TARDE EN LA ROSALEDA

Modificado el: 11/05/2011 Imprimir PDF

 

Tarde en la rosaleda,
Tarde otoñal que lánguida declina,
Nunca tan suave de cariño y seda.
Mi enamorado corazón se inclina,
Pálida luz, y en tu regazo queda…
Amor, otoño, tarde, rosaleda.

Viniste a mí, maravillosamente;
Doblábame el dolor cuando viniste,
Como pesada de vivir la frente;
Rama sin flor que mira indiferente
Pasar el río, doblegada y triste…
Un dolor sin amor cuando viniste.

Nuestras almas uniéronse al instante,
Hasta llegar a la embriaguez del vino
Que junta labios en la dicha amante.
Resplandeció la tarde hacia delante
Y pensamos los dos: era el destino…
Noble el amor, embriagador el vino,

Hoy, en la rosaleda y a tu lado,
Vino a turbar la deliciosa calma
De no ser nada más que enamorado,
Un pensamiento de color morado,
Casi la noche alrededor del alma…
La pena vino de color morado.

Tú me dijiste: soledad, ausencia;
Sorbos del vino de la dicha trunca…
Hondo el amor, reclama la presencia;
Perdóname si digo que es demencia
Soñar con algo que no llega nunca…
Tan sólo el beso de la dicha trunca.

Y sufrimos los dos tan hondamente 
Que al desunir las manos enlazadas,
Estrechaban las sombras el poniente,
Y el oro muerto de la tarde ausente 
Yacía en nuestras húmedas miradas…
Al desunir las manos enlazadas.

Del brazo retornamos al camino…
¡Cuánta rosa de amor, menguada suerte!
Dejémonos llevar por el destino.
Ausencia, soledad, sorbos del vino
Que curan de la idea de la muerte…
Dejémonos llevar por el destino.