ENTRE RÍOS, MI PAÍS

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

             SOBRE los 75,759 kilómetros cuadrados que forman la superficie de la provincia de Entre Ríos se han establecido, de medio siglo a nuestros días, centenares de miles de habitantes de origen diverso. Italianos que traen de sus aldeas nativas la noción geométrica del surco y trazan la amelga con la perfección de un dibujo, andaluces que esparcen la canción mientras vigi­lan el arado, gallegos en quienes la recia línea del rostro céltico parece identificarse con los perfiles del terrón que castigan con la azada, vascos de duro temple y blando corazón, alemanes que copian con su apacible método y su cordura inalterable la vieja granja del Rin, eslavos de ojos perdidos en el horizonte que andan en el carro liso, judíos agobiados de antigüedad y en cuya siesta del sábado Jehová, como en el valle jordánico, ben­dice el florido trigal, se mezclan en aquellos 75.759 kilómetros cuadrados con la masa criolla bajo el cielo favorable, de un extremo a otro extremo, e integran ese conjunto de elementos tan heterogé­neos y que constituye social y moralmente la defi­nida familia y la fisonomía uniforme del hombre entrerriano. Hay un hombre entrerriano. Así como discernimos su influencia en las guerras de la creación nacional, su gravitación profunda en las etapas sucesivas en que se concreta, con es­fuerzos dolorosos, la civilidad argentina, presente siempre el gaucho de Entre Ríos en toda la lucha y en toda hazaña y el individuo urbano en cada polémica y en cada conflicto trascendente, en el período de desarrollo ulterior se refracta su ima­gen y se siente su vigor silencioso. ¿Qué factores de clima y de suelo contribuyen a la definición de su carácter? El medio físico de Entre Ríos posee, evidentemente, poder de individualización. Esa vasta Mesopotamia, en que la presencia del agua canta como en una fuente, no difiere mucho de la llanura pampeana. Anochece en su exten­sión como en el mar, y de tarde, cuando el paso del viandante se torna despacioso, penetrado por el sentimiento sereno de la hora, y se advierte en el aire liviano una suspensión como si la plenitud de la atmósfera se dispusiera a abrirse al toque del Ángelus, que viene de la distante capilla, el paisaje os da una impresión enfática de olas. Lo­mas de suave declive y hondonadas que corta el arroyo escondido en el verdor del césped, levan­tan la casa labriega, rodeada de paraísos y de sauces, que emerge de lejos como un navío varado en el follaje. El lugar, nos dicen los etnógrafos, labra los rasgos del hombre. Y el paisaje de Entre Ríos ha ido transformando poco a poco la confor­mación expresiva de sus pobladores. Lo vemos en los descendientes de los extranjeros de más acu­sada cristalización racial. El hijo del germano, del ruso o del hebreo tiene ya, en su modelación fisonómica, algo del oriundo de Montiel. El coci­miento del sol, la sombra del paraíso, amistosa y benigna, han curtido su piel, dilatado con la quie­tud campesina sus pupilas traslúcidas, o tranqui­lizaron el hondo azoramiento de su mirada. Fru­to de las primeras inmigraciones, ofrece ya, por la común semejanza, los trazos visibles de un tipo del ambiente. A su vez, se encuentra con escasa frecuencia a la persona de riguroso lineamiento indígena. Las corrientes de sangre operan en el fundente étnico la amalgama esperada, que pro­ducirá, tiempo andado, en la Argentina total, una entidad humana rica en diversidad psicológica y fecunda en su aptitud por la coherencia íntima.



             Mas, el influjo positivo en el elemento adven­ticio y en la evolución del terráneo no se debe a la sugestión del medio físico, sino a la tradición de la ciudad entrerriana.   Entre Ríos, agro de intensa industrialización rural, es una provincia de ciudades.  El hombre de mi provincia se par­ticulariza por su vinculación con un centro irra­diador.  El de Entre Ríos es individuo esencial­mente sensible al dominio local.   Concibe al país a través de la provincia y a ésta a través de la villa menuda o de la ciudad en que la escuela, la sociabilidad, las manifestaciones iniciales  de la vida de relación esbozaron su espíritu y lo imantaron con el amor regional. Esa tradición urbana, que se percibe en un fenómeno constante de des­centralización, de parcelamiento, de preferencia agudamente metida en la manera de sentir, ha creado ese celo lugareño y esa tendencia a velar por el prestigio del rincón predilecto que da a Entre Ríos la apariencia europea de un semillero de municipios.  La acción política desplegada por Entre Ríos reproduce, en la unidad permanente de su inclinación histórica, esa multiplicidad indi­vidual.  Ninguno de sus  núcleos  gregarios,  con existencia completa, deja de grabarse en la expre­sión panorámica  de  la  provincia.  Ceñido  a  su localidad, el entrerriano aspira a representarla en su obra personal y en su proyección colectiva.  Y lo curioso es que el orgullo de ese localismo, que nunca llega a ser disolvente ni cohíbe la visión de lo general, se funda en motivos espirituales.  No poseen nuestras urbes provincianas pátina de vejez, recuerdos venerables, monumentos que exal­tasen su curiosidad.  Y las urbes de Entre Ríos, pequeñas,  medianas  o  crecidas,  son  demasiado recientes y puntualizan, en su pujanza, hitos de progreso económico.  Pero el orgullo  de que os hablo radica en lo que cada burgo quiso ser en el anhelo civilizador de la patria.  Empezaron a formarse en la época en que los organizadores del país comprendieron la necesidad de la tarea educacional.   Antes de arar el suelo comenzaron a arar el espíritu.  Urquiza, trajo, cuando el campo estaba todavía erizado de lanzas gauchas, peda­gogos expertos y tuvo la preocupación del aula en momentos en que se habría explicado anteponer la  solución  de  otros  problemas.  El  Colegio  del Uruguay, la Escuela Normal de Paraná, no tarda­ron en adquirir el ascendiente de dos institutos fundamentales, que desparramaban por el terri­torio a gente con afán de diseminar cultura y repetir en los puntos más lejanos la obra bien­hechora del libro y de la cátedra.  Las ciudades entrerrianas   interpretaban   así   el   pensamiento dominante de don Domingo Faustino Sarmiento y transformaron a la escuela en el mejor patrimonio de la comunidad,  la  exaltaban  con   entusiasmo supersticioso, la elevaban en su cuidado a la categoría de un culto familiar. La ciudad se volvió, por su parte, un abrigo de la faena escolar, que se entretejía con la política, con los sueños de ade­lanto, con las divagaciones especulativas de la tertulia. El dinamismo de las ideas del siglo XIX, que en Buenos Aires y en Córdoba movía a los círculos de la Universidad y revolvía a las menta­lidades salientes, tocaba en Entre Ríos a una clase más difundida, más populosa, que vivía en con­tacto con la labor educativa de las humildes casas de estudio. De este modo, mientras por un lado persistía la ruda estampa del caudillo que entron­caba en don Justo José, en Ramírez, en Jordán, y se multiplicaba en jefes hereditarios de zonas y departamentos, como los Velázquez en Villaguay, por otro lado se diseminaba el hombre urbano, que iba borrando la huella de aquél y plasmaba en una filosofía esquemática, consustanciado con un vago enciclopedismo, de juicio libre, dado a la progresión de la democracia y para quien el gobierno, la sociedad, la República se mostraban, no al trasluz de la oligarquía o del nombre influyente, sino como repercusión directa del pueblo activo, del pueblo hacedor. El hombre urbano, con su prédica del alfabeto, con sus opúsculos de ciencia accesi­ble, sentimentalizado por los versos de Ossian y por las proclamas altoparlantes de Hugo, que en­cendió en Gualeguaychú el lirismo cívico de Andrade, encarna en la provincia los fáciles postula­dos del liberalismo, antidogmático, popularista, impregnado de los conceptos de amplitud humana que lubrican su elocuencia, imantan su retórica y dan a su palabra el valor significativo de una actitud.


             Me diréis, estoy seguro de ello, que ese esquema de idealismo liberal, de efusión encerrada en sen­tencias trasegadas de los constitucionalistas de los Estados Unidos, ese humanitarismo a lo Ho­racio Mann, esa generosidad que proviene de los grandes proyectos de reforma jurídica que se entrelazan con las plataformas de los partidos europeos de la época de Guizot y de Eugen Richter, diseñan a una especie de Monsieur Hommais, inocentemente agnóstico, que vacía en aforismos y en ostentación de sabiduría reciente su inteli­gencia de hechos, su medida exigua de compren­sión de las cosas complejas. Esto es cierto en el caso en que encontramos a Monsieur Hommais, individuo aislado y reconocible. Cuando una mu­chedumbre se educa en un nivel de ideas, las aplica a un fin de realización, las conforma con una perspectiva de la colectividad, sin miedo a los precedentes opuestos, sin la vacilación que provoca la timidez de chocar con lo establecido, y deduce de los lugares comunes de Monsieur Hommais una norma para aspirar a lo venidero, a mejorar lo actual, es porque se ha forjado una conciencia, que es el síntoma del buen sentido societario. Con esas elementales concepciones, ahondadas sucesivamente por la densidad de la cultura, el grupo entrerriano cumplió en el país una misión ostensible. En las controversias en que se hallaba interesada la nacionalidad y de las cuales debía surgir su estructura orgánica, ese espíritu de novedad, de libertad, de romanticis­mo, un poco ventoso pero de una espontaneidad que brota de la raíz misma del ser, cooperó con energía impulsiva y fértil. La provincia, con tan decisiva medula regionalista, como suelen serlo las tierras que tocan un confín, tuvo, a pesar de la filiación precisa en su origen y en sus costum­bres, la visión del país organizado, colaboró con tenacidad, ya iniciadora, ya participante, en la faena constructiva de la Nación. Hubo, sin duda, un liberalismo entrerriano que influyó en la orga­nización de la República. Y ese liberalismo, que la escuela acentuó, transformóse en un compro­miso para el gobernante y el ciudadano. Al atri­buirse y poseer, efectivamente, una tradición democrática, las masas que representan el impul­so social se creyeron comprometidas a continuar por esa senda y ensancharla. La ciudad entrerriana educó, con su prestigio de foco emisor, a las poblaciones en el deber respecto del municipio, de la provincia, del país. Como el entrerriano es celoso de su ciudad, es celoso de su autonomía y no admite al gobierno que esté fuera, en absolu­to, de la función que le confiere. Ha tenido Entre Ríos administraciones chatas o agitadas, concor­dantes con la posibilidad momentánea del país, Mas, comparadas con otras de ese período, permi­ten ver una fecundidad mayor, que dimana de la responsabilidad que sienten ante el criterio des­pierto de la multitud.



             ¿Qué representan en la proeza nacional los tra­bajadores de la organización, de los primeros ím­petus hacia un sentimiento más amplio de la vida, como Mitre, como Sarmiento, como López, y en la política del hecho consumado y de la creación inmediata, como Roca? Representan la guerra al gaucho, esto es la lucha contra el individuo ina­venible con la convivencia civilizada. Del año 53 data esa ardua batalla; Mitre, Sarmiento, López son los antigauchos, antimontoneros, que aspiran a fijar al país un régimen estable, dignificador y susceptible de perfectibilidad. Entre Ríos, desde la reacción contra Rosas, se pone al servicio de la política de los hombres que definen la orienta­ción europea, la política del consentimiento de los ciudadanos, de la sanción del pueblo, contra la política brutal y anárquica de la imposición, de la fuerza de mando que radica no en la voluntad consciente  que quiere  gobernar,  esto  es  aplicar ideas a problemas,  sino del  que quiere que  le acaten, o sea el cacique, imnestizable con las ideas, y que constituye la oposición del campo cerril al ascendiente de la ciudad.   Entre Ríos, provincia dominada espiritualmente por el destino de sus ciudades, convirtió su viejo denuedo en una ener­gía de movimiento urbano.   Al derrocar a Rosas se hizo antigaucho y asimiló con más poderío de iniciación y de continuidad el propósito de coope­rar en la construcción del  país.   Ese concepto, fortificado por el acrecentamiento de la acción escolar, dio una inflexión marcada a la obra de su representación en  el  Congreso.   En la  obra legislativa del país se nota la actividad del legis­lador de Entre Ríos. Es la suya la voz amplia, la voz que pide el ensayo de las proposiciones nue­vas, nutrida de doctrina venida de Europa y que recoge el eco  de las  experiencias  de  los  países adultos.  El liberalismo entrerriano tiene el énfa­sis sarmientesco, se corporiza en medio siglo de esfuerzo   perceptible y perdura cohesivamente cuando las tendencias de la política idealista comienzan a declinar y después de Mitre y de Sar­miento se abre el duradero paréntesis, en que el sentido puramente práctico, el sentido sustancialmente material del progreso, seca en las masas el fervor militante y lo transforma en una expec­tación pasiva de los sucesos. No diré que Entre Ríos se sustrae a ese desecamiento moral. Ese fervor cambia de rumbo. Se concreta en un afán distinto, que se aísla en el deseo de cultivar el espíritu, se vuelve hogareño, a favor de la atrac­ción local, y de ahí nace la vocación del hombre entrerriano por las cosas desinteresadas. Con la escuela se difunde la veneración del libro y la multiplicación de la biblioteca. El viajero que recorre a Entre Ríos encuentra en la más dimi­nuta aglomeración de casas la sala pública de lectura. Esos anaqueles cargados de volúmenes denuncian la abundancia del lector. Los lomos raídos, las páginas fatigadas, atestiguan la curio­sidad del vecindario por lo que se escribe en el país, por lo que se produce en las sedes ilustres de la cultura. El libro circula en Entre Ríos. El agricultor, a leguas de la estación, tiene en sus habitaciones, en la repisa que ha fabricado en invierno, como a la mesa de la cocina y al yugo, la novela de esparcimiento, la obra que resume para su inteligencia ocupada, los conocimientos útiles. La biblioteca no es en Entre Ríos un detalle decorativo de la organización comunal, sino un instrumento activo que responde en su fun­ción al concepto que tiene el individuo de la nece­sidad de ilustrarse.


             Esa vocación de vida espiritual, hoy difundida en la populosa clase media,  cuya extensión se mide por el considerable número de ciudades, se exterioriza en el sentimiento que se consagra al hombre representativo, en política y en literatura, desde Andrade hasta el escritor contemporáneo. Olegario Andrade encarnó en el país el idealismo cívico, con una concepción continental. Procedía sentimentalmente de la generación fundadora de la nacionalidad.   Los hombres que fraguaron los cimientos de la República, los creadores prima­rios y los edificadores específicos de nuestra Argen­tina, eran ciudadanos de América. Como nuestros soldados de la liberación que salieron de la Plaza de Mayo y llegaron con sus cabalgaduras hasta Nueva Granada, los estadistas, los legisladores y los publi­cistas de las Provincias Unidas tenían en su espí­ritu el panorama del continente.   Andrade vibra­ba con esa emoción fraternal.   La revolución le había dado el sentido profundo de esa hermandad; las vicisitudes amargas de la anarquía y de la tiranía circunscribieron su patriotismo, ciñeron su esperanza, animaron su voz resonante con todo lo que recogía en la acústica de la tierra natal. Formado en la técnica ampulosa y magnífica del verbalismo hugoniano, tenía de Hugo la predilec­ción por los paisajes siderales, la preferencia por los símbolos heroicos en que la naturaleza se iden­tifica con la criatura humana en expresiones de divinidad. La historia, la leyenda y la mitología, nutren su poesía e inflaman, en un frenesí gene­roso, su voladora palabra. Andrade es nuestro poeta civil. En el ámbito oscurecido se deja oír su admonición de censor, su adivinación de pro­feta, su aliento impulsor. Su cadencia está hecha para acompasar la marcha de los héroes. Como el cóndor que vuela en su canción memorable, está en lo alto para asistir a su desfile, para anun­ciarnos su victoria, para señalarnos nuestro de­ber. En sus ínfulas épicas repercute el optimismo del argentino que empieza a vivir la existencia nacional. Y las preocupaciones del argentino de entonces, sus angustias patrióticas, sus inquietu­des presentes, sus recelos esporádicos, reviven en sus estrofas, agrandadas y aguzadas, y cobran esa vitalidad perdurable que confiere el talento crea­dor a las cosas efímeras. Poeta para ser recitado ante la multitud y saludado por salvas de caño­nazos, como dijo don Marcelino Menéndez y Pelayo, Andrade no fue un artista de labor fina, un arte­sano prolijo de la forma o de la sensibilidad. Fue el poeta de nuestra civilidad y de nuestra aspi­ración a la sociedad democrática.  Poeta del pue­blo, se dirigió al pueblo en un idioma compacto, cernido de truenos, alumbrado de relámpagos, en el cual las ideas elementales adquieren un reves­timiento llameante y se agitan en una decoración de tragedia.  Poeta popular, acaso el más grande que produjo la lengua castellana en América, sin alcanzar el valor universal de José Hernández, ha llevado, como Víctor Hugo, la libertad, la justicia, el heroísmo, a la dignidad poética que en vano buscaríamos en otros, en la época en que Andra­de resucitaba en el fatigado mito prometeano los sueños que parecían deshacerse en Europa.   El período en que imperaba totalmente la estética romántica y se concebía al mundo a través de imágenes grandiosas y deformes, la cultura, re­cién asomada en Entre Ríos, suscitó con Andrade su procreación más concluyente.
             Asentada, diversificada en una diseminación prolija, condensada en un ambiente ya más ensan­chado, determinó en Osvaldo Magnasco a un hom­bre de distinta estructura mental, pero en quien redunda, como en Andrade, el soplo del roman­ticismo. Magnasco, jurisconsulto que estudió en las fuentes directas a los legistas romanos y a los pensadores clásicos, llevó a la oratoria política y a la elocuencia forense el espíritu andreadesco, en lo que hay en éste de sello aborigen, de afición a lo desmesurado, de gusto por la exageración, en lo compatible con la disciplina impuesta por las ciencias de su especialidad. Legislador y mi­nistro de durable memoria, Magnasco fue uno de esos hombres que sobreviven a su acción circuns­tancial. Fue un maestro. Hablaba en la cátedra con la gravedad, con el gesto, con el despliegue teatral con que hablaba en la tribuna del Parlamento, y en la cátedra y en el Parlamento agre­gaba al tono latino de la arenga la sabiduría maciza, la exactitud cabal, la probidad de erudi­ción de un académico digno de ser escuchado en los recintos de las universidades seculares. Nadie lo ha olvidado. Pasaron años, años espesos, desde las polémicas del Congreso. El país ha crecido, se ha triplicado, se ha enriquecido en experimentos, en problemas y en historia, con individualidades nuevas, con manifestaciones nuevas de ascensión y de caída, y, sin embargo, todavía parece viva y actuante su rotunda figura, y se diría que aun se oye su acento afirmativo, noblemente arquea­do en la peroración, densa de doctrina, de razonamiento, de destreza, que ofrece la consis­tencia de un alegato y el brillo y el calor de la inspiración poética. En Magnasco se junta el método de la ordenación clásica con la vivacidad romántica de la forma. Su lengua es holgada y en su variedad se observa la persistente frecuenta­ción de la latinidad. Su pensamiento, desordena­do a menudo en el estilo, muestra, a pesar de esto, la solemnidad y el equilibrio que se obtiene con el saber bien acopiado y la familiaridad asidua con el clasicismo. Combatido y admirado, Osvaldo Magnasco se impuso en un momento a la aten­ción total del país. Su caída, que habría podido ser eventual, en un país que de un día a otro olvida lo que nunca se olvida en los pueblos de trabajada conciencia, lo indujo a abandonar la política y a refugiarse en el estudio. El ministro de la reforma educacional se volvió "un habitante de la ciudad silenciosa de los libros". Rodeado de sus autores predilectos, sin ambiciones, sin acri­tud, se entregó a la voluptuosidad apacible de explorar, en la poesía y en las letras históricas, los hechos de la antigüedad. Vivía para su espíritu en una quietud decorosa, sin más acción externa que su tarea profesional. Y así se extinguió, sin que su retiro de cerca de veinte años hubiese bo­rrado la impresión de su robusta personalidad.
             Sin esas proporciones de mérito literario, su contrincante insigne en la controversia de la re­forma educacional, Alejandro Carbó, representó a su vez matices especiales del espíritu entrerriano. Los representó en sus aspectos más bellamente humanos, es decir, en la lealtad y en la honradez. Con su inteligencia laboriosa, con su talento ma­duro, expresaba Carbó el gusto coterráneo por los problemas que se relacionan con la cultura y por las cuestiones orgánicas de la vida democrá­tica. En Alejandro Carbó resplandecía sin jac­tancia la altivez de la ciudadanía. Era, en la acep­ción más solemne, un ciudadano de la República. Siendo tanto, fue algo más. Fue un educador, en quien la Escuela de Paraná dio su fruto más pro­vechoso, y fue un gobernante. Quien lea, precisa­mente, sus discursos de la discusión con Magnasco, se dará cuenta de que el país no supo utilizar, en la magnitud de sus dones, a muchos hombres pre­parados para servirlo y dirigirlo. No dejó de influir por esto, en la medida de su actividad, ya como uno de los formadores y profesores de la Universidad de La Plata, ya como educacionista práctico en Córdoba. E influyó con su obra im­portante de legislador ilustre hasta que sobrevino el oscurecimiento de 1916 y desvió de la política gubernativa, de la acción dirigente a los hombres que tenían una categoría en la clasificación de la inteligencia y una jerarquía moral.


             El desenvolvimiento económico de Entre Ríos se puntualiza en una rapidez que posiblemente no guarda relación con otras zonas de la República. El milagro argentino de la mancha desierta de tie­rra que un lustro después es un emporio de produc­ción es particularmente un milagro de Entre Ríos. Hace poco se ha celebrado otro aniversario de San Salvador. Allí se estableció en 1890 un pobla­dor animoso, con un rancho y un palenque. Hoy es un centro hirviente de trabajo, con casas de co­mercio que operan por millones, con tumulto de automóviles, con hileras de repletos galpones. En San Salvador se pronuncian conferencias sobre asuntos abstractos, se realizan conciertos, se con­sumen libros. En sus calles se ve al criollo de me­jillas cetrinas, al tipo que surge de la mezcla de sangres, al alemán, al sefardí de rostro anguloso, al indio asquenasi. Entre Ríos era hasta los alre­dedores de 1890 una provincia puramente pastoril. Cuando yo era niño se andaba largas leguas antes de encontrar, fuera de las quintas sombreadas de naranjos, un trozo de sembradío. Por las extensidades dilatadas no se veía más que ganado. En los latifundios enormes, el terrateniente criollo acu­mulaba docenas de miles de cabezas. La fiesta de la yerra era la fiesta de Entre Ríos. Yo he visto a Polonio Velázquez bravear en los rodeos de la es­tancia de Escriña, asombrar con sus diestras manganas, inmovilizar al novillo arisco con el lazo tendido, desde la argolla de la cincha a la corna­menta, que se astillaba en reflejos a la luz del sol. Lentamente fue volviéndose una provincia de agri­cultura intensa.   Los  anchos latifundios se  des­pedazaron, las extensiones vacías se atestaron de aldehuelas amables, y por todas partes se oye el chirrido de la máquina que siembra y qua siega. Por doquiera, en el mes fecundo de Dios, se alza la delgada chimenea de la trilladora, que va sus­tituyendo la fiesta antigua de la yerra por la fiesta del trigo. Trigal, huerta, granja, distendidos sobre los vallados, sobre los llanos, en las riberas de los ríos, la familia entrerriana, múltiple y única, labra  con ahínco admirable la riqueza de la región.  Es la provincia de más aprovechada vida corporativa. Allí se fundaron, en las colonias judías, las pri­meras cooperativas del país; allí se hicieron Ios ensayos más atrevidos, porque las fusiones raciales han acostumbrado al entrerriano a un eclecti­cismo experimental que significa un estímulo de progreso. ei cosmopolitismo entrerriano, refracción intensificada del cosmopolitismo  argentino, se muestra en la intensidad de elaboración de ri­queza. Y ese cosmopolitismo tiene, a la vez, una apariencia curiosa de originalidad. El extranjero se adapta sin violencia, se siente sin retardo un hombre de ese medio, se regionaliza. 


             Habréis comprendido, amigos míos, que yo soy de allá. En mi libro primerizo yo formulé, con timidez, con emoción, la alabanza de mi tierra. Yo soy de allá, amigos míos. Mis manos, antes de co­nocer el oficio de la pluma, conocieron el oficio del arado. Mis pies pisaron, en los años de la infancia, los rectos surcos, y mis ojos aprendieron a tenderse hacia el horizonte azuloso para espiar el vuelo de los pájaros en las claras mañanas y aprendieron a llenarse de paz a la hora en que el jinete va despacio, temeroso de muerte. Las fábu­las campesinas, referidas por Remigio Calamaco, boyero de la colonia, me instruyeron en el gusto de las cosas remotas, me educaron en el amor de las cosas afables, me inclinaron al deleite humilde de la palabra. De allá soy, amigos míos. Soy de los contornos de Villaguay. El rocío que escarcha en el amanecer la costa gramillada del Vergara refresca mi corazón, y al acordarme de Entre Ríos, de Villaguay, del Vergara, de Domínguez, de aque­lla casita con techo de paja en que era tan sabroso el pan, veo aclarar en mí como aclaraba el cielo, cuando iba, montado en el flaco tordillo, en busca del barroso y del yaguané, con sus cuernos pun­tiagudos, separados y curvos, en que el alba ponía una relumbre de nácar. Entre Ríos, tierra benévola, tierra de hombres leales, guarnecida de cei­bos, diste fondo a mi alma y en mi alma conser­vaste, con el temblor de los árboles de Montiel, con tus aguas sonoras, un rumor de cántico. Ami­gos míos, yo soy de allá.


      (Texto extraído  “Entre Ríos, mi País”, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1950)