EL PAYADOR EN EL CUADRO HISTÓRICO, SOCIAL Y CULTURAL

Modificado el: 23/05/2011 Imprimir PDF

 

Así como, por lo común, resulta difícil desenmarañar los hilos de la  historia debido a su complejidad, tampoco es fácil hallar y mostrar de modo satisfactorio los elementos ancestrales, tradicionales, de diferentes y remotas procedencias, que concurren en distinta medida y por cauces no siempre visibles, a la formación del acervo cultural, los valores espirituales y los modos expresivos de las diversas comunidades, mientras en el mundo se ha ido operando, a través de las épocas, una activa mezcla de razas y culturas, en un complicado juego de influencias e inter-relaciones. Así sucede con la formación de los pueblos americanos, su folklore y su expresión. Intentaremos sin embargo caracterizar al gaucho como tipo étnico y social, formular una valoración del payador como expresión de cultura y mostrar que su canto, alimentado en el ambiente rural, está asimismo influido por el bravío escenario donde el payador se movía; por eso en la corriente de ese canto los elementos dramáticos crecían a veces hasta el frenesí, como un desborde de fuerzas elementales. Consideraremos influencias y factores -incluso geográficos- pero apartados de rigideces deterministas. Otros capítulos completan este bosquejo y desarrollan puntos que aquí quedan sólo enunciados.

El gaucho exprimió su vida para alimentar la historia que no podía dirigir; para sostener formas de progreso que no le estaba permitido disfrutar. Y bajo tan penosas condiciones no dejó de marcar su indeleble huella en el cuadro histórico, en el espíritu nacional y en el ámbito poético. No eludió la pelea ni fue insensible al arte, en el que reproducía todas las aristas de su ambiente, de su vida y de su tiempo. Entenado de la patria, derramó sobre la tierra ajena su sangre, su sudor y su canto. "Está tan unido a la vida de la nación el esfuerzo anónimo de las masas campesinas -dice Martiniano Leguizamón-, que casi no existe un acontecimiento memorable que no haya sido señalado por la música y el canto popular, como para atestiguar que los paladines de melena y chiripá fueron colaboradores de la empresa".1 Ejemplos parecidos ofrecen todos los pueblos del continente.

El gaucho demostró capacidad para dominar a las fuerzas de la naturaleza, adaptarse a la vida del áspero ambiente rural, atesorar conocimientos útiles en la experiencia diaria; crear técnicas de trabajo, instrumentos, artesanía, modos de sociabilidad, normas de conducta; suplir dentro de sus posibilidades el desamparo cultural, fortalecer su personalidad humana en su libertad cimarrona siempre amenazada, superar con intuición e ingenio natural su analfabetismo y dar expresión a su vida. Hizo todo lo que podía hacer en esas condiciones. Se desangró en las luchas por la independencia y en las contiendas intestinas. Fue explotado en todo cuanto pudieron explotarlo las clases dirigentes. Fue elogiado cuando su fuerza podía ser utilizada convenientemente por los herederos del poder colonial; fue anatematizado y perseguido cuando su conducta no se ajustaba a los designios de quienes deseaban manejar sin aflicciones los resortes económicos y políticos y estaban impacientes por acelerar el fortalecimiento del orden burgués, para disfrutar en paz y abundancia de sus beneficios.

Unos ven en el gaucho un árabe, por su aspecto y por entender que la sangre morisca de los andaluces fue la que principalmente afluyó a las pampas con la conquista y la colonización hispánica; otros no más que un español blanquísimo trasplantado a estas tierras americanas; algo así como un hidalgo castellano que se barbarizó en el desierto, aunque conservó algunas cualidades de la buena casta (la mala casta era la indígena y, desde luego, la africana, mercancía del tráfico esclavista) y entró con buen pie en la historia -al menos en mejor forma que los despreciados "infieles"-,porque encontró su "salvación" en el catolicismo, religión de conquistadores, presea de caballeros cuyas empresas, así fueran las más anticristianas, no dejaban de estar asociadas a la invocación y a la protección de Dios.

        Otros lo consideraron un mestizo de indio y español, mientras que para otros es una mezcla indo-hispano-africana, lo mismo que los llaneros de Colombia y Venezuela, si bien en el Río de la Plata el aporte negro fue menor. En ninguno de esos aspectos pueden hacerse afirmaciones categóricas. En medio de todo eso hay que tratar de acercarse a la verdad.

Es indudable que el indio y el español están presentes en el carácter étnico del gaucho, mas también está, en alguna medida, la contribución del negro, cuyos rasgos vemos todavía hoy en muchos rostros criollos, junto a otros decididamente aindiados, y, a otros de tez blanca y ojos azules, como los catires de Venezuela y Colombia.

Parece probado que entre los españoles llegados a estas tierras predominaron los de la región donde los árabes dejaron su perdurable herencia, pero también llegaron muchos vascos, gallegos, etc. Vascos y gallegos (y también, posteriormente, italianos y criollos) eran los pulperos de la región pampeana en el siglo pasado. Por otra parte hubo gauchos negros, entre ellos no pocos payadores, y hasta gauchos irlandeses, como el famoso Campbell, y como Facón Chico y Facón Grande.

Aunque dentro del cuadro general, el gaucho haya presentado un tipo bastante uniforme, no puede decirse que esa uniformidad fuera completa, si bien la población gaucha acusaba sin duda algunas características comunes, pues el tiempo, la tierra, las relaciones vitales en un ambiente dado, la comunidad de costumbres y de intereses, van produciendo su influencia unificadora. En medios geográficos distintos se registran también matices diferenciales en la masa humana.

En términos generales, el gaucho es un mestizo en el cual tiende a forjarse una nueva unidad étnica y cultural, con algo del europeo y del indio y un poquito del africano, pero ya no igual a ninguno de ellos. Con ese mestizo y con el de toda América se inicia, en estos países que apenas si, en las culturas más desarrolladas, habían llegado a la historia escrita antes de la entrada de los europeos, un nuevo ciclo histórico que finalmente desemboca en la Revolución Americana, apertura de otro gran ciclo. La inmigración trae después otros matices y modificaciones,

La presencia del payador supone la existencia de una cultura (es en si mismo un categórico testimonio cultural), y una cultura, por rudimentaria que sea, no se forma y desarrolla en poco tiempo. En la evolución de la humanidad se registran hechos culturales que, siendo aparentemente muy simples, cuando se ven aparecer están ya representando una maduración histórica de siglos, cuando no de milenios.

Suponemos que el payador apareció en el transcurso de la segunda mitad del siglo XVII entre el elemento criollo que ya tenía suficiente asiento en la tierra americana e iba definiendo el nuevo tipo de la población nativa, uniendo a la honda sugestión telúrica y a las características del ambiente, herencias espirituales y culturales que no procedían de una sola fuente, sino de una confluencia de múltiple arrastre, en la que se asomaban, a través de un largo recorrido de sus corrientes ancestrales, con mayor o menor caudal, el indio, el europeo, el negro y el árabe remoto.

A menudo los gauchos han sido comparados con los árabes. "Estos árabes sudamericanos", dice Mac Cann, después de observar a un grupo de conductores de carretas. "Tienen un sorprendente aspecto de árabes o de beduinos", expresa León Palliére.

Sarmiento también estableció semejanzas entre los gauchos y los árabes no solamente en sus rasgos fisonómicos, sino también en cuanto a los usos, las costumbres e inclinaciones. Para Mitre el gaucho era "una especie de árabe y cosaco", que poseía el fatalismo del primero. Otros autores -Lugones entre ellos- han hecho algo parecido y han visto en el gaucho ciertos caracteres atribuidos a la herencia árabe. Para Groussac el era "hermano del árabe nómada trasplantado a la pampa americana". Consideraciones análogas formuló Carlos Octavio Bunge. 

Enrique Gómez Carrillo, fino cronista, curioso trotamundos, que visitó por primera vez la Argentina en 1914, vio también al gaucho "con cara y con alma de árabe".2 Pero quizá en esa apreciación gravita la influencia de Sarmiento y de Lugones.

Los gauchos rioplatenses han sido parangonados con los llaneros de Venezuela. Y allá también aparece la tendencia que venimos señalando.

Al hablar de la gente da su tierra venezolana Rafael María Baralt, prestigioso escritor del siglo pasado, decía que las costumbres de los llaneros, "por una singularidad curiosa, eran y son aún tártaras y árabes más que americanas y europeas". Agregaba que, "sus dichos, festivos siempre y en ocasiones fundamente epigramáticos, participan del gracejo y donaire natural de la risueña Andalucía".

Escritores de la época actual se expiden en parecidos términos. Vemos, pues, prevalecer la creencia de que en el hombre de los llanos de la América del Sur preponderan los rasgos procedentes de la herencia árabe trasmitidos a través de los andaluces y que por eso es un poeta intuitivo.*

 Otros, en cambio, asignan a la influencia de la naturaleza sobre el gaucho una categoría determinista. Ya no sería la raza, sino la geografía, la preponderante en los rasgos del payador. El Dr. Goyena, luego de referirse a las características y sugestiones del ambiente pampeano, apuntando lo que a su juicio despierta en el gaucho la "vida recóndita del mundo interior", dice que por eso es músico y poeta" .3

No es aconsejable tomar tales aseveraciones al pie de la letra. No debemos creer que la inclinación poética del gaucho se haya debido pura y simplemente a su lejana ascendencia árabe o al influjo exclusivo del paisaje. En tales órdenes también hay que pensar en lo relativo. Podemos hablar de influencias, de factores, de indicios, de elementos computables en el cuadro de la realidad, pero no debemos aplicar rígidos conceptos deterministas, ni en lo racial, ni en lo geográfico, ni en lo histórico, ni en lo cultural. Ningún fenómeno social se produce de modo automático.

El hombre deja en todas partes algún testimonio cierto de su condición perfectible, por desfavorable que sea el ambiente en que le toca vivir, por duras que sean las condiciones de su existencia. Todos los pueblos primitivos poseyeron una cultura, por rudimentaria que fuera. También la poseyó el gaucho, a pesar de todas las verdades y las mentiras que puedan decirse con relación a su atraso, a sus deficiencias y a sus defectos. 

Cuando el gaucho se batía por doquier contra los ejércitos imperiales hispánicos y quebraba su disciplinado poderío, era un héroe espléndido; lo era también cuando luchaba contra el indio (sin saber que estaba combatiendo a su hermano), para ensanchar los dominios de la oligarquía; v asimismo tenía ganado el elogio cuando se sometía a los más duros trabajos por poquita paga; pero era un réprobo, un salvaje y un criminal, cuando intuía que en su torno se estaba estrechando el cerco; cuando su instinto de libertad y la todavía confusa noción de sus derechos lo lanzaban al torbellino de la revuelta, a las aventuras de lo que se llamó la anarquía, en medio de fenómenos y problemas que él no podía comprender ni los que tenían la sartén por el mango iban a encarar de acuerdo con los intereses populares.

Ya en 1815 la burguesía se proveyó de un instrumento legal contra el gaucho, el cual podía ser declarado vago, obligado a atarse a un patrón en las peores condiciones o atrapado para el servicio de fronteras en la lucha contra el indio. No era una medida contra el gaucho por ser individuo inclinado a la delincuencia, sino un arma contra el gaucho como clase social. Una ley contra el pueblo, como otras que se dictaron más tarde, en  distintos períodos. Como las leyes de represión del movimiento obrero en el presente siglo, empezando por la 4144, llamada ley de residencia.

Testimonios de muchos hombres, nativos y extranjeros, cuyas opiniones tienen indudable gravitación, destacan en el gaucho el sentimiento de la hospitalidad y de la libertad, los rasgos de hombría y de nobleza que corresponden a un pueblo digno en medio de su ignorancia. No es extraordinario que haya errado. Sus propios errores fueron explotados por quienes se los reprochan, tal como se hace en nuestro tiempo frente a nuevos episodios del drama popular. Poseía también el sentimiento de la poesía y de la música. Sentimiento que se mantiene vivo en medio de los desamparos, problemas y agobios de la actualidad.

Samuel Haigh expresó: "No existe ser más franco, libre e independiente que el gaucho". Darwin afirmó: "El gaucho es muy superior al hombre de las ciudades". Hudson, nacido en la pampa, exalta las calidades humanas de la gente de chiripá. Mientras que sus cualidades guerreras, su temple admirable y su eficacia combatiente, en tremendas luchas desde la guerra de la independencia, han sido altamente elogiadas por hombres tan autorizados como el general español García Camba, y el general inglés Miller, y posteriormente por otros militares ilustres como Mitre, Paz, Mansilla. Las citas podrían multiplicarse indefinidamente.

Durante muy largos períodos la población argentina fue, en su gran mayoría, población campesina, gaucha. El gaucho formaba la masa del pueblo argentino. En el seno de ese pueblo gaucho surgió el payador, errante pregonero de la poesía de los campos, intérprete lírico de una sociedad rudimentaria donde andaban en balanza, dramáticamente, las ventajas y las desventajas, la alegría del hombre con necesidades restringidas que aún podía salvar sobre su pingo algunas formas precarias de libertad, y la penuria de la inseguridad, de la falta de perspectivas, de la carencia de medios y de estímulo para el desarrollo cultural.

Dentro de formas económicas atrasadas -pastoriles con resabios feudales- en vastas extensiones con escasa población, en la desprotección social más completa, el gaucho edificó su vida, cuidó los vínculos de la comunidad, elaboró los elementos culturales de que disponía, con lo que heredó de sus antepasados, con lo que la tierra le ofrecía y con lo que pudo sacar en limpio de sus experiencias vitales.

En esas condiciones el payador hizo su camino -como el baquiano en el vasto mar de tierra- en el campo de la cultura popular, a la que prestó extraordinarios servicios, proyectando a la vez influjos y sugestiones que, de una manera u otra, afloraron en el dominio de la literatura culta.

Eduardo Mallea, pretendido descubridor de una Argentina invisible, concede que el gaucho poseía un modo de emoción hondo y noble; pero sólo ve en ese hombre la inercia y la ceguera. Dice que vive sin luz, desprovisto para siempre de cualquier facultad creadora.4 El autor de Historia de una pasión argentina busca símbolos, pero éstos deben apoyarse en la realidad, en la que es preciso considerar la presencia integral del pueblo, con su drama y su movimiento, oscuros pero indudables. Observemos que el gaucho -sangre, músculo, empuje y fuego de la Revolución, aunque su instinto de libertad fuera traicionado- analfabeto y desprotegido, carecía, sí, de luces, pero conquistó su porción de luz. Y dio también su expresión, aunque ella no está documentada en forma completa y minuciosa. La ignorancia, el analfabetismo, las terribles desventajas sociales, no le impidieron dar vigorosos caracteres a su personalidad, imprimir signos admirables a su ejecutoria y poner nobles y duraderas vibraciones en el alma nacional. Sería singularmente asombroso que quien, como el gaucho, dejó tan honda huella en el cuadro histórico y espiritual de la argentinidad -aunque para algunos, en esos planos, el pueblo no cuenta- no hubiera podido dar ninguna muestra de capacidad creadora.

Lugones y Rojas entre otros, en la Argentina, han ofrecidos abundantes elementos testificadores acerca de la trascendencia del arte payadoresco, en su realidad de fenómeno cultural y en su influencia en el ámbito literario, en la poesía, en el teatro. Por su parte Fernán Silva Valdés, en el Uruguay, ha destacado también la importancia de la institución de la payada. Refiriéndose a los torneos payadorescos que eran frecuentes en las pulperías de los pequeños pueblos de la Banda Oriental, escribió: "Cuando se miden dos payadores de fama entre el humo de los cigarros, bajo el colorinche de las flecos de papel cometa que enguirnalda la estancia, y los vasitos de caña brasileña se asoman a las barbas, puede asegurarse que se está realizando el acontecimiento estético racial más importante de un criollo".5

José Manuel Estrada, hacia fines del siglo pasado, cuando aún abundaban los payadores, hizo estas observaciones: "El gaucho nace músico y poeta. ¿Os parece enfática esta palabra? Convengamos en que nace guitarrero y payador. Su cántiga sorprende a veces por la chispa delicada que la ilumina; frecuentemente se arrastra en el pensamiento y en la forma como una excentricidad artística que ofendería al legislador de la retórica, pero no al poeta, habituado a sentir la lucha de inspiración con su propia impotencia".6

Es innegable que el gaucho poseía una cultura, aunque fuera una cultura a la intemperie, con su misma vida. Producto de una civilización sin desbrozar, hijo del ambiente rudo de los campos, tenía necesariamente que presentar ciertas aristas, tenía que ser también él algo rudo, para poder sobrevivir, pues la vida le exigía un severo entrenamiento en los diarios juegos del peligro y el coraje. Era un hombre nuevo que iba acentuando sus fuertes rasgos y necesitaba una expresión nueva, que fue forjando -con lo que la tierra le daba y con lo que él "trujo al mundo"- en sus modos de vivir, de trabajar, de vestir, de pelear y de cantar.

En el desierto, en el ambiente rural de los vastos descampados, en la dilatada soledad tensa y musical, en la ansiosa extensión de las pampas, y en la tierra ondulada de una y otra banda del Uruguay, y en los valles, y en los bosques, el criollo campesino recogió las voces del tiempo y de la tierra, las resonancias ancestrales, las señales de su alrededor y las instancias de su mundo íntimo, y todo ello se condensó en la voz del payador, alto exponente de la cultura popular en determinados momentos de la historia americana, de la evolución de las costumbres y del estado de la sociedad.

 

 1- Martiniano Leguizamón: El gaucho. Su indumentaria, armas, música, cantos y bailes nativos, p. 39, Buenos Aires, MCMXVI.

2 Enrique Gómez Carrillo: El encanto de Bs As, p. 119, Madrid, año 1921.

* En el momento actual podemos observar este hecho: Hay en la Argentina, -en Entre Ríos, Santiago del Estero y otras provincia-, gran número de árabes y descendientes de los mismos. Sin embargo, que sepamos, no se halla entre ellos ningún payador.

3 Pedro Goyena: El gaucho argentino, en Prosistas y poetas, compilación y prólogo de Ricardo Ryan, p. 103, Ed. Estrada, Buenos Aires.

4- Eduardo Mallea: Conocimiento y expresión de la Argentina, pp. 32-33, Ediciones Sur, Buenos Aires-Madrid, 1935

 

 5 - Fernán Silva Valdés: Vida y muerte del canto criollo," La Prensa",
Buenos Aires, 5 de febrero de 1939.

6 - José Manuel Estrada: Antología, p. 142, Colección Estrada,
Buenos Aires, 1941.