AYER, HOY Y TODAVÍA

Modificado el: 11/05/2011 Imprimir PDF

 

 

Araceli Otamendi (Buenos Aires)
 
Volcar el alma al papel, narrarse a sí mismo nunca ha sido fácil. La memoria ejerce su censura para defenderse a sí misma, dice la escritora P.D. James. Recordar y escribir las memorias es un ejercicio que no siempre se aprueba pero en el caso de “Ayer, hoy todavía”, el último libro de María Esther de Miguel se trata de una interesante experiencia porque se instala la voz de la autora. En un reportaje que le hicieron a la escritora norteameriana Mary McCarthy ella habla del problema del punto de vista como de algo que tortura a todo el mundo. Porque la voz del autor desaparece en una suerte de ventriloquismo, dice y es completamente limitada por la voz de sus personajes. Mary McCarthy afirma en ese reportaje que le gustaría intentar la reinstalación del autor y cuenta su experiencia cuando escribió libros sobre Florencia y Venecia: había disfrutado escribiéndolos porque había encontrado su propia voz. “Las dificultades técnicas son tan grandes, al proyectarse una misma, al fingir una conciencia ajena, demasiada energía se pierde, me parece, en la mascarada. Y pienso que eso no me ocurre solamente a mi” asegura McCarthy. También el escritor inglés Martin Amis en su libro autobiográfico “Experiencia” habla sobre el tema: “Antes solía decirse que todos llevamos un novelista dentro. Y yo me lo creía; y sigo creyéndolo en cierto modo. Si eres novelista tienes que creerlo, porque forma parte de tu trabajo: pasas mucho tiempo escribiendo las ficciones que otra gente lleva dentro. Es ahora, sin embargo, en 1999, cuando uno se ve quizá forzado a poner en duda la afirmación de partida: lo que todo el mundo lleva dentro, actualmente, no es una novela sino unas memorias.
Vivimos en la era de la locuacidad de masas, dice Amis. Todos escribimos algo, o al menos hablamos de ello: memorias, apologías, currículum vitae, apasionados ruegos o protestas. Pero nada, por ahora, puede competir con la experiencia – tan irrefutablemente auténtica, tan pródiga y democráticamente dispensada-. La experiencia es la única cosa que compartimos por igual (es algo que todo el mundo siente). Estamos rodeados de casos especiales, de alegatos especiales..., e inmersos en una atmósfera de celebridad universal. Respecto a esto último, el escritor aclara: no es que en el futuro todo el mundo vaya a ser famoso un cuarto de hora: en el futuro todo el mundo será famoso todo el tiempo – pero sólo en su propia mente -. Será un remedo de fama, una fama “de karaoke”. El don que María Esther de Miguel tenía para llegar a la gente, a los lectores a través de los medios o de su contacto personal donde volcaba su simpatía, inteligencia y experiencia de vida se plasma también en este libro autobiográfico, el último de la escritora entrerriana. Ahí está su infancia, su familia, su experiencia religiosa y su paso por la congregación de hermanas paulinas. Y también su posterior elección de irse de ahí y casarse con Andrés de quien la muerte la separó. Cada uno de sus amigos encontró su lugar en este libro de memorias, para cada uno de ellos María Esther tuvo líneas o páginas que escribió destacando detalles de su amistad. Su vida como escritora, como ciudadana argentina nos llega en este libro con la voz inconfundible de la autora. Así como cosechó tantos lectores en vida llegando a ser una de las escritoras más leídas de la Argentina, a través de las páginas de este libro María Esther nos lega el recuerdo de una gran experiencia de vida, un testimonio que seguramente acrecentará la cantidad de lectores fieles que ya tenía y los hará reencontrar a la autora de una manera nueva y distinta.