque es mala, vos sabes, siempre ha sido mala, es de mala entraña como la tía Tuca, que dominaba a las demás hermanas desde su cama de paralítica. Pero conmigo no juega esta vieja hija de puta, yo le doy un buen sacudón si se me hace la otaria cuando tengo que ponerle la chata. Ah, sí, yo no tengo paciencia con los enfermos, yo la interno si esto dura mucho. Tampoco mi mujer puede agotarse, atiende el kiosco y a los chicos, cocina, es demasiado. Ya nos turnamos todas las noches para cuidarla. Y yo tengo que madrugar al otro día; mucho más no voy a aguantar, no te creas".  Rivera Indarte. Paseo por los pasajes del barrio, recién llegada a Buenos Aires. Dos policías en bicicleta nos piropean, chocan uno con el otro, se van al suelo. Reímos estrepitosamente y ellos se alejan indignados, como, en una opereta, por las calles de Flores.