Biocrítica

Modificado el: 21/05/2011 Imprimir PDF

por STELLA MARIS PONCE

María Esther de Miguel, cuentista, novelista y crítica argentina contemporánea, nació en Larroque, Entre Ríos, en 1929. Se graduó de maestra en Gualeguay y luego estudió 
Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Muy joven viajó con una beca a Italia, y  tuvo así la oportunidad de recorrer Europa por primera vez y estudiar Literatura italiana contemporánea en Roma. En su adolescencia había comenzado el noviciado, entrando a la congregación de las Paulinas, en Buenos Aires, pero al regresar de Italia abandonó su vocación religiosa.
          Además de una frondosa tarea literaria y periodística, la docencia y los viajes, ocupó cargos en instituciones públicas, alternando su residencia entre Buenos  Aires y su pueblo entrerriano. Fue directora del Fondo Nacional de las Artes y de la revista literaria Señales, así como también asidua colaboradora del suplemento literario del diario La Nación.
          Pertenece a la llamada generación del 60, entre cuyos integrantes están Marta Lynch, Juan José Manauta, Pedro Orgambide, Beatriz Guido, Federico Peltzer, Haroldo Conti, Jorge Masciangiolo, Dalmiro Sáenz, entre muchos otros. Se les atribuye, como características, una tendencia al realismo, entendido éste como una mirada profunda de la realidad exterior, en la que pueden vislumbrarse intenciones de crítica social, pero también una indagación metafísica en las personas y en su desenvolverse dentro de ese entorno real.
          Ella misma habla así de su vida:
          “Yo, María Esther de Miguel, a quien de niña llamaron Bichito y de más grande Tera, y después María Esther a secas, nací en un pueblo chiquito y polvoriento del sur entrerriano, Larroque, apenas comenzaba el segundo cuarto de este siglo, en un día de Todos los Santos "para servir a usted", como me enseñaron a decir. Dos ríos distintos poblaron mi sangre: mi padre era español de Castilla la Vieja, y había dejado su Almazón natal no para venir a hacerse la América sino para no cumplir con el servicio militar en Marruecos (que le iba a comer cuatro años de su juventud) Por parte de madre tuve un legendario abuelo, también inmigrante, que desgraciadamente no conocí, cuya historia se perdía en los campos de Betsaravia, en la lejanísima Ukrania. Desde pequeña supe que mi destino era ser “cuentera”, como me decía mi mamá, para compartir el mundo con los demás.
            Tuve una infancia poblada de duendes y fantasmas lugareños, de solapas y lobizones, de rayuelas y calesitas, con largas siestas durante las cuales nos escapábamos hasta un tajamar cercano a pescar; y noches estrelladas alrededor del fuego escuchando historias de héroes y bandidos, de montieleros valientes y gauchos arremetedores. Pero a mí, tanto como escuchar tales historias, me gustaba inventarlas. Recipiendarios de mis inventos eran mis cuatro hermanos, a quienes mandoneaba bastante: por suerte eran menores. Quizá allí estuvo el germen de mi vocación literaria.”
          De los juegos infantiles pasa al otro juego, el de la vida adulta. Los libros serán su pasión, indicios de una fuerte vocación que habrá de manifestarse poco después. Así lo expresa, al contestar a la pregunta que ella misma se formula:
          “Qué decir de mí… que mi infancia estuvo, sí, habitada por duendes, por Caperucita Roja y Antón Antón pirulero, cada cual atiende su juego…; que porque quise atender mi juego dejé el pueblo (¿lo habré dejado de veras o lo llevo conmigo?) me enfrasqué en libros denodada, perseverante, enfáticamente, buscando las claves de ese enigma que se llama vivir.”
          A propósito de su iniciación en el mundo de las letras, dice:
          “La publicación de un cuento, “La fotografía”, que mandé con una carta a La Nación y que inesperadamente fue publicado al mes, me resultó impagable espaldarazo, porque me animé a seguir escribiendo. Durante un mes de vacaciones, en Bella Vista, y de un saque, escribí La hora undécima. La corregí durante un año y la mandé al Concurso Emecé: sacó el segundo premio. Con el libro fresquito como pan recién horneado me fui a Europa: me había ganado la beca del Instituto de Cultura Italiana para estudiar en Roma.”
          De ese viaje quedarán algunas imágenes en su novela “Calamares en su tinta” (1967), género que parece preferir y en el que se van sucediendo estos títulos: “Puebloamérica” (1973); “Espejos y daguerrotipos” (1978); “Jaque a Paysandú” (1984). Luego, siguiendo con el tema histórico, publicó: “La amante del Restaurador” (1993) y “Las batallas secretas de Belgrano” (1995), que fue saludado elogiosamente por la crítica.
          Paralelamente aparecen también sus volúmenes de cuentos: “Los que comimos a Solís” (1965); “En el otro tablero” (1972); “En el campo las espinas” (1980); “Dos para arriba, uno para abajo” (1986).
          Así habla de algunos premios y distinciones que recibiera:
          “Por suerte, recibí algunos premios: el del Fondo Nacional de las Artes, Faja de Honor de la SADE, Pluma de Plata del PEN Club, Segundo Municipal (1965), Primero Municipal (1980) y el de la Provincia de Entre Ríos, Feria del Libro, 1994. Con el importe del primero pude comprarme una heladera. Con el segundo, una preciosa máquina de cortar pasto para mi casita de Larroque. ¿Qué tal? ¡Son espléndidos, en pesos, los beneficios que otorga la literatura!”           
          Entre sus obras destacan: La hora undécima (1961), Premio Emecé de novela; el volumen de cuentos Los que comimos a Solís (1965), Premio Fondo Nacional de las Artes y Municipal; Espejos y daguerrotipos (1980), primer Premio Municipal y Premio de Cultura de la Provincia de Entre Ríos; La amante del Restaurador (1993), Premio Feria del Libro en 1994, Premio Silvina Bullrich en 1995 y Premio Nacional de Literatura en 1997; El general, el pintor y la dama (1996), Premio Planeta. La novela Puebloamérica (1973) fue reeditada en 1998 con el título Violentos jardines de América. Es autora, además, de una biografía sobre  Norah Lange (1991). Sus últimas novelas fueron Un dandy en la corte del rey Alfonso (1998) y El palacio de los patos (2000). Recibió también la Palma de Plata del Pen Club, el Konex de Platino para cuento y el Premio Dupuytrén.  
            En 1983, con el advenimiento de la democracia, María Esther de Miguel visitó Concordia invitada por un grupo de mujeres radicales. Con su habitual tono suave, alegre y entusiasta ofreció una charla en el Teatro Auditorium que fue seguida con interés a sala llena. Uno de sus consejos para los que escriben fue: “El oficio se hace todos los días, hay que levantarse con la consigna de escribir varias páginas, después se lee, se elije algo, se tira mucho, pero lo importante es escribir y escribir, no dejar de escribir ni un día.”
          Viajó acompañada de su esposo, Andrés Alfonso Bravo, a quien había conocido en la década del 60 y era director de la Editorial Pleamar.
           A María Esther de Miguel se la considera una gran difusora de las novelas históricas, donde buscaba mostrar a los próceres como personas normales, con defectos y virtudes, como ella misma dijo:
          “Los padres de la Patria seguramente no eran ni tan pulcros ni asépticos como nos contaron. Eran hombres con sus debilidades y sus pasiones. No me imagino al sargento Cabral, mientras agonizaba en San Lorenzo, diciendo: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. Seguramente pensaría: “La puta, ¿por qué me tocó a mí?”
          El 27 de julio de 2003 le tocó a ella, tras una larga lucha con la enfermedad falleció a causa de un cáncer de colon en un sanatorio de la capital. Sus restos descansan en el cementerio del pueblo natal.
 



TEXTOS

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Los que comimos a Solis Editorial Losada S.A. 1965


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En el campo las espinas Editorial Pleamar 1980


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Espejos y daguerrotipos Editorial Emecé Editores 1978

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Jaque a Paysandu


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Foto de la autora y de la casa en Larroque:

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