“La literatura es su creencia. Quiere hacerlo, quiere hilvanar el horror. Sabe que en esa creación, en el desorden de lo que intenta decir, algo se reconstruirá con los restos. Y el primer día que escribe después de la bomba, siente que empezó la reconstrucción”.
El anterior es un fragmento de uno de los últimos textos que dejó escritos Maricel. Lo escribió pocos días después de enterarse que estaba enferma de cáncer. Creencia y reconstrucción son allí dos palabras clave: a eso se aferró hasta el final. Y a sus afectos. Quería vivir. Tenía grandes proyectos. Y la escritura era parte de ese anhelo de vida. Y escribió: “Hoy hay sol y es una primavera maravillosa. Con el dolor a cuestas, sale de paseo”. También, ya en primera persona: “Aferrada a la vida. Así voy a estar, y sé que el lenguaje se va a ampliar y va a fluir”.
Los meses que trabajamos juntos en sus cuentos, me permitieron ver eso: su tenacidad y sus ganas de vivir. Y su bondad. Y, sobre todo, su talento para escribir cuentos potentes y bien afincados en la tradición campera rioplatense, la de los dos Juan José: Manauta y Morosoli.
Siempre me fascinó el comienzo del Otro poema de los dones. Borges allí da gracias “al divino laberinto de los efectos y de las causas” y luego enumera todas y cada una de las cosas que han conformado su mundo y que lo han hecho feliz. Y me gusta porque no importa en lo que crea uno, ese poema da cuenta del misterio profundo e insondable que es la vida. Nada sabemos de por qué nos cruzamos con ciertas personas en cierto momento de la vida, ni tampoco por qué algunas se van tan pronto. Lo que sí podemos hacer es dar gracias por haber tenido ese privilegio. El privilegio fugaz y maravilloso de haberlos conocido, y de haber sido tocados por su amistad. Y en el caso de Maricel, además, por su lucidez y sensibilidad.
No dejen de leer sus cuentos, buena parte de lo mejor de ella está en estas páginas.
Mauricio Koch
Autores de Concordia