Biocrítica

Modificado el: 09/05/2016 Imprimir PDF

 Por MARCELO LEITES

Alfonso Sola González es un poeta argentino nacido en Paraná, provincia de Entre  Ríos, en 1917.   Egresó como profesor de Castellano y Literatura en el Instituto del  Profesorado Secundario de esa ciudad, donde dictó Literatura meridional. En 1947, se casó con la crítica Graciela Maturo, y se fueron a vivir a Mendoza, donde Sola fijó su residencia y desarrolló una labor poética cargada de la nostalgia de su juventud en su ciudad natal. Sola tomó esta decisión de vivir en Mendoza, cuando Irineo Fernando Cruz, su maestro de griego, decidió formar un equipo con sus discípulos de Paraná y Buenos Aires, y  otros de Mendoza como Vicente Cicchitti, según cuenta Maturo en un reportaje reciente, en el que no ahorra elogios a su marido:
              "Siempre he admirado la poesía de Alfonso, tocada por una vocación metafísica que la vuelve elegíaca. Para Marechal, su amigo y maestro, Alfonso era el mayor lírico de su generación." (http://www.losandesinternet.com.ar)
           Alfonso Sola González perteneció a la llamada Generación poética del 40'. 
Resulta graciosa la apropiación póstuma de los poetas.  Con Sola, pasa un poco como con Don Alfredo (Veiravé) y los chaqueños: Para los mendocinos, Sola González  es de Mendoza, tanto que en la Universidad, han publicado sus poemas dentro de la Colección "Letras mendocinas"; para nosotros es y seguirá siendo entrerriano. De todos modos, el  imaginario de su obra no tiene mayor relación con el paisaje de una  determinada región argentina, sino con la mitología y el mundo clásico.
          Como sostiene otro poeta de la misma generación, León Benarós, en una reseña de 1951:
         Nutren la poesía de Alfonso Sola González el prestigio de la antigüedad, la belleza de los otoños dorados, la majestad de las ruinas antiguas, las estatuas trabajadas por el musgo, la muerte trocada en lejanía, y dulcemente la amistad y el amor. Poesía de alta dignidad, de continuo decoro, participa de una cierta exaltación vigilada, de una tesitura clásica que entona y purifica el ímpetu de sus impulsos románticos. 
            Hace un par de años, para la presentación de la poesía completa de Marta Zamarripa, una de las máximas exégetas de la obra de Sola González en nuestro país, escribí: "Borges dijo una vez que los clásicos tuvieron un concepto romántico del poeta y los románticos, un concepto clásico, y señalaba como ejemplos a Platón y a Poe y como síntesis a Juan Ramón Jiménez.   Con el tiempo,  el concepto romántico pasó a ser sinónimo de lírico y actualmente, aplicado al género, el neorromanticismo alude a una poesía que se detiene en “el sentimiento del mundo”, como quería Ungaretti, a partir de una subjetividad muy fuerte dentro del texto.  Creo que Zamarripa reúne en sí misma esas dos ideologías: una concepción romántica del mundo, por su apego a la lírica;  y un sentido clásico de la forma, en cuanto al  léxico,  la métrica y la sonoridad del lenguaje. Alguna vez habría que hacer un estudio estilístico de la poesía entrerriana, porque el neorromanticismo ha sido una marca de identidad, desde la generación del 40’,  hasta autores muy recientes." Creo que lo mismo se podría afirmar de Sola González con el matiz de que dentro de su lira  predomina el tono elegíaco.
            Nada más alejado de la tónica dominante de nuestra época -que suele regodearse en el mero apunte anecdótico del yo cotidiano-,  que esta alta poesía, con bellos anacronismos, a los que es preciso volver a leer con “nuevos ojos”, ahora que las vanguardias parecen haber muerto o envejecido. Poesía alta, por oposición también a la baja, que se practica comúnmente y que podríamos definir por negación: cero metafísica, cero misticismo, cero belleza clásica y apuesta a lo concreto, al cuerpo, a la historia personal, al habla corriente, cuando no vulgar. Alfonso Sola González, en cambio, apuesta a la trascendencia, una palabra de alcance prohibido para los poetas actuales. Somos escépticos, cínicos, resignados; el neorromanticismo del 40', todavía no había perdido la fe y creía en el lenguaje como un doble del universo. Creía que la poesía podía ocupar el lugar de la religión. Creía en la palabra como símbolo de unión duradera entre los hombres.   
          Con Graciela Maturo tuvieron una hija, Rosario Sola González, que también escribe poesía.
      En circunstancias que todavía no se han aclarado del todo, algunos aludieron a las anfetaminas, otros al alcohol, Alfonso Sola González,  murió a los 58 años,  el 19 de abril de 1975.  



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