La farmacéutica

Hoy, mientras esperaba que la farmacéutica vieja buscara las pastillas, ella me saludó. Atendía a otra persona, y me quedé con las ganas de extenderle mi receta. Desde que entré no pude sacarle los ojos de encima. Como siempre, ya es habitual. Incluso no pude dejar de mirarla mientras Jorge me cobraba, y justo cuando le extendía los billetes me descubrió y puso mala cara. Ni que fuera su hija. Ni por asomo. Las diferencias se notan, ella es una chica demasiado hermosa para tener un padre tan horrible como ese hombre. Esto lo digo por experiencia, voy prácticamente todos los días a la farmacia San Jorge. Siempre intento que me atienda ella, pero la aglomerada concurrencia del local complica el asunto. Hoy, sin embargo, me saludó. A mi favor tengo el no haberle dicho ni media palabra.

De qué color serán los ojos, la boca, los dientes de ella. Cada vez que voy, tiene lentes rosados, creo que es miope, y entre los vidrios, el color rosa y la distracción que me posee cada vez que la veo, me cuesta descubrir el color que tienen. La boca, siempre velada por dos telas, una también rosa, y otra, menor, blanca. No conozco su boca. Ni de lejos. Tampoco los dientes, claro. Pero, así y todo, con total entereza puedo afirmar que si un río gris dividiera el mundo en dos yo elegiría que ella, la farmacia y yo permaneciéramos del mismo lado.

           

La farmacia está ubicada en la esquina de un barrio tranquilo, en apariencia refinado, casi siempre rebalsada de gente y por eso nunca puedo lograr que ella me atienda. Solo sé el nombre del viejo: Jorge. Por el nombre mismo de la farmacia, San Jorge, y porque sus compañeras le gritan cuando él desaparece en el fondo y hay clientes esperando para abonar en la caja. Si bien el local está vidriado en toda su extensión, apenas se puede ver desde afuera hacia adentro, y visceversa, de tantos carteles y afiches que le pegan los mismos empleados. Una vez la vi a ella desempeñando esa tarea, ilustre el día, aquel día de oro. Los jeans, el uniforme sobretodo blanco y con detalles en rosa. Siempre el rosa. Si algún día logro conquistarla, tengo ganado de antemano un dato por demás importante. Uno entra a la farmacia y a los costados hay estanterías con perfumes, shampoos, hilos y pastas dentales, talcos, etcétera. Al fondo, detrás de una franja de madera dividida en tres, donde cada farmacéutico atiende a su respectivo cliente según el orden del azar y el orden de llegada, muebles repletos de medicamentos, jarabes y cremas. Por una puertita ubicada detrás de la parte donde atiende ella, se accede al depósito. Racks llenos de cajitas, con pastillas claro. Lo sé porque esa puertita siempre permanece abierta, y porque cada vez que voy a la farmacia, por no decir todos los días, me gasto en el vano intento de que ella me atienda.   

           

No sé cómo sucedió, pero de un momento para el otro la farmacéutica vieja estaba perdida en el laberinto de medicamentos, Jorge salió a comprar una gaseosa —lo comprobé al rato, cuando volvió con una Pepsi— y nos quedamos solo ella, el cliente al que atendía y yo. Entendí, de arranque, que tenía poco tiempo para accionar. Revolví mis bolsillos hasta encontrar un papel. Agarré una birome del mostrador y anoté mi nombre y mi número de celular. Cuando el cliente se fue, le hablé a ella.

—Parece que voy a tener que volver mañana —dije, señalando con el mentón hacia el depósito.

Ella se rió y bajó la vista. Empezó a revolver unos papeles del mostrador.

—Si no es molestia —dije, extendiéndole el papel— ¿me podrías avisar cuando tu compañera encuentre el medicamento? Estoy apurado, tengo que hacer unos trámites en el banco y después lo busco. 

 

Caminé media cuadra y subí al departamento. Me desparramé sobre el sillón, agarré una revista pero no pude leerla. ¿Me llamaría? ¿Me mandaría un whatsapp? ¿Habrá pensado que soy un acosador? ¿Acaso me tendría por un loco, por haberla mirado así sin importarme nada? Tenía que hacer tiempo y lo único que se me ocurría era caminar por las paredes. Prendí una tuca, la fumé mirando el techo. Descubrí que en algunos rincones las arañas habían tejido mansiones y me decidí a destruirlas. Agarré la escoba y, sin una pizca de piedad por las arañas y la naturaleza en general, las barrí. Chau arañitas. Un poco de polvo cayó a mis pies y aproveché el viaje para barrer todo el piso. Si cabía la posibilidad de pactar un encuentro con ella, por ningún motivo debía tener departamento en tan malas condiciones. Todo sucio no, no se puede, a los sucios nadie los quiere.

Me cebé y limpié tan a fondo que se hizo de noche en un abrir y cerrar de ojos. Miré el reloj, las ocho. A las diez cierra la farmacia, pensé, así que voy a esperar hasta las nueve y media, si ella no me llama, no me busca, voy yo, la busco yo. Le digo en la cara que la amo y quiero que sea feliz conmigo para toda la vida. Que quiero que tengamos hijos y una casa con patio llena de bibliotecas, gatos, cuadros y objetos inútiles. Bueno no, no tanto, puede asustarse. La puedo invitar a tomar algo, o ¿acaso eso está mal visto? ¿Los hombres comunes y corrientes no invitan a su farmacéutica de confianza a beber un trago de vez en cuando? Me lo pregunto porque realmente no sé la respuesta. Es la primera vez que me enamoro de una persona que atiende un negocio. Además, tan cerca de casa, acá nomás en el barrio. Ya me imagino poniéndonos de novio y cruzándonos al verdulero, al almacenero y a los mozos del bar de enfrente. ¡Qué festín pueden llegar a hacerse! El flaco escopeta, por el que ninguno da ni medio centavo, saliendo con la rubia de la farmacia. ¿Qué tal? ¿Qué les parece? El gusto es todo mío, la hermosura toda de ella.

 

Ya no sé qué excusa inventarme para ir a la farmacia. Hoy pedí un medicamento que me recetaron hace un tiempo y nunca tomé, Escitalopram de 10mg. Es un medicamento caro. Básicamente, gasto por lo menos el cuarto de mi suelo para verla. Sale más cara que una prostituta, seguro, pero lo vale más. No tiene punto de comparación (el ejemplo fue solo a modo ilustrativo, para que el lector pueda hacerse una idea de mi obsesión), la poesía está lejos de su belleza. Si algún poeta la descubre, ese poeta tendrá futuro.

Albergo la esperanza, cada vez que voy a comprar algo a la farmacia, de no volver nunca más. De que ella tenga que venir a verme a mí, a media cuadra de su trabajo. Decirle sí, te espero con la comida hecha y nos vamos a la cama.

 

***

 

¡Me quedé dormido! Es increíble la distracción que manejo últimamente, creo que por la genética de la marihuana que compré la última vez. Nunca me sale cuál es la indica y cuál la sativa. Miro el reloj, las diez y cuarto. La farmacia ya está cerrada. Chequeo el celular, ninguna llamada, ningún mensaje, nada. Al pedo limpié el departamento, ella no va a venir por más que yo vaya y compre todos los medicamentos, hasta los más insignificantes, el ibuprofeno por ejemplo que es una gran mentira, todos los shampoos, hasta los de marcas que te prometen una cabellera rubia, todos los perfumes, hasta los más asquerosos de oler, el Paco o Los Pibes por ejemplo, por más que yo vaya y compre la farmacia entera ella no va a venir. Creo que ahora de verdad necesito Escitalopram 10mg. Son antidepresivos. Mañana a primera hora voy a estar en la farmacia. Qué digo, ella trabaja de tarde. La voy a encontrar. Ante la duda, siempre me queda la opción de acercarme y espiar. Una de las tantas ventajas de enamorarse en el propio barrio.

Pero si puedo espiar el lugar cuando quiero, ya que vivo a media cuadra y no soy inválido, ¿por qué no voy ya mismo? Tal vez la encuentro poniéndole el candado a la reja, tal vez me dice que no me llamó porque perdió el papel —entre tanto ticket y tanta receta, sería de esperar—, tal vez le responda que no pasa nada y que podemos ir a tomar un trago a mi casa, apenas a media cuadra, o si ella lo prefiere a un barcito por la avenida.   

 

Llego a la esquina de la farmacia. Jorge pone el último candado, en la parte baja de la reja, más precisamente en esas puertitas que tienen todas las rejas de todos los locales, se levanta y veo que sostiene un cigarrillo entre los labios. Me mira fijo, no sé qué decirle.

—Ya cerraron… —articulé.

—Debe estar a una cuadra, bajando por 3 de febrero —contesta Jorge, y mueve la cabeza hacia la izquierda, señalando la calle.

Al voltearme escucho su risa. No es el padre de ella, es su patrón. Camino rápido, no hay nadie en la calle, haciendo caso omiso a las palabras de Jorge. Y si la llego a encontrar, ¿qué digo? Mientras la alcanzo, pienso que en el camino alguna excusa se me tiene que ocurrir.

Afino la vista y doy con ella, el pelo rubio suelto y aunque no alcanzo a verla de frente puedo asegurar que puesto atrás de las orejas; una costumbre suya, por lo que pude notar. O, mejor dicho, un tic o una manía. Todo el tiempo está poniéndose los pelos detrás de las orejas. La belleza que irradia cada uno de sus gestos me entorpece, divago, mi atención estalla en mil pedazos, se dispersa. La alcanzo.

—¿Voy bien para el lado del parque? —le suelto, y empiezo a caminar al lado de ella. Mimetizo mi cuerpo con el de ella, con su ritmo, vamos juntos.

—Qué raro —dice, mirándome, y por primera vez conozco sus dientes, su boca, sus labios y comprendo que estoy enamorado hasta el cogote—, vos que sos del barrio tendrías que saber.

Sonríe. Como un pelotudo, no sé qué decir. ¿Dónde está la excusa? La habré perdido en el camino.

—Te vi y me dieron ganas de hablar con vos —improviso, y apenas termino de soltar la frase me arrepiento.

 

***

 

De pronto vivir se vuelve mirar los tres asteriscos que están arriba, por aburrimiento, inercia, y una sublevada desesperación por luchar contra el tiempo y el cansancio. Vivir, escribir, ya saben, es lo mismo. Así que voy a terminar con esto de una vez por todas. Estoy harto de escribir, y nadie me obliga a seguir haciéndolo. La historia de la farmacéutica ha tocado su fin, reconozco que breve e inútil. No porque ella se haya muerto ni nada raro. Sigue viva, la veo cada vez que cruzo por la farmacia San Jorge. Pero se terminó. Debo acabar con ella, con la historia que inventé. Yo sigo siendo el cliente que va dos o tres veces por semana a comprar medicamentos, con prescripción psiquiátrica y descuentos de la obra social. No sé qué pensará de mí, ni me importa. Tampoco creo que lea esto en su puta vida. Tampoco importa. Después de todo, ella solo es una farmacéutica para mí, y yo soy solo un cliente para ella. Si llega a haber algún avance, no voy a escribir nada al respecto, porque estaré viviendo aventuras, dichoso de compartir el amor junto a ella, y no tendré tiempo de alimentar esa desesperación por luchar contra el tiempo y el cansancio.