LA BUENA TIERRA

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

 

            El escritor argentino frecuenta muy poco su propia tierra. Es un hombre cuyo oficio lo condena, por razones de organización, o mejor dicho, de desorganización del medio social, a una vida sedentaria que excluye la posibilidad de identificarse con la variedad de su país y trasfundirlo en su obra de artista.
            Es por esta causa que nuestra literatura, una  literatura sin paisaje, carece ordinariamente del reflejo real de la agitación humana o sin el aspecto visible e íntimo de la masa física que debe producirla. Desgraciadamente, esto continuará así hasta que la profesión literaria se convierta efec­tivamente en una profesión y permita, al hombre que la cultiva, interiorizarse en el misterio de su tierra, a convivir profundamente con su alma co­lectiva, a transfigurarla en los hechos y en las imágenes de su espíritu.
             Como todos mis compañeros de actividad lite­raria, no he podido frecuentar mi rincón nativo con la asiduidad con que lo exigen mi sentimiento y mi inteligencia; pero, de cuando en cuando, la fuerza con que vive en mí, me lleva hacia la buena tierra y adquiero nuevamente la sensación de un descubrimiento.
             A comienzos de un otoño, después de años de ausencia del campo entrerriano en el cual me formé, pude ponerme en contacto con ese paisaje y con ese ambiente que sólo vivía en mi recuerdo y se había transformado en algo así como un panorama poético, acaso desvinculado de la vida minuciosa de la realidad.
             En esos días de pereza conveniente, de contem­plación tranquila, volví al antiguo Entre Ríos y descubrí lo que significan sus ondulaciones mara­villosas, lo que representa como fuerza de tradi­ción y de constante renovación el hombre entrerriano, tan  diferente del individuo de los demás sectores de nuestra patria, por la definición precisa de su fisonomía y por los rasgos particulares de su temperamento. Y no quisiera que se creyese por u instante, que deseo incurrir, en una forma deliberada, en ese regionalismo que se suele atri­buir a los hombres que nacieron en Entre Ríos o que de Entre Ríos traen la esencia de su formación. El caso es que esta provincia, tan hondamente típica, ha formado una atmósfera y una indivi­dualidad por causas que no podría examinar con demasiada exactitud, pero que le dan, sin duda, una personalidad en el movimiento humano  de nuestro país.
             La Argentina comenzó siendo un país de civili­zación rural, de terratenientes patricios, de condes gauchos o ahidalgados, para quienes la ciudad cons­tituía un punto de residencia fugaz o de aprove­chamiento de lo que se obtenía con la posesión de la riqueza pecuaria. El hombre argentino del lito­ral o del norte, trashumante o sedentario, ajustaba su concepción de la vida a un ideal campesino, a un ideal de dilatación a través de la llanura, de desenvolvimiento y de conquista en el suelo. Algo del militar, inestable y hazañoso, turbaba su espí­ritu; algo del colonizador español, inavenible con la monotonía ciudadana, con la paz y la civilidad de la urbe, lo empujaba campo adentro, pampa afuera, donde le era posible forjar propósitos de fortuna o realizar aspiraciones de dominio, por que en cada uno de los fundadores de familias de esas regiones del sistema   platense,   germinaba una voluntad de caudillo, de mandador de gentes. Y esa multitud que se aglomeraba en los centros pampeanos de la Argentina, se radicaba en la ciu­dad sin tener el espíritu sustancialmente ciuda­dano.  La ciudad era un instante periódico en su vida; lo permanente, lo estable, consistía en la ilusión del campo abierto.
             De ahí que el caudillo, el mandador de gentes, fuera un individuo que soñara siempre, que aspi­rara invariablemente a dominar en la ciudad, como hombre que en el fondo le era hostil. Ese dominio tenía para el caudillo la fascinación de las con­quistas en tierra extraña.
             En cambio, Entre Ríos, provincia profundamente ruralista por su economía, era y es, sobre todo, una comarca en que el hombre se caracteriza por su sentimiento de cohesión humana, de gregaris­mo social, con un concepto urbano de la sociedad, que lo convierte, desde el comienzo de la evolución de sus organismos políticos, en un individuo ur­bano.
             ¿Cuáles son a su vez, los factores que determi­nan esta diferencia cardinal en el habitante de aquel pedazo de mesopotamia?
             No sería posible asignar esos factores exclusi­vamente a razones de suelo o de clima. La ondu­lación de la tierra entrerriana es una reproduc­ción de las grandes llanuras argentinas: tiene lo elemental de sus características y ofrece, al que la recorre, el mismo ámbito de libertad, la misma falta de límites para contener su poder de expan­sión.
             Sin embargo, desde que empiezan a haber en Entre Ríos pequeñas agrupaciones, pequeños nú­cleos, sus miembros adquieren ya un sentido de comunidad, de islote social, una especie de sensi­bilidad municipal que los obliga a tener reacciones de conjunto, manifestaciones en que el individuo representa invariablemente a la colectividad. Vive del campo, siente la belleza del caballo, comprende, practica y exalta el arte épico de la doma, el tra­bajo rudo y hermoso de la ganadería, pero, a pesar de ser éste su temperamento espontáneo, a pesar de ser por sí solo una expresión tan recia de la industria campesina, su espíritu es un espíritu de hombre urbano, de integrante de la urbe, y de partícula que actúa con una propulsión de partí­cula colectiva.
             Es posible que por estas causas el entrerriano sea un elemento que raras veces deriva hacia el caudillo. En la historia de Entre Ríos el caudillaje es un capítulo breve y episódico; más que caudi­llo, Urquiza es un gobernante, más que mandador inexorable de hombres, es un individuo que está identificado con esos hombres en una obra social.
             El entrerriano, desprovisto así de tendencias al romanticismo individual, a la exacerbación mor­bosa de su yo, acata con facilidad las normas de la vida civilizada; su moral es una moral de pre­ceptos, de necesidades, a las cuales nunca se atreve a sustraerse; su predisposición es la del servicio de colectividad, del progreso, y este estado de ánimo individual se transforma en un estado de ánimo que es social y gregarista. Por esto, hace un siglo o casi un siglo, cuando en el país se care­cía todavía de un sentido orientador y general, de un sentimiento preciso de rumbo, en Entre Ríos los periodistas, los políticos y los educadores em­pleaban un idioma para expresar sus aspiraciones argentinas que todavía podemos usar en la certi­dumbre de que constituyen el esquema de un ideal colectivo de patria y una impresión elevada de humanidad.
             Para atestiguar lo que digo, transcribiré una re­flexión interesante y sintomática aparecida pocos días antes del Pronunciamiento, en un periódico del Uruguay que se titulaba La Regeneración. Dice: "Encuéntranse en el fondo del sentimiento entrerriano elementos que es indispensable dis­tinguir cuidadosamente para no equivocarse ni confundir la verdad. Entre nosotros domina la conciencia instintiva de la dignidad del hombre, la aspiración generosa al pleno goce de los derechos, hacia la convocación absoluta de todos los progre­sos de que la civilización es susceptible; esta noble faz de nuestra actualidad nos consuela. Induda­blemente todos los espíritus ilustrados, todos los corazones rectos, dentro y fuera de la República, sentimos la necesidad innata de aumentar la suma de nuestros conocimientos, de nuestro bienestar, reconociendo con el heroico magistrado que nos preside que ese objeto sólo es realizable bajo la influencia de condiciones y modificaciones sociales que respeten la grandeza de nuestra naturaleza, favorezcan el desarrollo de nuestros grandes des­tinos futuros".
             Como se ve, este estado de ánimo a que me he referido no podía ser la consecuencia del pensa­miento aislado de un individuo o de grupos de individuos representativos. Es así como se ates­tiguaba el sentir común, la ansiedad de que la República llegase a ser una tierra de fecundidad y de hospitalidad, con lo cual se anticipaba la socie­dad entrerriana en la manera de contemplar los problemas del país a los hombres que más pode­rosamente influyeran con posterioridad en su des­envolvimiento. Poseían ya entonces los entrerrianos la noción profética de la solidaridad humana, de corporación movida por impulsos modeladores en el servicio del progreso. Y en ese sentido con­tribuyeron a crear con antelación considerable, una situación mental a mediados del siglo pasado que ulteriormente, en tiempos de Mitre, de Sarmiento, de Roca, se transforma en ideario nacional y determina ese liberalismo global y amplio que sirve de motor al adelanto económico y de objeto para forjar una gran fraternidad de trabajo hos­pitalario.
             Ese modo de concebir las cosas generales del país y particulares de la región denuncia una madurez social y política prematura en el hombre entrerriano. Es inherente en su urbanismo ins­tintivo, aparentemente tan localista, tan áspera­mente excluyente en sus manifestaciones exter­nas; se produce en virtud de una concepción de la vida nacional, en virtud de un presentimiento del porvenir argentino, pero favorecido por una modalidad psicológica, por una natural posición del espíritu.
             Y ello se explica. Mientras los grandes fer­mentos de la Argentina, giraban alrededor de centros dominantes de irradiación, de ciudades que tienen un valor absorbente de capitales, como Buenos Aires y como Córdoba, la vida entrerriana se plasmaba en un considerable número de reducidos núcleos que son sus ciudades. Nunca fue una provincia de desiertos, con tal o cual explosión de vida urbana; fue desde su comienzo en su vida histórica una provincia de ciudades, como tuve oportunidad de decirlo alguna vez.
             Es decir, desde el comienzo de la vida argen­tina, en Entre Ríos se opera el fenómeno civili­zador y aglutinador de las municipalidades euro­peas y puede afirmarse, sin temor a la exagera­ción, de que fue la única provincia en que el municipalismo ha tenido una vigorosa influencia en su definición histórica y en su transformación social y, lógicamente, el urbanismo, la vida influyente de la ciudad, ha ido transformando al hombre argentino de Entre Ríos y lo ha dotado de un aspecto diferencial más o menos perceptible.
             Ningún entrerriano, por distante que se halle de un punto poblado, tiene la psicología del hom­bre aislado, del hombre de soledad. Se halla en conexión con la vida social, con la civilización. Comprende que debe desbastar la violencia de su carácter, el exceso de su vitalidad, el sobrante de sus energías, para someterse a principios y reglas de las cuales emana la posibilidad de la conviven­cia pacífica.
             El entrerriano no tiene por objetivo fundamen­tal y romántico de su existencia el triunfo per­sonal, sino la colaboración que elimina todo ger­men despótico, que atenúa y deprime saludable­mente el rasgo heroico de tipo teatral y amansa al individuo en la monotonía, conveniente del códi­go civilizado, o sea en la comprensión del indivi­duo respecto de los individuos que lo rodean.
             Y este hombre particular de la Argentina, este hombre de tan decisiva fisonomía, tiene por base de su espíritu, por raíz de su desenvolvimiento sentimental, el gusto de la tierra. Es el entrerria­no, el hombre que menos huye de su trabajo, que menos sueña en las derivaciones hacia la ciudad foránea. Cuando se traslada a ella, añora con una vehemencia que a menudo sorprende, el sitio de donde ha partido, y adonde se dirija, adonde fuese, se considera primordialmente entrerriano. Su noción de la nacionalidad es una noción viva, dominante; pero, es, ante todo, consustancialmente con su carácter de argentino, un entrerriano que se caracteriza por un sentimiento regional que le confiere un perfil en el movimiento ar­gentino.
             Este sentido de vivir con los demás, de ser una partícula integrante de un conjunto, ha llevado a Entre Ríos a la creación de la clase media, que aparece siempre tardíamente en los países de for­mación juvenil. En Entre Ríos aparece la clase media antes, posiblemente, que en Buenos Aires, que en Córdoba, que en Tucumán. No es una pro­vincia que tiene el concepto aristocrático de la vida, sino el signo mediocrático de la cooperación social.
             Esa clase media se mueve por sentimientos y por pensamientos que definen a las gruesas bur­guesías de los países estáticos, de las sociedades asentadas en el tiempo. Por esto, en Entre Ríos, la moral tiene el valor de una fuerza actuante, de una regla directriz. Para el entrerriano, hombre de burguesía, hombre de clase media, el honor burgués, es, como para Schopenhauer, el buen honor. De ahí que este individuo sin propensión a lo espadachinesco, o a lo tenoriesco, a lo trágico o a lo dramático, sea un hombre que elimina en beneficio de la composición social todo factor que pueda turbar esa severa filosofía de normalidad en su existencia.
             Se puede comprobar con un simple rasgo en nuestra agitada historia democrática, de avances y retrocesos paradójicos. En nuestra política siempre hay una provincia escandalosa; siempre hay una región, un fragmento del país adonde acuden los recursos del poder federal para poner remedio a un grave sacudimiento. Entre Ríos es una de las pocas provincias que no cultiva el escándalo. No es una provincia de política des­lumbrante, de creaciones más o menos ostentosas. El sentido burgués y apacible de la vida, con un fondo de patriarcalidad benévola, se trasluce en su civilidad, en sus costumbres, en su ritmo co­tidiano. De allí no vienen noticias que asombren. Jamás viene algo que pueda avergonzar al entre­rriano que anda por el resto del país. Y es porque el sentimiento de clase media, el sentimiento de provecho social y de dignidad argentina lo expone constantemente al control de la comunidad a que pertenece y de la cual espiritualmente no se separa jamás.
             El entrerriano vive en la ciudad y mira hacia el campo.  El campo es su sustento y su posición y necesita identificarse con sus cuchillas y con su arroyo.   Vuelve constantemente al río maternal. Se sumerge en los bosques legendarios.  Se pierde en el suelo ondulado.  Pero recoge esa impregna­ción poética, ese estímulo de vigor, para retornar a la ciudad y ser nuevamente el hombre prácticamente ciudadano y vitalmente campesino,  socialmente fecundo, íntimamente satisfecho de vi­vir de una manera humilde y continua para ese grupo humano, celoso y altivo, que es su pequeña patria, su gran Entre Ríos, su comarca natural. Experimenta  una gratitud  fervorosa hacia  esa comarca, hacia esa pequeña patria que es su mag­nífica, su amable provincia, cuadriculada de ríos, bajo un cielo portentoso, de placidez amistosa, en que la estrella protectora sonríe de noche sobre la era labrada, de la cual extrae con su talento doméstico lo que su alma oscura y modesta re­quiere para existir.   No es el aventurero de las latitudes dilatadas; es el hombre del lugar, es el hombre afincado, y lo que necesita para desenvolverse se lo da la comarca con una facilidad laboriosa.  Acaso es uno de los pocos hombres de nuestro país  que,  como   el   campesino  europeo, tiene la imagen del suelo que lo sustenta.
             El hombre de Entre Ríos no es sino de allá y no podría ser de otra parte. Esa buena tierra no le reclama hazañas para embellecerla, ni para apro­vecharla; es el pedazo de tierra en que solo nece­sita inclinarse hacia ella para encontrar lo que apetece; le dará sus jugos nutricios, lo teñirá con sus fuertes carmines y le comunicará su solidez armoniosa. Y es así porque desde que comenzó Entre Ríos a concretarse en su individualidad, los que gobiernan la provincia, que tenía una mag­nitud de nación y una gravitación preponderante en períodos formativos de nuestra historia, se lo ha educado en la convicción que debe asumir la responsabilidad, no ya de su destino individual, sino de su ciudad, de su tierra.
             El liberalismo entrerriano, simple y fundamen­tal, nunca ha sufrido alternativas contradictorias. El hombre actual de Entre Ríos, como el hombre del tiempo de Urquiza, tiene la conciencia de que nuestro país debe ser una promesa humana, porque no pensando así no sería totalmente argenti­no, entrañablemente argentino, se traicionaría en algo y no se lo serviría de acuerdo con las tradiciones en que se ha formado.
             Ese sentimiento, ese vigoroso modo de imaginar y de realizar la vida, ha dado a la provincia de Entre Ríos un carácter hondamente genuino. La última vez que estuve allí me encontré en la ciudad de Paraná con antiguos compañeros con quie­nes comentábamos los sucesos actuales. Ninguno de ellos se manifestaba pesimista; todos afirma­ban con palabras que tenían una fuerza miste­riosa en su simplicidad, que ningún hombre argen­tino debe desconfiar del porvenir. Todas las tor­mentas que ensombrecen al mundo, todas las sacu­didas que ponen en peligro las grandes conquis­tas de la civilización, han de desvanecerse, porque en el mundo ha de triunfar ineludiblemente lo que puede acercarnos a lo mejor.  En la tierra que labra y en las ciudades que esa tierra ha creado el hombre entrerriano fija su orgullo en la vida del espíritu y el espíritu le ha dado el poder de la fe, la robustez de la voluntad; la fe y la voluntad para crear, para esperar, para tener la conciencia de que en nuestra Argentina, de la cual es Entre Ríos una cifra y un testimo­nio, se debe vivir sin trastornos de pesadilla, con una serenidad activa, con esfuerzo cálido y probo, como es la vida, provechosa, rítmica, lenta y sin pausas, Y cada vez que voy a Entre Ríos, adquie­ro la certeza y la confirmación de que en ese mo­vimiento hacia una vida humana más favorable y menos amarga, en ese impulso hacia un nivel más alto en la historia argentina, esa provincia es un factor y un ejemplo.



              (Texto extraído  “Entre Ríos, mi País”, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1950)