LOS TESOROS DEL VIENTO

Modificado el: 25/05/2011 Imprimir PDF

Los cantos del payador sólo se guardan en cofres de música, en el alma errante de la poesía sin escritura, en el aire del espíritu popular. Son tesoros del viento, en el viento dispersos como un aroma oscuro, como una fuga de colores apagándose, como aéreas semillas sin dirección segura, pero prestas a germinar en la tierra roja de los corazones propicios, en la entraña inagotable del pueblo, en la patria primitiva de la poesía.

Lo mejor se va en el viento, es verdad. Por eso dice el payador llanero:

 

¡Ah malhaya quien pudiera

con esta soga enlazar

al viento, que se ha llevado

lo mejor de mi cantar! 1

  

Igual cosa señala Mitre al referirse a Santos Vega, expresión cimera  y arquetípica del payador pampeano que en el ámbito tradicional se convirtió en "una especie de mito; que vive en la  memoria de todos,  envuelto en las nubes prestigiosas del misterio, sin haber dejado otra cosa que la tradición de sus versos improvisados, que el viento de la pampa se ha llevado". 2

El Dr. Ismael Moya, al mencionar las creaciones espontáneas de los payadores gauchos de los períodos heroicos de nuestra historia en el siglo pasado, dice que "perdiéronse poco a poco en el trajín de la guerra o en el ajetreo de las expediciones". 3

Sobre la poesía de los viejos payadores que recorrieron la tierra uruguaya en la centuria comprendida desde fines del siglo XVIII a fines del XIX, dice el crítico Alberto Zum Felde: "Improvisación siempre renovada, apenas retenida en parte por la memoria de cantores u oyentes, esa poesía popular y campera se fue en el viento, y sólo su vaga tradición oral ha llegado a nosotros". 4 Desde luego otro tanto sucedió con la poesía de índole payadoresca en todos los países donde se cultivó ese género.

Con referencia al Paraguay, Buzó Gómez indica que en el período 1860-1910 existió "una pléyade de modestos trovadores, que componían toscos versos principalmente en guaraní, y de cuyos nombres no queda memoria". 5

Pasan los versos y los hombres. Así ocurre. En todos los pueblos. En todas las épocas. Y ya que no es posible recorrer los tiempos resucitando nombres, contribuyamos al menos a que la poesía, inextingui­ble manantial para la humana sed, luz que regresa en cada aurora, tránsito y permanencia de la brisa, sea como la afirmación de un derecho natural del hombre, diario pan de la mesa de todos, sencillo milagro en la flor de la cotidianidad.

Tesoros del viento, que el viento arrastró confundidos entre el polvo de la historia no escrita, fueron también las expresiones ingenuas, los cantos elementales, los poemas sin letras que han ido elaborando los pueblos primitivos de todas las latitudes, en repetidos  testimonios de las inclinaciones espirituales de la raza humana, para satisfacción de las sucesivas generaciones, aunque no para los legados documentales a la posterioridad. Mas no todo se perdió, ni lo que palpitaba en la eterna sed de poesía de los viejos pueblos, ni lo que resonaba en la voz del payador. Hay secretos hilos, sutiles pero que ya no pueden destruirse totalmente, y que el espíritu del hombre reanuda y prolonga a través de todas las peripecias de la humanidad.

Por eso los mensajes, las señales, las voces poéticas de los pueblos aborígenes del continente tampoco se perdieron por completo, aunque casi todos esos pueblos carecían de escritura para registrar su acervo literario y aquellos que, como los aztecas y los mayas, tuvieron signos ideográficos o sistemas jeroglíficos para dejar testimonios escritos, no pudieron trasmitirnos esa riqueza porque fue sistemáticamente destruida por los conquistadores, al considerar esas expresiones culturales americanas como inspiradas por los poderes diabólicos.

Hay soplos que vuelven, como rachas grávidas de misterio creador levantadas entre las tinieblas del tiempo, venidas desde la hondura del pasado. Hay esencias que no se desvanecen jamás.

Desde el más recóndito latido poético de los pueblos indígenas; desde sus flautas, sus tambores y sus maracas; desde el corazón quejumbroso de los charangos y las arpas indias; desde las aguerridas guitarras cantores de los cantores populares; desde la voz andariega del payador, parten caminos  que atraviesan por nuestro espíritu con rumbo al porvenir. Sepa la nueva gente americana encontrar esos caminos.

 Nuestro espíritu lánzase a explorar los vientos del mundo, a descifrar su hondo lenguaje, a desentrañar sus ocultos tesoros inmateriales, a escuchar la voz de la poesía de todos los tiempos, el eco del canto eterno de las ansias humanas.

 

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1- Rómulo Gallegos: Cantaclaro, p. 227, Ed. Espasa-Calpe. Buenos
Aires, 1941.

2- Bartolomé Mitre: Armonías de la pampa, en La poesía gauchesca en lengua culta, p. 52, Ed. Ciordia y Rodríguez, Buenos Aires, Í951.

3- Ismael Moya: Romancero, I, p,. 317.

4- Alberto Zum Felde: Proceso intelectual del Uruguay, pp. 401-402, Ed. Claridad, Montevideo, 1941.

5- Sinforiano Buzó Gómez: índice de la poesía paraguaya, p. 25, Ed. Tupa. Asunción -Buenos Aires; 1943.