FLORENCIA

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

 

          "¿Está mi sobrina arriba?", pregunto en la portería del hotel. "Sí, señora, en la habitación 210. ¿Cómo le ha ido de viaje?" Es de rigor que me pregunten eso en esta portería donde conocen a los provincianos y en este hotel donde me arriesgo a reunirme con Florencia, titulándome su tía. Subo con mi bolsón en la mano. Es así que se producen nuestros encuentros ya que no puedo llevarla a casa y ella vive en una pensión del centro. Florencia, encantada; todo lo que es oculto, anormal y que atenta contra las convenciones la atrae. Nuestra relación participa de todo esto. Ella dice sentirse cumplida, tranquila, feliz. En una oportunidad deja a su amante de turno para reunirse conmigo en el hotel, desde donde la llamo. Hacerlo resulta difícil, pues debo inventar pretextos para faltar a casa de noche y tampoco podemos ir al hotel a dormir la siesta. Sólo una vez lo hacemos, en el Tigre, adonde vamos a pasar el día, caluroso y propicio. Pero es lejos, caro y lleva tiempo; Florencia se aburre, debo inventarle siempre un programa, y comer con buen diente a veces no es todo. Ella quiere conocer, ver gente, lugares, cines, teatros, callejear por Corrientes. Por ella me muestro dispuesta a conseguir un departamento, pero sin mucho énfasis, porque un departamento para mí significa el planteo claro de todas las situaciones que me afectan y afectan a otras personas y eso aparece en mí menos resuelto que el deseo de tener a Florencia. Y por lo tanto procuro tener a Florencia de otro modo. Dispongo de dinero, pero no tanto como el que ella requiere. Lo del departamento se va haciendo largo. Miramos algunos sin que nunca el efectivo sea suficiente. A la larga, Florencia presiente que no podré darle mucho y va conformándose momentáneamente con lo que le doy. Charlas, conocimientos, ambientes. Con ella me muestro desenvuelta a los lugares adonde vamos. Quiero deslumbrarla siempre, hacerla depender de mí. ¿Eso es amor? Florencia me atrae físicamente y no tiene ninguna inhibición, no me reprocha nada, sólo quisiera derrumbar todas las estanterías que he alzado en mi vida y no teme decírmelo. Una dependencia total mía quizá la satisfaría; habría logrado deshacer mi orgullo intelectual, mi pedantería, mi aparente savoir-faire, todo lo que ella imagina en mí apetecible o sabio. Esto nos asemeja, decía Florencia tocándose la frente. Y tenía mucho de razón. Una vez dependiente de ella, Florencia seguiría otro rumbo, depredando, reinando o intentando hacerlo. ¿Por qué depredando? ¿En qué me diferenciaba de ella cuando yo hablaba de mis búsquedas como si fueran algo importante? En poco. Pretendía yo que mis búsquedas afectivas tenían por fin "integrarme" y las de ella extraer algún beneficio para sí. ¿Integrarme no es acaso beneficiarme? ¿Por qué creerme mejor que Florencia? Ella necesita a toda costa imponerse por la ropa, por su capacidad en la oficina, por su inteligencia, por su físico y no acepta que nadie deje de sometérsele. Sin embargo, en cierta medida, algo parecido es lo que me mueve. También con Florencia me identifica el enfoque descarnado que hacemos de los demás, de nosotras mismas. Intento, pues, que Florencia dependa de mí, que me admire. La admiro. No puedo amar sin admirar, dice una estrella de la TV en sus declaraciones al público. Estoy de acuerdo, pero el porqué ya no me parece tan simple. Tal vez porque admirar exige una reciprocidad, una relación entre titanes. Admiro a Florencia por su físico femenino, de suaves curvas, por su mente masculina, por su frase oronda, su manera de encarar la vida como tal vez a mí me hubiera gustado encararla, en forma desfachatada, sin mayores escrúpulos, todo para sí, aprés moi, etc. Ni política ni religión son temas para ella y critica que yo los toque a menudo. Los desecha en nombre de un hombre-humus, un ser humano al que ve fundamentalmente egoísta y defectuoso, como probablemente se ve a sí misma. Yo para ella soy boba, "todo lo comprendo y lo perdono", al mismo tiempo que única, desinteresada, fiel a su cuerpo al que ella desea esclavizarme, como yo deseo hacerlo con su mente. ¿Fiel a su cuerpo? Igual que siempre me sucede, pasado el momento de la conquista, como Florencia exige un modo y yo otro, el desacuerdo físico se instala, pero en contra de mí. Logro que Florencia me sienta, yo no siento nada. Tal vez Florencia se propone sentirme, y yo demoro para que su juego se cumpla. La desilusiona que yo no la sienta y, como yo otras veces, pregunta: "¿Fue feliz?". El usted me enorgullece, siento como un pequeño dominio o respeto. Y el hecho de darle goce me exalta y contenta. Florencia no quiere tenerme a su lado sino encima suyo, me levanta como a un niño si yo me detengo mucho en su cuello. Al principio elude la boca, insisto en su oreja. La boca le parece para uso masculino; "estoy harta de que me babeen", dice. Casi siguiendo a Genet, podría decir que se masturba conmigo. Pero una cuestión de centímetros me impide casi siempre gozar al unísono. Yo más arriba, ella más abajo. Todo termina y yo digo: "Dejame bajar, querida, tengo miedo de hacerte daño con mi peso". Florencia gusta entonces que me tienda a su lado. "Su cuerpo tiene un calorcito de perro", me dice. Y se ovilla hasta dormirse. Al otro día me visto temprano. Raras veces salimos juntas. A veces pago al salir, a veces le dejo el dinero a ella. Me reintegro al día, donde todas las mentiras aguardan.