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31/08/2008 - ARNALDO CALVEYRA PRESENTARÁ SU ÚLTIMO LIBRO EN GOBERNADOR MANSILLA

Volver a la tierra y devolver la poesía

 

JUNTOS. Arnaldo Calveyra junto con la desaparecida escritora de Gualeguay, Emma Barrandeguy. 
NUEVA OBRA. Poesía reunida agrupa nueve libros de poemas de Arnaldo Calveyra, además de algunas obras inéditas. Será presentado en Gobernador Mansilla el jueves 4 de septiembre en dos escuelas primarias de esa localidad.
Luego, el 11, en Buenos Aires la presentación estará a cargo de los poetas Pablo Ginera y Daniel Samoilovich.
(Foto Gentileza Claudia Rosa)

 

El escritor entrerriano radicado en Francia estará el 4 de septiembre en su pueblo natal. En la misma escuela en la que vivió y estudió, leerá sus textos. En diálogo con EL DIARIO, habló del silencio y también del desarraigo.

 

Por Fabián Reato - Tomado de: www.eldiariodeparana.com.ar

“Es como tocar tierra, como si a un muerto lo ponen en la tierra y no en un nicho de material. Es muy interesante para mí, por lo que soy y sigo siendo, llegar a ese lugar donde pasé tanto tiempo, toda mi infancia y de donde no querría haberme movido nunca”.
Así adelanta Arnaldo Calveyra su experiencia de presentar su último libro Poesía reunida, en Gobernador Mansilla (departamento Tala), el lugar donde nació y transcurrió su infancia.
Calveyra estará el 4 de septiembre en la escuela de campo donde vivió y cursó sus primeros años de clases y también en la Escuela Nº 8 General Román Deheza, donde completó la primaria. Allí, acompañado por Claudia Rosa, leerá sus textos para los alumnos de esos establecimientos, compartirá sentimientos y, sobre todo, se reencontrará con sus recuerdos y vecinos de siempre.
Calveyra estudió en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y luego en la Facultad de Letras, en La Plata. En 1960, gracias a una beca del gobierno francés, se radicó en París y desde entonces reside allí, donde ha escrito la gran mayoría de su obra.
Pero parece que Calveyra nunca se fue, sino que permanece en las ondulaciones de la luz entrerriana
—¿El recuerdo de Mansilla, en particular, y del campo entrerriano, en general, siempre estuvo muy presente en su literatura?
—Sí, yo trabajé siempre con eso y sigo trabajando. Es como un horizonte cotidiano, a eso no lo perdí para nada. Estoy aquí siempre y de una manera no tan virtual.
—¿De qué manera mantiene el vínculo con Mansilla, más allá de su trabajo literario?
—No te olvides que yo escribí un libro sobre una mujer de Mansilla que se llamaba Aurelia (N. de la R. se refiere a la novela La cama de Aurelia). Eso fue una manera también de tocar tierra. Entonces estuve mucho en Mansilla, para escribir el libro y para terminarlo. Es el pensamiento que vuela tan rápido. Estás por prender una luz, vas a la cocina a tomar un vaso de agua y de pronto te encontrás con un amigo de Mansilla, con los Brutti que están ahí. Es instantáneo, todo está ahí, es como una cuarta dimensión que está siempre presente.
—¿Fue difícil el desarraigo?
—Creo que sí fue difícil, siempre tuve un proyecto de trabajo con la literatura, entonces el desarraigo se vuelve como más mediato. El trabajo ayuda mucho. Yo sabía que en La Plata, con 40 horas de clases por semana, en varios colegios secundarios, y con los domingos ocupados en corregir pruebas no iba a tener posibilidad de escribir. Eso es lo que yo pienso, porque hay gente que ha hecho su literatura así. Borges hizo su carrera en la Argentina. Seguramente eran otras épocas, parecía que un poco de plata rendía más. Pero ahora con las inflaciones sucesivas se necesita más dinero. Creo que en los años 20 era más fácil escribir. Tal vez yo lo digo un poco de oídas, porque veo a mis amigos que tienen 30 o 35 años y están buscando empleo. Y me pregunto ¿cuándo escriben?
—¿Francia le permitió esa tranquilidad para escribir?
—Tenía una beca, modesta, pero con eso tenía todo. También trabajé como traductor en la Unesco. Siempre con el mínimo.
—Es una experiencia similar a la de otros escritores argentinos, como Julio Cortázar o Juan José Saer...
—Claro, pero consiguieron hacer una obra. No sé si en Argentina hubiese tenido la posibilidad de hacer lo que hice allá (en Francia), de tener horas para trabajar para mí.
—¿Siempre escribió en castellano?
—Sí, no veo cómo podría haber hecho en Francés lo poco que puedo hacer en castellano.
—Y mucho en entrerriano también...
—Hay una Argentina que no es Buenos Aires, que no es la luz y el castellano de Buenos Aires. Es otra luz. Soy bastante consciente de eso.
—También lo conserva en la forma de hablar...
—Eso me encanta, aunque no lo pretendí nunca, porque no sabía que era así. 

El silencio.
—El silencio tiene un peso importante en su poesía. ¿Eso está vinculado con su infancia en el campo?
—Tiene que ver con la contemplación, con el quedarme horas contemplando un retoño de árbol, como una experiencia mística. Sí, el silencio tiene que ver con el campo. Tenés mucha razón y nadie me lo había dicho hasta ahora. La gente sabe que mis palabras están rodeadas de silencio pero no me habían dicho eso. Vos fuiste al grano.
—Tal vez porque venimos del mismo lugar...
—Así es.
–¿De sus obras, cuál siente que más satisfacciones le ha dado en cuanto a reconocimiento del público?
—Creo que a la gente de Europa la seduce mucho Cartas para que la alegría, curiosamente, porque son cosas localistas pero tienen un tinte universal que hace que la gente que no conoce el castellano lleguen a través del francés a esa obra. Y que lleguen de la mejor manera. Yo a veces quedo sorprendido por las cosas que me pueden llegar a decir sobre la obra.
—¿Cuáles son sus recuerdos de su época de estudiante?
—Mientras estudiaba en La Plata volvía mucho a Mansilla, pasaba largos veranos. También, cuando estudiaba en el Colegio Nacional (de Concepción del Uruguay), cuando tenía oportunidad viajaba a Mansilla. 

Teatro.
—¿Continúa con su obra dramática?
—En este momento estoy lejos de eso, estoy con la poesía. No quiere decir que las piezas teatrales no sean poesía, lo que yo me propongo cuando escribo una obra de teatro es también hacer poesía. Pero hay cuestiones técnicas en el teatro. Está el director, los actores, los escenógrafos, hay mucha gente implicada, no es solamente tu mesa de trabajo. En este momento estoy un poquito cansado de esos diálogos. Por eso en lo posible estoy conmigo para sacar poemas.
—También ha incursionado en el ensayo ¿Cómo surgió Si la Argentina fuera una novela?
—Yo empecé pensando que el título era La novela nacional. Al editor le pareció que no era ese el título y como ya había salido en francés con el título de Si la Argentina fuera una novela, quedó así cuando se publicó en Buenos Aires. Es una manera personal de encarar de dónde venía, con todos los yerros institucionales del país. También fue una manera de explicarme las cosas a mí mismo.
—¿Cómo lo conoció a Carlos Mastronardi?
—Fue en Concepción del Uruguay, para el centenario del Colegio Nacional. Él concurrió como periodista del diario en el que trabajaba. Me presenté y le pedí que me ayudara. Así empezó mi relación con él. Esa relación continuó en Buenos Aires. Allí fui a su casa y durante 10 años pasé muchos fines de semana viviendo en su casa. Fue muy generoso. Es una lástima que no salgan sus obras completas (proyecto de la Universidad Nacional del Litoral) porque Claudia Rosa lleva más de 10 años trabajando.


Trayectoria
Poeta, novelista, cuentista y dramaturgo, Arnaldo Calveyra nació en Gobernador Mansilla en 1929. Se licenció en Letras en la Universidad Nacional de La Plata y a comienzos de la década del 60, una beca de investigación lo llevó a París, donde vive desde entonces dedicado a la docencia y la literatura. En Francia publicó buena parte de su obra en la prestigiosa editorial Actes Sud. Autor de una obra exquisita, se menciona Cartas para que la alegría, El hombre de Luxemburgo, La cama de Aurelia, Si la Argentina fuera una novela, Diario de fumigador de guardia, El libro del espejo, El origen de la luz y Maizal del gregoriano.