UN MAESTRO

Modificado el: 07/05/2011 Imprimir PDF

 

Si hay una figura que podamos sentir como emblema de lo alemán, pocos, y supongo que nadie entre los alemanes, disputarán el privilegio a Goethe. Cuando nos hablan del Sturm und Drang, primer conato del incipiente romanticismo, a la larga terminan diciéndonos que lo mejor que dejó ese tumulto juvenil fue el Werther de Goethe. En su madurez clásica, durante medio siglo Goethe fue el punto común de referencia de la vida literaria y artística del mundo de habla alemana, y en ese medio siglo vivieron Schiller, Beethoven, Hegel, Hölderlin, Herder y tantos otros; desde su pequeña Weimar, Goethe era la conciencia viva de que esa nación, dividida y marginal por entonces, tenía la promesa de una voz propia y única en el concierto de Occidente; no sólo la promesa: Goethe y los otros eran ya esa voz. Aun aquellos que él solía desdeñar —los románticos— veían en una de sus obras, el Wilhelm Meister, un paradigma de lo que profesaban. A este Goethe, pues, fueron a verlo cierta vez unos editores, en su corte fáustica de Weimar. La anécdota está en el digno libro de Jorge Larrosa La experiencia de la lectura.

                Corría el año 1808; los ejércitos de Napoleón dominaban Europa; “las francesas armas odiosas” reincidían en su tradicional costumbre de pisotear el suelo y el patriotismo alemán. Un grupo de intelectuales va entonces a consultar a Goethe. Quieren editar una colección de la mejor poesía alemana, de intención popular y dirigida al mayor número posible de lectores. Quieren dar aliento al decaído espíritu germano. Y le piden consejo. Goethe medita y responde, como única sugerencia, que en esa antología se incluyan traducciones alemanas de poesía extranjera. Larrosa comenta: “Con ese gesto investido de una cierta solemnidad Goethe expresaba lo que la poesía alemana debía a las literaturas extranjeras y, lo que es más importante y acaso más enigmático, que esas traducciones también formaban parte esencial de la literatura alemana.”

                Esto es cierto, sin duda, pero hay algo más. El gesto de Goethe muestra al hombre que no se deja sobornar por la contingencia, que es capaz de mirar por encima, muy por encima de ella, a lo que ha de perdurar, a lo que de verdad importa. Y lo que de verdad importa es saber que el espíritu de una nación no se fortalece encerrándola en sí misma, ni acorazándola en los arraigados hábitos de su peculiaridad, por querida y valiosa que ésta nos parezca. Una nación existe cuando desde ella se puede ver el universo, cuando con la materia de su suelo y su tradición alguien puede expresar la forma total del hombre. Un siglo después, el Juan de Mairenade Machado dirá que, por mucho que veneremos la tradición, no hemos de rebajarla hasta ponerla al alcance de los tradicionalistas.

                Más allá de las glosas y de los ecos, me conmueve el gesto de Goethe, el hombre libre, capaz de pensar por encima de las presiones y de la confusión del instante, el que por esa soberanía luminosa merece el título que encabeza este texto.