RETABLO EN ROJO

Modificado el: 13/05/2011 Imprimir PDF

En el estante superior, a la derecha, un cráneo humano se ríe con risa trunca. Le faltan la mandíbula y tres incisivos superiores. Las fosas nasales exhiben su obscena profundidad. En una de las enormes órbitas se ve el orificio del nervio óptico. En el estante que le sigue, abajo, una alta cúpula de vidrio cubre un ánfora pequeña con flores artificiales. Más abajo se arrinconan varias y sorprendentes conchillas exóticas, reliquias del Caribe o de los Mares del Sur, junto con un dado huérfano, unos cascabeles, una tabaquera con un gallo bordado, un ídolo simiesco de marfil que parece encogerse de hombros. En la estrecha columna de la izquierda, tres estantes contienen, de abajo hacia arriba, un huevo de nácar con golondrinas pintadas, los tres terribles esqueletos de mono, encimados, ellos burlándose, sí, de algo que ni siquiera miran, y por encima de todo, semioculta, tétrica, la ominosa clepsidra. Omnes vulnerant —quisiera no recordar— ultima necat.[1] El centro del retablo exhibe una cortinilla como de teatro de títeres; sobre ella se apoya, abajo, un papel doblado, acaso una carta antigua, y sobre el papel, una pluma de pavo real, cuyo gran ojo ciego observa como al soslayo la mosca que desciende por los pliegues verdes.

                Y todo esto, ¿para qué? No lo sé, pero creo que los objetos de la creación se conduelen, mordaces, del rey fracasado que los gobierna allá arriba a la derecha: se maravillan de su amplia bóveda, de sus dientes y molares prefijos, de la majestad lineal de sus arcos, del gran hueco en que al fin se convierten sus sueños, su envidia, su inmortalidad. Porque en esa calavera estoy yo y está la joven que hoy vi sonreír, está mi padre con su hondura de hombre y están mis abuelos, estás tú, Yorick, y tú, Hamlet, que razonaste ante su mueca, y también tú, lector,hypocrite lecteur...

                La música suena mientras escribo, oh Gabriel Fauré, y habla de una oscura torre, de una eterna espera, de las tres hijas ciegas de un Rey y de sus lámparas de oro.


 “Todas [las horas] lastiman, la última mata.”