LA CASA GRANDE

Modificado el: 22/05/2011 Imprimir PDF

 

 
                                  “Tú lo sabes, Señor,
                                   las vías de los hombres no están
                                   en su poder,
                                   y no le es dado al hombre que
                                   camina el dirigir sus pasos”.
 
                                                        JEREMIAS
 
                                                                                           l
 
          LA CASA QUEDABA A LA SALIDA del pueblo, detrás del ombú grande y viejo, al final de la que llamábamos la calle ancha porque avanzaba como un río desbordado, con su casi cuadra y media de lado a lado, entre las casas pequeñas y chatas; primero dividiendo el pueblo en dos, y después perdiéndose por una lado, entre los campos reverdecidos de lino y trigo, y por el otro, convertido en una lenta y perezosa cuchilla, en la carretera que llevaba hasta Gualeguaychú.
          Quedaba detrás de ese ombú, el filo mismo del pueblo y como separándolo del campo ancho y abierto, liso y llano, apenas detenido por una y otra chacra que habían podido resistir, Dios sabe como, la invasión de los latifundios que reptando, arrasando alambrados y ranchos y majadas, llegaron a instalarse en los límites mismos de las casas. Allí, en el borde, estaba el ombú, ancho y grande como un hongo enorme, o una sombrilla abierta, o una cabellera desplegada al viento desde el tronco rechoncho y maternal semejante al regazo de una vieja criolla. Allí, en el limite, en la frontera. Detrás estaba la casa. La casagrande.
          La llamábamos así porque frente a las del pueblo, chatas y pequeñas, o junto a las estancias, grandes pero achicadas por los árboles que las ocultaban púdicamente, la casa esta, la casagrande se levantaba airosa, descaradamente, mostrando los alineados recuadros de sus once ventanas, sin cubrirse con el follaje tupido de algún paraíso, con las hojas anchas de los plátanos o los altos troncos de los álamos; ofreciéndose en cambio, insolente, blanca de cal allí, en el pueblo, donde todas las casas eran de ladrillos o apenas revocadas y nada más; opulentas en ese lugar en que para cobijar una familia de ocho o diez muchachos, la gente se las arreglaba con dos habitaciones grandes, y a veces ni grandes siquiera.
          (La recuerdo ahora, cuando ya he mandado cavar la tierra, y plantar los árboles, y pintarla de oscuro…)
          Pero estaba afuera del pueblo, en esa tierra de nadie que crecía entre las casas y el campo abierto, desterrada de unas y de otros, pero también solicitándolos. Y siempre había alguien –de aquí o de allá- que accedía, que decía si a su reclamo insolente. Y entonces bajaban –o subían- unos, los del pueblo, con el falso lujo provinciano de sus trajes azules, los que se ponían de vez en cuando para ir al Banco, en la ciudad, o los domingos a misa; y los otros, los que venían orillando los campos alambrados, con las botas recién engrasadas, y el pelo, casi nunca alisado, duro de jabón o gomina, y las bombachas de paquetear, que entre sus pliegues disimulaban tantas veces la sombra del cuchillo.
          Porque a la casagrande, es claro, solo iban los hombres, mientras las mujeres se quedaban acunando a los niños, o zurciendo la ropa, o escuchando el radioteatro de los sábados; o tal vez, simplemente, amasando los tallarines que al otro día, domingo, todos comerían satisfechos: ella, la mujer, porque el tuco estaría a punto, y la carne habría resultado buena, y la comida de la noche estaría lista y por lo tanto podría prolongar la charla dominguera con su comadre; y el hombre, porque era bueno estar así, en día de descanso, alrededor de la mesa familiar, con la vieja, tan guapa la pobre, y los hijos, tan ocurrentes esos críos, y porque también había sido bueno lo otro, lo de la noche anterior, la escapada aquella hasta la casagrande.
          A los chicos nos estaba prohibido llegar a ese ombú en nuestras correrías. “Cuidadito con acercarse”, era la recomendación última con que nos despedían nuestras madres y, en mi caso, mi tía; mejor dicho, la que durante años de laboriosos engaños creí que era mi tía.
          Pero nosotros –los chicos-, intuimos vaga y certeramente que donde no podíamos llegar era hasta allá, hasta la casa grande, la llena de ventanas, blanca de cal y desnuda de árboles, la misma que regresa a mis recuerdos ahora, cuando ya no es ni blanca –desde aquí oigo el rasgar de los pinceles sobre el muro que se va volviendo oscuro-, ni lejana, porque estor dentro de ella, y recorro sus pasillos y abro sus ventanas y señalo los lugares en que se plantarán los árboles, y voy y vengo, preguntándome, repitiéndome, si protagonizo un sueño o estoy tramando una realidad que me justifique.
          Nosotros intuíamos, digo, que el límite vedado no era precisamente aquel, el del ombú, sino el otro, incierto y enigmático, que configuraría la simetría falsamente severa de la casa grande. Muchos detalles justificaban nuestras dudas. En los viajes a Gualeguay, por ejemplo, en el obligado paso por la casa grande, siempre, la apresurada conversación de alguno de los mayores, desviaba nuestra atención hacia algo que estuviera al otro lado, en el campo cubierto de cardales, si era invierno, o rubio de trigo, si ya nos alcanzaba el verano.
          -Miren como los yuyales han crecido con tanta lluvia… ¡Que barbaridad, por Dios!
          -¿Qué será aquello que se mueve? ¿un zorrino…?
          Cualquier observación disparatada era buena para desviar la atención del blanco imán de la casa grande, silenciosa y vacía siempre, que las mujeres ostentosamente ignoraban y que los hombres debían conformarse con mirar de soslayo, subrepticiamente, o con la ojeada retrospectiva que hacía posible el empañado espejo del viejo Chevrolet, y que yo ahora recupero junto a los días de mi lejana infancia, mientras arriesgo órdenes y anticipo planes.
          Porque entonces era distinto. Mejor dicho, fue distinto de muchos modos.
          Primero, es claro, estuvo mi infancia. Fueron vulnerables y tal vez laboriosos, aquellos años pasados en una casa en donde todos eran grandes o viejos –y yo la única hija, o mejor, la sobrina-, y las habitaciones tenían el techo alto y los ventanales enormes, y hacía mucho frío, y había tantas órdenes, y una solicitud tan extremada, y algunos pocos gestos de cariño…
          Pero, junto a ese mundo que ahora mi terca memoria recupera en su aire de pesadilla, yo tenía otro, el mío: aquel que compartía con los árboles del jardín, y los yuyos de la calle y los amigos del barrio, o mejor dicho, del pueblo, porque ambos allí, por aquel tiempo –barrio y pueblo- resultaban una misma cosa.
          Era un universo maravilloso. Lo descubríamos día a día –o tal vez, simplemente, los inventábamos-, detrás del viejo tapial de mi casa, en los yuyales que crecían en el baldío vecino, o por las calles llenas de sol en verano y de agua en invierno, pero sobre todo en verano, porque durante el resto del año teníamos que ir a la escuela y después nos esperaban los deberes en las casas.
          Juntos –ellos, mis amigos y yo-, sorprendíamos el verdadero nombre de los árboles, aquellos ocultos bajo el arbitrario signo que los grandes le ponían; juntos también descifrábamos el color de las estrellas, el que solo se ve cuando se mira fijo, durante mucho tiempo, sin pestañar, ni hablar y casi sin respirar; juntos, supimos, de las conjuraciones de los vientos, rescatamos el sentido oculto de las flores y aprendimos la lengua poderosa y extraña de las aguas.
          Al principio, es cierto, no había sido así. Mi mundo empezaba en el comedor de colores y muebles oscuros, con esa gente grande –mi tía, mi tío, y la hermana de mi tío, y Nicasia, la negra que desde siempre estuvo en la casa, “vieja y seca como tasajo”, y de tanta confianza “que es como de la familia y con ella se puede hablar de todo”, como decía mi tía-; con esa gente grande que solo conversaba de bolsas y tractores, y precios y limpieza y novenas y rosarios.
          Empezaba en el comedor, digo, y concluía en la puerta del jardín, frente al límite mohoso, agrietado y seguro del tapial.
          Detrás estaban los demás, los que no conocía o veía solo a veces cuando Nicasia llevaba el tacho de la leche, y me dejaba asomar un poquito –lo suficiente como para saber que los gurises de al lado, los que todas las siestas me aturdían con sus chillidos, eran rubios y colorados, y los de enfrente, negros y retacones-; o cuando llamaba el cartero, y alguien, desde adentro, me decía: “atende vos nena, pero cerra en seguida y vení…”
          Si, al principio había sido de ese modo. Pero después las cosas cambiaron. Fue cuando hice mi primera comunión. Mejor dicho, fue cuando una tarde, en la clase de catecismo, yo le pregunte al padre como podía hacer para irme antes al cielo…
          Todavía recuerdo, como si fuera hoy, el minucioso asombro que se clavó en su cara regordeta, de alemán joven y sano, mientras, para disimular su embarazo, jugaba con un viejo rosario entre sus dedos y con los ojos bajos miraba detenidamente en sus zapatones negros y llenos de polvo la sombra grotesca de un juanete incipiente.
          -¿Por qué me preguntas eso?
          Y yo le conté que era porque sabía que mi mama estaba allá, en el cielo, y yo quería verla, mejor dicho, conocerla; y porque, si aquello era tan lindo como decían, y aquí todo tan aburrido…
          -Pero estas con tus tías, que te quieren mucho, y te cuidan tanto…
          -Si padre, pero me aburro…
          Dos días más tarde, yo lo vi al padre Luis llegar con su máquina, mejor dicho, detrás del agrietado muro donde construía mentidas y solitarias torres de arena, escuche el ruido de su moto que se acercaba primero, y se detenía después, como un jadeo que de pronto se interrumpe; me imagine su mano golpeando sobre la puerta resquebrajada del portón, tac, tac, mientras oí el golpe seco mezclándose y confundiéndose con la voz de mi tía, “Nicasia, anda a ver quien llama”; después el padre entró, y como al descuido me acarició la cabeza al pasar por el jardín, que cruzó, y donde yo me quede agazapada, como aguardando algo, como sabiendo que algo iba a pasar, que algo para mi iba a pasar; y hasta donde me llegaron, primeros los saludos de siempre, “Como esta padre… tanto tiempo… que dice”; las frases rituales junto a las exageraciones de mi tía, las que mi tío siempre criticaba y le echaba en cara; primero eso, y después otras cosas que apenas alcancé a escuchar no ya desde mi escondrijo junto al muro, sino acercándome, disimulándome tras los altos malvones que bordeaban el ventanal; las cosas que escuché aunque sin entenderlas mucho, mejor dicho, sin entender nada; que era imposible siguiera así, sin amigos, sin salir a ningún lado; que necesitaba de los chicos, de jugar, de correr…
          Yo intuí las objeciones de los otros, de mi tía sobre todo, primero apasionadas, después más débiles, a medida que el padre Luis apuntalaba sus propias convicciones. “Pero comprenda, padre: es para resguardarla… uno nunca sabe, la sangre no es agua ¿no?”.
          Ahora entiendo de que oscuros rigores, de que hábitos, quiso severamente preservarme mi tía. Pero aquella tarde no lo supe. Solo alcance, entre el confuso rumor que llegaba hasta mi refugio de malvones y hierbabuena, la voz de ella, cada vez más débil, cada vez más blanda, y la de el, la del cura, levantando razones, amontonando seguridades.
          Después, cuando el padre se marchó y los días corrieron, fue como si un muro se cayera, como si la puerta que clausuraba el tapial se hubiera abierto y ellos –los chicos-, pudieran entrar, y yo salir, incorporarme al mundo, al de ellos, al que pronto sería mío; y con ellos, entonces, poder corretear por los baldíos cazando mariposas, descubrir en los yuyales las sendas transitadas por hormigas, jugar a la rayuela en la vereda de enfrente, y en el calor pegajoso de la siesta escaparme hasta el tajamar vecino para pescar anguilas a fuerza de garrotazos.
          Claro que siempre un límite preciso y fatal condicionaba y restringía nuestro arduo vagabundeo; pero era una frontera arbitrada no ya por mi tía, sino por todas las mujeres del poblado, confabuladas en la terca consigna: “cuidadito con ir hasta el ombú”. Y el ombú, entonces, o mejor dicho, la casagrande que veíamos detrás de el, sirvió para decorar nuestras pesadillas o prestigiar, con sus misterios, las multiplicadas anécdotas que la imaginación fraguaba.
          La casagrande, así, fue el reducto de genios maléficos; o si no el lugar encantado en que las pálidas princesas lloraban su escondido infortunio, y ellos, los hombres que al caer la tarde, cuando ya la oscuridad diluía los rostros y borraba el perfil de las cosas, se internaban en la carretera, eran caballeros intrépidos y valientes que intentaban alguna misteriosa liberación.
          Nuestra referencia a lo real era muy frágil. Pero bastaba para introducirnos en aquel oscuro mundo que resguardaba el enconado silencio de los grandes y atisbaba nuestra diligente curiosidad infantil. A veces, a través de los alambrados y cercos precarios que separaban los fondos de las casas, o en las siestas pobladas del sol y mate bajo el viejo parral si era verano, o junto al solcito de los aljibes en el otoño, retazos de extrañas conversaciones escuchadas al azar convocaban nuevas conjeturas.
          -Si… el Juan anduvo ayer por la casagrande…
          -¡Habrase visto: otra vez! Merecería un susto serio el guri ese, a ver si así se cura de una buena vez….
          -Yo no se como se animan esos hombres…
          -Ganas, le dicen, nomás…
          Un desabrido gesto al descubrir nuestra presencia agotaba la charla, mientras yo o los demás, en silencio, rumiábamos las palabras arrebatadas por azar a los grandes, y con gozosa fruicción las compartíamos después, con los otros, con la conjuración atenta y sostenida para despejar el misterio.
          Vivir, tal vez, sea simplemente ir volteando los sucesivos enigmas que la vida nos ofrece. Un día aquel –el de la casagrande- también nos fue aclarada. Los años, nivelando nuestra fantasiosa apreciación de las cosas, las revistas pasadas a hurtadillas, las muchachas de las casa, y ¿Por qué no? Los sermones del padre Luis en la misa de los domingos, os fueron abriendo los ojos; primero con incrédulo estupor y después con asco –un asco, que nosotras las chicas, dramatizábamos y ellos, los muchachos, soslayaban con angustiosa expectativa- alcanzamos la verdad.
          Yo llevaba un diario en aquella época. El día que lo supe, escribí: “Porque no son mujeres las que se dedican a ese infame comercio” – ¡Dios mío!... ¡a través de que filtraciones me habría llegado esa expresión!-; “son monstruos de vicio y perversión que merecen el más absoluto desprecio”.
          Un tiempo después –cuando ya en Gualeguay, había aprendido algo-, reparé en el mal gusto literario de la frase y renegué de ella. Después también –mucho después-, medí asombrada, mi capacidad de soberbia y de injusticia. Entonces, una noche, lloré por mi corazón de piedra. Pero ya había pasado mucho tiempo. Ya el pueblo, con sus casas chatas, con sus paredes sin revocar, sus calles polvorientas, la pandilla de mis amigos, era casi un recuerdo. Y casi un recuerdo, también, era lo demás; los hombres hablando de tractores y bolsas y cosechas; las mujeres pendientes de la radio, del la revista femenina, del como comportarse en sociedad leído a hurtadillas… Mi tía, consecuente en su afán de aislarme de la gente del pueblo –entonces ya entendía que eso era, precisamente, lo que siempre había buscado-, canjeó la puerta resquebrajada del viejo tapial por leguas de distancia, un mundo de motivaciones nuevas y un persistente silencio. En el colegio de monjas primero, en la pensión después, se fueron borrando las añoranzas del pueblo provinciano, de los amigos ya distantes; a la olvidada memoria de aquellos días y de aquella gente siguieron laboriosos sueños que miraban al futuro: la ciudad, Buenos Aires, la Facultad de Medicina.
          Y fue ese año, precisamente, el año en que yo, en Gualeguay, preparaba mi ingreso a la Facultad, cuando supe lo demás, lo que tal vez solo a mí –de todos aquellos que durante años escudriñábamos los oscuros misterios del pueblo-, me fue revelado en esas sucesivas tardes pasadas en el viejo hospital de San Antonio de Gualeguay; me fue revelado entonces y lo revivo hoy, de nuevo, mientras abro las ventanas, doy órdenes, atisbo la lentitud del viento entre los tiernos árboles que he mandado poner en torno a la casa grande, como para preservarla. O tal vez, simplemente, para preservar este cuerpo lleno de cenizas que soy yo.
          
 
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          La llamaban la Gringa, porque tenía el pelo rubio y los ojos claros y la cara redonda allí, en el pueblo donde todas las de su clase eran de pelo oscuro o estragado por el uso de colorantes baratos, y tenían los ojos achinados y renegridos, y marcadas las aristas aindiadas. Pero su nombre, el que casi nadie decía, tal vez porque les era muy difícil pronunciarlo, el que yo leí en el telegrama de mi tía aquella tarde lluviosa, y aprendí a repetir en las multiplicadas horas de ese invierno, era Achura, Achura Kernerech.
          NI ella sabía de donde era. A veces decía ser rusa: sus abuelos habían cuidado ovejas en las campiñas de Ukrania; otras, señalaba que su padre venía de un lejano rincón yugoeslavo; un día me sorprendió contándome leyendas que repetía su madre sobre aldeas austríacas; por momentos se perdía –en ese viaje hacía el pasado que vivió esos días- se perdía, digo, en confusas divagaciones acerca de las aldeas dispersas en los Alpes o casa recostadas junto al Isonzo.
          Un día me dijo: “Cuando dejamos Trieste yo tenía cinco años”. Y entonces entendí, porque sabía que Trieste había sido el punto de confluencia de muchas razas y de esos extraños avatares y repetidos saqueos que los hombres llaman historia y perduran en los libros.
          Su padre –yo rastreé el confuso hilo de su memoria en el laberinto de palabras que reiteraban, esbozaban, sugerían o simplemente contaban-, su padre había levantado alambrados y arado la tierra en un rincón santafesino, mientras la madre lavaba ropa en invierno, ayudaba a recoger la cosecha en verano, y tenía hijos en cualquier época del año.
          Pero malos tiempos y sucesivas crisis los volcaron de nuevo a la vasta confusión de la ciudad, que no era ya una de aquellas ciudades entrevistas en la infancia, con las fuentes de piedra y los ángeles gastados por el tiempo, atestiguando el paso de los hombres en los siglos, sino que entonces, fue otra, una ciudad nueva, alta e inhóspita, que crecía como una excrescencia, apresurada y provisoria, amontonada e informe, hacia lo alto, en un país en que si algo sobraba era, precisamente, el dilatado confín horizontal.
          Achura me contó la ardua historia de ese tiempo en que lentamente maduraba para la desesperación. Los sucesivos conventillos multiplicando, como repetidos espejos, los grados de un horror similar; el hambre reiterado, atenaceante, hechos ya hábito. Sobre todo la fealdad. Con menos claridad que horror, Achura se detuvo para narrarme la fealdad de aquel tiempo. Más que el hambre, más que el abandono, Achura recordaba la extraña configuración de aquellos días en que todo lo bello les estuvo negado.
          A través del ritmo singular de esas conversaciones que comenzaron siendo arbitrario diálogo y concluyeron en cálida confidencia. Achura ponía de relieve, absurdamente, motivaciones de desigual valor. Así, toda una tarde, mientras la lluvia caía lentamente sobre el jardín que rodeaba al hospital, me habló de escaleras oscuras, inacabables; de patios sucios, donde los rastros de los desperdicios permanecían por días, testigos de una desintegración asqueante; de los arbitrarios olores que configuraban un nauseabundo laberinto.
          -Y sobre todo, sin sol, sin árbol… -repetía.
          En la frase reiterada, yo atisbé la nostalgia de la ancha campiña europea, de la vasta dimensión santafesina. Entendí que todo eso le habría resultado intolerable. Pero Achura seguía, con palabras en que se graduaba la nostalgia, el dolor, la ironía, el furor.
          -En medio del patio había una canilla. La usábamos todos, pero nadie la cerraba; mejor dicho, nunca, nadie, la pudo cerrar del todo. Y entonces el agua –una sola gota, minúscula-, caía, toc, toc, caía sobre el balde colocado debajo; rebasaba el balde, rebasaba la pileta, seguía por el patio, se mezclaba con los restos de yerba, con las cáscaras de banana, de maní, seguía hasta alcanzar la rejilla del resumidero, y allí se perdía para un viaje oscuro en el que prefería no pensar…
          Yo me la imaginaba, en las noches desveladas de hambre y frío, apretada a los dos hermanos con los que dormía, escuchando o mejor, siguiendo, persiguiendo, el ruido del agua; escuchándolo sobre el balde, sobre la pileta, sobre el piso mugriento, sobre la rejilla abierta, sobre la cabeza y en su corazón que estrechaba a Sonia y a Iván mientras les cantaba para no oír las voces mendigándole despacito: -“así mamá no siente”. “así papá no los reta”- “Schura tengo hambre… tenemos hambre…”
          Después me contó acerca de otro día, cuando el cura del barrio y unas señoras  muy simpáticas –muy profesionalmente simpáticas-, hicieron una misión en el conventillo. Recordó como ella las vio repartir medallitas, acariciar las cabezas de los chicos, y después, cuando creían que nadie las miraba, limpiarse las manos con un perfumado pañuelo; me contó del cura joven, con cara de bueno y gestos paternales, hablando una noche de la pureza, de la virtud, la necesidad de ser “buena para Jesús”, hablando en el patio, delante de todos, y como algunos lo escuchaban con atención, otros con sorna, otros con afecto, y ella, ella intrigada, atenta, queriendo estar atenta, pero distrayéndose una y otra vez porque desde la ventana en que estaba apoyada oía el jadeo de la Rosa y el del hombre que esa noche se había llevado, y el crujido de la cama desvencijada, y el toc-toc del agua cayendo, rebasando el balde, la pileta, el patio, el conventillo, el mundo… “Jesús es bueno”, “Jesús se murió por todos, por salvarte…” Por salvarte a vos de esto, de la mugre, del ruido de la cama, del horror de la gente…
          Al llegar a ese punto la voz de Schura se perdía, adquiría extrañas resonancias, recogía palabras, imágenes de otras épocas, de más adelante, cuando ya el conventillo era un recuerdo y un recuerdo alucinante el golpetear de esa gota de agua que por extrañas razones identificaba con las otras, lentas y perezosas, que resbalaban por el vidrio del resguardado cuarto de hospital en que estábamos, ella en la cama y yo junto a ella, escuchándola, espiándola, hurgando en mi memoria para saber donde, antes, había visto esos claros ojos que miraba desde el fondo de sus ojeras:
          -Papá, un día ya no aguanto más aquello. Y se murió. Fue como si hubiera decidido morirse.
          En el cuarto de mi pensión, yo rememoré esa noche la conversación, la anécdota reciente que ya el recuerdo prestigiaba, y me complací repitiendo el extraño designio que me entregaba así, impensadamente, el misterio de Schura Kernerech desde las letras lacónicas del telegrama de mi tía: “Schura Kernerech –La Gringa- está en el hospital. No tiene a nadie. Ayúdala”.
          Ante las esquemáticas frases del telegrama, junto a mi texto del Testut cerrado, yo medité en los extraños designios que urde la vida. En mi niñez tan preservada, con metódicas clases de moral y catecismo, en la solicitud vigilante de mis tíos, en el pan comido día a día sin percibir jamás el privilegio allí concedido. Y fue esa noche cuando lloré sobre las páginas de mi viejo cuaderno de adolescente. Aún no sabía como la historia de Schura Kernerech empalmaba con el turbio linaje de la casa grande de mi pueblo, pero ya tenía la oscura convicción de que una infinita injusticia hacia vulnerable mi arrebato de aquella época.
          En lentas y sucesivas tardes, Schura Kernerech me fue entregando su historia. De algún modo, era como si ella la fuera recuperando. Yo la escuchaba en silencio, siguiendo en las huellas de su rostro ajado las antiguas vivencias que arduamente volvían a repetirse, que restauraban un lejano y despótico señorío. Yo escuchaba y nada más. Intuitivamente, aprendí en que hay momentos en que nada se puede decir, ni aconsejar. Ni siquiera consolar, porque todo hiere. Solo se puede estar. Estar y nada más. Algunos dicen que eso es solidaridad; para mí era algo así como una comunión.
          Y mientras su voz se extenuaba en las viejas reminiscencias, la enfermedad avanzaba, día a día, más aún, hora a hora. Era como si ambos –los recuerdos y el tiempo- la fueran madurando para la muerte.
          Eso pensé una tarde –el cuarto día después de nuestro encuentro-, cuando llegué al hospital. Me aguardaba impaciente. Los últimos rayos de ese día de otoño se colaban por la ventanilla entreabierta. La sombra de un álamo se alargaba hasta la colcha blanca de su cama. Todo era natural, cotidiano, pero de alguna manera enigmática y recóndito.
          -Aquella mañana yo había salido temprano con mi canasta repleta de paquetes de ballenitas, alfileres, peines –me dijo-. Eran las dos de la tarde y solo tenía en mi bolsito cuarenta centavos. Sentía hambre y pensaba en el hambre de los otros, los más chicos, que estarían aguardándome impacientes, pensando cobrarse con la magra comida de la noche el almuerzo inexistente. Pero yo no me animaba a volver. Las cuatro monedas en mi bolsillo me pesaban como fierro. Entonces lo vi. Era un hombre maduro, canoso, bien vestido. Lo vi cuando ya estaba frente a mí, sonriéndome, paternal: alcanzándome, en el extremo de su mano, dos billetes de diez pesos. “si venís te las compro todas”, escuche que me decía, mientras sus manos y su gesto me indicaban los míseros paquetes de ballenitas. Todavía lo recuerdo; eso fue hace cuarenta años. Y yo le seguí.
          Hubo un hueco sin palabras. Después entró la enfermera, y puso las inyecciones correspondientes a la hora, y le tomó la fiebre, y le sonrió con un gesto profesional, y me dijo: “Quédese tranquila, doctora” (insistía en llamarme doctora). Después se fue. Y cuando se fue, yo supe como esa tarde, Schura había lavado a sus hermanos, y preparado la comida de la noche, y llamando al médico para su madre. Supe también que al otro día, Schura no había ido a vender ballenitas, a la boca del subte de Corrientes; mejor dicho, como las vendió a todas juntas, de golpe y luego se las devolvieron.
          -Después fue siempre así –me dijo-. Aprendí a mirar a los hombres a los ojos; a hacerme seguir en vez de seguirlos, a señalarles donde podíamos encontrarnos.
          Inconscientemente, yo le pregunté, sin darme cuenta de que hacía más grande su oprobio:
          -¿Qué edad tenía usted entonces?
          -Yo tenía catorce años –me dijo. Y alcanzó a agregar antes de dormirse bajo el efecto de la inyección:
          -Un día me encerraron…
          De su encierro Schura solo tenía una memoria muy vaga y desdibujada. Recordaba interminables pasillos, guardapolvos grises que repetían siluetas semejantes, todas blancas sobre los trajes oscuros de las monjas. Y después, las palabras dichas, en tonos distintos, un año y otro año, por el juez de menores, y la asistente social, y las religiosas de la casa: “no volver a la vida”, “hay que ser buena”, “tratar de ser decente”; decente, decente, decente…
También se lo repitió ella cuando salió aquel día –camino a la colocación que desde allí adentro le habían conseguido- apretando su valijita abollada de cartón, parpadeando bajo el sol de un día luminosos de noviembre: decente, decente, decente…
          En la casa donde fue a trabajar, parecía fácil ser decente. Había mucho trabajo: lavar, fregar, hacer las compras. Casi no quedaba tiempo para nada. Apenas, entre una ocupación y otra, los trámites para averiguar donde habían ido a parar los hermanos, dispersos por colegios y orfelinatos después de la muerte de su madre. Pero no alcanzó a dar con ellos. La aparente simetría de su vida fue destruida de nuevo; definitivamente.
          -Del propio destino es imposible huir… -dijo, con un hilo de voz, como mitigando de algún modo la infamia preciosa y minuciosa que iba a vivir.
          Comenzó el hijo de la sueña de casa. Tras el momentáneo decoro de unos meses, la vileza agazapada. Primero contenida, después descarada, reiterada, implacable. Ninguno de los grados de ese tecnicismo frío y degradante con que la infamia cerca de una mujer le fue ahorrada a Schura. Aún entonces, al recordarlo, se arrebataba de ira. Fue el único hombre que Schura odio, ese muchachito rubio, deportista, inconciente, que decía “okey” a cada rato, hablaba a su madre solo para pedirle “guita” y a su padre para decirle: “El ford, viejo, largamelo esta noche…”; y a ella, a ella para insistirle una y otra vez, “estás bárbara che, me tenes con un metejón de la gran siete…”
          Fue el único hombre –insisto- que la Schura odió. Tal vez fue la única vez que Schura resistió el asedio.
          Después, después de esa noche de pesadilla en que, sola en la casa, indefensa, padeció el vértigo del ultraje –para el frívolo ejercicio; para ella el comienzo de una definitiva humillación-, Schura Kernerech hizo su pequeña valija y se fue. Por un minuto pensó en matar. No mató por algo elemental: no sabía como hacerlo.
          Eso fue un sábado a la noche. El domingo, Schura lo pasó en la plaza frente a Retiro. A mediodía, más por inercia que por necesidad comió un sándwich. Después miró los árboles, las palomas, las parejas. En algún momento, olvidada de su drama, hasta sonrió a un niño y, renuentemente, envidió a unos enamorados que se besaban con ternura. Se pasó horas mirando unas baldosas de la plaza y las sombras sucesivas en ellas proyectadas: el perfil de una abeja, el contorno de una hoja, su propia mano inventando grotescas criaturas. Se empapó de sol y de árboles. Fue como si se despidiera de ellos. Casi al caer el sol, lloró. Lloró porque sabía que en verdad, se estaba despidiendo de todo eso.
          Yo la escuchaba a Schura, sentada al borde de su cama. Le alcancé un remedio, arregle una y otra vez su almohada, disimule su olor a enfermo empapando en alcohol y colonia su pañuelo y el mío. Y mirando su rostro, no se porque pensé –o mejor dicho, sentí- que el rostro de Schura podía haber sido el mío. Había algo semejante –más aún: exacto-, en sus ojos, claros y asombrados, en el pelo rubio y lacio, como hilacha tirante, en la boca fina y blanda. Sin darme cuenta yo vestí con mis rasgos, prolija y detenidamente, el rostro de Schura que lloraba en el banco desteñido de la plaza, allá frente a la Torre de los Ingleses, hacía muchos años.
          Fue más todavía. Fue como si el tiempo hubiera dejado de ser, y tampoco rigiera esa ley misteriosa que hace a unos, unos y a otros, otros. Fue como si Schura no fuera más Schura ni yo, yo, sino Schura y yo y yo y Schura una sola, desolado, temblorosa criatura solitaria perdida, no en el banco desteñido frente a la Torre de los Ingleses, no en la Plaza de Retiro, atiborrada de gente, de soldados, de sirvientas, de tíos con sobrinos, de solteronas con perros, de turistas con kodak, no en un rincón de Buenos Aires, sino extraviada en el mundo, frente a los hombres, frente al cielo y a la propia desolación.
          Yo no se que pasó, pero sentí, que leyes misteriosas fueron suspendidas, que hilos desconocidos, anudados, para que yo, allí, en la blanca y fría sala del hospital de Gualeguay, dejara de ser yo para asumir la angustia, mejor dicho, el vacío de la muchachita que hacía muchos años había llorado su impotencia frente a la estación Retiro.
          Lo sentí entonces, aquella tarde, sin entenderlo; hoy tampoco lo entiendo, pero algo atisbo de un misterio que me dice como hay leyes inviolables en la terca memoria de la sangre.
          -Después –la voz opaca de la enferma seguía-, después me fui caminando hasta el espigón que da sobre el río. Deje la valija sobre el muelle y me puse a mirar fijamente las aguas oscuras, sucias de petróleo y con olor a ratas muertas. Creo que me detuvo el asco de todo aquello… Pero, no; fue el marinero. Era rubio, alto, sonriente. Probablemente se imaginó que iba a hacer yo, pero no dejo de sonreír cuando me tomó de un brazo, con su otra mano agarró la valija y me sacó de allí.
          -¿Y usted que hizo?
          -Yo lo seguí. No hablaba español… Fue mejor así; no tuvimos que explicarnos nada. Se llamaba Hans…
          Ese día supe que hay un instinto vital que obra más allá de toda desesperación. Y que la fuerza de la vida sobrevive a mil derrotas.
          En esos días la operaron a Schura. Los médicos habían dicho: cáncer. La operación justificó el diagnóstico, pero no la presunción del cirujano. Nadie supo como escapó Schura a la muerte. Yo, que a veces, como decía mi tía, soy dada a extrañas cábalas –aunque en el fondo, solo rindo un desordenado tributo a la providencia- sabía que Schura no podía morir. Tenía que terminar de entregarme su historia. En realidad, yo intuía que era algo más que la triste historia de una prostituta la que allí se estaba inventariando. Un extraño clamor en mi sangre, una vibración alucinante en mis venas, me detenían, expectante y ansiosa, como ante un umbral de algo.
          Lo que sigue después de la historia de Schura, es trivial. En la infinita variedad de nombres y rostros, un repetido oprobio. Casi se podría hablar de monotonía, sino fuera un ultraje adjetivar así la permanencia de la infamia. Pero de algún modo hay que expresar esa abulia, o inercia, o extrañamiento o no se que, en que Schura cayó.
          A veces, la negación expresa solo la propia perplejidad. En Schura fue distinto. Fue como si para ella la vida hubiera perdido todo carácter de novedad; más aún: como si ya no tuviera razón de ser. Los interrogantes, las incitaciones que mueven a toda criatura, fueron detenidos, y a sola certeza la sostuvo. Pero era la certeza de los condenados: la desesperanza. Fue como si Schura al estar de acuerdo con su propia deshonra y aceptarla como irremediable, arribara a la serenidad; una serenidad al revés.
          De todos los horrores que yo escuché en el transcurso de ese tiempo, fue el que más me impresionó. Era como si a la muchacha la hubieran dejado vacía. Hasta la misma voz con la que Schura, ya vieja y casi moribunda, rememoraba en esos días tascados de recuerdos, aquellos lejanos, se había vuelto opaca, impersonal, ajena. Parecía hablar de otro: de alguien ubicado ya más allá de toda opción.
          Dos días antes de morir, por un momento, algo del antiguo fervor pareció alcanzarla. Ese día yo vi brillar un fulgor de lágrimas un sus claros ojos resecos. Fue cuando me habló del hijo que esperaba.
          Yo se que Dios, a veces, se vale de atajos impensados. Y el hijo, en Schura, fue una nueva vida, si –la de el-; pero también fue otra: la de la misma Schura, recuperada.
          Cuando quisieron impedir el nacimiento de ese hijo, Schura supo que aún era sensible al sufrimiento. Supo también que ella permanecía reservas de aquella muchachita que había ordeñado vacas en el amanecer santafecino, y vendido ballenitas en la boca del subte, y entonado canciones para que sus hermanos se durmieran olvidados del hambre.
          Schura huyó de la casa sin rejas en que estaba prisionera, de la mujer que la explotaba, de los hombres que, entonces sí, la mancillarían de nuevo en ese vientre purificado con el hijo.
          Un día tomó el tren en Lacroze; sacó un billete para cualquier parte, bien lejos. Fue valiente y huyó. Ella creyó, entonces, que su valentía era simplemente decisión. Más adelante comprendió que había sido osadía.
          Esa tarde, el médico entró, y nos dijo “basta de charlas, a dormir, señora, y usted, señorita, a su casa a descansar”, me miró, tomó el pulso de la enferma, le dio ánimo con palabras convencionales, las mismas que se dicen siempre y que nadie cree, pero que se deben decir igual, porque si no, pobre enfermo, quitarle toda esperanza, y pobre médico, afrontar los ojos despavoridos del otro, del ya condenado; le dio ánimo, digo, mientras a mi me miraba con ojos cansados en los que sin esforzarme mucho, leía claramente: “no hay nada que hacerle; esto ya se acaba pronto”.
          Y cuando el médico se fue, y mientras yo me preparaba para marcharme también, Schura alcanzó a decirme como era el pueblo al que había llegado: gris, chato, polvoriento, con una ancha calle, como un río enorme, dividiéndolo en dos. Y el comisario con el que habló para pedirle ayuda, para salvar al hijo. Y el médico, y el hospital y lo bueno que fueron con ella en esos meses de espera. Y después el niño –o mejor, la niña-, rubia, de ojos claros y llanto suave, casi como un canto. Y después como todos –los mismos que antes habían sido tan buenos-, comenzaron a cobrarse lo que le habían dado: el comisario, el médico, el enfermero… A cobrarse con lo único con que Schura podía pagarles.
          -Entonces, un día, abrí la casa –me dijo-. En el pueblo la llamaron la casagrande.
          Yo en ese tiempo no sabía hablar con Dios. Sabía, si repetir las cosas que me habían hecho repetir un día, hasta aprenderlas de memoria. “Padre nuestro…” “Creo en Dios Padre…”
          Pero esa noche si; en el solitario cuarto de mi pensión, yo hablé con Dios. Hablé con los puños cerrados golpeando sobre la mesa y los ojos enrojecidos de llorar. Después, casi al amanecer, oscuramente entendí que hay misterios que solo reciben respuesta en su referencia a un misterio aún mayor.
          Al otro día, Schura estuvo inconciente. Al otro se recuperó algo: abrió los ojos, habló. Al otro, murió; de golpe, casi inesperadamente, como si su corazón hubiera decidido no seguir más, hubiera dicho “basta”.
          La noche anterior, las monjas llevaron un sacerdote. El padre estuvo un rato largo. Cuando salió me dijo.
          -Pobre infeliz… La hermana Eulalia me avisó que era una mujer de la vida. Yo, claro, quise ayudarla a arrepentirse, a esperar en la misericordia de Dios. Uno nunca sabe, con mujeres así, que tormentos se pueden presentar a último momento… Cuando le pregunté si se arrepentía de su vida, ¿sabes lo que me dijo? “Aquella tarde los chicos tenían tanta hambre… Después fue un pacto, no con la mujer que se llevó mi hija, sino con Dios. Fue como una promesa, padre; o mejor, como si concertara un negocio con el…”
          El padre –que es viejo, bueno, cansado-, meneó la cabeza varias veces, como quien nada entiende. Por fin pareció encontrar la respuesta oportuna a sus dudas:
          -Yo creo que desvariaba, pobre mujer… Que Dios la tenga en su paz.
          Esa noche, yo y algunas monjitas acompañamos a Schura Kernerech. Pero ella, por encima de veladuras y apariencias, ya estaba frente al claro poder de la verdad de Dios.
          
 
                                  III
 
          Desde aquí veo el ombú, casi hueco de puro viejo, a la salida del pueblo, al final de la calle larga y ondulada que se sigue llamando la calle ancha, aunque ahora ya esta asfaltada y lleva el nombre de un prócer importante; pero corre igual, con su casi cuadra y media de lado a lado, como un río desbordado, entre las casa que siguen siendo pequeñas y chatas; y como siempre, primero divide el pueblo en dos, y después se pierde, por un lado, entre los campos reverdecidos de lino y trigo, y por el otro, convertido en una lenta y perezosa cuchilla, en la carretera grande, la que lleva hasta Gualeguaychú.
          La veo ahora desde aquí, desde el otro lado del ombú, al que antes, de chicos -¡Dios mío, hace ya tanto tiempo!- nos estaba vedado llegar. Desde aquí, también oigo las conversaciones de los peones que van y vienen plantando los árboles, pintando la casa, apuntalando ventanas y paredes. Son don Roque, el Juan, el muchacho de la Rosa, el rengo Guzmán, el turco don Tufic… Algunos fueron peones de mis tíos; otros, los hijos de los muchachos que en un tiempo, iban conmigo a la escuela.
          -Lo que son las vueltas de la vida, hermano… Quien iba a decir en lo que iba a parar esta casa…
          -Que destino, che… De quilombo a hospital…
          -Si la Gringa lo supiera…
          -De juro que se levantaba pa protestar.
          -¡Quien sabe!... Mirá que dicen que se la dejó a la dotora ella misma. Parece que la dotora la atendió aya, en Gualeguay, cuando ella murió, hace unos años…
          -No cuñao; anda miando juera´el tarro, usté; esta casa la compraron los tíos e´a la dotora, que pa´eso estaban podrido en plata.
          -Podridos en el camposanto, dirá, que es la única pudrición en la que todos acabamos.
          -Esa es verda como el sol que nos alumbra. Por eso a la vida hay que aprovecharla, cumpa…
          -Como la aprovechaba la Gringa ¡Ahijuna!
          -Como se sabía dar los gustazos en vida, ¿no?
          -Claro… porque la verda es que ella se encamaba con los que quería y nada más; estancieros ricos, con platita y si no… a las otras. Si hasta de Concepción y de Tala venían pa´verla…
          -Pa verla por modo de decir…
          -Por algo pudo hacer esta casa; porque tenía plata, digo. Porque endeveras que esta casa es la más linda ´el pueblo.
          -Lástima tantos añares cerrada; y si no se ha venido abajo es de reguena y fortachona qu´es, nomás.
          -Que destino, hermano… digo, el de la Gringa. Todo el machaje entrerriano a sus pies. En cambio, mirámela ala dotora: entoavía joven y aquí me la tenés: enterrándose en este pueblo e´mandinga para atender a sarnosos ´e mierda como nosotros…
          -Sangre distinta, cumpa, que vamo´acerle…
          Desde la ventana miró una vez más la larga cinta de la calle ancha, estirándose entre las casa chatas y los frondosos paraísos; termino de clavar el diploma –María Elena Martínez, médico cirujano-, bajo a despedir a la gente que trabaja. Al pasar por la que será sala de espera, el espejo devuelve mi figura cansada. Me detengo, y en el fondo de mis ojos llenos de lágrimas, reconozco otra vez la mirada de mamá.