POEMAS DEL LIBRO 'MONTE'

Monte es un poemario escrito en la voz del propio monte. Allí, a lo largo de cuatro capítulos el monte habla sobre su vínculo con el río, su fauna y flora, el paso de las estaciones y sus cambios, así como también del vínculo con los humanos, denunciando sus quemas, pesca y caza indiscriminada y la pérdida de tierras, antes sagradas, ahora mero objeto capital.

Cada portada de capítulo tiene una ilustración que hace referencia al título. Las mismas, al igual que el diseño de tapa y contratapa, son de Silvina Cepellotti, una artista de la ciudad de Paraná.

Transcribo aquí 4 poemas, los cuales se enumeran y no llevan títulos.

Los capítulos del poemario son: “Monte y río”, “Estaciones”, “Refugio” y “Humano”.

 

1

El aleteo de un biguá

sobre las aguas

sacude el silencio y me espabila.

 

Soy el verde que gobierna

tierras mesopotámicas del litoral.

 

Soy en la inmensidad de la llanura

y vida en ese espacio.

Un soberano natural.

 

Soy la esencia de innumerables culturas

cantando y danzando

a lo largo del tiempo.

 

Soy lo que cada hombre o mujer

quiera encontrar en mí

en la calidez de mi terruño

o en la frescura de mis ramas.

Un lugar de libertad.

 

Protejo a cada ser que ronda por aquí.

Ellos

en su mayoría

cuidan de mí.

Domino el paisaje recorrido por canoas.

Cada árbol nativo me pertenece.

Conozco cada semilla que cae

y cada nuevo brote que germina.

 

Soy dueño de aromas y sonidos silvestres.

Puedo ser profunda soledad

o inmensa compañía.

Un sitio de paz para algunos

o de profundos miedos para otros.

 

Como preludio

la amplitud de mi nombre:

Monte,

sin más.

 

3

El río y yo somos uno.

Riega mi tierra

alimenta mi vegetación

sacia la sed

de cuanto animal ronda por aquí.

 

Fuerza que fluye

incontrolable

indomable

incansable.

Su flujo me inunda

me quita terreno

moldea mis barrancas

a merced de crecientes

y bajadas.

 

Cada añoso árbol

cada enorme y pequeña porción de tierra

me pertenecen

hasta que llega él con su bravura.

 

El viento le susurra secretos

a la superficie de sus aguas que,

con el suave y constante murmullo

de una nueva creciente,

llegan,

me saludan

y avanzan

en legítima reverencia.

Sé bien que no deben

rendirse a mis pies,

en todo caso es mi tierra

la que está a su merced.

 

 

13

Una diversidad de latidos

que solo yo conozco

transita mis senderos.

Luego están

todopoderosos

quienes creen conocerme.

Repletos de ideas.

Con un sinfín de herramientas

de observación

de registro

de medición.

Exploradores.

 

Me río de ellos

mientras me asocio a los vientos

cómplices para destruir

los mapas de la identidad

que pretenden trazarme

cuando toman fotos de aves

y de animales

cuando clasifican arbustos

y árboles

cuando miden las profundidades

de las aguas que me rodean.

Quizás un día logren conocerme del todo.

Me niego a ello

a entregarme por completo.

Me niego a que crean

que por haberme investigado

saben cuánto duele la agonía

del canto de los pájaros

cuando los están aniquilando.

 

18

El fuego me pertenece.

O eso creía.

Que la llama que los humanos encendían

en mi tierra

era al fin y al cabo

mi fuego.

Ahora su presencia me aterroriza.

 

Unas veces

las tormentas estivales

devoran mis árboles y mi vegetación

con rayos incendiarios en la aridez.

 

Otras veces

el hombre

ingrato conmigo

lo hace a propósito.

Parece que no le alcanzan

las tierras desmontadas y necesita

aniquilar

las que aún me quedan.

 

Lo inicia él.

El viento y el calor

cómplices involuntarios

hacen lo propio.

Mis hectáreas llenas de vida

quedan carbonizadas

secas

estériles.

 

Entonces llegan las máquinas.

Y también me aterran.

Y también me arrasan.

 

Desmiembran

despojan

expropian

arrebatan.

Aplanan y nivelan,

dibujan y proyectan.

 

Hay quienes se oponen.

Acusan al poder

de imponer la ganancia

por encima de la vida.

 

Me llaman patrimonio universal

de una condición de humanidad

casi desaparecida.