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15/06/2014 - LIBRO SOBRE LA VIDA Y OBRA DE MARCELINO ROMÁN

Las fuentes de donde emerge el trazo sencillo de Marcelino

Tomado de: http://www.eldiario.com.ar/

El poeta Juan Manuel Alfaro produjo una minuciosa indagación en la vida y obra de quien supo ser un amigo entrañable suyo, más nombrado que conocido: el escritor Marcelino Román.

Ya sería una nota destacada que un niño pobre, peón de campo en una pequeña villa (Antelo), en la vasta profundidad del paisaje entrerriano, hubiera llegado a ser periodista reconocido, secretario de redacción del principal diario de la provincia y escritor. Pero Marcelino Román, además de cultivado autodidacta y lector infatigable, construyó una obra de relieve, que trasciende la literatura comarcana y la proyecta, más allá de que por cierto es poco conocida incluso entre los que habitan estas tierras. 
Esa paradoja, la del ilustre desconocido, empujó al poeta, narrador y docente Juan Manuel Alfaro, a estudiar y analizar la producción de Román como quien busca descifrar las claves de un legado que, en alguna medida, queda traslúcido en expresiones del tipo. “un poeta no es un malabarista que juega con las palabras, sino un hombre que se juega en las palabras”. Alfaro disfrutó de la vasta riqueza de Marcelino Román: su comprometido sentido de la amistad, el don de gente, la condición de exhaustivo observador del pueblo y de la naturaleza y su biblioteca. Ahora, para conformar un voluminoso libro, próximo a publicarse, le agregó a aquellos recuerdos el resultado de su experiencia de refinado lector. “Aún para los que quisieran contactarse con su literatura se toparán con una dificultad: sus libros no son fácilmente hallados”, dirá Alfaro, con pena. 
No es la primera recuperación con la que Alfaro se involucra. Compiló y prologó la “Obra poética” de Carlos Alberto Álvarez y “El gozo y la elegía”, sobre la poesía de Héctor Jorge Deut. Además, es autor de “El Zurdo, la vida y el canto paranasero de Miguel Martínez”. “Muchos proyectos me generan satisfacción, pero este me llenó de felicidad”, explicará, y a su gesto lo envolverá en haz de amable ternura. 
–¿Cómo se le ocurrió investigar sobre Marcelino Román? 
–Ante todo porque es una deuda de gratitud que tengo con él. Fue el primero en publicar algo mío fuera de Nogoyá. 
–Usted vivía allá… 
–Sí, yo era un pibe de 17 o 18 años cuando él dirigía Letras, Autores, Ideas, la página literaria de El Diario, y tuvo a bien darle cabida a un poema mío. Más tarde vine a vivir a Paraná, nos frecuentamos, forjamos una intensa amistad. 
De manera que indagar en sus papeles fue un reconocimiento a lo que fue como persona y como autor. En Marcelino no había diferencias entre lo que pensaba y lo que hacía. Además, su nombre es familiar para gran parte de los entrerrianos; y, sin embargo, son muy pocos los que han leído al menos algo suyo. 
–¿Y en qué consiste? 
–Consta de una primera parte, donde se presenta a Marcelino: es un corpus de artículos periodísticos que fui juntando durante los años. A posteriori, aparecen comentarios míos a partir de la lectura de sus libros, tanto de los poemas como de los materiales de investigación y crítica. La perspectiva que desarrollo no es la del crítico literario, sino la del poeta: desde ahí comento y me apoyo en fragmentos y poemas, para dar cuenta de que claramente Marcelino subordina la obra a un programa de trabajo: no escribe para regodeo propio ni para el aplauso. No en vano Marcelino planteaba que el pueblo debía circular por la poesía y la poesía debía circular por el pueblo, lo que lo llevaba a cantar opinando, como decía José Hernández, por y para todos. 
DISTINCIAS 
–El riesgo, actual, es confundir lo popular con lo facilongo o superficial…
 
–Marcelino fue un autodidacta, surgido de una familia muy pobre; desde chiquito fue peoncito de estancia, no debe tener más que un par de años escolarizado, pero resplandecía de una formación intensa. Consideraba que el aprendizaje debía ser permanente, clave para poder dar lo mejor. En eso encuentro conexiones con Yupanqui cuando decía que al pueblo siempre hay que darle lo que se merece. Y, luego de una pausa, completaba: o sea lo mejor. 
Es muy interesante leerlo a Marcelino desde este lugar porque muchos tradicionalistas han sobrevolado algunos tramos de su obra, sin notar que él no estaba de acuerdo en conservar porque sí, sino para conocer de dónde se proviene y seleccionar de ese humus lo efectivamente valioso. 
Su fórmula es inspiración más trabajo, no sólo en el sentido de operar sobre un texto sino en bucear con candor explorador en todas las posibilidades de mejorarlo, lo que incluye el estudio. Entre sus primeros textos publicados figuran, a manera de prólogo, unos versos en los que hace constar que “con mis medios escasos y a mi modo, yo construyo los versos”, clara evidencia de que la noción de trabajo está involucrada. Y desarrolla toda una poética a partir de ahí. 
No reniega de la idea súbita, pero subraya que a eso hay que agregarle trabajo; y al trabajo, formación. Es interesante ver a qué supedita las correcciones, lo que es posible ver gracias a que se cuenta con versiones preliminares y definitivas de un mismo texto. 
–¿Y qué aparece? 
–Que las correcciones no abarcan sólo la cuestión formal o estilística sino que alcanzan a cuestiones informativas, que evidentemente fue precisando en ras del rigor. Es claro que le interesaba la verdad de las cosas. 
Fue un grande nuestro, alguien de quien tenemos mucho que aprender. El libro no se llama en vano El canto entero de Marcelino Román. En primer lugar, porque trato de tomar toda la obra publicada suya; pero además porque me parece un acto de justicia aludir a su entereza, a cómo está integrado su persona, su obra y su pensamiento. 
DETALLES 
–¿Cómo conformó el corpus?
 
–Es material que he ido juntando a lo largo del tiempo, lo que incluye manuscritos trabajados por Marcelino y que ayudan a ver los hilvanes de su escritura y su perspectiva. 
Creo que en primer lugar viene a llenar un vacío porque, tiene razón Ricardo Maldonado, de Ediciones del Clé, encargada de la publicación, cuando dice que el gran público no conoce ni las tapas de los libros de Marcelino. Ojalá sirva para suscitar interés por su obra y, correspondientemente, habilite a que gente más capacitada que yo pueda hacer un estudio más profundo, que permita una comprensión cabal de su obra de tal modo que permita instalarlo entre los notables a nivel nacional. 
Sólo Itinerario del payador tuvo trascendencia más allá de la comarca. Es un trabajo muy importante sobre el canto improvisado que, según me testimonió el musicólogo uruguayo, Coriún Aharonián, es material de consulta en el Instituto de Musicología de Montevideo. El peruano Nicomedes Santa Cruz, cuando venía a la Argentina, no dejaba de elogiar ese libro. Lo mismo el payador más importante de nuestro tiempo, el uruguayo Carlos Molina. 
–¿En qué etapa está el libro? 
–Está horneándose. Saldrá seguramente después del Mundial de fútbol, cuando el mundo vuelva a girar. 
BRÚJULAS 
–¿Para qué más le sirvió indagar en la obra de Román?
 
–Ante todo descubrí aspectos que en una primera lectura, degustativa, se me habían pasado por alto o no las había valorado en su medida verdadera, incluso más allá de lo estrictamente literario. 
Y, casi en simultáneo, se convirtió en un espejo desde donde preguntarme qué estoy haciendo yo como poeta, no en cuanto a la cuestión formal de la escritura o el estilo sino desde la actitud artística. 
Por otra parte, ha sido un gusto hacer el ejercicio. Lo que he escrito me ha dado satisfacciones, pero el rescate de determinados autores me da felicidad. En su momento reuní la obra de Carlos Alvarez, un querido amigo mío y de Marcelino también, por cierto. Luego la de Héctor Jorge Deut, un poeta que prácticamente no llegó a publicar nada y al que un día se le ocurre morirse. Finalmente, el libro con el Zurdo Martínez. Me faltaba saldar la deuda con Marcelino. Y por suerte voy camino a lograr esa meta. 
–¿Por qué es necesaria la poesía? 
–Porque siempre está presente en la gente la necesidad de lo poético. El niño es naturalmente poeta: luego la cultura lo despoja de ese hálito pero la demanda interior no se apaga jamás. Ante cualquier auditorio, alguien lee un poema y el clima se vuelve mágico. 
–¿Por qué vincula el mundo infantil con el de los poetas? 
–Porque el poeta busca nuevas formas de dar cuenta del mundo. Y el niño busca palabras para decir esa maravilla que está descubriendo y para lo que aún no tiene palabras. En el caso de Marcelino, está claro que la belleza tiene que servir para que el mundo sea menos injusto, para ayudar a cambiar determinadas realidades. Es una belleza con sentido lo que él busca. 

Ser poeta, un trabajo 
–¿Cómo siente usted que se ha construido como poeta? 
–Hay un misterio en la revelación: uno no sabe por qué empezó esto. Yo no encuentro un evento o acontecimiento especial. Recuerdo sí cierta tendencia infantil a la composición escolar, alguna inclinación temprana al uso de metáforas e imágenes, pero no un punto de arranque. 
–¿Hubo influencia familiar o escolar? 
–Familiar no. Yo me crié en una casa de campesinos pobres, que se mudaron a Nogoyá porque mi hermana mayor tenía que ir al secundario. En casa no había libros, salvo los de la escuela. Nos hicimos lectores con las historietas, lo que hoy se llama cómics. Y, no lo niego, es probable que nos hayamos vuelto lectores por el aburrimiento que teníamos y en virtud de una noción distinta del tiempo: no había actividades en el contraturno, como es usual hoy día, ni en vacaciones. Las siestas de verano se pasaban gracias al intercambio de revistas. 
–¿Qué leían? 
–Primero Paturuzú, Capicúa, Piantadino, Afanancio. Después pasamos a D’Artagnan, Intervalo. Finalmente, llegamos al libro. Mi gran experiencia lectora es deudora de la Biblioteca Popular de Nogoyá, que se convirtió en un refugio cuando me asomé al secundario. Más o menos por esa época lo conocí a Marcelino. Fue en un velorio, en Nogoyá. No habré tenido más de 14 años. Yo ya estaba entretenido con mis primeros versos cuando me lo presentaron. Recuerdo que le dije que no encontraba sobre qué escribir. “No te hagás problemas, porque temas no te van a faltar”, me dijo, muy amable. Lo recuerdo como si fuera ayer diciendo: el hachero se hace hachando, el caminante caminando y el escritor escribiendo. Fue un encuentro muy fugaz, aunque quedó grabado a fuego en mí. Recuerdo una frase que pronunció esa noche: la vida es infinitamente hermosa. Después, con los años, lo encontré en un poema suyo que se llama El mundo de los amigos. 
–¿Cuándo se encuentra con los autores entrerrianos entonces? 
–Fue fundamental haberlo conocido a Carlos Álvarez: él me abrió su biblioteca y pude conocer, entonces, la poesía entrerriana, que él dominaba porque había conocido a los más importantes exponentes. Se me hicieron familiares así nombres como los de Alfonso Sola González, José Eduardo Seri y Reynaldo Ros. Prestados por él, tengo por ejemplo todos los libros de Sola González pasados a máquina de escribir y encuadernados, pero también Versos para la oreja de Amaro Villanueva y las Odas ínfimas de Luis Sadi Grosso. 
Eran tiempos anteriores a la fotocopia. Al libro de Sadi Grosso, que él mismo me prestó, yo lo copié a máquina de escribir y su autor lo legitimó. Es una maravilla, un incunable. 
Por aquellos años, los encuentros entre artistas, las tertulias, eran frecuentes. Por ejemplo, un punto de encuentro era a Librería Fénix. Marcelino iba siempre. Tenía frases famosas. Una de ellas: cómo nos vamos a despedir tan bruscamente, lo que habilitaba la continuidad de la charla en algún bar más o menos cercano, con un amable vinito de por medio.

 

Víctor Fleitas