LA POESÍA PAYADORESCA EN ENTRE RÍOS

Modificado el: 25/05/2011 Imprimir

La tierra entrerriana es tierra lírica por excelencia. Tierra de poetas, tierra de poetas, tanto en la corriente de la tradición popular, como en el dominio de las letras cultas. Pocos cuentistas, novelistas, historiadores y ensayistas produce esta provincia litoraleña, pero en cambio ha producido y sigue produciendo gran cantidad de poetas. Provincia cosmopolita, donde apenas si quedó el recuerdo, reflejado principalmente en su toponimia de la primitiva población aborigen (minuanes, de la familia charrúa, y guaraníes), recibió, desde el siglo pasado, gruesas corrientes de inmigración europea, lo que no le ha impedido, sin embargo seguir apegada a la tradición gaucha, manteniendo en las exteriorizaciones de la vida colectiva y en las modalidades de su población, ciertos rasgos firmes del espíritu criollo.

Tierra de paisaje jugoso, sin violencias, sin fuertes contrastes, suave pero de extraordinaria movilidad e impresionante riqueza de matices; no pampa lisa, sino ondulada y juguetona, rodeada de grandes ríos y cruzada de innumerables corrientes menores; rica en árboles aunque ya bastante despojada de su hermosa flora indígena; millonaria de gracia palpitante y armoniosas gradaciones de color, parece en verdad una tierra donde la poesía es una planta natural, una reproducción inacabable de la flora autóctona. Su rica poesía popular, que algún día quizá podamos reunir en un amplio cancionero, y el desarrollo de las letras regionales hasta nuestros días, tienden a confirmarlo. Más no deseamos ceñirnos a las premisas de un determinismo geográfico un tanto mecánico, como tampoco es nuestro propósito estudiar aquí la poesía entrerriana. Sólo anotamos algunos indicios y el hecho cierto de que Entre Ríos es una tierra de poetas, como en otros tiempos fue tierra de payadores. Estos han desaparecido casi por completo. Quedan sólo unos pocos, como Fermín Orzuza en el departamento Paraná; Francisco Richard en Nogoyá; Montenegro por los pagos de La Paz, y algún otro. Pero, al margen del arte de la improvisación, hay en la actualidad buen número de troveros populares y siguen en vigencia especies poéticas como el compuesto, en el que se manifiesta principalmente, en el ámbito popular, la tradición payadoresca. Mantiene el pueblo entrerriano su afición a la poesía, la guitarra y el canto.

La pelea y la canción fueron signos constantes de Entre Ríos, en su pasado bravío y heroico y en las contiendas del progreso. Tierra del federalismo y el canto, dos de sus grandes caudillos, Ramírez y Urquiza, fueron con sus formidables caballerías gauchas hasta la Plaza de Mayo de Buenos Aires a reclamar ajuste de cuentas al centralismo y la tiranía de la ciudad-nación, y dos de sus grandes payadores, Ramón P. Vieytes y Generoso D' Amato, se trasladaron también a la urbe capitalina y allá mostraron su temple y su capacidad.

Así cantó el payador D' Amato a su tierra entrerriana:

 

Con la canción que se siente

nombrando, aquello que se ama,

mi corazón hoy se inflama

bajo un dulce afán latente,

quiero que hoy mi canto ostente

sus más puros atavíos,

y que entre los versos míos

brille gallarda, triunfal,

la perla del litoral,

mi hermosa cuna, Entre Ríos!

 

En los días actuales otro notable payador entrerriano –Carlos Echazarreta, autor, además, de un libro de cuentos populares de Entre Ríos titulado "Las hazañas e’ don Goyo Cardoso"- ha tenido laudable desempeño, en improvisación individual y en contrapunto, en ambas orillas del Plata, conquistando justo renombre. Echazarreta nació en Gualeguaychú, lo mismo que D' Amato.

Los pagos de Gualeguaychú, donde nacieron escritores eminentes -entre ellos Fray Mocho- han contado con muchos cultores del canto improvisado. El nombrado autor de Un viaje al país de los matreros, que pasó su niñez en la estancia "Campos Floridos", en aquel departamento, recordaba a José Giménez, capataz de dicha estancia, payador y peleador.

Gauchos bravos, guitarreros y cantores, dejaron su huella en la historia y el espíritu de Entre Ríos, comarca donde los ejércitos formados por sus grandes caudillos llevaban, entre sus pertrechos bélicos, una imprenta; donde la energía espiritual del pueblo se volcó en la alegría de las guitarras, en gallardo cantar, en estilos, chamarritas y milongas, y el fermento polémico de la tradición payadoresca halló nuevas proyecciones en la literatura, el periodismo y la oratoria, como así también en muchas piezas poéticas que circularon anónimamente en los últimos años.

La fama se enarbolaba en las guitarras y en las chuzas se conquistaba con el coraje y con el canto. Así se alimentó la fama de Montiel, antaño selva arisca y hoy día perteneciente más bien al territorio de la leyenda.

El poeta entrerriano Eufemio F. Muñoz alude al gaucho de Montiel, tierra que se ilustró con bravuras y emoción de canto criollo, cuando dice:

 

Esta es la selva que un día

dio que hacer a las guitarras,

y este el tigre, cuyas garras

afila aún la poesía.1

 

Otro cantor del terruño entrerriano, Daniel Elías, señala en sus décimas diversos cambios operados en el ambiente de la provincia y finaliza así una ristra lírica:

 

¡Oh, tierra de mis amores

donde risueño he nacido,

tierra feliz, dulce nido

que cobija mis amores!

Si los viejos payadores

desaparecen de la escena,

si la nativa faena

dispara de la invasión,

aún queda la tradición

escapando a la condena.2

 

Cuando Alberto Gerchunoff -el gran gaucho judío, como le llamó Rubén- se refiere a Montiel, su pasado y su transformación, su leyenda y su realidad, dice: "Lo que creó la tradición de Montiel se prolonga, con raíces perpetuas, en una floración portentosa, en un reino distinto, en el reino viviente de la poesía".3

En el siglo XIX hubo en Entre Ríos innumerables payadores. La payada era una expresión de arraigo y frecuencia en la órbita de la cultura popular, en toda la provincia. Hacia las postrimerías de esa centuria todavía el atractivo máximo de los bodegones y cafetines de la capital entrerriana, como sucedía en los bolichos o pulperías en los departamentos, estaba constituido por el canto de contrapunto. Más que la seducción de los naipes atraía la presencia de los payadores, y eran precisamente los protagonistas de esas contiendas con guitarra los grandes animadores de las reuniones en los locales mencionados.4

Solía ocurrir que las bregas payadorescas se realizaban también entre guitarreros y aficionados al canto que no eran propiamente payadores, pero cuyas condiciones naturales permitíanles sostener por un rato un contrapunto (aunque a veces el verso no saliera muy parejo) en reuniones donde el ambiente resultaba estimulador. Controversias de ese tipo fueron -por ejemplo- las sostenidas en Victoria por Horacio Sartori y Doroteo Pérez, años atrás, en un viejo galpón que existió en calles Italia y San Miguel, y por Ubaldo Román y Martín Saracho, una noche de febrero o marzo de 1953, en el local del Club Libertad, en calles San Martín y Lamadrid.

Simón Arraigada, de Diamante, peluquero y poeta popular como lo fuera Bartolomé Hidalgo, tuvo en otros años exitosas actuaciones como payador. En la nombrada ciudad -cuna de Candelario Olivera- ha payado, durante noches enteras, con el maestro Américo del Castillo. Desarrolla­ron temas tales como la luz y la existencia de Dios.

Del Castillo defendía su idea de creyente y Arraigada, como libertario, argumentaba en contra de la creencia en la divinidad.

Una actuación destacada tuvo Simón en el local del Club Catamarca Central de Paraná, allá por 1942, al vencer al payador Juan Mena en un interesante contrapunto, ante un concurso numeroso y bajo la decisión de un jurado. Se payaba sobre la vida del general San Martín, tema que se prestaba al éxito de Arraigada por haber hecho fructuosas lecturas por esos días.

En las alternativas de la improvisación Mena incurrió en un volumi­noso error, al decir que el Capitán de los Andes había nacido en 1813 (año de la batalla de San Lorenzo). Arraigada contestó con todo acierto:

 

Aquí el amigo falló,

se ha equivocado el morocho,

fue en mil siete setenta y ocho

que el gran San Martín nació;

sus campañas inició

en mil ochocientos trece

y después su fama crece

y de victoria en victoria

logró conquistar la gloria

que nunca jamás decrece

 

 Tras lo cual fue proclamado vencedor y recibió demostrador entusiastas.

Entre los payadores famosos que hubo en Entre Ríos se recuerda el nombre de una mujer: Ruperta Fernández, de quien se cuentan numerosas anécdotas.5 Vivió en el distrito Yeso, departamento La Paz, sobre las costas del arroyo Feliciano. Sin miedo a la vida ni a la muerte, optimista y servicial, lo mismo asistía a un baile que asistía a un enfermo, improvisaba en la guitarra o daba un consejo oportuno, indicaba en verso alguna medicamentación empírica (pues también era curandera), o grababa en un cantar algún suceso del pago. Así en el caso de un niñito, hijo de una pareja llegada a la costa del Feliciano con unos cazadores de carpinchos, que durante una tormenta y creciente del arroyo desapareció bajo las aguas furiosas, sin que fuera posible hacer otra cosa que buscar, despacio, el sitio en que pudiera quedar detenido el pequeño cadáver. Ruperta sintetizó la tragedia en una redonda copla criolla:

 

A un niño de cuna y "maca" 6

lo arrebató la corriente;

cuando bajó la creciente

lo hallaron en la resaca.

 

Payadora y musa de payadores, su nombre andaba en el desvelo de las guitarras y era flor de promesa en el pecho de los cantores. Uno de éstos, mientras cruzaba el Feliciano con su pingo y su vihuela para seguir el rumbo de su indecisa fortuna, le dejó sobre el rastro la varonil emoción de la despedida:

 

Adiós costa 'e Feliciano

la tierra de mi querer;

adiós Ruperta Fernández,

¡cuándo te volveré a ver!

 

Pero hay algo todavía más interesante que todo esto, como revelación de un rasgo particularmente llamativo en la simpática personal de esta famosa payadora entrerriana: concurría a toda fiesta con su guitarra, y ésta iba siempre adornada con cintas en que figuraban los colores de todas las banderas americanas. Hecho que entraña, en verdad, el símbolo exacto de nuestro regionalismo, desde cuyas raíces partimos hacia la unidad americana y los abiertos horizontes del universalismo.

 

1- Eufemio F. Muñoz: Montiel, en el libro Con el caballo de la rienda, p. 23, Col. "Nativa", Buenos Aires, 1951.

2- Daniel Elías: Los arrobos de la tarde, p. 101, Concepción del Uruguay, año 1938

3- Alberto Gerchunoff: Entre Ríos, mi país, p. 135, Ed. Futuro,
Buenos Aires, 1950.

4 - Informaciones aportadas por don Tomás Federiky trasmitidas por
don Juan Luis Cabral, en Paraná.

5-Referencias suministradas por el profesor Rubén Martínez, la paceño radicado en la capital de la provincia.

6 - Maca: hamaca.