VERANO

Modificado el: 07/05/2011 Imprimir PDF

 

Oscurece. nubarrones bruscos se han detenido en el sur, no tan alto,

sobre la cúpula de la iglesia, sobre la luz roja de la torre más alta;

hacia el oeste nubes incandescentes se retuercen exprimiendo el último

gas del fulgor solar. El cielo bajo del oeste por donde se hunde la tarde

es una franja celestísima de suavidad y esplendor. Un helicóptero

recorre la línea costera, lleva una luz blanca fija y otra roja parpadeante;

sobre la casa, un murciélago derrapa gira baja sube y obtiene

los primeros datos de la noche fresca; los ventiletes de las escaleras

de un edificio se encienden de golpe y a los dos minutos de pronto

todos se vuelven a apagar.

 

El esfuerzo unido de todas las luces de las avenidas del sur produce

una reverberación palidescente que se eleva desde el suelo, montañas

amarillas detrás de las torres de la cárcel y de los pocos edificios altos

que penetran el cielo.

  

Aviones silenciosos se desplazan en dirección a Ezeiza y en el fondo

comienzan a doblar, luego los tapa una nueva torre sin terminar, aún

oscura por las noches; los más pequeños que van hacia aeroparque

cruzan de sur a norte y pasan descendentes por encima de la casa:

sus luces pestañean y segundos detrás del aparato pasa también el ruido.

 

Ahora el cielo se quedó sin nubes, las encendidas del oeste

se licuaron en la oscuridad y las grises del sur han ido virando

hasta que el poder de las estrellas las empujó fuera de la noche,

  

eeaaa!!!  una estrella fugaz casi invisible abre el pelaje negro 

de la oscuridad, pero nadie ha visto nada, no se escuchan comentarios.

Una insondable cerrazón se estancó en los fondos del sur,

ahora se halla inmóvil, un olor mezclado y seco llega de ese telón grisáceo,

para detectar los nueve cielos con sus nueve cualidades esfumantes

hay que pasarse días mirando, de lo contrario solamente puede verse

el gris final contra las casas del horizonte, el negrísimo del mismo centro

y los azules que unen los extremos, lagos de manchas,

afloraciones basálticas que hieren la vista con sus salientes filosas. Llovió.

 

El temporal de anoche no dejó rastros ni en el cielo ni en la tierra,

solo dentro de la casa unas aureolas de resaca en el piso marcan el lugar

donde hubo charcos o vertientes que traspasaron los techos

y surcaron las paredes; el aire sí, es una brisa tranquila

que barre el espacio luego de la lluvia, los árboles humedecidos

brillan verdosos, un trapo volado, endurecido en la posición

contorsionada en que lo dejó la mojadura y el viento, pero nada más.

  

Agrias humaredas de goma quemada se levantan y se astillan

entre rachas intermitentes de viento malo, enfermante;

madera de cajones y bolsas indestructibles de plástico

con restos de agua amarillenta se retuercen en las fogatas;

el color del cielo en cambio esconde sus objetos

y todo lo recubre con un celeste que palidece

hacia los cuatro horizontes. La flor blanca con gruesas venas moradas

de un cactus abierta latió rabiosa, dos noches y volvió a cerrarse,

ennegreció; pero un reconcentrado violáceo oscurísimo aún llamea

en el cogollo junto a las primeras espinas de la planta.

La claridad de esta mañana deposita un dulzor

de sospecha en los despertantes, no saben si son

los mismos de ayer, tratan de no moverse por temor a quebrarse,

las nubes flotan al sol, agrupadas en rebaño, pasan por el corredor

del sur, y otras pequeñas muy transparentes, a punto del desvarío

se imantan hacia el centro de la bóveda, y al toque se desvanecen.

 

La tarde enardece, el blanco dominante de las nubes

torna ahora en borbotones  de gris que las carcomen y empujan hacia el oeste,

para dar el espectáculo aún incierto al final de esta hiperclaridad congelante.

 

El sangriento atardecer ha pasado inadvertido, pero todavía quedan,

antes de la noche, largos trazos débiles de marrón en los escenarios

montados en el sur, una sola estrella ha comenzado a vibrar pequeña

encima de la ruta de los lienzos terrosos, otra emerge aún más pálida,

y otra más allá abajo, comienzan a competir con las luces de las ventanas

de los edificios que también se encienden, sin ritmo pero musicalmente.

 

La calma del día continua, salvo por ráfagas de viento que cada tanto balancean

las plantas de las terrazas y hacen vibrar apenas a los árboles grandes

de la avenida. La luna, con un borde apenas refilado, brilla a medio camino

del centro del cielo, intensifica el yodo raro de una nube gruesa que se acerca,

veloz, empujada por el aire del río, ostentando un cobrizo intenso que se revuelve

dentro de sí. En el norte nada, una estrella empieza a estar, el cielo es más

húmedo y azul, un pino está por la mitad de su completa oscuridad. En el oeste

trazos marrones rojos se disgregan en granos, otras estrellas aparecen

en el centro del cielo, junto a unas nubes obesas desencajadas blanquísimas

que ríen ante todos antes de partir.

 

 

Noche. bajo un techo de cielo negro, una fronda blanca cenizosa inmóvil

de brumosas nubes, más abajo, por el corredor diagonal trasero, pequeñas

nubes redondeadas, en fila navegan ligeras hacia el noroeste, cinchadas

por un helicóptero de prefectura. La luna ya casi llega al tope, agujereando

la fronda nubosa, como un soplete que derrite hielo.

Pasó la zozobra del cambio de luz, se ha  quebrado el hechizo de quietud

que sujetó este día con finos cabellos a un misterio.

Pintura mala se resquebraja en el cielo bajo del este,

cautivantes, los tres haces elípticos de una disco giran impactando

en nubes neblinosas, orbitando monótonas toda la noche,

como atrayentes aves de amor mecánico

que se alejan realizando su búsqueda circular para juntarse luego

en un solo punto justo encima de un local de apareamiento: la bailanta.

 

Día de sol puro y cielo continuo sin detalles.

  

Otra vez noche de viento; estaños plomos y escombros. la marejada de nubes

se infla y desinfla con los ventarrones que revolotean bajo y no se alejan

del barrio. Cinco... seis mares sueltos reprocesan toda su masa blanquecina.

Una nube larga cambia su piel lustrosa de cal por otra más brillante

de agujeros azules y puntos negruzcos luminosos. Una gran grieta

se abre justo arriba en la bóveda y comienza a existir el cielo,

vértigo... la ciudad rota sobre si misma, la grieta va volcándose

hacia el hundiente apenas tibio, fosforece una palidez barrosa.

El viento se ha llevado los ruidos a otra parte, calma que acerca

dos sonidos muy claros: el zumbido lejano de una cupé que irá mordiendo

el brazo gris y arqueado de la autopista, y una risa corta muy cercana

intercalada entre choques de cubiertos.

 

(de “El cielo de Boedo”)