En tu universo azul y desgarrado
sirenas sin verdad cantan los barcos.
No te rescata ya la madrugada.
Ni ese viento varón de las esquinas
ciñéndote la falda.
Ni la luna canyengue.
Ni caminar contando alcantarillas.
Y una tristeza parecida al mundo
habita en esa voz que ya no dice.
Quisiste ser, apenas, un velamen.
La que llena dos vasos de buen vino
alrededor del hombre y del invierno.
Mástil, no más, querías,
para izar la ternura de los días,
para el himno de amor de las mañanas.
Ahora, si te nombran, oyes solo
la voz gramatical de tu existencia.
Sabes que en ti jugaron a la nada
con el revés marcado de los naipes.
Y sabes que una vida se parece
a ese pájaro muerto en la vereda.
No puedes inventarte la alegría.
Ni la voz que te nombre simplemente.
Ni traicionar tu exacto sentimiento
con dos tragos de amor sobre una cama.
Pero puedes morirte lentamente
como te vas muriendo por los días.
Sin más ni más. Alrededor de agosto,
qué oscuro es el perfil de la esperanza.
Autores de Concordia