LA CRECIENTE

Modificado el: 11/05/2011 Imprimir PDF

 

 

-Y ENTONCES EL AGUA comenzó a subir…
          Le contaría como había sido. Un agua mansa, tranquila. Un agua amiga que parecía haberse levantado despacito desde el fondo del río, como poniéndose en puntas de pie para saber que pasaba encima de la barranca alta y cerrada. O tal vez un agua coqueta, que había querido acercar su espejo para que las cosas de la ribera se miraran en ella, como las mujeres acercaban su rostro para que los hombres querendones se vean en el fondo de los ojos. Claro que nadie puedo haberlo hecho porque, mansita y todo, ya no era transparente como cuando estaba en lo hondo del río, sino que se había vuelto turbia, “como se vuelven turbios los ojos de las muchachas curiosas” se dijo.
          Pero, con todo, había sido lindo verla así, desperezándose en el fondo del barrancón oscuro, levantándose de a poquito hasta asomarse a la orilla primero, y avanzando después hasta abrazar los troncos altos de los álamos jóvenes y las copas de los ceibos viejos; y después seguir adelante, adelante, acariciando los pastos verdes que estaban cerca de la costa, y los matorrales de menta y lucera que ya no estaban tan cerca; y después arrimarse hasta los postes del viejo gallinero de don Tobías y comenzar a taparlos despacito, sin apuro, y sin apuro subir la cuchillita de tierra parda y llegar hasta el patio apisonado del rancho de Juan y cubrirlo en seguida y meterse por la puerta abierta de la cocina y seguir adelante, como buscando otras cosas… Le contaría como había sido lindo verla avanzar así, tan segura, tan tranquila. Y como había sido de entretenido, además. Se pasaban las horas mateando y mateando, mirando y mirando, casi sin hablar, mientras se oían aquí y allá los comentarios y las apuestas.
          -De seguro que llega hasta el barrancón alto…
          -Y… tal vez nomás. El año pasado llegó.
          -Pero se me hace que este año va dir más lejos entoavía.
          -Doña Braulia tendrá que salir de su ranchada…
          -Mejor, cumpa, así se le ahugan todas las pulgas flacas que tiene.
          Claro que había sido entretenido… Porque, además, habían llegado los troperos arriando el ganado de los campos bajos; y la gente del bañado grande, con sus críos y sus pilchas y sus gritos… Fue una verdadera romería, casi tan entretenida como aquella de la ciudad donde un día la había llevado el Sánchez. Lástima que estuvo sola. El Sánchez se había ido con una tropilla hasta Médanos, disparándole a la creciente “por las dudas repuntase hasta ese albardón”, y la había dejado a ella en el rancho con los perros y las ovejas y la lechera y un “Usté no se mueva de aquí ni se me asuste, que esto es muy seguro…”
          Pero ella no había tenido miedo. ¡Tantas crecientes habían venido y se habían ido desde que estaba en esa isla!... Además, tenía a los compadres de la ranchada vecina.
          -Si se le moja el colchón me avisa, ña Ciriaca, que yo tengo uno de chalas, calentito, donde, apretados, dentramos los dos –le había dicho el Zoilo. Y la mujer había agregado:
          -Los tres dirá, viejo sotreta… No se afloja comadre, que este viejo es pura pinta y nada más…
          Los vecinos eran buenos, pero ¡la pucha!, el agua no les dio tiempo. Hasta el colchón de chalas se les mojó muy prontito.
          -Porque ¿sabes?, el agua siguió creciendo nomás, pero ya no era mansa…
          Apretada sobre las pajas empapadas del techo, la Ciriaca seguía ensayando lo que le diría después al Sánchez; después, cuando ya estuviera de nuevo allí abajo, en la cocina de adobe y paja, dele mate y mate, lidiando, ¿cuándo no? Con las biznagas húmedas que por más resoplidos que uno de no quieren nunca acabar de prenderse del todo y solo saben largar humo hasta dejar los ojos como dos lagunones desbordados.
          Le seguiría contando, entonces:
          -El agua creció, nomás. Y se puso brava. Al segundo día llegó hasta el barrancón alto; y siguió adelante. Desde el cuarenta y siete que esto no pasaba, ¿te acordás?
          Sabía que su viejo pondría cara de que todo eso no le importaba mucho que digamos, y que tal vez la interrumpiría con un “¡bah! … Inundaciones bravas fueron las de las Lechiguanas, allá por el cinco… “, pero que, con todo, la escucharía atento, endurecida la cara arrugada, “achucharrada como carne e´charqui”, y los ojitos negros, achicados por el humo espeso, mirándola sin mirarla, y la mano silenciosa llevando y trayendo el mate grande y brilloso por tantos años de manoseo constante, con su bombilla, tan gastada la pobre, pero de plata. ¡Si señor!, de plata, de plata del Perú, como le había dicho hacía como veinte años, cuando se la vendió, el viejo Tufic, aquel turco zorro que todos los años aparecía en el pago con su cargamento de peines, botones, collares y mil chucherías que desbordaban de sus canastas hinchadas hinchadas como vejigas llenas, pero que en un verano no apareció, y que después no apareció del todo, porque, como le dijeron más adelante, lo habían encontrado a punto de reventar a el también, igualito a sus canastas, con el vientre hinchado y tirante como el tiento de un tambor, abandonado en aquellos pajonales donde tuvo la desgracia de toparse con una yarará.
          -Peor esta vez jue grande, te digo… Llegó hasta la altura de doña Flora.
          Y entonces el Sánchez no podía responderle nada, ni llevarle la contra, porque ella sabía que nunca había llegado el agua hasta lo de doña Flora. Lo recordaba bien porque la creciente más grande que vieron juntos fue la del cuarenta y siete, y ese año ella andaba en los tramites del casorio y la Flora, que además de ser medio curandera entendía de religión, le explicaba el catecismo como le había indicado el Padre Juan, aquel cura alemán, coloradote y alegre, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que con tantos años de estar juntos ella y el Sánchez, y tener ya cinco hijos, era un pecado que no se casaran como Dios y las leyes mandaban. Y se había salido con la suya el cura, aunque mucha gracia el asunto no les había hecho a ninguno de los dos. Porque ¡mire que ocurrencia querer casarlos cuando ya eran tan viejos! Si daba vergüenza y todo… Noches y noches se pasó pensando lo que se diría en el pago, en el boliche sobre todo:
          “-A ver, amigo, una ginebrita a la salu de la novia… porque achucharrada como pasa de uva, la Ciriaca como novia, es novia, si vamos al caso…”
          Y además  de vergüenza, miedo. Si, miedo. Porque mire que justito entonces cuando los hijos estaban ya grandes, y ellos a punto de quedarse otra vez solos porque el Ñato, el único que estaba aún en la casa, se iba para Zarate, justito entonces, ¿quien les aseguraba que el casamiento no les iba a traer líos, como a aquellos parientes suyos que, según le contara su madre, vivieron juntos cuarenta y dos años, y justo a la semana de haberles dado el cura la bendición, vino un día el marido y encontró que la mujer no había hecho aún el puchero, y le gritó como siempre le gritaba, y a lo mejor hasta la zarandeó un poco, como tal vez lo hacía también siempre –aunque no se acordaba si así se lo había contado su madre-, y ella le dijo: “No me grites que no soy su sirvienta”; y el “¿que es usted entonces si puede saberse?”, y ella “soy su esposa”; y el “¿esposa? Yo te vía dar esposa…” y le dio una tunda como seguramente se la daba siempre, pero como, con toda seguridad, no se la volvió a dar, porque la mujer comenzó a hacer un atado con sus cosas y a repartirse las otras. “Y esto es mío… y esto es tuyo…”, y con su atadito al hombro se fue a la tranquera y después al camino y después a la casa del hijo; y el viejo se quedó solo, solo después de cuarenta y dos años de estar acompañado, solo definitivamente, porque de allí se marchó al boliche y tomó tanta caña para “ahugar las penas” que se quedó seco de un ataque.
          Como para no tener miedo con todas las cosas que se oyen. Porque ese rancho y ese hombre era lo único que tenía, y no quería perderlo por una bendición del cura que, claro, ella sabía que no le vendría mal porque nunca vienen mal las cosas de los santos o de las ánimas benditas, sobre todo si uno es viejo; pero, al fin de cuentas, se habían pasado ya tantos años sin ella que bien podían ir tirando unos añitos más, los que faltaban para llegar al camposanto.
          Pero aflojaron nomás.
          -Y, con los curas no se puede –había dicho el Sánchez-. Son buenos… y a lo mejor tienen razón…
          Se casaron entonces. Y les fue bien. No se pelearon más de lo que acostumbraban; no les había faltado para la yerba fresca y la galleta dura y el cigarro áspero que fumaba el Sánchez y que a veces pitaba también ella, para entretener las horas.
          -Si tuviera ahora alguno, bien que me vendría pa´acortar la espera hasta que el agua baje. O hasta que llegue el Sánchez…
          Se dijo esto en voz alta, y sintió que las palabras salían de su garganta mojada, y que echaban a rodar por las pajas mojadas… Claro, quien sabe si no hubiera sido mejor haberse ido con sus compadres.
          -Vamos, ña Ciriaca. Esta vez es bravo –le había dicho el Zoilo.
          Pero ella, desde arriba de la mesa en que se había arrinconado, le contestó:
          -No, compadre… Ya va a bajar. El rancho es alto y aguantador. A más que no puedo dirme sin que el Sánchez sepa pa donde me voy. Ahurita nomás ahí ha de llegar el y esperamos juntos. O nos marchamos juntos, pues…
          Se lo habían dicho también los de la Subprefectura cuando pasaron en la lancha grande, juntando gente, y se asomaron por el hueco chiquito que dejaba el agua en la puerta que había sido grande, y la vieron no ya arriba de la mesa, sino de la silla de paja puesta sobre la mesa:
          -Vamos doña, que esto va a subir más…
          -Y no don… quien le dice que no pare nomás. Yo espero un poquito. Es cuestión de tener paciencia… Total, siempre hay tiempo para salir, y el Sánchez ya a de estar al llegar…
          -No sea cabeza dura, vieja…
          Y así un rato; ellos que si y ella que no. Hasta que se fueron. Mejor, porque ellos no tenían tiempo para perder y ella no tenía ganas de discutir. Sintió que al marchar se decían:
          -Déjala. Es una vieja medio loca. La humedá se le subió a la azotea… vamos a aquel rancho que tiene un montón de chicos…
          -Será lindo morir ahogado ¿no? Porque, mire que no querer dejar esas cuatro paredes locas… ¡Si parece mentira!
          Ella había alcanzado a escuchar todo eso. Pero no dijo nada. ¡Que sabían esos muchachitos que era un rancho armado de a poquito, durante años y años! La cama grande, de fierro, con el elástico aflojado de tanto usarla, es cierto, pero que hasta por eso parecía más linda; y el colchón de lana que justito ese invierno había removido con la máquina que le prestaron en la estancia El Rodeo; y las ollas abolladas de tanto ir y venir; y las gallinas que había amontonado arriba de los cajones hasta que las pobres no dieron más; y la lechera que largó para el otro médano a ver si se salvaba la pobre…
          Eso era el rancho. Que sabían de el los muchachitos aporteñados. Como para dejarlo así nomás, por una crecida que, brava y todo, no podía tardar en bajar. Hacia añares que estaba allí… Añares ¿Cuántos? Ya ni se acordaba. Solo se acuerda que cuando llegó tenía las trenzas renegridas apretando su cara joven, y que ahora el pelo blanco caía sobre sus arrugas hondas… Hacía muchos años. Había caído al pago por casualidad nomás. Ella era correntina. Iba a Buenos Aires a colocarse en una fonda o algo así, que ya ni se acordaba bien, cuando en el viaje lo conoció al Nicasio Sánchez. El viaje fue largo, y ellos conversaron bastante y estuvieron siempre juntos. Cuando llegaron a Ibicuy, la Ciriaca se bajo y se quedó en la costa, tiesa, con sus paquetes a un lado, mirando el tren largo y cargado de gente que lentamente subía al “ferry” con que atravesaría el Paraná hasta Zarate. Le hubiera gustado ver como era eso de que la balsa lo llevara a uno con tren y todo; además le habían contado que en el “ferry” se armaban guitarreadas y se tomaba mate y cerveza, y hasta a veces se bailaba. Le hubiera gustado ver y estar en todo eso: pero más le gustaba el Nicasio Sánchez, y el Nicasio Sánchez vivía allí, en Ibicuy. Por eso se quedó.
          Y después que el tren se fue con su gente y con sus ruidos, ellos empezaron a caminar despacito hasta el rancho que el Sánchez tenía en un médano alejado. Iban callados, sin hablar, sin saber que decirse; ella con su atado de ropas y el con su poncho al hombro, por la huella arenosa y áspera, iban caminando, caminando nomás. El Sánchez pensando en quien sabe en que y ella pensando en que tal vez no debía haberse quedado, en que tal vez hubiera estado mejor a estas horas arriba del “ferry”, tomando cerveza y escuchando el bandoneón, y no al lado de ese hombre silencioso que no decía nada, que no hacía nada… Iban caminando nomás. Pero, de pronto, justito cuando estaba arrepintiéndose del todo por haberse quedado allí, el Nicasio Sánchez dejó de caminar, y le quitó el atado de ropas, y ella pensó “Que suerte, me lo va a llevar”; pero el Nicasio Sánchez no se lo llevó, sino que lo dejo en el suelo, y en cambio la agarró a ella, y la tumbó detrás de un médano bajito, sobre la arena áspera que no sintió dentro de sus alpargatas nuevas cosquillándoles los pies, sino dura y caliente debajo de sus espaldas fuertes de muchacha joven… y después se levantaron, y ella sacudió la arena que había quedado prendida en su blusa de percal, y se rió un poco, colorada y nerviosa, y siguieron caminando, caminando debajo de las estrellas, pero ya no en silencio, sino dele que dele a la conversación y con el corazón bailoteando. “Fue el día que más habló el Sánchez”, se decía aún ahora… y a los doce meses, el Nicasio Sánchez la subió a un caballo primero y a una canoa después y la llevó a la isla. Y allí levantaron el rancho con paja brava y barro, y criaron los hijos, las ovejas, y las gallinas y las nutrias. ¿Cuántos años así? ¡Vaya a saber! El tiempo pasa y ella había perdido la cuenta. Peor fueron añares. Y añares no pueden dejarse de golpe, por un poco de agua nomás…
          -A más que ya va a bajar. Nunca ha durado tanto. Hay que tener paciencia, pues el Sánchez hai de estar al llegar, y hai de encontrarme, sino que va a decir…
          El Sánchez sabía que siempre la encontraba. Siempre. Una sola vez no la encontró. El se había ido con una tropilla grande, como ahora, y también entonces los había separado la creciente. A el lo agarró en Gualeguay, a ella en el rancho. Fue larga la espera. Un día y otro día. Ya estaba aburrida de estar sola, lidiando con dos gurises que entonces tenían, sin poder con ellos, porque, claro, cuando el padre no esta, los críos hacen lo que quieren, y a estos dos se les habían dado por andar todo el día fuera, entre los pajonales. Y entonces, un día, llegó el resero aquel. Hasta del nombre se había olvidado. Se acercó al rancho en que ella estaba, cuando no, dale que dale con las biznagas húmedas, en la cocina del techo bajo, llenas de sombras ya porque era el atardecer.
          -Guenas, doña…
          -Guenas…
          -¿Mateando?
          -¡Ajá!
          -No habrá un amargo para un forastero con se…
          -Si el agua se calienta…
          Y el forastero que la ayuda a encender el fuego, y a retirar la pava renegrida y caliente, y que recibe de sus manos un mate y otro mate, un día y otro día… Y en la oscuridad de la cocina, al atardecer, los ojos del hombre que cada día brillan más, y la mano que cada vez tarda más en recibir y entregar el mate; y la voz dura y tierna que una noche le dice: “Esta noche vengo”. Y ella: “No, ´tan los gurises”. Y el que ordena, como ordenan los machos: “Te espero ajuera, entonces, junto a la laguna”. Y esa noche, cuando regresaba de la laguna, con la ropa húmeda y el pelo revuelto y el aliento cortado, el la cocina oscura el punto luminoso del cigarro del Sánchez. Y su voz ronca, y su ademán duro y brusco que la tira al suelo y le pega una y otra vez, con la mano, con el rebenque, con el cinto llenito de tintineantes monedas de plata, y le dice también una y otra vez: “Pa´ que aprendas a estar donde el Nicasio Sánchez te deja…”
          Todavía ahora recuerda aquella noche, la única noche que el Nicasio Sánchez no la encontró en el rancho… Porque desde entonces, siempre la halló, aguardándolo. Una vez el Nicasio Sánchez no dio con su hija, que se había escapado con un pajuerano; otra vez no halló la majada, que se la había llevado un desalmado que robaba hacienda a los pobres; otra vez no se topó con el álamo alto en que se recostaba el rancho, porque lo había partido en dos un rayo endemoniado. Pero a ella siempre la encontró. Y la encontraría mientras el rancho estuviera firme sobre sus horcones y su paja brava amasada con barro. Por eso debía hallarla también ahora con creciente y todo…
          Ella sabía, claro, que en cuanto las aguas siguieran subiendo un poco, el rancho ya no iba a aguantar más. Si hasta le parecía oír el chasquido del barro y de la paja brava cayendo al agua, y sentir el vaivén lento del techo en que estaba acurrucada…
          -Capaz que hai de estar al caerse nomás… Y gueno; Dios sabe lo que hace… La cuestión es que cuando venga el Sánchez sepa que si yo no aguante fue porque tampoco el rancho pudo aguantar más…