El buen samaritano (fragmento)

Están atacando a un hombre en la vereda de enfrente mientras vos, como si nada, te pintas las uñas. Ahora mismo, le están pegando piñas brutales en el estómago. 1 de lo sostiene de los hombros y el otro le da sin asco. Ahora lo tiran al piso y le revisan los bolsillos. Ya huyen y el pobre tipo queda acostado en la vereda. Vos seguís tiñendo de rojo tus uñas, pensando quién sabe en qué cosas. Tal vez en tu marido, gordo y calvo, que anda por la ciudad repartiendo muestras de medicamentos por los consultorios; ¿o estarás concentrado en tu hijo, el pequeño llorón pecoso, que queda al cuidado de la niñera mientras vos venís a mi encuentro, como todas las semanas?
Nunca sé, con certeza, que ocupa tu mente cuando te quedas muda después de que hacemos el amor. A veces, solo te dedicas a mirar el techo y a murmurar alguna canción de la que casi siempre te olvidas la letra en la mitad. Son los minutos en los que te quedas sola, a pesar de que yo esté al lado. No hay nada que te saque de ese ensimismamiento, ni siquiera mis caricias postreras, ni mis besos suaves en el cuello o mis erecciones persistentes. Vos seguís adueñándote de esos tiempos egoístas, como si rumiarlas el placer obtenido. No haces ningún esfuerzo por incorporarme a tus cavilaciones. Por el contrario, tu rostro expresa una especie de solaz desconocido al refugiarte en tu ensimismamiento. Yo, de mala gana sí, te permito ese viaje hacia tu interior y te contemplo olvidado en la orilla. Inútilmente he intentado llamar tu atención diciéndote cosas que ya habías escuchado durante el acto. O desafiándote con preguntas sobre tu pasado, tu esposo o tus anteriores amantes, pero no hay palabras que obren de conjuro y te rescaten de esa perdición en la que te sumerges. Solo vos decidís cuándo volver y entonces me mirás como extrañada de que yo siga allí y sos capaz de preguntarme la hora o en qué estoy pensando.
—¿Qué mirás? —me preguntás desde la cama. Ya terminaste tu tarea y ahora te soplás los dedos como si te quemaran. Yo señalo hacia fuera, a través de la ventana y veo al tipo que sigue tirado en la vereda después de la golpiza. Te cuento el ataque y que los ladrones huyeron con rumbo desconocido, como se dice en las crónicas policiales. Sorpresivamente, te sonreís, tal cual si hubiese dicho que la tarde está agradable con ese sol benigno de otoño que pega sobre un paredón con una leyenda política prolijamente pintada. Aunque conté un hecho horrorosamente violento, vos te sonreís y luego golpeás suavemente con la palma de tu mano la sábana, cuidando no mancharla de rojo con esmalte todavía fresco, para invitarme a que vuelva a la cama y deje de mirar hacia la calle.
—Vení —insistís—. No te distraigas.

(El buen samaritano, fragmento)