Liminar
No he podido emprender el armado de este libro con la objetividad que hubiese deseado. Aunque, sin descuidar la respetuosa exhaustividad que merece una selección como la que sigue, me he visto interpelada cada vez que leía un artículo que publicara Alberto Gerchunoff en diversos diarios y revistas a lo largo de su copiosa labor como periodista. Me reclama como argentina, entrerriana, oriunda de Villaguay y judía, su condición de judío y argentino, de villaguayense y entrerriano, me invita a sentir en mi carne sus antiguos deseos y esperanzas. Como él, he soñado que nuestro país sea un lugar de tolerancia; como él, me he negado a mirar documentales y películas sobre el nazismo o cualquier holocausto, dictadura o crímenes étnicos, no necesito ver el horror para sentir empatía; como él, creo en los hombres y mujeres de nuestra Patria y nuestra América; como él, siento que ningún dolor o alegría me resultan ajenos. No puedo hablar con la rigurosa distancia de lo objetivo del hombre que amó como propia a la tierra que me vio nacer, del hombre que cultivó los mismos campos que mi abuelo y mi padre y mi hermano, del hombre cuya madre está sepultada en el mismo cementerio que parte de mi familia, del hombre que amó a una sola mujer en su vida y se casó con ella, una mujer que portaba el mismo apellido que llevo. Con el respeto y las emociones a flor de piel, entrego al lector estas páginas que pretenden ser una cuidadosa miscelánea que nos permita entender porqué podemos afirmar que Alberto Gerchunoff es nuestro, es de Villaguay. Y, que al mismo tiempo, nos muestre al ser humano de ideas sólidas, de convicciones y principios militantes, amigo entrañable y hombre de familia, escritor y periodista, al inmigrante ruso, al argentino y entrerriano por elección, a nuestro “Gerch”.
Introducción
En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas […] En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino.
Alberto Gerchunoff, Autobiografía
Me encuentro investigando sobre la vida y obra de Alberto Gerchunoff cuando un muy querido amigo –sigue siéndolo a pesar de esto, pues considero que es una triste falencia de su espíritu y que no soy yo quien debe juzgarlo− me pregunta sarcásticamente si sigo siendo judía. Entonces pienso en lo que habrá sentido Don Alberto Gerchunoff −ese hombre que soñó que la Argentina fuera en el segundo centenario de la Patria un lugar de paz, amor y convivencia libre para todos los hombres del mundo que habitaran este suelo− cuando su amigo Leopoldo Lugones celebraba que había llegado para el bien del mundo “la hora de la espada”, o cuando sus congéneres se mantenían impávidos frente al accionar neutral del gobierno argentino ante el avance alemán durante la Primera Guerra Mundial. Aun más, qué habrá experimentado su espíritu anhelante de armonía y hermandad, durante la infame década del treinta signada por el avance de la derecha en Argentina y por el nazismo y el fascismo en Europa. Cuál habrá sido su dolor más profundo ante la Shoá ( ) en la Alemania Nazi durante la segunda Guerra Mundial, allá en el continente que lo vio nacer. Una gran estudiosa de su vida y su obra, Mónica Szurmuk, asegura que:
Hasta su muerte y aun en los momentos más duros de desilusión con los gobiernos de turno, Gerchunoff siempre creyó en la Argentina como el lugar donde podía resucitar la Europa cosmopolita de la inteligencia y vio en el espacio rural de Entre Ríos y en la convivencia entre gente de diferentes religiones y orígenes el laboratorio de creación de este espacio.
Sin lugar a dudas, Alberto Gerchunoff, “Gerch” como lo apodó su entrañable amigo Manuel Gálvez, es uno de los nuestros, es villaguayense por decisión propia, por elección de una vida, una patria, una identidad y un deseo de paz y armonía. Ese niño judío que vino al mundo un primero de enero de 1884 según afirmaba su madre (un año antes atestiguaba su pasaporte), en las heladas nevadas de Proskurof, una pequeña villa cercana a Kamenetz Podolsk, capital de la región de Podolia, en la Ucrania del Imperio de los Zares. Ese chiquito que emigra con su padre, madre y cuatro hermanos a Argentina y ve morir violentamente a su padre en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, para luego trasladarse a los fértiles campos entrerrianos; eligió a Villaguay, a Colonia Rajil 2 como su lugar de origen. Cada vez que debió decir de dónde provenía, desdeñó su sitio de nacimiento y sostuvo ser oriundo de nuestra Villaguay, de Rajil, labrándose de esa manera, un nuevo comienzo, una identidad y un nombre propio. ¿Por qué de entre todas las posibilidades un inmigrante elige ser de nuestra tierra? Tal vez, porque al salir de Rusia su padre le promete que vivirán en un suelo donde no serán perseguidos, donde cosecharán su propio trigo y harán su pan, donde vivirán del fruto del esfuerzo y no sentirán la discriminación o el odio. Quizá, porque tras la muerte de su padre, Rajil fue el lugar donde encontró la paz tan anhelada por los judíos errantes, porque en la sangre fluyen como resabios dolorosos las antiguas persecuciones de la raza. Posiblemente, en esta tierra entrerriana fue feliz, sus esperanzas crecieron y se movieron ágilmente como las nubes blancas del inconmensurable cielo de nuestras pampas. Nubes a las que de niño persiguió como tejiendo cuentos, nubes que años más tarde saldría a “cazar” en largas caminatas por las calles porteñas con su amigo Leopoldo Lugones. Argentina fue para muchos inmigrantes judíos la “tierra prometida”, la “nueva Sión”. Así la llama en su primera y más difundida obra, Los gauchos judíos (1910), texto que narra la alegría y el agradecimiento a una patria que los recibe en su seno y traduce una vida de libertad en el campo. Tierra fértil, arrebatadora y con grandes territorios inhabitados donde todo está por hacerse: el litoral argentino o los montes entrerrianos.
Ser judía y haber leído: “Es generoso el pabellón que ampara los antiguos dolores de la raza y cura las heridas como venda dispuesta por manos maternales” o “…bajo sus pliegues enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que comienza así: Oíd mortales…” , llena de emoción y colma el espíritu de un profundo sentido de orgullo por ser argentina y por mi estirpe. Posiblemente haya sido ese sentido de pertenencia el que experimentó nuestro Gerch y que lo llevara a escribir el gran libro del Primer Centenario de la Patria, esa obra laudatoria al país maternal que los cobija para hacerles olvidar las penurias a los inmigrantes judíos devenidos en gauchos que aprendieron las faenas del campo argentino.
Autores de Concordia