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04/10/2013 - EL SÁBADO, EN LA FERIA DEL LIBRO DE CONCORDIA SELVA ALMADA E INÉS GARLAND.

El sábado, en la Feria del Libro de Concordia             

                Selva Almada e Inés Garland.

Almada*  y Garland*: dos narradoras de prestigio, juntas en Entre Ríos.

   

Hay innumerables hilos invisibles enlazándolas: las dos son muy bellas -belleza de reina escandinava la de Inés, belleza de princesa húngara la de Selva-, a las dos les gustan los gatos –y por eso mismo, se las puede ver en más de una fotografía compartiendo protagónico con alguno- y, por sobre todo, las dos son talentosas escritoras: narran con una contundencia y una fineza que las equipara. Y el sábado 5 de octubre, a las 20 hs., compartirán una mesa  en la Feria del Libro de Concordia.

Coincidencias

Saben mirar: eso se percibe en sus literaturas. Mirar más allá, mirar hasta lo hondo, mirar con escisión de bisturí. Bisturí que rasga hasta el fondo y que no hace ostentación de herida, ni de sangre, ni de tripa. No, ellas rasgan con toda la delicadeza del mundo, pero es feroz, aunque no se note, el corte en la carne que han hecho.  Miran como no deberían mirar ni las chicas de provincia ni los ojos amasados en hogares a resguardo de la precariedad. Selva Almada mira como no debería mirar una chica de Villa Elisa, porque las chicas que vienen de pueblitos como ese ya se sabe: solo ven todo aquello que les asegure la entrada al olimpo provinciano: el vestido de novia, el marido, los hijos, la casa, el auto, las idas a misa el domingo… Y Selva Almada ve eso mismo, pero lo mira de otra forma: ve ese paisaje como sentada en la otra orilla, y tal vez eso, la lejanía, el haberse marchado por convicción, es lo que le permite no tener el árbol tapándole el bosque. Porque ella, desde ese Buenos Aires donde ahora vive, nos muestra qué cosas a nosotros, en la provincia, de tan naturalizadas que las tenemos, se nos pasan por alto: la mujer que pone el hombro para adecentar el hogar, y el hombre  que está ahí lo más cómodo, la mujer que va a parir sola y el hombre que es incapaz de cualquier ternura,  por decir solo algunas de esas verdades que ella devela. E Inés Garland mira como se supone que no debería mirar una mujer que fue señorita educada para fiestas con copas de cristal, y que viene de un mundo donde las mujeres tienen las uñas impecables de quien no tiene que fregar los platos. Ella mira y no le nubla la vista nada de lo que a las mujeres de su estirpe sí: ni la corbata planchada del esposo, ni las largas vacaciones sin excepción, ni la casa de fin de semana, ni la mucama que se encarga de todo de lo que debe encargarse. Inés ve más allá: ve las arrugas en la corbata, ve el hastío de la mujer, ve el desamor, y ve cómo la soledad sobreviene, allí también, en ese universo que parece resplandecer.

Y ambas tienen otras cosas en común: como en la vida, en sus literaturas los mundos más disímiles suelen juntarse. Urden encuentros antagónicos que retratan esa dualidad que los humanos nos hemos inventado: vos pobre, yo rico; vos ignorante, yo sabedor; vos salvaje, yo educado. Y de esos encuentros, ellas han hecho textos formidables: el pastor evangelista, tan prolijo, al lado de las manos engrasadas del Gringo Brauer, en El viento que arrasa, de Almada; Alma, la protagonista de Piedra, papel o tijera, novela de Garland, y su educación en colegio católico y su casa de fin de semana en El Tigre, atravesada por la amistad con Carmen, una isleña que es quizás su única y verdadera amiga, y enamorada de Marito; de Marito, a pesar de su pobreza, a pesar de que Marito sepa todo aquello que ella, en su burbuja, ignore.  Tan distintos en apariencia pero tan iguales en definitiva. Y algo más nos dicen Garland y Almada cuando construyen personajes así: nos muestran qué tan lejos están, en realidad, esos personajes de aquellos que los circundan. Alma no entiende a sus padres, ni  se siente cómoda con sus amigas de la ciudad, y empieza alguna vez a replicar todo aquello que le dicen las monjas del colegio. Y daría cualquier cosa por poder ir a los bailes adonde va el pobrerío.  Y prefiere la isla a cualquier viaje a Miami. Leni, la hija del pastor, es presa de una soledad tremenda, a pesar de la compañía constante, permanente, de su padre. Y es quizás durante esas pocas horas en el taller mecánico del gringo, entre las carcazas herrumbradas, cuando pueda ser algo que de veras tenga ganas de ser y no ese equipaje que su padre lleva a la rastra en sus derroteros religiosos.

Y son literaturas que discurren con los engranajes bien aceitados las de ambas: leemos y nos vamos dejando llevar por la corriente, y cuando queremos acordar estamos ahí, buceando en lo hondísimo. Y sin habernos dado cuenta de que estábamos descendiendo tanto: porque no hay ni juicios, ni adjetivos ornamentosos, ni explicaciones, ni tremebundismos. Ellas solo narran y, como bien aconseja Horacio Quiroga, no cargan la flecha con mariposas que desvíen el trayecto hacia el blanco.

 Y hay fidelidad, conciencia, en sus mirares del mundo: así ese mundo sea el de un reverendo obsesionado, el de ladrilleros criados en el odio, el de mujeres que dan cuenta de su soledad en vacaciones,  o el de señoras que se casan para toda la vida pero se separan a mitad de camino. Así sea una tormenta arrasadora en una provincia norteña, o un parque de diversiones que se hace morgue,  así sea un jardín inundado en las islas del delta, o un rancho sobre pilotes, o un balcón debajo del cual pasa el fragor de Buenos Aires. Sea un mundo que les corre en la sangre o un universo en el que excavan a través de la ficción, uno mira a través de sus palabras como a través de un vidrio limpísimo, un vidrio que de tan limpio hasta pareciera dejar pasar el aire que está detrás del otro ladro, y aunque uno quiera no le encuentra las costuras a  esa literatura: no hay forzamientos, no hay disfraces ni amaneramientos, solo presencia. No hay sobreactuación: hay, en su lugar, un conocimiento tremendo  que da cuenta, además, de un trabajo filoso con la palabra. La propia Garland plantea esto al hacer referencia a Almada: “Selva Almada tiene una escritura honesta. La imagino buscando la palabra justa, no haciendo concesiones hasta que la encuentra: la palabra que dé cuenta de eso que ella siente en el cuerpo y quiere decir. La reconozco como alguien que no quiere mentir en su escritura. Me parece que en este mundo que se ha vuelto tan mercantilista esta es una virtud que vale muchísimo”.

Almada según Garland

Otro punto en común entre ambas es la coordinación de talleres literarios. Ambas los dictan, e inclusive Inés fue alumna en uno de los talleres de Selva Almada. Al respecto, dijo: “Participé de un taller de crónicas que se llamó “No ficción on the rocks”, dictado por Selva y Julián López. Ya la propuesta tenía esa ausencia de solemnidad que para mí es fundamental y que mi generación, en la juventud, no tenía. En el taller empezábamos con un rico mojito o un martini y después venían las lecturas. La selección de crónicas era concienzuda: estaba hecha para que nos enteráramos de muchas diferentes posibilidades de escribir crónicas. Me gustó mucho de ellos esa manera de contener, escuchar, compartir, coordinar sin ponerse en un lugar de poder innecesario, sin bajar línea. Selva ofrecía generosamente lo que sabía, lo que había estudiado, lo que esas crónicas le despertaban. Esa generosidad se nota, está movida por la pasión y no por el afán de protagonismo ni por la necesidad de mostrarse como la que más sabe. Eso también me gusta de ella. Está ahí, tiene una presencia que invita a compartir”

Las dos últimas novelas de Almada, Ladrilleros y El viento que arrasa están entre los libros más elogiados de la literatura argentina actual. Garland, dijo sobre El viento que arrasa: “Tiene un clima que me envolvió y me arrastró como el viento. La historia me dejó sus imágenes. Me enojó ese reverendo y me entristeció y me hizo pensar en la condición humana, en nuestros destinos, en el paisaje de nuestros destinos. Es un libro que te obliga a entrar en la experiencia de la vida y de tu propia humanidad a través de una historia que por lo menos para mí, parecería ajena. Selva logró que yo reconociera en mí a ese predicador desesperado, a ese mecánico en el medio de la nada, a ese chico y a esa chica sin madre y que mi propia vida pudiera por un rato desenvolverse en un paisaje árido y ventoso que no tiene nada que ver con la ciudad que habito. Viví gracias a ella otra vida. El corazón se agranda cuando vive otras vidas, cuando reconoce e incorpora a otros. Tal vez para mí eso sea, en gran medida, la literatura”.

Garland según Almada

Selva Almada dijo sobre Inés: "Conocí a Inés Garland en la terraza de la editorial Mardulce, hace un año, en una primavera tan fría como esta. Sin embargo y pese a la temperatura, la fiesta era arriba, a la intemperie, quizá porque allí estaban la parrilla y los vinos. A Inés la conocía de nombre, pero nunca nos habíamos cruzado. Me cayó bien de inmediato, es una persona encantadora, con mucho sentido del humor. Volvimos a vernos unos meses después, en un taller de lectura de crónicas que coordinamos con mi amigo y escritor Julián López. Cuando ella nos escribió para inscribirse en el taller nos sentimos inhibidos: qué podíamos contarle de nuevo nosotros a Inés Garland? Pero tratamos de sobreponernos y le dijimos que sí. Y fue otra vez una terraza, pues los encuentros eran los domingos a la tardecita en la terraza de mi casa. Enseguida, mi amigo, yo y todos los del taller amamos a Inés. No se puede otra cosa con ella.

 Hace unos días la escuché leer un relato bellísimo en el ciclo de lecturas Carne Argentina, que coordino junto con López y Alejandra Zina. Al tiempo que la escuchaba a Inés, yo, que estaba al fondo del salón, aprovechaba para mirar a la gente que también la escuchaban: todos estaban encantados. Ella, tan alta, tan rubia, tan delicada, leyendo era una imagen que no se podía dejar de mirar ni de escuchar.”

Mirarse en el otro

Termino esta nota, a horas de que podamos escucharlas a ambas en la Feria de Concordia, con las respuestas que dieron,  cada una por su lado, a la pregunta de qué creen ellas que puede ser punto en común en sus respectivas literaturas.

Así lo expresó Selva Almada: “Creo que si algo nos acerca es esa frase que Inés usó como título del taller que Inés dará en la Feria: Escribir es una manera de mirar el mundo. Yo también creo lo mismo. Ojalá el mundo nos encuentre a las dos mirándolo, de vez en cuando, de la misma manera."

Y así respondió Inés Garland: “Ojalá nos una alguna de esas virtudes que yo le veo a ella: fundamentalmente esta de “estar presente”. Cito una frase de un poema de Jorge Aulicino que, creo, podría unirnos en lo que dice:

 “En lo que respecta al poema: miremos al frente.

La poesía no es natural ni puede serlo.

No es una papa, su consumo no depende de la

menor o mayor oferta en el mercado…

…la historia comienza por esto:

dar pasto a la mirada.”

Creo que tanto Selva como yo miramos mucho. La mirada es el principio de la escritura y tal vez en eso, que por otra parte es inherente a todos los escritores, me siento hermanada con ella. Estamos. Y miramos.”

                                                                                              Belén Sigot

 

*Inés Garlandnació en Buenos Aires en 1960. Publicó El rey de los centauros, su primera novela, en 2006. Lo siguieron Una reina perfecta (2008) y Piedra, papel o tijera (2009). Esta última fue publicada en México, en Uruguay y en Alemania, y fue premiada por ALIJA como mejor novela 2009. El sábado 5, por la mañana, dictará en la Feria del Libro de Concordia el taller de narración “Escribir es una manera de mirar el mundo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

*Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973)Vive y trabaja en Buenos Aires. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes, en 2010, con un proyecto de investigación sobre femicidio adolescente.Libros publicados :Ladrilleros (2013, Mardulce Editora),El viento que arrasa (2012, Mardulce Editora). Elegido libro del año por la revista Ñ,Intemec (2012, e-book, Los Proyectos),Una chica de provincia (2007, Gárgola Ediciones),Niños (2005, Editorial de la Universidad de La Plata),Mal de muñecas (2003, Carne Argentina). Relatos suyos integran diversas antologías y han sido traducidos al alemán