ANGÉLICA

Modificado el: 11/05/2011 Imprimir PDF

 

         -¿Vamos a caminar un poco? -decía Angélica en ese momento.

          -Vamos.

          Echamos a caminar por el parque. Se le ocurrió atravesar por entre el yuyo alto con el resultado de que abajo había cardos recién brotados y no se pudo eludirlos sino luego de varios pinchazos. Salimos hacia un sendero. Caminábamos despacio. Era un poco tarde.

          Si consiguiera desviar lentamente a Angélica hacia la salida, quizá llegara a tiempo para estar un rato con José y decirle unas buenas palabras llevándole mi compañía, ya que estaba enfermo. Pero era mejor no pensar en eso. De todos modos, ya era difícil arreglarlo.

          Lentamente fuimos rodeando el parque. En la parte de los jardines había mucha más gente que había ido llegando al promediar la tarde. En uno de los lados, unos muchachones jugaban al fútbol en una cancha improvisada. Por allí cerca nos sentamos sobre un tronco para mirarlos.

          Tres muchachas llegaban con provisiones y dos botellas de cerveza buscando dónde ubicarse. Titubearon un minuto al vernos, pero luego, entre gritos y risas, se colocaron junto a unos árboles y cerca de los jugadores de fútbol. Una de ellas cambió su pollera por unos pantalones mientras las demás le hacían pantalla, aumentando sus risas.

           -Ves —dije estúpidamente—, gritan y ríen para llamar la atención de los muchachos.

          -Sí, es el juego del sexo —dijo Angélica—. No me parece ni mal ni bien. Cada uno lo juega con sus armas. Lo mismo haces vos.

           -¿Yo? —me sorprendí—.

         -Sí, vos —continuó Angélica lentamente y sin acritud—, coqueteando con todo el mundo, jugando como esas muchachas, un poco ambiguamente, sin querer ver lo que tenés que ver. Es claro que lo hacés mejor, porque sos más inteligente, pero en el fondo es el mismo juego. Y menos franco. Por eso detesto a las mujeres intelectuales.

          "Intelectuales." Ya había surgido la palabreja para despertar en mí todos mis propios ascos. ¿Acaso yo no sabía bien que era indigno todo lo que hacía? ¿Pero qué necesidad había de que Angélica me ofreciera ese espejo de su opinión, en el que tan sin atenuantes me veía retratada? ¿Y qué era lo que había que ver? "Sin querer ver lo que tenés que ver", me decía Angélica. ¿Lo que había que ver era, pues, su cariño que tan íntegro me ofrecía?

          Ya sería imposible recobrar la magia de un rato antes en ese parque de Lomas. Angélica seguía alineando argumentos sin alterarse, con una abrumadora razón de ser sano, inclinado hacia las disciplinas del espíritu.

-¿Para eso vinimos? -argüyó mientras avanzábamos lentamente por el camino de salida y de las recriminaciones—.

          Corté una espiga como recuerdo. ¿Recuerdo de qué? De la hermosura, de los verdes, de la tibieza del aire... "Al menos esto nadie puede quitármelo. Ni yo misma", pensé corrigiéndome. ¿Porque acaso alguien me quitaba algo, o yo lo quitaba a los demás?

          Cerca de la puerta, del lado contrario al que habíamos entrado, se leía un aviso que decía: "A este parque no se permite la entrada de bicicletas ni de perros". En una armazón de madera, en forma de pirámide alargada, había, calzadas, dos bicicletas, y debajo del armazón, transformándolo en improvisada jaula, alguien había puesto un perrito blanco. Allí esperaba que sus dueños concluyeran el paseo de esa tarde de sábado.

          Subimos al colectivo sin cambiar más palabras.

          Sentía que estaba a punto de llorar. Algo se había quebrado inexorablemente entre las dos, a medida que Angélica, con calma, enumeraba sus justos reproches.

-Es que este parque está muy ligado con vos —decía—. En él he meditado mucho sobre nosotras dos. Y ahora... todas estas cosas que he pensado se me vienen, sin remedio, a los labios.

          Angélica no perdía la calma, pero ahora un dejo de amargura y sarcasmo le afinaba la boca.

          -Si vos quisieras ver claro en tus asuntos...

          Mis asuntos... Ver claro era -¿no es cierto?- abandonarlo todo y vivir con Angélica. Llegábamos a Lomas. De ahí a Constitución, el subterráneo, Retiro, los árboles de la calle Ramallo. En la estación, Angélica me dijo: "¡Hasta mañana!".

Estaba demasiado seria.

          "Hasta mañana es un sustituto inevitable del adiós que seguirá", pensé. Y enseguida: "Esta frase es enredada y cursi".

          Me apresuré hacia la casa. Cuando entré la familia tenía visitas. Eran más de las siete. José, un poco pálido (se había levantado de la cama), atendía distraído las conversaciones.

          Marché a mi cuarto. Mi marido había salido a beber.