SEPTIEMBRE DE 1820 (II)

Modificado el: 12/07/2012 Imprimir PDF

 

FRAGMENTO DE SU NOVELA: ¿ALGUIEN TE ESPERA EN ALGÚN LUGAR?

(Tomado de Revista Panza Verde - 06/2012)

Corren. Detrás viene Ramírez, vienen Píriz y Cáceres. Vienen quienes hasta hace unos días eran amigos y peleaban bajo la misma lanza. Esos oficiales que hace semanas peleaban con Artigas. Vienen trashumando la vil escoria de su empacho y por los restos de lo que fue una causa. Son sus hombres. Hombres que formó de guachos, a los que les enseñó a montar y a usar la lanza, que adiestró en largas corridas por el monte, que educó en las guerras de guerrillas y en los ideales de la república; a los que les enseñó a defender con sangre la tierra que pisaban. Pero ahora, esos hombres que antes eran sus amigos, se van quedando en la huella; se van cayendo uno detrás de otro, desmoronándose las lealtades, cambiando las voluntades, queriendo matar a quien antes defendían a costa del propio pellejo.

   Esos hombres lo conocen y saben que en horas, Artigas se vuelve a rearmar, como si sacara a los mortales de las entrañas de la tierra. Los in-dios, los negros, los pobres siempre se agrupan detrás de la lanza de Karaí Artigas. Por eso, Ramírez lo quiere eliminar; no le va a dar un metro de ventaja. Lo acosa, lo persigue como a un puma que ha herido. Pero, un puma que no ha muerto es todavía un puma y herido, es todavía más peligroso. Y cui-dando sus crías en riesgo es temerario. Corre Ramírez -con la misma bandera que iza su jefe- persiguiendo al pueblo que juró proteger. Es la locura más absurda; es una escena inexplicable la de los perseguidores, la saña con la que buscan el fin de quien hasta hace unos días los conducía. Pero ¿qué les pasa a todos esos hombres? ¿Han enloquecido?...

   Artigas vienen de una larga sangría que comenzó en los acuerdos entre el directorio de Buenos Aires y el Imperio Portugués. La batalla de Tacuarembó, en 1820, anunció el final del sistema de los pueblos libres. Sus hombres fueron masacrados. Artigas, el Protector de los pueblos libres, intentó rearmarse con lo que le quedaba, más bien nada, y tratando de encontrar una salida para la desgracia en su campamento de Mataojo, recibió la noticia de que Ramírez y López habían vencido al Directorio porteño; que sus lugartenientes habían plantado la bandera de la Liga en la legislatura porteña y atado a sus caballos en la Plaza de Mayo. Artigas ganaba la batalla más importante de su carrera política. Lo que sabía Artigas era que no la había ganado, porque en el mismo acto, sus lugartenientes firmaban un tratado que lo decapitaba. Habían ganado López y Ramírez -Santa Fe y Entre Ríos- pero no la Liga. La Liga había sido entregada al centralismo, a cambio de caballos, armas y poder. Buenos Aire iba ahora a armar a Ramírez, para que terminara el trabajo que no habían podido hacer los porteños y los lusos juntos; para que la enfermedad que ultimara el sistema artiguista no fuera sino un virus del mismo sistema.

   Desde entonces, Ramírez está parado contra su jefe y está Artigas retándolo a arrepentirse de sus actos. Pero, no hay arrepentimiento, ni vuelta a atrás y hay que liquidar el mal para que no infecte a nadie más. Artigas, que no tiene fuerzas, ha salido a buscarlo al Paraná; no va siquiera a dejarlo desembarcar, quiere esperarlo y acabarlo, pero Ramírez ya está en la Baxada del Paraná, y está viniendo con sus tropas bien pertrechadas y municionadas por Buenos Aires, a verle la cara a su jefe, y se encontrarán frente a frente en Las guachasdonde se medirán por horas el traidor y el traicionado.

   Nadie ganó o perdieron los dos. Todos guardan en sus extraviadas retinas la cruzada. Después de catorce cargas de caballería, los hombres exhaustos y dolidos se quedaron frente a frente mirándose, sin entender la muerte que se propinaban; la muerte que se reía de ellos y que pavoneaba frente a sus ojos incrédulos.

   Se matan quienes hasta hace unos días mateaban juntos, hablaban de sus mujeres y de sus hijos, peleaban por sus familias y por la libertad de sus tierras. Todos ellos, que han luchado contra el odio del ajeno enemigo, contra el invasor y contra los señores de Buenos Aires, Montevideo, España y Portugal, están abrazados por el odio, como si un cáncer les naciera dentro. Ahora, un hambre bestial se ha desatado. Y ya no se puede volver atrás, aunque esos hombres que montaron juntos, llenos de nostalgias no tengan más remedio que matar o morir a manos de sus amigos.

   Artigas está encolerizado y Ramírez busca retroceder a la Baxada para rearmarse con sus reservas y con los auxilios frescos de Buenos Aires y Artigas va por él a la Baxada, a jugar su último es-fuerzo. Once días tardará en llegar. Ramírez lo espera con seis piezas de artillería y con infantería fresca. Luego del cruce de varias cargas y agotadas las fuerzas del protector, la infantería de Mansilla -el encargado de las fuerzas de Buenos Aires- quiebra en repiques de fusil las  lanzas de Artigas, que comienza a retirarse. Pero, Ramírez quiere su cabeza y no va a descansar hasta tenerla.

   ¿A dónde ir? Ha perdido pie en el Entre Ríos occidental, pero en el Entre Ríos oriental todavía hay amigos que podrían sostenerlo. En Yuquerí, en el Ayuí, charrúas y guaraníes lo esperan para sumarse, allí cerca del paraje donde había estado viviendo con un pueblo entero; allí donde había escrito las primeras líneas que se transformarían en las bases de la república de iguales; donde de gauchos había hecho estrategas; de montoneros y contrabandistas, estadistas; de paisanos, ciudadanos y de todos, iguales. Allí, donde había formado a los hombres que ahora estaban detrás de él.

   Para el Ayuí va y corre. Y corre con toda esa historia en sus espaldas y no deja de correr. Pero, Ramírez lo alcanza a la altura de Sauce de Luna, que alguna vez fuera territorio minuán y ahora es un villorrio enriquecido por varias estancias cimarronas y vuelve a ser derrotado. La huida es cada vez intensa. No puede respirar, da órdenes, enloquecido y sin desmontar. Se cruzan sus fletes con indios exploradores y sus chasquis suben y bajan por las cuchillas entrerrianas, mientras él dicta misivas por los esteros, por los ríos, sobre la ondulada hierba; camino ahora a Mandisoví. En marcha apretada viene Ramírez; viene también enfurecido y resuelto a  alcanzarlo, quiere cortarle la cabeza para poder dormir en paz; quiere terminar su acto y quiere hacerlo ahora. Todas sus fuerzas en una suerte de pinza lo persiguen. Artigas siente su aliento en la espalda y quiere ver si puede frenarlo un poco, para recuperarse y entender la nueva lógica de las cosas, la realidad del poder que enfrenta. Quiere saber quién está con él y quién contra él y tiene que hacerlo sin dejar de correr. Pero la desesperación lo acorrala. Deja de retaguardia a Perú Cutí en el Yuquerí, pero el indio es pasado por encima. Matías Abacú elige un par de baquianos para entretener con trampas a los hombres de Ramírez, falsear rastros, mandar a las tropas enemigas en varias direcciones, distraerlo; pero su pequeña guarnición es avistada antes de ponerse en trance y solo pueden huir para salvar sus vidas. Si no corren, los alcanza la muerte, cada vez son menos y tienen menos posibilidades. Están muy cerca; se ven los perseguidos y los perseguidores en un mismo espacio y los que estén menos exhaustos vencerán.

   A la altura de Mandisoví, la vanguardia de Ramírez está arrasando la retaguardia de Artigas. Y Artigas es un hombre empujado al precipicio, arrollado por un viento apurado de incomprensible olvido, sujeto a la prisa fatídica de defender un imposible. Ramírez ha estado a un metro de sablearlo a él, que había hecho que Ramírez fuera Ramírez. Ahí está escapando, enancado en el caballo de su hijo Juan Manuel, que ha extendido el brazo para salvar a su padre, no al protector de los pueblos libres, en una guerra que ya se ha vuelto de padres contra hijos, de hermanos contra hermanos y que de amigos ha hecho enemigos.

   Entra en Corrientes, república leal a Artigas, que también ahora es del enemigo. Allí, el cura Monterroso -quien ha sido seis años secretario de Artigas-, también se está pasando a Ramírez: por unas onzas de oro entregará a la guardia de Artigas que trae los caudales que quedan de lo que fue una asociación de estados, de lo que fue la Liga de los pueblos libres.

    Veinte días de desenfrenada locura; han cruzado todo el  territorio  de  Entre Ríos, casi todo Corrientes ya  las puertas de Asunción del Cambay, ha venido Artigas a enterarse de que su lugarteniente comandante de las misiones, también se ha pasado a Ramírez. Ellos iban a juntarse allí, con Siti; pero a-hora están peleando contra Siti y peleando contra Siti les ha caído Ramírez por la espalda y los ha destrozado; allí en las afueras de Asunción del Cambay, corazón de las legiones guaraníes, que constituyeron el brazo armado más temible de la liga contra los portugueses o contra los porteños. Fuerzas leales cuando eran conducidas por su jefe Andrés. Andrés que hace meses no está frente a sus tropas. Si Andrés estuviera, eso no estaría pasando… Pero, Andrés ha caí-do en el campo de batalla y ha sido hecho prisionero. Ahora un sueño entretejido de vientres distintos se muere y no queda nada por hacer. Por eso, el general Artigas y lo que queda de sus tropas deben correr.