La abuela
De ella lo sabían todo los jazmines del patio.
El sillón, el molino y el canto del canario.
Bajo la galería
la hacía niña su trenza.
Su rostro de dulzura.
Su asombro alucinado.
Y el ángel solitario
que a veces se le iba de la novela rosa
hacia el cerco de verdes donde ardía el verano.
Aun sin ojos para ver las cosas
pobres y simples que la acompañaron,
se deba el gusto de querer la vida.
De quererla no más, porque le daba
la mañana y el canto de los pájaros,
la manzana a escondidas detrás de alguna puerta,
el cajón de la cómoda y el cofre de los santos.
Yo me acuerdo de un tiempo con flores en los tilos.
Yo no me daba cuenta que había vivido tanto.
Ahora no me ve. Y es una suerte.
Creerá que soy aquella descalza en el mosaico.
Es mejor que no sepa que esta voz es la mía.
Solita en su destierro.
Sin higueras.
Sin patios.
Para Abuela Antonia
Autores de Concordia