MONTE

Modificado el: 22/05/2011 Imprimir PDF

 

(Fragmentos)


El corazón del monte y sus latidos
escucho al inclinarme con la gracia
del payador que dobla la cabeza
para escuchar la voz de su guitarra.
¡Y es musical el corazón del monte!
Profundiza en la tierra bien ganada
la multiplicidad de sus raíces.
Busca algo más que el humus y la savia
el íntimo poema de la Madre,
lo indescifrable y lo que no se alcanza
y que desde el misterio de la vida
transforma lo vital y lo amalgama
y asciende en busca del espacio en jugos 
hasta desvanecerse en la fragancia.
 
Yo soy un árbol más en este prieto
monte padrino de las Siete Gracias:
tengo un calor de nidos en las manos,
se trenzan en mis brazos las pitangas,
los crispines se asientan en mis hombros,
pican mi corazón las lechiguanas
y me afiebra un escándalo celeste
—luz y canción— luciérnaga y chicharra. 

¡Que me sacuda el viento o me desgaje, 
volveré al ñandubay o a la retama!
 
 
                             II
 
Sobre el propio montón de sus raíces
se echa el ombú sin descargar su carga,
su leve carga de verdor y nidos,
triste de tanto contemplar la pampa.
Se enamoró una vez de las colinas 
y otra del manantial que se alejaba;
guardó fidelidad a las colinas
y entregó al viento sus semillas parias
y el viento las llevó por el camino
del manantial, su rumbo y su distancia.
Supo de su destino casi humilde,
dio al puñal y al amor su pulpa blanda,
al barro del hornero su tristeza
y al hombre su amistad sin desconfianzas.
Alzó a su amparo el rancho primitivo
y aquí, rancho y ombú dieron la patria.
 
El recio ñandubay, hosco y bravío, 
perfila la estructura de la raza 
y hace el mito del hombre de Entre Ríos 
porque Varón y Ñandubay se igualan.
 
El algarrobo de la tierra dura 
vibra en el gozo de la tierra blanda 
y es como un viejo de expresión adusta 
que hace de horcón en la vivienda matria,
y que un día florece, y otro día 
en frutos de dulzor se desentraña.
 
Interpreto en las flores del aromo
el sufrimiento por la espina brava, 
por la áspera corteza y su ramaje 
que él quisiera de nube o de saraza. 
 
La humildad pensativa de mis montes
halla expresión en la vejez del tala: 
gotas de sangre de la tribu ausente 
suben por las corrientes de su savia 
hasta dar con el pico de septiembre
que alhajará de silbos la mañana.
 
 
                              III
 
Celebro, entre estos árboles, la puerta
rústica y sin molduras de mi casa, 
puerta donde escribí por vez primera 
la palabra mamá con tiza blanca.
 
Celebro el ventanal hacia la calle 
enmarcando un paisaje de mi infancia: 
desde él miro llegar a Federico 
—digo su nombre y mi niñez se aclara— 
bueno como la mano que le resta 
y como el pan francés de su canasta.
 
Celebro el banco de carpintería
de mi hermano Celín —sudor y lágrima-
donde nos asegura la pobreza
el guardapolvo, el libro y la pizarra,
el ligero reposo de los padres 
y el rumbo cierto de mis dos hermanas.
 
Y la mesa del pobre que lo sufre todo, 
desde el cansancio hasta la falta: 
el puño en el enojo, el codo mismo 
en la preocupación, las despeinadas 
cabezas infantiles en el sueño 
y ese afán de mujer sacrificada
que la hace abuela al derramarle harina
o moza ardiente al asentar la plancha.
 
Y digo albricias del bastón seguro
 y en el que finca la amistad sagrada
mi padre con la vida y con la noche 
a su regreso de la brega diaria.
 
Y de la astilla de los sacrificios
para cocer el pan, hervir el agua
y entibiar el ambiente cuando el frío
busca la cercanía de las brasas
y nos pone el amor entre los dedos 
como granada que se desgranara.
 
 
                       IV
 
Esta apretada conjunción arbórea
es un lírico monte de guitarras
donde todos los pájaros del mundo 
maravillosamente se desangran.
 
Mi raíz vegetal busca el enigma
 de las transformaciones milenarias, 
de las fuerzas que crean y destruyen, 
mi ser, lo mío, lo que está en mi raza, 
eso que crea al musgo y la serpiente 
y que nutre al dolor y a la palabra. 
Busco el venero oculto, lo ignorado, 
lo indescifrable y lo que no se alcanza 
y asisto al heroísmo de las luchas 
entre vidas y muertes subterráneas.
 
Aquí me nutro y me transformo en árbol. 
Ya tengo el cielo para ungirme en gracia, 
tengo la flor para asombrar mi mundo 
y el pecho abierto para las calandrias.