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16/09/2008 - CRÓNICAS DE LA VISITA DE ARNALDO CALVEYRA A GOBERNADOR MANSILLA


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“Sigo siempre atento a las maniobras del otoño”

Por El Diario, de Paraná

 

En las dos escuelas en las que cursó la primaria, una en el campo y otra en Gobernador Mansilla, el escritor entrerriano considerado como uno de los poetas argentinos vivos más importantes, presentó Poesía reunida, que comprende toda su obra poética publicada e inédita.

 

LIBRO. Arnaldo Calveyra presentó su Poesía reunida en la escuela de Gobernador Mansilla, junto a la escritora Claudia Rosa.
MOTIVACIÓN. “Entre Ríos es mi fuente de inspiración, es un lugar geográficamente privilegiado”, admitió alguna vez.


 

El poeta cruzó el patio de la escuela en la helada tarde. Luego de 70 años, volvía a recorrer los lugares que nunca se le borraron de la memoria.
Arnaldo Calveyra presentó su último libro Poesía reunida en su pueblo natal, Gobernador Mansilla, en la pequeña escuela de campo donde vivió y cursó algunos años de la primaria, y en la de la localidad, donde completó sus estudios.
Ha sido reconocido y valorado por la crítica del país y de Francia, donde reside desde 1960 y eligió volver al lugar de sus orígenes, el que es permanente inspiración de su literatura, a escuchar el habla que lo constituye y que le puebla los pensamientos.
La emoción lo dominó pero no lo venció, cuando la escritora Claudia Rosa lo presentó ante al auditorio de vecinos, admiradores y escolares que se apretaban en el salón de la Escuela Número 8 General Román Deheza.
“Fue estupendo y muy intenso. No se puede repetir una cosa así”, admitió Calveyra en diálogo con EL DIARIO.

DESBORDES. Por eso eligió leer algunas palabras “para evitar el desborde de la emoción en estos momentos” e hizo una larga lista de las personas de su pueblo que le impregnaron la memoria para siempre.
“Es una emoción para mí verme confrotado así, de la noche a la mañana a tanta generosidad, tal vez por eso me encuentro incapacitado en este momento para hablar de mi trabajo”, recalcó.
Nostálgico, tal vez, comparó a la vida con “una carrera de postas, cuando el caballo se le cansa al jinete llega otro que toma el relevo, con su cabalgadura fresca, bien comida”.
Es que el camino ha sido largo, aunque pleno.
“Trabajo con la palabra desde la edad de 8 años. Escribo y también destruyo parte de lo que escribo por la insatisfacción de lo escrito. Escribo, entre otras cosas porque en esta casa, en esta escuela, una mañana del año 1939 pude leer una composición que había escrito cuyo tema era el otoño”, rememoró con la poca voz que traspasaba su garganta apretada por los recuerdos.
Por todo eso, agradeció “a sus actuales habitantes, maestros y alumnos” y quiso rendir su homenaje “por aquella palabra de aliento que tanto me ha ayudado y me ayuda en mi trabajo. Quiero decirle a sus moradores actuales que sigo siempre atento a las maniobras del otoño allí donde me encuentro, tanto en mi oficio como en mi vida más inmediata”.
Luego, continuó: “A los alumnos de hoy quisiera decirles que quise ser lo que muchos escritores fueron, volver visible la labor de las incontables mujeres y hombres que ejercieron a través del mundo, desde que la cultura inauguró la tarea de ser sueño despierto en el corazón y mente de los hombres”.
“Escribo porque me es necesario y también para tratar de caber, hacerme un lugar en sus ensueños de belleza. También quiero ser la continuación de las gentes que me señalaron el camino. Soy porque ellos fueron”, afirmó contundente.

ACÁ Y ALLÁ. La tentación es hablar de un regreso pero quizás no sea lo más preciso. Es que, probablemente, el poeta nunca se haya ido o, si se fue, se llevó el campo, los colores, la luz y el silencio entrerriano consigo.
“Yo estoy allá y no estoy allá, rápidamente estoy acá”, describió Calveyra en una entrevista periodística. Así, el “acá” y el “allá” se relativizan y pasan a ser equivalentes, o próximos, o incluidos uno en otro.
“Entre Ríos es mi fuente de inspiración, es un lugar geográficamente privilegiado”, admitió alguna vez.
“Nací en el campo y cuando era chico pensaba que jamás iba a dejar ese lugar. Pero a los 9 años tuve que pasar de la escuela de campo a una escuela de pueblo, a siete kilómetros de allí, y esta es una cesura en mi vida, porque yo no creía que se pudiera dejar, siquiera por cuatro horas, ese paraíso que viví”, confirmó alguna vez en una charla con escolares franceses.
“Cuando visité a Arnaldo Calveyra en Francia me mostró su lugar de trabajo: una habitación repleta de libros y de papeles. `Acá está todo Mansilla´, me dijo”, citó Claudia Rosa, para confirmar que el poeta se llevó la comarca para siempre.



“Fue durísimo”

“En cualquier lugar del mundo prendo una luz de noche en una pieza y está Entre Ríos y está mi casa en el campo, mis lugares más queridos”. 
“Estuve en Mansilla la semana pasada. Todo al borde, una vez en la vida se puede hacer pero dos no. Fue durísimo. Un muchacho me escribió si yo podía hacer un taller en la escuela de Mansilla, después de pensarlo le dije que sí pero con la intervención de la escuela de campo donde yo había nacido. Mi madre había sido la fundadora, la directora, la persona que me enseñó a leer”. 
“Las dos escuelas hicieron cada una su homenaje. Pasé por el campo a la tarde y después fui para el pueblo. En el campo había gente que conocí... Había una muchacha que yo había visto, pero ya era una viejita. Familias que con el peronismo se fueron a trabajar a las fábricas. Pasaron muchos años. El tiempo tiene su trayectoria propia”.


Orígenes

Arnaldo Calveyra nació en Gobernador Mansilla (departamento Tala) en 1929. Cursó sus estudios secundarios en Concepción del Uruguay y se licenció en Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Una beca de investigación lo llevó a Francia, en 1960, donde vive actualmente y en ese país realizó casi toda su obra literaria.
Entre otros, sus libros son: Cartas para que la alegría, El hombre de Luxemburgo, La cama de Aurelia (novela), Si la Argentina fuera una novela (ensayo), El origen de la luz (cuentos), Maizal del gregoriano.


Cartas

El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.
La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín. En tren es casi lo que andar en mancarrón.
Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.
Casi a mediodía entró el guarda con paso de “aquí van a suceder cosas”, y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo vivo inocente de Dios se estaba alimentando.
En el ferry fue tan lindo mirar el agua.
¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.

(De Cartas para que la alegría, incluído en Poesía reunida.)


Sin géneros

“La poética de Calveyra, se ha dicho, desafía los géneros. Drama, narración, siempre poesía, su escritura se ensimisma en el ritmo e inventa una lengua utópica que procrea la relación adánica que mantiene con las cosas: todo lo que nombra parece nombrado por primera vez. La escritora italiana Cristina Campo observaba que quien haya tenido la suerte de nacer en el campo llevará consigo durante toda la vida la posesión de un lenguaje arcano y un despliegue musical de las frases. La poética de Calveyra parece haberse conformado de una vez y para siempre en esa matriz del habla entrerriana”.

 

En casa. Arnaldo Calveyra, con docentes y alumnos de la escuela rural de Mansilla.


 

"Un día en la escuela de Calveyra"

 

Por Osvaldo Aguirre - La Capital (Rosario)

 

El diálogo tuvo como escenario la Escuela rural de Gobernador Mansilla, provincia de Entre Ríos.

—¿Le gustan los caballos? —preguntó una de las alumnas, de diez u once años y una larga trenza rubia.

—Mucho —contestó Arnaldo Calveyra—. Tengo un cuento con caballos. ¿Te gustaría escucharlo?

—¡Sí!

Calveyra comenzó a leer "Trío", el texto que abre su libro Iguana, iguana. Radicado en Francia hace más de cuarenta años, el poeta volvió la semana pasada a su pueblo natal y a la escuela que se construyó por voluntad de su madre —maestra rural— para presentar Poesía reunida, la recopilación de su obra que acaba de editar Adriana Hidalgo. Fue "la presentación mundial" de la obra, como dijo, en broma pero también en serio, la escritora y crítica Claudia Rosa.

Si bien vuelve cada vez que visita la Argentina, Calveyra nunca se había presentado formalmente como poeta en Mansilla. La presentación fue una idea de Jorge de los Santos, un ingeniero hidráulico oriundo del pueblo que vive en Montevideo y lo descubrió al comprar un libro suyo, La cama de Aurelia, en el aeropuerto de Barcelona.

De los Santos propuso la Escuela número 8 como lugar del encuentro, cosa que Calveyra aceptó con la condición de que también se hiciera una presentación en la escuela rural, situada precisamente frente a su casa natal. Los vecinos la conocen como "la escuela de Calveyra".

Los chicos tenían bien preparado el recibimiento. En torno al nombre Arnaldo, ante sucesivas preguntas de la directora, compusieron un acróstico con las palabras París, Calveyra, Gerónima (nombre de la madre), Mansilla, La cama de Aurelia, El diputado está triste (título de una de sus obras teatrales) y Poeta. Un texto que hacía honor al invitado en un sentido profundo: "La poesía es en buena medida eso, un juego con las palabras", dijo el propio Calveyra, después de leer "Me lavé la cara en la luna nueva...", un texto de Cartas para que la alegría.

Los anfitriones tenían otra sorpresa: un libro de formato apaisado, con un antiguo texto manuscrito, de varias páginas, sobre la historia de la escuela, y planillas con nombres de alumnos de los años 30, en los que figuraba el propio poeta y varios de sus hermanos. "Oro en polvo", dijo Calveyra. Aquellos nombres del pasado "me van a hablar, me van a decir cosas", agregó, al recibir el obsequio.

Claudia Rosa pasó al frente para hablarle a los chicos sobre Calveyra y su cuarto de trabajo en París, "donde está Mansilla", a través de carpetas, mapas y libros, y luego fue el turno de Carlos Restaino, un antiguo condiscípulo. "No vine preparado, ¿qué voy a decir?", protestó, pero al fin se incorporó y fue hablando al dictado de la memoria y el afecto.

Restaino contó que había conocido a Calveyra a fines de los años 30, en la escuela de Mansilla, y que entonces el poeta venía con mentas de "niño prodigio". Evocó al padre, Luis Calveyra, y a la madre, Gerónima Pereyra: "se buscó un hombre con apellido que rimara con el suyo, porque sabía que iba a tener un hijo poeta", bromeó. "Fue nuestro ídolo. Nos queríamos reflejar en él", dijo, dirigiéndose a los alumnos de la escuela, que seguían atentos su charla.

Al caer la tarde se hizo la presentación en la Escuela número 8, frente a la plaza de Mansilla. Después de ser recibido como "un artesano de la belleza" por las autoridades escolares —"estando tan lejos, nunca nos abandonó", dijo una docente—, Claudia Rosa se refirió a la obra. "Estos días —apuntó—, hablando con gente de acá, alguien me dijo, «yo mucho no lo entiendo», y es que no hay mucho para entender en su poesía. Está —como toda buena conversación— hecha con frases inconclusas. Él se hace tan amigo del lector que para qué va a decirlo todo si el lector seguro que lo piensa antes que él. La poesía está en esa dimensión".

Para prevenirse de los desbordes de la emoción, Calveyra leyó un texto en que recordó un episodio decisivo en su historia, en la misma escuela. "Una mañana del año 39, al pie de una composición sobre el otoño, pude leer un apreciación elogiosa por mi trabajo", dijo, y siguió, dirigiéndose a esa maestra, haciéndola presente: "Señora Adelina, vengo a rendirle mi homenaje por aquellas palabras de aliento, a decirle que sigo siempre atento a las maniobras del otoño, allí donde me encuentro".

"En un plano estrictamente local, espero ser la continuidad de gentes cuyas vidas me impresionaron", agregó Calveyra, y leyó una larga lista de nombres de vecinos de Mansilla, entre los cuales resonaron varios de los personajes de sus propios textos, como Minguecho o Manuela Junco. "Quisiera decirles que soy porque ellos fueron. Soy porque ellos son", señaló.

A continuación, inició la lectura con Cartas para que la alegría, "mi primer libro válido, para mí mismo", dijo, ante el auditorio, compuesto por alumnos, maestros, vecinos del pueblo y escritores amigos El primer poema de ese libro, el que precisamente habla de la separación de Mansilla, resonó con un sentido particular en aquel ámbito.

Y siguieron las sorpresas. Después que hablaron los adultos, los chicos de la escuela, con su maestra de música, ofrecieron una selección de canciones infantiles, con clásicos como "Mambrú se fue a la guerra" y "El puente de Avignon". Un homenaje en sintonía plena con el mundo de Calveyra.