LA MADRE

Modificado el: 18/05/2011 Imprimir PDF

 

                  En el pueblo no se sabía a ciencia cierta si la guardia perma­nente que tenía doña Juana a la puerta de la casa había sido im­puesta por el hijo, por el Gobernador Militar, o por el comisario de La Loma, y esta tremenda escala descendente le confería al misterio distintos grados y matices.

                  Si era una orden del hijo —como pocos creían— entonces no había nada que decir, y no tanto porque el amor filial estuviera fuera de cuestionamiento, sino más todavía porque nadie hubiera osado criticar —públicamente, al menos— esa clase de órdenes. En cambio, si era una medida dispuesta por la Gobernación, evi­denciaba un exceso de celo, cuando no una innecesaria obsecuen­cia, y una vez más un desconocimiento total de la realidad, propio de quienes, no siendo hijos del lugar, llegaban, dictaban leyes y se iban verdaderamente como fantasmas en la noche. Pero si —como muchos pensaban y algunos hasta vociferaban sin cuida­do— el cabo Altamirano estaba de custodia por propia decisión del comisario, entonces y por sobre todas las cosas era un desco­medimiento para con el pueblo, una insultante falta de respeto, puesto que absolutamente nadie en Comodoro Rivadavia, ni aun entre los opositores de su hijo, sería capaz, no ya de robarle a do­ña Juana, sino siquiera de ofenderla: a tal punto su gruesa figura de matrona era bienquerida, antes de que el nombre de su hijo co­menzara a aparecer en los diarios.
        La verdad era que el mismo hijo había ordenado la custodia de la casa de su madre, y no por amor filial ni por temor a un pe­ligro como pudiera suponerse.
        A pocos días de haber asumido el poder, fue sorprendido por el jefe de protocolo al preguntarle éste imprevistamente si debía ocuparse de su madre.
        —Quiero decir... —dudó el hombre— si la trae, o qué.
        El continuó en silencio, meditando parecía, pero en realidad a la búsqueda afanosa del recuerdo de su madre, ahora tan ausen­te de su vida como si fuese un huérfano. Y no tanto quizás por de­samor como por soportar la inevitable corrosión que el tiempo ocasiona en el afecto de los seres. Y más que el tiempo el movi­miento, el eterno oleaje de la vida, las sucesivas marejadas que alejan a hermano de hermano, a hijo de padres, a amigo de ami­go, que nos empujan y separan como a náufragos: cada uno a su orilla, a la ínsula, a su pedazo de salvación. Sin recordarse casi, pero llevando todavía el mismo lunar, el mismo tic, igual len­guaje, como esos continentes que, separados, conservan un perfil que se corresponde, y más profundamente una misma estructu­ra, y hasta una misma flora.
        Hay que decir también que desde que la madre se hubo casa­do nuevamente, él sintió que algo terminaba: la preocupación por su destino quedaba trasladada fiduciariamente a un desconocido. Y como de la despreocupación al olvido hay una corta distancia, fue soterrando a la madre en el olvido, a su nuevo hogar y a su presumible dicha, en la cual sin duda él era extranjero.
        Erguido pensativamente frente al jefe de protocolo, comenzó a dibujar un recuerdo que caprichosa, arbitrariamente empujaba por emerger del fondo de los años. Y lo que veía era a su madre temiendo exageradamente al hurto, a la rapiña, como si el mundo se hubiese completado para robarla. Quizás la temprana viudez disculpara esa preocupación enfermiza, y por otro lado bien sabía cualquiera que hay mujeres ricas que afrontan la vergüenza más grave de robar sin necesitarlo. Sin duda debía ser, junto a una manía, una consecuencia de la soledad, una manera de enfrentar el desamparo.
        El recuerdo crecía e iluminaba —allá ella, aquí él— con la breve intensidad de un arco voltaico. El podía verla, recortada su enorme figura contra la boca de la noche, lámpara en mano y re­vólver en mano, recorriendo los corrales, los galpones, la casa. Cierta vez, desde la atalaya de su ventana, la vio sacudirse estre­mecida por el sobresalto, observó alzar el brazo tembloroso por el temor y el peso, y escuchó el estampido justo casi cuando la noche relampagueaba por el fogonazo. Y al día siguiente, por pri­mera vez vio su rostro cetrino abrasado por el rubor, cuando el peón anunció la desgracia:
        —Parece que se murió un caballo —sin que nadie pudiera sa­ber si lo decía con sorna, vengándose por la excesiva vigilancia de doña Juana. Lo cierto es que a partir de entonces ella le permitió salir, domingo a domingo, sin revisarle el pequeño cajón semioculto bajo el asiento o ideado como a propósito por los fabri­cantes del sulky. Para el hombre fue como un desahogo, como una tácita franquicia que lo autorizaba a llevarse el cuarto de ca­pón, la arroba de lana o lo que le permitía la estación del año; fru­tos que le aseguraban en algún rancho la bienvenida y el regocijo, la estima y el amor. Y para doña Juana significó un favorable convenio, una sabia manera de conciliar la confianza que le tenía al peón con la desconfianza que le traían los años, optando desde entonces por ese pequeño diezmo dominguero del tamaño del ca­jón del sulky, en vez de aventurarse con un desconocido —como más de una vez lo había pensado— capaz de robarse de una sen­tada los mejores aperos y vaya a saber cuánta otra cosa.
        El arco voltaico se debilitaba y moría. Hay que ver que el re­cuerdo venía desde los lejanos tiempos de la infancia: tenía que atravesar muchos años. De ahí para acá, en la historia común de madre e hijo, había como una larga noche, como un estéril desier­to erosionado por su temprana ausencia durante los años de estu­dio, por el segundo casamiento de la madre, y naturalmente por la propia lucha del hijo, por su propia orilla, por su pedazo de sal­vación tan acrecentado que tenía el tamaño del país.
        Y fue así como, por no tener nada más a mano, se aferró al recuerdo que comedidamente había aparecido, de la misma de­sesperada manera como dos viejos conocidos, al encontrarse al cabo de años, olvidados casi de sus nombres y de sus respectivos orígenes, se apoderan de la única anécdota que les ha sobrevivi­do, la extienden sobre una mesa de bar, la amasan y la soban has­ta el cansancio, y cuando al fin escosa la abandonan furtivamente y huyen, esperanzados en que por suerte no volverán a verse nunca.
        Unos segundos después de que el jefe de protocolo le hiciera la malhadada pregunta, él sacó, propiamente como un mago de la galera, la respuesta que pareciera lo había estado preocupando en los últimos tiempos, con la misma maña con que los abogados se apoderan de sus propios problemas para dibujarse eternamen­te una preocupación infinita ante los absurdos litigios del próji­mo.
        —He estado pensando que precisa una guardia —dijo, mientras firmaba los despachos que le traía uno de los secreta­rios.
        —Llame a Comodoro Rivadavia —ordenó al jefe de protoco­lo, sin atenuar el acento grave y preocupado pero con esa naturalidad con que los hombres acostumbrados a mandar encargan las misiones más difíciles; y si el que manda es un militar, le su­ma a esa condición el hábito disciplinario de descargar en el infe­rior nada menos que lo imposible, de la misma manera absurda como un río salido de madre devolviera a sus afluentes el agua que de ellos ha recibido.
        Y por supuesto, pudo hablar. No con doña Juana —que obsti­nadamente había rechazado el teléfono como un gasto superfluo, como una comodidad malsana, cuando no como una sofisticada forma del fisgoneo— sino con el jefe de la comisaría segunda. Le habló con la deferencia con que un jefe de estado mayor pudiera hablar a un soldado raso que llevara un mensaje al frente de ba­talla, pero fue tal el estupor del comisario —famoso por su prepo­tencia y hasta por su coraje— que no supo decir esta boca es mía, teniendo que intervenir la propia telefonista —que efectivamente estaba fisgoneando, por la comprensible curiosidad pero también por la inevitable deformación profesional— para terminar la co­municación con un —¡Comprendido, señor!— a la vez femenino, militar y obsequioso.
        Una vez repuesto del sofocón, el comisario en persona, des­pués de abrazar dificultosamente con la canana el abultado vientre, caminó las pocas cuadras que lo separaban de la casa de doña Juana y se apostó, fusil en mano, desafiando no sólo al infa­tigable viento del oeste que barría la calle sino también a las mi­radas cargadas de insinuante ironía. Tuvieron que pasar cuaren­ta y ocho horas para que cejara en esa guardia eterna e impo­sible, hostigado por el hambre y el sueño pero más todavía por el descaro de ex contraventores que se paseaban por la vereda de enfrente.
        Desde entonces fueron rotando todos los agentes de la comi­saría Segunda, hasta que al fin el comisario encontró al hombre justo que lo reemplazara y en el cual pudo descansar esa respon­sabilidad tan inhumanamente grande que durante muchas noches le impidiera dormir.
        Este agente era en realidad un ex convicto que nunca había cumplido su condena, ahora policía gracias a las incomprensibles maneras del azar y a los comprensibles avatares de la política (una amnistía había emulado a otra, y una tercera había sido más generosa que las dos anteriores, por esa simiesca propensión al pasado que los gobernantes comparten con los escolares: se repi­ten anécdotas y leyes por el mismo mecanismo de emulación y de falta de originalidad, como si un Digesto consuetudinario rigiera todos los actos. Ya puede un político radicalizado prometer todas las reformas del mundo, que cuando llegue al poder inevitable­mente repetirá gestos y palabras que no le pertenecen, que vienen de un pasado anónimo y lejano. El condenado se sorpren­dería si supiera que la amnistía no tiene nada que ver con el per­dón, que en la condonación no intervienen ni la piedad ni la misericordia, sino la repetición mecánica de un acto, de una fecha, de una medida "de gobierno", como suele decirse.)
        Hay que decir también que el Sur, pródigo en desacatos, rico en tránsfugas y bandoleros, con una vida al margen de la ley am­parada por las grandes distancias, no tentaba mayormente a na­die a ingresar a las fuerzas de un orden informe y desacreditado. Más de una vez la misma policía tuvo que pactar con un bandido irreductible, ofrecerle no sólo la amnistía sino hasta un puesto escalafonado y jerárquico, para redimirlo y a la vez contar con un miembro experimentado y valiente. Y corno a propósito para pro­bar que la línea que separa el bien del mal es frágil y difusa, estos hombres se convertían en paladines del orden con el mismo énfa­sis con que antes habían militado en el delito. Sobre sus camaradas "de carrera" tenían la ventaja de una mirada libre de curiosi­dades y tentaciones, como si el conocimiento los hubiera inmuni­zado realmente; que ése es el peligro mayor de toda lucha: no el enemigo mismo sino el misterio que el enemigo representa, mis­terio que nos seduce y nos enamora. Que nos debilita, en defi­nitiva.
        Los hombres "de carrera", los agentes desde siempre fieles a la ley y al orden, estaban condenados eternamente a ir a la siga del ineluctable progreso del mal, a la vera de su fronda misteriosa y umbría. Y por asistir tanto tiempo al engorde del mal, por ver cómo el mal sobrevivía y medraba, en el mejor de los casos exhi­bían un dudoso celo trabajado por el rencor y la envidia, cuando no eran decididamente seducidos por la aventura del abigeato o tentados por el cohecho. Hubo así en el Sur un sinnúmero de co­misarios dedicados a cuidar con esmero el patrimonio ajeno por­que tarde o temprano ingresaría a sus arcas. Para los ladrones ilegales desamparados de la justicia, representaban una inhuma­na competencia. Y un terrible peligro: hay que ver el odio, la saña que ponían en el castigo cuando cobraban una presa. Demás está decir la calamidad que representaban para los pobladores, obliga­dos a besar el azote, como suele decirse.
        Los conversos como Altamirano, en cambio, lejos de repre­sentar un peligro, garantizaban doblemente el orden con su experiencia y con su reciente desapego que ostentaban con parecido orgullo al que lucen los ex ateos cuando portan el palio.
        Sí, él había sido un ladrón, y esta antigua condición, lejos de desacreditarlo a los ojos de doña Juana, lo volvía a la vez sagrati­vo y confiable. El respondía a esta confianza poniendo en la vigi­lancia un celo que denunciaba el pertinaz instinto de esos perros de caza que olisquean en el pavimento imposibles rastros. Parado con estudiada indolencia en el porche de la casa, abanicaba la cuadra con una mirada imprevista y furtiva, husmeaba de pronto las imprecisables extrañezas que pudieran preludiar el atraco, y caminaba por la vereda con paso tan firme y resuelto como para amedrentar a toda una banda. Reales o no, las señales se esfuma­ban sin durar, como volutas en la brisa. Salvo esa vez, esa tarde otoñal tempranamente oscura, que vio pasar un transeúnte al que cualquiera hubiese tomado por un desconocido respetable y conspicuo.
        — ¡Qué anda buscando aquí! —bramó Altamirano desde la pe­numbra.
        — ¿Pero por qué, qué pasa? —balbuceó el hombre, traicionán­dose a ojos vistas por el desmedido temor.
        —A mí nada, ¡pero conmigo no se jode! —sentenció Altami­rano definitivamente, mientras el desconocido reculaba lenta­mente con la calculada y pavorosa urgencia con que huimos de un perro rabioso, para desaparecer para siempre de la cuadra y po­siblemente de la ciudad y hasta de la Gobernación misma.
        Por ese entonces doña Juana ya había desgastado sus temores al hurto y la rapiña, como si verdaderamente no se pudiera llevar to­da la vida el mismo sobresalto. Había adquirido siendo joven un miedo propio de los viejos, y ahora a la vejez simulaba temor un po­co por costumbre y otro poco para no contrariar a su hijo que tan comedidamente había ordenado la guardia. Y también, inconfesadamente, porque separada circunstancialmente de su marido y alejada de sus hijos, se había aficionado a la presencia de Altamirano con ese apego con que los viejos se aferran a determinados seres como si su afecto pudiera retenerlos, preservarlos de la muerte o prolon­garlos después de alguna forma. Saludamos a un viejo despreocupa­damente, le decimos al descuido una palabra amable, y desencade­namos sin querer un cariño, una manera de la pasión que llegaría a escandalizarnos si fuésemos capaces de adivinarla, y no por ilícita o desmedida sino porque somos incapaces de corresponderla: los viejos están ahí solos con su soledad y nosotros estamos todavía de­masiado solicitados por el mundo.
        Doña Juana se había encariñado con Altamirano, y no sólo lo obligaba a resguardarse en el porche los frecuentes días de vien­to sino que hasta lo convidaba con mate y con una parte de las confituras cuyo regalo el médico le había prohibido terminante­mente aceptar.
        —Para Altamirano, pobre —murmuraba al recibir el paquete de masas vienesas, descreyendo ella misma de la mentira pero apurándose a cumplir la parte de verdad que la mentira contenía.
        —Pruebe, Altamirano —decía, alargando la bandeja por la puerta entreabierta.
        —Pruebe, m'hijo, ¡pruebe! —insistía, sin abrir totalmente la puerta, luchando entre el afecto y un sentido del protocolo intuiti­vo y oscuro.
        El jefe de Altamirano notó bien pronto la forma en que éste era favorecido, por ese instinto que protege a los jefes advirtién­dolos de la preferencia de un superior por un subordinado. (De una manera tácita la potestad de doña Juana estaba por encima no ya de un comisario, sino de cualquier otra forma de poder o gobierno, si eventualmente hubiera sido necesario dirimir cual­quier asunto en cualquier fuero, cosa que naturalmente estaba le­jos de ocurrir. A despecho de ella misma, parecía como que su sola voluntad y aun sus íntimos deseos debían ser adivinados y satisfechos, al menos a juzgar por la cohorte dé oficiosos que ron­daban por la casa a la búsqueda de pequeños indicios de la nece­sidad, de mínimos encargues, de imposibles caprichos. Y no es que hubiera paga para ellos, sino más bien toda una suerte de tí­tulos y honores nunca bien precisados y que sólo ellos pondera­ban y reconocían.)
        —Él le consiguió las centollas —decían por ejemplo con un­tuoso respeto. Título por demás aleatorio, ya que dependía de las ganas que de centollas tuviera doña Juana, y además del estado de las mismas, lo que dependía un tanto del nivel de las mareas e indirectamente de la gravitación de la luna.
        El día en que el comisario se dio cuenta de esa preferencia quedó sellado el destino de Altamirano hacia una vida sedentaria y mansa. Y así, el hombre de choque de la comisaría Segunda, el crédito de la Sección Robos y Hurtos destinado a confusos entre­veros y riesgosas escaramuzas, experto en confidencias de bares y prostíbulos, conocedor de cuanto reducidor pudiera haber en leguas, hubo de resignarse a las domésticas y benignas tribula­ciones de la cuadra, por esa despiadada ironía con que el azar frustra las vocaciones y hasta trunca las vidas.
        No obstante, lejos del viril escenario de la acción, encontraba el postrero refugio en la inagotable tierra de la memoria, como esos ex atletas, enclenques y gotosos, que, fijados para siempre en las paredes de su cuarto en borrosas e irreconocibles fotogra­fías, se ven corriendo eternamente una competencia hace tiempo imposible. Doña Juana misma alimentaba sin quererlo esa vana afición, como si por ser culpable de su confinamiento tuviera que devolverlo ilusoriamente a su verdadero territorio. Los días en que el viento se convertía en un vendaval incesante, abría decididamente la puerta y obligaba a Altamirano a instalarse en una de las sillas de la antesala. Y entonces, invariablemente, mientras las ráfagas amenazaban llevarse todos los techos de La Loma y sacudían por enésima vez las sufridas paredes, doña Juana decía:
        —Cuéntese algo de antes —como, si "antes" no fuera un inú­til eufemismo sino un tiempo común a los dos, un tiempo y una región, una región y una historia que los dos hubieran compar­tido.
        El viento soplaba, enloquecido, tan inquietante como si ésa fuera la primera vez que ella lo sentía, de manera que por más que quisiera fijar la atención en la historia —la misma vieja histo­ria que Altamirano había elegido para fijar en la pared del cuarto de su memoria, y que no le importaba repetir como si lo esencial no fuera el argumento sino las cambiantes adherencias que la narración arrastraba consigo—, lo que le llegaba con el viento, como otras ráfagas, eran voces, sueltas, jirones del pasado, mugi­dos del ganado vadeando el río Senguer, la fresca noche de la pri­mavera, el dueño de la hacienda baleando la negrura desde la orilla opuesta, muriendo una y otra vez en la pretérita historia.
        —Tuvimos que matarlo —acotaba siempre Altamirano en ese punto del relato, sin soberbia ni vandalismo, casi piadosa­mente. A tal punto los recuerdos del ser que fuimos en el pasado se acomodan al ser nuevo que somos. De otra manera no les per­mitiríamos sobrevivir.


        (Dos capítulos de:   Recordando en el viento, Edición del autor,  en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina S.A.; marzo de 1983, Bs. As. Argentina)