Reseña de El salto del agua, de Paula Galansky

El salto del agua, Paula Galansky, Editorial Municipal de Rosario, 2025

Por Matías González

 

Si el tiempo, alias Cronos, encontró en el río su metáfora insuperable, si un lago es la hipérbole final del espejo, entonces una crónica refleja o, digamos, una crónica reflexiva ¿no vendría a ser la vara ideal para sondear esas aguas? ¿Y entre medio? ¿Quién o qué regula el pasaje entre esos moldes de la hidrografía?: El salto de Galansky, que transforma la vasta mirada en corriente literaria. 

En su libro anterior, El lugar donde estoy cayendo (2022), Galansky había reunido seis cuentos, tersos y profundos. Ahora esa voz, una de las modulaciones de esa voz, pasea digresiva, tranquila y despierta, por los alrededores históricos, geográficos y testimoniales del Río Uruguay; lo indaga en el punto de su intercesión más grandiosa: la Represa de Salto Grande. La autora respeta y quiere lo que cuenta; con feliz autoridad, con jovial persuasión hipnótica, nos manda a habitar esos sentimientos. Cuenta palmeras salvajes, cuenta la inundación programada, cuenta una ciudad sumergida (y a los obreros sepultos, bajo catorce compuertas, también los cuenta). Sin compases ansiosos, ni tropos cancheros, trae la anaconda de Quiroga para que tengamos nuestro Nessie, y evoca el volcán generoso que nos sirvió la orilla rocosa (¡Un Nobel para la playa Nebel!).

Si esta nota aspirara, con aliento más largo, hacia algún receptáculo académico, me afanaría por conectar la obra con el concepto de “reterritorialización”, y tal vez, incluso, con ciertas “Turbinas deseantes” que contienen, transforman y regulan los fluidos del pueblo, pero como nomás pretendo comunicar un regocijo, propongo el mote de “Crónica anfibia” y confío en que la expresión suscite una resonancia apetitosa. 

Un pedacito de reparo: no promuevo las venias obligatorias ni el pago aduanero a ningún tipo de Comisión Mixta Literaria, pero eché en falta algunas menciones o citas. A los carpinchos y demás tótems de la zona ya les habían ofrendado buenas matas de pasto… ¡y hasta lustrosas hojas de hierba! Un contrarreparo: tal vez esa deliberada ausencia de antecedentes aligere el torrente y haga más audible el rumor cercano de los amigos y de la familia; tal vez, también, haga más transparente las piedras del fondo: su refrescante belleza.

Posdata de efusión local:

No identifico una fundación mítica de Concordia, ni sería yo un idóneo historiador de sus raíces literarias, mucho menos, un Harold Bloom municipal que, detentando la parrilla, reparte méritos como chorizos, pero si a mí castigada y caprichosa memoria orgánica le inserto los comandos “Concordia+literatura”, puedo arrojar, en un minuto (minuto y medio), los siguientes resultados (pasibles de ampliación, llegado el caso): Juan José de Soiza Reilly le señala un camino a Roberto Arlt; Víctor Juan Guillot echa el alma en el pozo; Borges octogenario, en el Teatro Auditorium, paladea los versos veinteañeros de Alejandro Bekes; Saint-Exupery hace una escala técnica en el parque San Carlos (Belottini dixit); Juan Meneguín y el río anudan en el puerto sus cauces poderosos; Isidoro Blaistein se muere de melancolía; Daniel Durand apila ladrillos “para una casa    que están haciendo    en el barrio Lezca    los Altamirano” y levanta un cordón de monoblcks sobre la poesía de Buenos Aires; amigo fumado me pregunta: ¿vo leíte a Leites? y reímos mucho y tontamente; en un libro de crítica encuentro un epígrafe de Carolina Sborovsky y pedaleo hasta la librería; dos amigos (él puede hablar al revés, ella escribe en secreto) conciben un hijo que endereza versos como clavos, y los remacha en público; Calle Chabrillón, donde compro carnada y tripa de pollo, nombra un ilustre poeta (cuya lectura adeudo); y hablando de buena tripa: salve Marta Zamarripa; el Dogui Lasque descarta la colilla de una lapicera ardiente y prende fuego el polideportivo; entre impuestos y guías telefónicas mi abuelo atesora un libro de Stella Maris. Y el rumor de la fiesta electrónica de los que afilan la laptop contra las vacas sagradas. También integran este revoltijo algunas visitas célebres: Abelardo Castillo, con el pasaporte trucho de “Esteban Espósito”, llega con resaca a la terminal de Concordia en las primeras páginas de El que tiene sed; otro artero alter ego, Emilio Renzi, es decir, Ricardo Piglia, se cae por Concordia en la primera parte de Respiración Artificial; en las primeras páginas de Punctum, Martín Gambarota remite a Concordia la última jugada de un ajedrez por correspondencia; en cierta locación bibliográfica que, por escatimarle información a la IA, solo revelaría por teléfono fijo, vi la prueba (y la letra me hizo temblar) de que Borges surcó nuestro río, junto a Enrique Amorim. Y otros cuantos etcéteras que subrayé con trazo fuerte, como un niño que encuentra su casa entre los atlas del castillo. Esta suerte de joyero, de insumo propio para scrollear sin wifi, se incrementará, así lo espero, con los años (desde abajo, desde arriba, desde el costado). Ahora de pronto y febrero, sumé este indeleble refucilo: Galansky se baña en las auras de Salto Grande.