LO INTRADUCIBLE. ENSAYOS SOBRE POESÍA Y TRADUCCIÓN PRE-TEXTOS,VALENCIA, 2010

Modificado el: 25/05/2011 Imprimir PDF

Por José Luis García Martín- Tomado de http://crisisdepapel.blogspot.com

Como una “silva de varia lección” que no excluye “el retozo humorístico, la discreta emoción, la poesía y la fábula”, define su último libro Alejandro Bekes. Pero también la “silva”, la miscelánea, la reunión de textos dispersos, tiene sus reglas y quien no las tiene en cuenta se arriesga a que el conjunto se le atragante al lector. Es lo que ocurre –me temo— con Lo intraducible, cuyo autor, sin embargo, es uno de los más destacados poetas argentinos contemporáneos, que además traduce con igual acierto a Virgilio o a Horacio que a Baudelaire o a Auden.
Un libro es como una conversación: ha de modularse de acuerdo con el oyente. Lo intraducible comienza con largos ensayos que quizá provienen de una conferencia o comunicación académica. Se leen como quien asiste a una tediosa clase y solo se salvan por los ejemplos, casi siempre admirables muestras poéticas, como el epitafio de Claudia, citado “en su arcaico latín, cuya ortografía milenaria parece dejarnos ver una lápida recién desenterrada, cubierta de musgo, en un costado de la Via Apia”, y traducido luego del más certero modo: “Huésped, poco te digo; detente y lee atento. / Ves la no hermosa tumba de una hermosa mujer. / Con el nombre de Claudia la nombraron sus padres. / De todo corazón a su marido ha amado. / Dio la vida a dos hijos. De ellos, a uno deja / sobre la tierra, al otro bajo la tierra lleva. / Era su sangre alegre y gracioso su andar. / Cuidó la casa. Hiló la lana. He dicho. Vete”.
Otro ejemplo: en los autos del proceso a Fray Luis de León encuentra una curiosa petición del poeta. Además de unos libros de devoción que se le encarguen a cierta monja y se le entreguen “unos polvos que ella solía hacer y enviarle para sus melancolías y pasiones del corazón”. Añade “que ella sola los sabe hacer”. Y el lector se queda con ganas de saber la fórmula de esos mágicos polvos.
El tono del libro cambia a partir del capítulo “Idea de poesía y poesía de ideas”. El profesor, el aplicado divulgador, es sustituido por el escritor que deja de lado las muletas académicas para apoyarse en el humor y en la poesía. Dialoga en el texto con un traductor de Horacio, el padre Tornes, quien señala en la introducción a sus versiones que “las profundas o grandes teorías que se atribuyen a ciertos, ¿son, en realidad, algo más que simples verdades mal concebidas?”. Ese diálogo –platónico por el fondo y por la forma— ya se dirige al lector culto, no al estudiante que ha de desarrollar un tema.
El resto del libro es también, muy a menudo, una fiesta de la inteligencia. Hay tres secciones de textos breves —“El error del otro”, “Inmortales mortales”, “Aula abierta”— donde demuestra haber aprendido la lección del machadiano Juan de Mairena y también la de Borges, sobre quien se vuelve una y otra vez.
Los “Esbozos para el epílogo de un libro imposible” reúnen una serie de aforismos: “No podrás escribir nada cierto hasta que todo lo que viviste se haya convertido en leyenda. Hasta que toda tu vida se te aparezca, como a través de la niebla, imposible y real”.
Los aforismos de Alejandro Bekes no condescienden con el ingenio ni con la greguería. En “Aphorismata pavca” —otra serie de ellos— leemos: “Todo aprendizaje es siempre el mismo aprendizaje: aprender que no sabemos lo que creíamos saber”.
En algún capítulo la crítica literaria se hace autobiografía. Memorables resultan las páginas dedicadas a La amada inmóvil, de Amado Nervo, un tiempo tan aplaudido y leído. El juicio acaba siendo demoledor: “versos modernistas, que acusan un despreocupado influjo francés, pero sin el supremo rigor artesanal de un Lugones y sin la certera conquista expresiva de un Darío; versos, en inquietante proporción, y para decirlo de una vez por todas, bastante malos”. Hay, sin embargo, un temblor y una inquietud humana –demasiado humana— que salvan el libro, y una lectura temprana que lo convierten en carne de nuestra propia carne. La literatura tiene esos misterios.
No solo de literatura se habla en este libro que se oculta tras un primer centenar de páginas fatigosamente prescindibles. “El contacto intelectual” trata de la grandeza y de las miserias de la educación en el mundo contemporáneo. El ensayo adopta la forma de un diálogo entre amigos. “El contrato pedagógico está roto –afirma Alejandro Bekes, que deja de ser el autor para convertirse en personaje—. Los alumnos parecen tener poco interés en aprender y menos en estudiar. Es raro advertir en alguno el goce de entender y la pasión de descubrir”. Siguen todos los tópicos que hemos escuchado tantas veces: “Antes, cualquiera sentía vergüenza de no haber leído a Sartre o de no saber en que año tuvo lugar el combate de San Lorenzo; ahora la gente, aleccionada por los modelos televisivos, se jacta de la propia ignorancia”.
Pero uno de los interlocutores, acierta a darle una vuelta al tópico: no es que los alumnos no tengan ningún interés en aprender, sino que buena parte de lo que se les enseña –en lengua, en literatura, y no solo— carece, si bien se mira, del menor interés. Como buena parte de lo que se publica. Conviene no dar por sentado que aquello de lo que hablamos o sobre lo que escribimos es de interés universal.
Las divagaciones teóricas sobre la posibilidad o imposibilidad de la traducción tienen tan escaso interés como las elucubraciones más o menos metafísicas sobre si Aquiles alcanzará o no a la tortuga. Sabemos que la alcanzará, sabemos que traducir es posible, aunque no fácil: pasemos a otra cosa, dejemos de marear la perdiz o la tortuga.
Alejandro Bekes tarda más de la cuenta en cambiar de tono. Y por eso la mayoría de los lectores hedónicos, de los aficionados a la literatura y el pensamiento, dejarán de lado este libro, que merece una reedición corregida y disminuida a cargo de un buen editor (no me refiero al editor comercial). Sin la labor del editor, tan invisible y desdeñada como imprescindible, un libro no es un verdadero libro, sino un conjunto de páginas diversas y dispersas encuadernadas en forma de libro.