FRAGMENTO DE "LOS ARTIGAS"

Modificado el: 15/07/2012 Imprimir PDF

 

Era abril de 1839, Montevideo estaba en guerra. Todo el río de La Plata era una profunda herida que fluía sangre y vomitaba cadáveres. Un sinfín de barcos merodeaban las costas agazapados detrás de la cargada niebla de pólvora que anegaba su lecho. El cañoneo intermitente destrozaba las entrañas de la tierra que abría sus tripas, sin quejarse. Todo hedía.

Hombres y mujeres corrían sin saber que la muerte ya los había encontrado. No podían distinguirse los amigos de los enemigos. Quienes habían sido nuestros ahora eran de ellos y viceversa. Una vergüenza visceral nos consumía. Como ratas muertas de hambre que no respetan ni a sus crías, nos devorábamos entre nosotros. Tal era el odio que nos unía. La herida era vieja. Me precedía. Pera la guerra tenía fecha.

En 1838 Fructuoso Rivera, que había sido primer presidente constitucional, dio un golpe de estado con apoyo de la armada francesa y derrocó al segundo gobierno constitucional del Uruguay, que estaba en manos de Oribe. El presidente derrocado se replegó sobre Buenos Aires buscando ayuda en el gobierno de Juan Manuel de Rosas que nombró a Oribe jefe de las Fuerzas Armadas de la Confederación Argentina. Consecuentemente, Rivera le declaró la guerra al gobierno de Rosas. Y la división mudó en colores: los colorados respondían a Rivera y los blancos a Oribe. Yo era soldado; peleaba para Rivera y para imponer las ideas patricias de Montevideo sobre la campaña. Estaba inmerso en esta guerra aquella tarde en que me sorprendió la noticia de que mi padre no había muerto.

Llovía copiosamente y los cristales de la ventana traspiraban como un caballo lanzado a la carrera en una carga de caballería. Era una tarde opaca, como suelen ser las tardes de lluvia en Montevideo. Intensa y oscura. Unos diplomáticos orientales, que venían de entablar relaciones con el Dictador Francia, señor del Paraguay, me hablaron, en la Aduana de Montevideo, de una estancia a cuatrocientas leguas de Asunción donde, aparentemente, se hallaría mi padre. Recluido, preso o deportado. La noticia fue una corriente calurosa en el frió de la guerra. Mis ojos no dijeron nada, sólo mis manos murmuraron cierto vago temblor, cierta nostalgia. Para mí, mi padre había muerto hacía muchos años. Creo, incluso, había muerto muchas veces.

Acusé recibo de la noticia y me vi en esa ventana con la impunidad que da la juventud. Airoso en mi uniforme de teniente coronel de caballería de la república. La vanidad se anidaba en mi cuerpo como una fiebre de primavera. Pero de pronto, afloraba una desordenada invasión de afectos contaminados; de recuerdos enmohecidos; de viejos dolores y rencores latentes; de dudas, como las que acuden silenciosas en las noches de bruma irrumpiendo en el puro silencio de la oscuridad con el único motivo de generar incertidumbre, desconcierto, para desvanecerse al rato en las penumbras de algún que otro ruido pasajero.

LOS ARTIGAS. Ed. Primer Párrafo (págs. 9-10-11)