Misceláneas - RAÚL CASTAGNINO

Modificado el: 25/03/2017 Imprimir PDF

VIII
EL INTERROGANTE EN PIE

Poder de la literatura. — Multiplicidad de aspectos en la expresión del ser.

 

 

Poder de la literatura.

  Esquematizadas algunas respuestas significativas brindadas a la cuestión ¿qué es litera­tura? queda palpable la sensación de que cada una de ellas es satisfactoria desde su ángulo de enfoque, pero ninguna engloba cabalmente la totalidad del problema.

  A través de interpretaciones de la naturaleza y función de la literatura aparentemente dispares como sinfronismo, pro­fecía, evasión, juego, compromiso, ansia de inmortalidad, etc., hay sin embargo puntos de contacto: por de pronto, todas hablan el lenguaje de lo dinámico, todas entienden la litera­tura como algo inherente al individuo, algo que parte esencial­mente de él y requiere un inalienable fondo de vida. Luego, por ser ella misma vida, sufre las alternativas vitales que van de la euforia a la enfermedad, de la pureza al pecado, de la inocencia a la culpa, de la plenitud a la muerte.

  Pero, además, de todas ellas, por su esencia dinámica, surge la evidencia de que la literatura es algo así como un poder de fuerzas ocultas capaces de obrar sobre el espíritu con acción positiva o negativa, angélica o satánica. Y aquí otra vez se entra en la zona de los desacuerdos, porque tampoco faltan quienes ven la literatura como un diabólico instrumento del mal. Carducci escribía en 1887 que la literatura no podría dar sino excitantes o deprimentes neuróticos y la imaginaba como una droga ingerida por el individuo sin pensar que ya —ab ovo— está en el individuo como linfa, sangre o bilis, quizá como anticuerpo. Leon Bloy clamaba en Belluaires et Porchers que el arte (particularmente las letras) es un paraíso aborigen de la piel de la primera serpiente y a esta ascendencia debe su orgullo inmenso y su poder de sugestión. Stanislas Fumet decide que el arte es siempre tributario del pecado. Y todavía Gaétan Picon (Lxxxix), refiriéndose a ciertas for­mas literarias actuales, entiende que un sordo complejo de culpabilidad acompaña al artista y al esteta, no porque el arte sea actividad culpable, sino porque hay en nosotros una culpa­bilidad que busca encarnarse.

  Aun en los anatemas, pues, se entrelée el reconocimiento del poder de la literatura. Pero ese poder ha sido incubado en el individuo, no fuera de él. No son la finta del pugilista, ni la habilidad para el esquive, ni su acierto para colocar los golpes, las mayores muestras de su eficacia. Lo contundente es la fuerza del impacto. Todo lo otro sirve para sostén del arte pugilístico; lo decisivo es el tonelaje de esa descarga. Lo mismo ocurre con la literatura: su poder es interior y está en todos los individuos; algunos han adquirido los medios téc­nicos para emplearlo más eficazmente. La fuerza del impacto, sin embargo, la poseen o no.

 

Multiplicidad de aspectos en la expresión del ser.

  No es, pues, la literatura, un postizo arte adquirido únicamente por el dominioexterno de una técnica, como alguna vez se la concibió con criterio estático, sino que obedece a un dictado profundo del ser —creador o receptor— que busca expresarse. Es un poco el espíritu del hombre que, con ansia de buscar contacto con otros seres o de prolongarse a sí mismo, de afin­carse en su circunstancia o evadirse de ella, engendra una acti­vidad sutil, individual y dinámica, cuyo producto es un complejo de imaginación, sentimiento e inteligencia; de pasiones, intereses y razones; a la vez medicina y enfermedad, veneno y antitóxico, bacilo y anticuerpo, raíz y nube, muerte y eternidad, cielo e infierno, puente y abismo, mar y navío, paloma y aire, mensajero y mensaje.

  En la multiplicidad de aspectos, la naturaleza de la literatura —por ende su función— supone adaptación a tantas concepciones que eliminan la posibilidad de una respuesta única y universal al interrogante ¿qué es literatura? A tal pregunta sólo caben respuestas individuales y, como por lo demás, cada uno tiene su respuesta parcial, el interrogante queda en pie.

  Pero, en cualquier forma, ha de aceptarse, categóricamente, con Alfonso Reyes, que "la literatura no es una actividad de adorno, sino la expresión más completa del hombre. Todas las demás expresiones se refieren al hombre en cuanto es especialista de alguna actividad singular. Sólo la literatura expresa al hombre en cuanto hombre, sin distingo ni calificación alguna. No hay vía más directa para que los pueblos se entiendan y se conozcan entre sí, que esta concepción del mundo manifestada en las letras." (xcv; cap. xt, pág. 207).